Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/03/25 00:00

Noche de paz

El ‘Primer Gran Debate’ fue eterno, pero sirvió para que Lucho se luciera, Noemí se anotara puntos y Uribe se mantuviera.

Noche de paz

El diccionario basico Espasa define un ‘debate’ como una contienda o disputa. Eso era precisamente lo que la mayoría de los colombianos esperaba el pasado martes en el Gran Debate que convocaron El Tiempo, RCN Radio, RCN Televisión y SEMANA con cinco aspirantes a la Presidencia: Horacio Serpa, Alvaro Uribe, Luis Eduardo Garzón, Noemí Sanín y Harold Bedoya. El ambiente político, alimentado por los resultados de las últimas encuestas y las elecciones parlamentarias así como la situación de orden público, presagiaban un agrio enfrentamiento entre los dos candidatos a la cabeza de la carrera: los liberales Horacio Serpa y Alvaro Uribe.

No obstante, ese mano a mano para comprar balcón nunca se presentó. ¿Qué pasó? ¿Será que no hay diferencias sustanciales entre ellos? La presencia de los cinco candidatos —con excepción de Ingrid Betancourt, secuestrada por las Farc y recordada por sus competidores— complicó la fluidez de un formato que estimulaba la exposición de propuestas pero dificultaba la controversia. Si bien las preguntas individuales permitieron medirles el aceite a los aspirantes en temas tan puntuales como el orden público, las medidas contra la corrupción, el manejo de la deuda y la generación de empleo, el número tan alto de candidatos hacía perder inmediatez y ritmo para las réplicas de los otros.

Como lo expresó un alto directivo de una de las campañas: “Era un formato imposible para discutir pero muy pedagógico”. En unas elecciones presidenciales que han venido siendo marcadas por el tema del conflicto armado, la posibilidad de que los candidatos expresen ideas sobre otras materias tan importantes como la economía o las relaciones internacionales convirtió al Gran Debate en un ejercicio democrático. Los colombianos pudieron escuchar a los distintos aspirantes en pie de igualdad sin importar el porcentaje de apoyo en las encuestas de intención de voto. Alvaro Uribe con su 59,5 por ciento de apoyo se sentó en la misma mesa con el 0,7 por ciento del general Harold Bedoya.

¿Quien gano?

Aunque el formato y el número de aspirantes le quitaron agilidad y fluidez al desarrollo del debate, hubo candidatos que se adaptaron a la situación y le sacaron provecho mientras otros sucumbieron a los tiempos de televisión y a la falta de concreción. En términos generales, se podría afirmar que la estrella fue Luis Eduardo Garzón y el ganador, Alvaro Uribe Vélez. El candidato del Frente Social y Político consiguió desde la primera ronda de preguntas conectarse con el público mediante una actitud fresca y un lenguaje claro. Comenzando por su propio atuendo sin corbata Garzón rompió el mito de la ‘pesadez’ de las propuestas de izquierda y fue capaz de transmitir una versión más ‘bacana’ y menos sindicalista de sí mismo y de su candidatura. El humor fino también caracterizó sus réplicas y dejó con la palabra en la boca a más de uno de sus contrincantes.

A Alvaro Uribe hay que abonarle que, contrariando los consejos de los estrategas, haya aceptado ponerse de igual a igual con todos los contendores, aun los que no llegan al 1 por ciento. Con la ventaja que él llevaba en las encuestas poco tenía que ganar en ese escenario. A la postre no le fue mal, pero en el fondo estuvo un poco por debajo de las expectativas. Ganó por la sencilla razón de que en materia de debates en televisión quien lidera las encuestas siempre gana el debate. Los seguidores del puntero tienen siempre una predisposición a sentir que cualquier cosa que este diga es genial. Y eso sucedió en el caso de Uribe.

Sin embargo el candidato apareció inseguro y libreteado en la primera parte. No era para menos. La primera pregunta del debate había sido un cañonazo de Rafael Santos casi igual de fuerte que el de la revista Newsweek. Uribe que llevaba 24 horas preocupado por ese episodio reflejó su evidente incomodidad de que se siguiera insistiendo en el tema.

