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| 10/16/2010 12:00:00 AM

"No puedo más"

Doña Oliva Solarte casi se muere cuando supo que su hijo se les había fugado a las Farc. Esta es la desgarradora historia de una madre cuya vida se está apagando entre la espera y la desesperación.

Doña Oliva Solarte sintió que se iba para siempre. Escuchó la noticia y sintió que se iba lejos de su cuerpo. Instantáneamente las articulaciones se le entumecieron y algo como una lámina fría en la cabeza le apagó los pensamientos. Sin más, se desplomó. Cayó en el pasillo del bus y el estruendo asustó a todos los pasajeros que dormían. Eran las 5:30 de la mañana del pasado domingo cuando Oliva cayó fulminada por la noticia que le dieron vía celular de que su hijo, el subintendente de la Policía Jorge Trujillo Solarte, secuestrado por las Farc hace 11 años, se había volado con un compañero de cautiverio un año atrás, y que no se sabía qué fue de ellos.

Los pasajeros y el chofer comprendieron la situación cuando alguno recogió el celular y continuó con la llamada. De inmediato llamaron una ambulancia. Los médicos la reanimaron y la trasladaron hasta la clínica central de la Policía en Bogotá. A doña Oliva, de 62 años, la atormentaba la incertidumbre por la suerte que habría corrido su hijo. Pero al mismo tiempo, necesitaba que la dieran de alta pronto.

La razón es que había salido desde su solitaria casa en Gamarra, Cesar, rumbo a Bogotá, con el único propósito de recibir la medalla de ascenso a intendente jefe de Jorge Trujillo, en cautiverio desde 1999, cuando tenía 29 años. Hoy tiene 40.

En julio de 1999, las Farc se tomaron un pequeño municipio del Meta llamado Puerto Rico. Fueron tres días de una arremetida feroz en la que la sangre y la muerte corrieron por todo el pueblo como nunca antes. Cerca de 500 guerrilleros se ensañaron con cilindros y bombas contra el comando de la Policía, donde 36 uniformados aguantaron hasta que se les acabó la munición. Nadie fue a ayudarlos. Ocho policías murieron (algunos estaban heridos y fueron rematados por la guerrilla) y otros 28 fueron secuestrados.

Oliva se enteró en Gamarra de la toma a Puerto Rico desde el primer día, por las noticias de la radio. Inmediatamente tomó un bus rumbo al Meta. Logró llegar a Villavicencio, donde encontró a familiares de otros uniformados con los que escuchó a través de la radio de la estación de Policía el desarrollo del enfrentamiento en Puerto Rico y cómo sus muchachos suplicaban por refuerzos que nunca llegaron.

Al quinto día de estar en Villavicencio, una comisión que verificó lo ocurrido en Puerto Rico le informó que su hijo Jorge no estaba entre los muertos. Ella, en medio de todo, sintió alivio de que estuviera secuestrado y desde entonces abriga la esperanza de que la guerrilla no le arrebate para siempre a otro hijo.

Es que ella ya había sentido ese dolor infinito el 15 de marzo de 1991, cuando el ELN mató en su presencia, frente a su casa, a su hijo mayor, José Fernando. Tenía 24 años y acababa de salir del Ejército, donde se había hecho soldado profesional. "Lo matamos por colaborador" fue la única razón que le envió la guerrilla semanas después.

Con el secuestro de Jorge empezó para ella otro dolor, lento y prolongado, en el que solo la alienta la ilusión del reencuentro. Cuando comenzó el vía crucis del secuestro, Oliva no dudó en dejar su trabajo en Gamarra para dedicarse a fondo a buscar la libertad de su hijo. Se le vio en San Vicente del Caguán, en la época del despeje, hablando con jefes guerrilleros, tratando de obtener pruebas de supervivencia.

En 2001, Carlos Antonio Lozada, uno de los negociadores de las Farc en la zona de distensión, leyó un comunicado en el que informó que Édgar Bayron Murcia, uno de los policías secuestrados en la toma a Puerto Rico, se había fugado: "Después de ocho días de intensa persecución, el agente se internó en las profundidades de las selvas del Meta", dijo y pasó a explicar que se trataba de una zona selvática llena de peligros, donde era difícil sobrevivir. Nunca más se volvió a saber de este policía. Ese recuerdo atormenta sin clemencia a Oliva, quien le repite en todos sus mensajes a Jorge Trujillo que no intente fugarse, y al gobierno, que no pruebe un rescate militar. Lo que pide es un acuerdo humanitario.

