Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/11/25 00:00

“Nosotros los colombianos”

El académico y columnista Eduardo Posada Carbó revolvió el avispero de los intelectuales. ¿La razón? En su libro 'La Colombia soñada' cuestiona varias de las verdades que ellos dan por sentadas en sus ensayos y columnas de opinión.

Eduardo Posada Carbó les critica a columnistas y analistas esa mirada apocalíptica que suelen presentar del país. Para Posada, Colombia tiene una solidez democrática e institucional que muchos intelectuales suelen desdeñar

En un país cada vez más polarizado y a la vez desesperanzado por el exceso de violencia que lo agobia, es frecuente dar por ciertas toda suerte de afirmaciones acerca de la naturaleza violenta de los colombianos. Afirmaciones que, además, suelen ser generalizaciones que cobijan al grueso de la población, sin distinguir sexo, clases sociales ni regiones y que, además, suelen compartir -o al menos repetir sin mayor análisis- pensadores de disciplinas y tendencias políticas muy diferentes.

El abogado e historiador Eduardo Posada Carbó, columnista habitual del diario El Tiempo, está en abierta contravía de esa tendencia que consiste en mirar al país y a sus habitantes de manera apocalíptica. En su libro La nación soñada defiende una vez más la tesis que ha sostenido a lo largo de los últimos años en su columna del diario El Tiempo y en otros escritos: que Colombia es mucho más que muerte y violencia.

En el prólogo advierte: "Este libro tiene algo de manifiesto personal, como expresión de rechazo a las injustas criminalizaciones por el sólo hecho de ser colombiano, de valores que le den razón a mi propia nacionalidad, de reclamo para recuperar las ilusiones que mi generación ha visto desvanecer". Este párrafo, atípico en su estilo, que suele ser ante todo ponderado y analítico, es como el marco conceptual de las distintas tesis que defiende en su obra.

Las reacciones no se han hecho esperar. Por un lado, por ser su autor Eduardo Posada Carbó, un reconocido defensor del statu quo, circunstancia que lo pone en la orilla opuesta de varios de los más destacados y leídos columnistas y escritores del país. Alberto Aguirre, por ejemplo, en una columna titulada El asueño de Carbó y publicada el 18 de octubre, relata los detalles del asesinato del profesor universitario Alfredo Correa D'Andreis, y luego escribe: "Eduardo Posada Carbó, también de Barranquilla y también profesor universitario, en Oxford, Inglaterra, donde vive, dice en un libro, 'La nación soñada', que 'es preciso acabar con el estereotipo de que Colombia es un país violento', y propugna 'la visión alternativa sobre la violencia para acabar con el estereotipo de que Colombia es un país asesino'". Luego cita una larga lista de hechos violentos que ocurrieron en los últimos días, y remata: "La tesis de Carbó de que Colombia no es asesina es aberrante. Recuerda el dicho de Goya al pie de un grabado: El sueño de la razón produce monstruos".

Pero también quienes quieren hacer creer que aquellos que atacan a los que detentan el poder son enemigos de las instituciones han aprovechado la publicación de este libro, lo que explica que José Obdulio Gaviria promueva su lectura en la columna que escribió para la última edición de la revista Diners.

El libro trata diversos aspectos en sus distintos capítulos (el poder fragmentado, el poder del voto, intelectuales en tiempos de crisis y unas reflexiones finales sobre su nación soñada), tal vez su principal aporte es la reflexión que hace acerca de lo dañinas que suelen ser esas generalizaciones en las que suelen caer editorialistas, columnistas, analistas y humoristas.

Posada señala, luego de citar ejemplos precisos de un gran número de connotados escritores y columnistas, que una de las consecuencias de estas generalizaciones es que terminan siendo un llamado a la resignación, al fatalismo, a la inacción. Si todos los colombianos son asesinos por naturaleza, pues, como dice el dicho, "apague y vámonos".

El autor considera que estas generalizaciones que nivelan por lo bajo a toda la sociedad terminan por descriminalizar a los delincuentes. Si los políticos son ladrones y los funcionarios públicos son ladrones y los bancos roban y todos los colombianos son violentos, el resultado es una sociedad que no distingue, que se confunde. Dice Posada, al referirse a los posibles efectos de esta práctica, que la más significativa es la de "diluir la responsabilidad concreta de los criminales en la abstracta noción de culpa colectiva. O peor aun, de transformar al sujeto delincuencial hasta convertirlo en la víctima del 'país asesino'".Como en tiempos de Pablo Escobar, cuando el padre Rafael García Herreros repetía por televisión una y otra vez que "Pablo es bueno y los colombianos somos malos".

Ejemplo de lo anterior, los procesos electorales. Los que se quejan en sus escritos una y otra vez de la inoperancia y la corrupción de la clase política, de lo mucho que roban y serruchan en el Congreso, son los mismos que se asombran por los altos índices de abstención y la indiferencia que les genera la política a por lo menos la mitad de los colombianos en condiciones de votar. Y resulta que una gran cantidad de gente, acostumbrada a oír una y otra vez que "todos los políticos son ladrones" o "todos son iguales", no encuentra ninguna diferencia entre los distintos candidatos y por lo tanto prefiere ahorrarse la molestia de ir a votar.

Posada también ataca de frente una postura muy común entre quienes opinan: el uso de la primera persona del plural. "Nosotros los colombianos somos agresivos", "A nosotros los colombianos nos encanta matarnos unos a otros", "y es que ahí estamos pintados nosotros los colombianos". Él reconoce la fuerza literaria que tiene el uso de esa primera persona, pero señala que puede provocar efectos difíciles de medir, y más cuando la utilizan no sólo escritores, periodistas y académicos, sino "cuando quienes propagan ese lenguaje que nos criminaliza son nuestros líderes intelectuales más emblemáticos (se refiere a Gabriel García Márquez) y hasta nuestros jefes de Estado y dirigentes de la Iglesia Católica, una de las instituciones más respetadas por la mayoría de los colombianos".

El libro está lejos de ser una obra magistral. Posada Carbó se limita a decir una y otra vez que "somos más que un país violento" y a defender la robustez de la democracia y las instituciones colombianas, sin profundizar tampoco en las causas de la desigualdad y las causas objetivas de estos hechos violentos que sacuden a Colombia. Además, como señaló Mauricio García Villegas en una reciente columna del diario El Tiempo, Posada Carbó también cae en la trampa de generalizar y meter en el mismo saco a columnistas e intelectuales que ofrecen miradas muy diversas de la realidad. A García también le molesta que Posada Carbó defienda de manera tan vehemente "ese liberalismo partidista, formal y electorero que siempre han defendido los espíritus más conservadores del país".

Más allá de los múltiples cuestionamientos que genera su libro, entre ellos las generalizaciones en las que él mismo cae en su defensa a ultranza de 'lo liberal', Eduardo Posada Carbó ha puesto el dedo en la llaga. Los líderes de opinión de un país que quiera de veras salir de una crisis como la que agobia a Colombia no pueden seguir dando vueltas alrededor de los mismos lugares comunes que de pronto tienen un gran efecto literario, pero que en poco o nada contribuyen a encontrar culpables concretos y soluciones concretas.

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