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| 10/13/2012 12:00:00 AM

"No me inclino ante los poderosos"

El ex fiscal Gustavo de Greiff recuerda los problemas que tuvo por su iniciativa de legalizar las drogas, el fracaso de la entrega de los Rodríguez Orejuela y el episodio de la Catedral.

MARÍA JIMENA DUZÁN: Usted fue el primer funcionario de alto rango en plantear la legalización de la droga cuando eso era una herejía. ¿Sigue pensando lo mismo?

G.D.:
No he cambiado. Comencé a darme cuenta de lo inútil de esa lucha desde que asumí como fiscal. Vi cómo mataron a Rodríguez Gacha, cómo se desbarataron cartelitos, cómo se apresó a Pablo Escobar y, sin embargo, el flujo de la droga continuaba como si nada. Por eso planteé el tema tímidamente: propuse que se hiciera un estudio sobre si estaba funcionando la prohibición y en caso de que concluyera que no, propuse otras alternativas, como la legalización. Siempre me cuidé de abordar el tema de manera responsable: hablé de regulación, con campañas educativas para disuadir el consumo. Eso despertó toda suerte de controversias. Y los primeros que reaccionaron en mi contra fueron los norteamericanos.

M.J.D.: ¿Le jalaron las orejas?

G.D.:
Pues más que eso. En un viaje a Washington, Janet Reno, en ese entonces la fiscal, prácticamente barrió conmigo. Me dijo: doctor De Greiff usted está enviando el mensaje de que no importa narcotraficar porque tarde o temprano se va a perdonar a los narcotraficantes. Yo le respondí: está equivocada, señora Reno. No se trata de perdonarlos sino de quitarles el negocio y arruinarlos. Fue un encontrón muy duro que no terminó bien. En un momento yo me levanté y me fui.

M.J.D.: No solo los norteamericanos se molestaron. El gobierno de Gaviria también lo hizo.

G.D.:
Sí. El gobierno a la cabeza del doctor César Gaviria se puso del lado de ellos. Recuerdo que el presidente me rogó que dejara de hablar de la legalización por que eso no les gustaba a los norteamericanos y que mi insistencia nos ponía en problemas. Le respondí que no podía cambiar de opinión porque no creía en la prohibición.  

M.J.D.: ¿Por qué nadie le reconoce a su fiscalía el papel que jugó en la búsqueda de Pablo Escobar?

G.D.:
Porque todo el mundo quiere apropiarse del éxito. En realidad, si se es  justo, quien promovió la estrategia fue la Fiscalía. Cuando descubrimos unos cadáveres en Medellín en el hotel Intercontinental se llegó a la conclusión de que habían sido juzgados y asesinados en la cárcel de Itagüí. Fui a donde el presidente a comunicarle los hallazgos y le advertí que Escobar iba a tratar de fugarse. Entonces empezó el operativo para trasladarlo que fue un fracaso. Nosotros nunca conocimos la cárcel sino cuando se fugó Escobar. Fuimos a verla y constamos que era un lugar de veraneo.  

M.J.D.: La polémica negociación con los Pepes, que permitió que 12 narcos aliados de Escobar se entregaran y se les perdonaran sus penas a cambio de información sobre el capo, quién la adelanto: ¿su fiscalía o el gobierno Gaviria?

G.D.:
Yo hice esa negociación, pero en compañía del gobierno porque él, Gaviria, dictó el decreto que establecía la colaboración con la justicia. Lo que hicimos fue aplicar ese decreto a los 12 del patíbulo, personas todas de la intimidad de Escobar que no querían terminar como los Moncada y los Galeano.  

M.J.D.: Y la información que entregaron ¿sí fue valiosa para encontrar a Escobar? o ¿sí se les perdonaron sus crímenes a cambio de nada?

G.D.:
Fue valiosa. Yo recibí a varios. Nos informaron de las costumbres de Escobar, sus sitios, su manera de ser, cosas que no sabíamos. Esa información nos permitió ir cerrándole el círculo. Finalmente le dimos protección a la familia de Escobar cosa que se nos criticó duramente. Nos decían, ah, mientras en Colombia los ciudadanos están sujetos a que Escobar los asesine, ustedes, la Fiscalía,  protegiendo a sus hijos y esposa. Yo comprendía que tenían cierta razón pero no sabían que tratábamos de que Escobar se comunicara con la familia para localizarlo, como de hecho sucedió. Y le digo algo que no me ha preguntado: no me gustó que lo hubieran matado. Porque para la civilización colombiana es más importante que un delincuente sea apresado,  juzgado y condenado, a que se le aplique la pena de muerte, que no está ni siquiera establecida en Colombia.  

M.J.D.: Esa decisión de seguir pensando en la legalización lo enfrentó duramente con el gobierno Gaviria. ¿Cómo fueron sus relaciones?