En la segunda parte, sí dio lo que esperaba. Salió a flote su amplio conocimiento de los temas y la cantidad de información que maneja. Desplazó la impresión de que sólo sabía de orden público y mostró que en economía no es ningún manco.

Noemí estuvo muy bien y por encima de las expectativas. Por un lado, se liberó de su expresión acartonada y libreteada para proyectar una imagen más auténtica y espontánea. Mostró estudio y capacidad de expresión. Tuvo momentos brillantes como cuando afirmó que con los terroristas es con quienes uno negocia porque nadie hace la paz con los amigos. Su atuendo rojo y blanco la hacía ver impecable y la candidata dejaba entrever una sonrisa adorable cada vez que la interrumpía la chicharra. Para muchos ella fue una de las ganadoras del debate.

De otro lado, ni a Horacio Serpa ni al general Harold Bedoya les fue bien. Serpa estuvo espontáneo y relajado, pero sufre del síndrome del perdedor que es exactamente lo contrario de lo que le sucede a Uribe. Cualquier cosa que diga, por sensata que sea, va acompañada de un prejuicio en su contra y no convence. A esto se suma que políticamente quedó en un sánduche entre político y antipolítico, entre guerrero y pacifista y esa posición indefinida se convierte en un limbo que se refleja en su discurso.

Al general Bedoya le fue aún peor. A pesar de que su discurso fue coherente de principio a fin, la mayoría de los televidentes no sabían que era candidato y no entendían por qué les tocaba escuchar los planteamientos de un personaje que asociaban con otras épocas, en un debate donde de por sí ya había demasiadas personas.

Propuestas enfrentadas

Aunque no se presentaron duros enfrentamientos ni fuertes cruces de palabras, el Gran Debate no sólo permitió que las diferencias más sustanciales entre los candidatos quedaran expuestas sino que también dejó resultados paradójicos. Por el desarrollo de la campaña presidencial y los perfiles políticos de los aspirantes, los televidentes esperaban un gran dominio del disidente liberal Alvaro Uribe en la ronda de guerra y paz mientras que la revancha para Horacio Serpa, su más inmediato seguidor en las encuestas, vendría en la ronda de la política social.

Sin embargo las propuestas de Uribe sobre cómo comandaría la guerra contra la subversión sonaron imprecisas y vagas en clara contraposición con la contundencia y el pragmatismo de sus respuestas en el tema social. Casi dos rondas de preguntas tardó Alvaro Uribe en reponerse de la pregunta de Rafael Santos, codirector de El Tiempo sobre su actitud frente al reportero de Newsweek.

En el caso de Serpa, su filón del tema social se perdió en medio de afirmaciones gaseosas sobre “derrotar el modelo neoliberal” y “aplicarle un estartazo al carro muerto de la economía”. También reafirmó la propuesta de la congelación de las tarifas de los servicios públicos que fue controvertida en el mismo estudio de grabación por Noemí Sanín al preguntar: “¿Qué tal congelarme los servicios a mí que puedo pagar?”.

Por su parte, Sanín dejó pasar oportunidades para lucirse con temas como el de Venezuela y la crisis de la niñez, en el cual se limitó a proponer un ministerio para la familia.

Rafael Santos, Alejandro Santos y Jorge Alfredo Vargas, los tres periodistas entrevistadores, ante las limitaciones del formato estuvieron a la altura de las circustancias. Juan Gossaín se lució en el papel de moderador, dándole tal vez el único toque de sabor a un debate más bien árido.

Hay una constante en los debates presidenciales: siempre desilusionan. Fuera del primer debate en televisión en la historia entre Kennedy y Nixon en 1960, todos los que han seguido de ahí en adelante son más bien ruedas de prensa compartidas que duelos intelectuales. Hay tanta preparación y negociación de las reglas del juego que el resultado es invariablemente acartonado. Además está demostrado que independientemente del desempeño de los candidatos en los debates poco cambian las tendencias electorales, más bien las confirman.

Aceptando todas estas limitaciones, se podría llegar a ciertas conclusiones sobre el Gran Debate de la semana pasada: pudo haber sido tarde, demasiado largo, y algo rígido, pero la gente sí pudo comparar ideas y temple de los aspirantes. Para ser un mano a mano entre cinco candidatos difícilmente habría podido ser mejor.



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