Abogando por esa salida, Oliva participó de las tomas pacíficas de varias iglesias que por meses hicieron familias de los secuestrados para presionar por un acuerdo humanitario. Cada semana, su voz se escucha en las emisoras que brindan espacios para enviar mensajes a los secuestrados. Ha estado en el Congreso de la República y cada que puede va a los plantones que hacen los martes las familias de los secuestrados frente a la Catedral Primada de Bogotá.

Al estilo del profesor Moncayo, en julio del año pasado Oliva inició un recorrido de 550 kilómetros desde Gamarra hasta Bogotá. Tardó 15 días y sufrió quebrantos de salud de todo tipo, al punto que debió hacer en silla de ruedas algunos tramos. "Todo el esfuerzo valió la pena. No importa el dolor en los pies, en las piernas o en el pecho. Lo realmente importante es que le cumplí a mi niño", dijo al arribar a la Plaza de Bolívar en esa ocasión. Los pies le quedaron en llagas y perdió tres uñas, y, aun así, hace tres meses lideró otra caminata desde su pueblo hasta Valledupar, la capital del Cesar.

En septiembre del año pasado, cuando las autoridades capturaron a dos enlaces de la guerrilla, terminaron para ella cinco años sin conocer alguna prueba de supervivencia de su hijo.

En un video de un minuto apareció él con cadenas en el cuello, la mirada extraviada y dificultad para hilar las frases. Luego de saludar a su familia, Jorge le pide a su madre que no se aflija ni llore cuando le envía mensajes por la radio. Cuando Oliva trató de ver por primera vez el video entró en shock y cayó desmayada. "Yo vi a un viejito con barba y acabado que tenía la voz de mi hijo, y me fui abajo", recuerda.

Desde ese día sus quebrantos de salud son cada vez más delicados. El episodio más grave ocurrió hace unas semanas, cuando sufrió un preinfarto al enterarse de la muerte del Mono Jojoy, el jefe militar de las Farc. La angustia por las represalias que supuso tomaría la guerrilla contra los secuestrados la alteró en extremo.

Oliva debe tomar cada día cinco medicinas diferentes para controlar la presión arterial, el ritmo de su corazón y conciliar el sueño. En los últimos meses su ánimo se ha ido a pique. Se pasa los días encerrada en su casa y le fastidia que la gente la visite. En Gamarra todo el mundo la aprecia y conoce muy bien de su drama, pero ella prefiere estar sola. Los médicos le aconsejan que siga un tratamiento psicológico que le formularon para atenuar los efectos de la depresión. "Yo no tengo ganas de nada", dice.

Pero así como las malas noticias afectan su salud y la ponen en riesgo, las buenas nuevas la revitalizan como si obrara en ella un milagro. El domingo pasado -tras sufrir una descompensación cardiaca por la noticia de la fuga de su hijo- mostró una inmediata mejoría cuando el presidente Juan Manuel Santos le informó que en los computadores del abatido Mono Jojoy efectivamente había información de que Jorge se había volado hace un año de las Farc, pero, también, de que tras un mes de vagar por la selva lo habían vuelto a capturar.

"Por lo menos sé que no está muerto", dice para explicar la negra paradoja de sentir nuevamente un alivio al saber que su hijo está en poder de las Farc, a las que califica tajantemente de "inhumanas".

La dieron de alta y pudo asistir a la ceremonia de ascenso el pasado jueves. Allí Oliva lloró de orgullo por su hijo y prometió que seguiría con atención las indicaciones médicas. Antes de volver a Gamarra, donde continuará esperando a su hijo, deberá someterse a un tratamiento psicológico. Piensa recobrar así esas esperanzas que con cada día que pasa se apagan un poco más.
 
Vea la última prueba de supervivencia del intendente jefe Jorge Trujillo Solarte.
 

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