G.D.:
Esa pelea con Gaviria por cuenta de mi posición en el tema de las drogas, coincidió con una decisión que yo había tomado: la de  dirigirme a la Corte Suprema porque iba a cumplir 64 años para preguntarles si ellos, que habían sido mis electores, consideraban que debía irme de la Fiscalía porque iba a cumplir la edad de retiro forzoso que yo, in pectore, consideraba que no se me debía aplicar. Si ellos consideraban que sí debía emplearse, que dirigieran una comunicación al presidente para que elaboraran una nueva terna. Siempre me aseguraron que no había ni peligro de que me fueran a quitar. Pero yo supe que tanto la Presidencia como la embajada de Estados Unidos hicieron lobby ante la Corte Suprema para que se me aplicara la medida de retiro forzoso, como efectivamente sucedió.  

M.J.D.: Y ¿qué sintió cuando le dijeron que tenia que irse?

G.D.:
Tristeza, porque quería terminar una labor   muy discutida por el tema de la legalización y por la idea que yo había propuesto de plantear una entrega del cartel de Cali.

M.J.D.: Pasemos a ese capitulo: usted no fue criticado por querer plantear una entrega del cartel de Cali a espaldas del país, sino porque se descubrió que estaba adelantando las negociaciones a espaldas del gobierno, que salió a denunciar que usted le estaba dando salvoconductos a los narcotraficantes de Cali. ¿Me equivoco?

G.D.:
Se equivoca. A mi me habían mandado mensajes los del cartel de Cali a través de sus abogados, diciendo que se querían entregar y que estaban dispuestos a someterse. Lo único que no estaban dispuestos era a sapear gente, pero querían dar información de cómo operaban, de sus rutas. Pedían para entregarse una cárcel cercana a sus familiares en el Valle y beneficios en materia de penas. Mencionaban una cifra que a uno le parecía absurda de cerca de 1.200 traficantes que iban a entregarse, de los cuales muchos eran desconocidos para la Fiscalía y para la Sijin.

M.J.D.: ¿Cuántas veces se reunió con los abogados del cartel de Cali?

G.D.:
Varias veces. Es más, en una de esas reu-niones invité a representantes del gobierno y Gaviria mandó al ministro de Justicia Andrés Gonzáles y a Fernando Brito, director del DAS. Pero desgraciadamente esa propuesta no funcionó.

M.J.D.: ¿Y la historia de que les estaba dando salvoconductos a los Rodríguez Orejuela?

G.D.:
Eso no fue cierto. Primero porque no podía darlos. El fiscal lo que podía hacer era dar una certificación de que estos señores se habían presentado a la Fiscalía y que habían pedido que se les investigara. La ley establecía que si al cabo de un año de ser investigados no había pruebas, se les levantaba el sub júdice. Ellos querían aprovechar esa circunstancia.

M.J.D.: Pero tiene que aceptar que eso no pintaba bien.

G.D.:
Lo que pasa es que eso coincidió con una campaña insidiosa contra mí. Especialmente adelantada por el embajador en Estados Unidos, Gabriel Silva, que dijo que el acogimiento de la Justicia debía ser una política para castigar a los narcotraficantes, no para darles beneficios, como si estuviéramos haciendo lo segundo y no lo primero. La acusación fue miserable. Y desgraciadamente al presidente Gaviria se le había creado con la catedral un problema psicológico: vivía muerto de miedo de que se volviera a presentar una cosa así. Yo le decía: presidente, qué importa lo de la catedral, si estos señores se entregan es imposible que todo un país, que todo un gobierno no pueda ser capaz de controlar a cuatro presos. Deme la cárcel del Valle y dejemos que se entreguen.

M.J.D.: ¿Les creía que los Rodríguez Orejuela?

G.D.:
No tenía la menor duda de que estaban decididos a entregarse.  

M.J.D.: ¿Llegó a reunirse con ellos?

G.D.:
Nunca. Gaviria no aceptó mi planteamiento y en una reunión bastante tensa y acalorada que tuvimos en el Ministerio de Gobierno, se cerró el tema de la negociación con el cartel de Cali. Sin embargo, para entonces se me habían juntado el tema de la legalización, la aplicación de la política de sometimiento a la justicia con el hecho de que las negociaciones para la entrega del cartel de Cali se dañaron;  Escobar murió, el cartel de Medellín se descuadernó y yo terminé por fuera de la fiscalía.

M.J.D.: ¿Cómo fue que le quitaron la visa los norteamericanos?

G.D.:
Estando en México, ya de embajador, hablé de la legalización en una reunión en la que estuvo el encargado de negocios de Estados Unidos. Ahí tuvo una intervención defendiendo su política y yo otra combatiéndola. Una semana después me quitaron la visa.

M.J.D.: ¿No ha hecho gestiones para que se la devuelvan?

G.D.:
No, no lo hecho por una sencilla razón: tengo una extraña enfermedad en la columna que me impide inclinarme ante los poderosos.  

M.J.D.: Lo que es la vida: el presidente que lo cuestionó por hablar de legalización, hoy es el primer abanderado de esa tesis.

G.D.:
Sí… ahora el presidente Gaviria tiene el fundamentalismo de los conversos. Ahora ya no piensa sino en eso. Esa es la vida. Lo felicito. Me parece magnífico que piense así ahora. Y felicito también al presidente Santos por haber tenido la valentía de plantear lo mismo. Los gringos me odiaron porque fui el primer funcionario importante que se atrevió a hablar de la legalización. De tal forma que me parece admirable que ahora lo  haga el propio presidente… y sin que le quiten la visa.
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