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| 12/16/2010 12:00:00 AM

Noche de paz en medio de la guerra

Niños de las comunidades indígenas del norte del Cauca afinan sus instrumentos en medio del sonido de las balas y con su música le ganan la guerra a la violencia.

No ha sido fácil para Camilo y Esperanza mezclar su clarinete y su trompeta para lograr un sonido claro en la Orquesta Caucana de Vientos , “porque cada que ensayamos en Toribío y en Tacueyó, las balas del Ejército y la guerrilla nos pasan por la mitad , y a veces tenemos que tirarnos al suelo para resguardarnos y suspender el ensayo hasta por varios días”.
 
Sin embargo el pasado sábado, en la histórica Plaza de Caldas y con la Torre del Reloj de fondo, demostraron que la música es un lenguaje universal que rompe todas las barreras que se le atraviesen, incluso las balas de la guerra en la montaña colombiana.
 
Fueron 103 niños de 43 municipios que llegaron viajando a pié y en bus desde los lugares más recónditos de nuestra geografía como el macizo colombiano, Silvia, Tacueyó, Toribío y todos los cabildos indígenas del Norte del Cauca, para mostrar arte y sentimiento que han aprendido en medio de la guerra; o mejor, a pesar de la guerra. Interpretaron al inolvidable Efraín Orozco y nos hicieron volver “al hogar nativo con la pelota de trapo y el barquito de papel”.
 
Revivimos ese “Sotareño” de Diago y nos pusimos “arrozudos” al sentir cada nota cercana a los frailejones, a la arena y al misterio de ese volcán guardián que dicen dormido junto al Puracé.
 
Pero la historia humana de fondo la contó la coordinadora de bandas del Cabildo de Guambía, María Antonia Yalanda.
 
Resulta que, “ la última vez, hace un mes, estábamos ensayando con los niños de la banda de Quisgoy y se desató una balacera que nos obligó a tendernos en el suelo arropados unos con otros durante diez horas que duró... Pero le cuento que ningún niño se ha ido. Ellos ya saben lo que puede pasar y por eso tenemos 92 músicos en semilleros y 19 listos para la banda”.
 
Esto lo relata mientras suena la flauta de una de sus alumnas, Adriana, quien se siente orgullosa de ser la clarinetista guía de su cabildo, y mueve las manos su director música. Leonardo Nanche viene de Pitayó y subraya que a pesar de pertenecer a la etnia Nasa o Paez que ha enfrentado muchas veces a los guambianos en disputas legendarias, “hoy la música nos une y demuestra que es el sentimiento del alma sin fronteras”.
 
Dos chiquitos, flautistas de traversa, me comentan el por qué de los combates que han vivido. “Es que a ellos los ha vuelto sordos la guerra. Ojalá que no maten con sus balas nuestra música”, dicen. Lucho y Jacinta bajaron desde el Macizo Colombiano, y advierten que cada vez está más deteriorado por los venenos de la amapola y la papa y la tala de bosques por sus habitantes.
 
Edinson y Jadim, profesores de Toribío y Tacueyó, recuerdan sus experiencias de acoso por parte de las Farc y ratifican lo que más les duele: “después del último hostigamiento los niños se tuvieron que devolver al salón para resguardarse de las balas y hace un mes que no han podido continuar sus ensayos”. Ese día, el saldo fue de un hombre y una mujer muertos y un infante herido al salir de la escuela.
 
Por eso cuenta la coordinadora general, Claudia Cruz, que “a pesar de estas dificultades violentas siguen ensayando, aún cuando cada tanto se produzca la llamada preocupante sobre nuevos combates que dañan el día de alegría de los niños”.
 
Y por eso, María del Rosario, otra saxofonista de la banda quien acaba de cumplir 14 años resume: “si no quieren entender nuestras notas de paz, que se vayan con su música a otra parte”. La noche de su presentación, la gran banda terminó interpretando “Noche de Paz”.
 

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