15 enero 2001

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Nosotros matamos a Jaime Garzón

Una banda de sicarios que confiesa haber asesinado a Jaime Garzón, Eduardo Umaña y Mario y Elsa Calderón ofrece entregarse a la justicia a cambio de una negociación.

Sí. Nosotros matamos a Jaime Garzón”. Al hombre encapuchado, vestido de negro y con un arma de largo alcance no le tiembla la voz en su confesión. Al contrario, habla con la serenidad de cualquier profesional que podría estar haciendo el balance normal de una jornada de trabajo y no con la responsab
ilidad de ser el autor de un magnicidio que puso a llorar a todo un país.

Junto a él están cinco hombres más. Las características son similares. Encapuchados, ropa oscura, armas de corto y largo alcance. Están sentados en una banca de madera ubicada en una vieja casona de una de las comunas de Medellín. Lo escuchan hablar del asesinato de Garzón sin inmutarse. “Yo maniobré la moto en la que se cometió el crimen de Garzón”, cuenta con un tono pausado.

Afuera, la noche cae sobre Medellín mientras él hace semejante revelación. No es la única. Los demás hombres que lo acompañan empiezan también a contar sus “trabajos”. Y uno a uno van enumerando los nombres de varias de las víctimas de la guerra sucia y que más estupor le han causado al país: los investigadores del Cinep Elsa Alvarado y Mario Calderón, el intelectual y docente Eduardo Umaña, el profesor universitario Jesús María Ovalle.

Las seis personas aceptan que son parte de la temible banda de La Terraza, una compleja red de sicarios de Medellín que, según estimativos oficiales, tiene reclutados a cerca de 3.000 asesinos y que durante varios años trabajaron bajo las órdenes de Carlos Castaño Gil. “Nosotros somos los responsables directos de los crímenes de Jaime Garzón, Elsa Alvarado y Mario Calderón, del doctor Eduardo Umaña y de profesor Jesús María Ovalle”, insiste otro de los encapuchados como para no dejar dudas.

El hombre que ha dicho que él le disparó al más lúcido de los humoristas políticos colombianos de los tiempos recientes en aquella mañana del 13 de agosto de 1999 retoma la palabra y dice: “El arma que incautó la policía era un Llama largo. El crimen fue de 6:30 a 7 de la mañana, cerquita a Radionet. Evitamos que él pasara por la policía porque había dos motos de alto cilindraje allí y por eso lo interceptamos antes de llegar”. En efecto, como se recordará, a Garzón lo asesinaron a pocos minutos de llegar a su sitio de trabajo y a unas cuadras de una estación de Policía en Bogotá.

Quién ordeno

Esta y las demás revelaciones sobre los crímenes, como los detalles, comenzaron a ser contados la semana pasada en una primera entrevista con el reportero Jaime Vidal, del Noticiero Informativo de Antioquia, que se transmite todas las noches por el canal regional.

Esta misma historia, posteriormente, fue confirmada por uno de los voceros de esta organización a los reporteros de la revista SEMANA. “Sabemos dónde está el revólver con que asesinamos a Garzón y tenemos el arma con que matamos al señor Hernán Henao, al doctor Eduardo Umaña y al doctor Jesús María Ovalle, esas son nuestras pruebas reinas”, dice otro de los hombres, que comenzó su relato mientras apuraba un trago de una bretaña fría para calmar el calor del atardecer.

Pero, ¿quién y por qué ordenó matar a Jaime Garzón? Según el relato de estos hombres la acusación es directa: Carlos Castaño, el líder de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Según ellos “la vuelta” empezó porque a Jaime Garzón el Ejército lo estaba investigando para vincularlo con la guerrilla. “A nosotros nos aseguraron que él tenía que ver con unos secuestros y se estaba ganando un dinero. Eso no me consta a mí. Entonces Carlos Castaño ordenó acabar con su vida”.

La información, sin embargo, contradice la reacción inicial de Carlos Castaño cuando se produjo el asesinato: “Yo no lo maté”, dijo en aquella ocasión el líder paramilitar. Los miembros del grupo de La Terraza, que ahora se encuentran en confrontación con él, no vacilan en afirmar lo contrario: “El dio la orden”, dicen.

El hombre encapuchado que hizo la confesión a los periodistas de SEMANA agregó: “Nos sentamos a hablar y estudiamos el problema que se iba a armar por eso”. ¿Por qué? Según él, porque por aquel entonces ellos ya querían separarse de este tipo de acciones ya que querían mejores perspectivas que para ellos era abrir su propia ruta para exportar cocaína. “El (Carlos Castaño) nos prometió que si lo hacíamos nos iba a apoyar con una ruta del narcotráfico exclusivamente para nosotros. Nosotros pensamos en las ganancias y nos entusiasmamos con eso y arrancamos”.

El grupo de asesinos viajó a Bogotá y según su confesión lo hicieron sin portar un teléfono, olvido que fue fatal para Jaime Garzón. “Claro, porque después nos dimos cuenta por boca de Castaño que Garzón lo había estado llamando, pero como nosotros nos fuimos para Bogotá a hacer el trabajo sin comunicación y sin teléfono él no nos pudo avisar la contraorden de su muerte”.

Este detalle fue revelado ante la cámara del reportero Vidal. “Jaime Garzón —continúa él— llamó a Castaño, los organismos de seguridad pueden dar fe de eso. Ellos tienen cómo sondear las llamadas y su voz tiene que aparecer en esa llamada”. Como se recordará, dos días antes de que lo asesinaran Jaime Garzón fue hasta la cárcel de La Picota para hacer un contacto que le permitiera comunicarse con Castaño para decirle que por qué lo quería matar. Según el propio humorista y periodista, Castaño prometió recibirlo ese fin de semana para aclarar las cosas y eso lo tranquilizó. Sin embargo en recientes declaraciones Castaño afirmó lo contrario: “Lo he dicho y lo ratifico. Nunca en la vida hablé por teléfono con el señor Garzón. Jamás el señor Garzón pidió una cita conmigo”.

Ese crimen, que provocó el mayor gesto de indignación y de rechazo de parte de la sociedad colombiana y que sólo en el día del entierro llevó a centenares de miles de personas a la Plaza de Bolívar para darle el último adiós, fue para los asesinos un trabajo “menor” en materia económica. “Lo que cobramos por esa muerte da pena decirlo. No por la plata, sino porque se hizo bajo presión y fuimos cobardes, hay que admitirlo. Esa vuelta valió 39 millones de pesos”. El mismo valor que tuvo el crimen de una de las mentes más lúcidas en defensa de los derechos humanos. “Por Jesús María Ovalle cobramos lo mismo”, agrega.

La guerra

¿Por qué vienen ahora a hacer semejante confesión? Todo comenzó cuando Carlos Castaño ordenó el asesinato de su amigo Elkin Sánchez Mena, líder indiscutible de la banda La Terraza, el pasado 3 de agosto.

Según la confesión de estos hombres la manera de operar era la misma de siempre. Castaño daba las órdenes a Sánchez Mena y él luego señalaba los hombres que se encargarían de cada acción. Todo marchaba aparentemente normal hasta que Castaño citó a Sánchez Mena, un hombre que en el bajo mundo se le conocía como ‘El Negro’, en una finca llamada La Perra en inmediaciones del municipio de Villanueva, en Córdoba. “Castaño nos tendió una celada. Nos pidió recoger más de 3.000 millones de pesos entre todos para mandar una droga. Cuando Elkin se fue a encontrar con él en el lugar acordado los emboscaron y sólo se pudieron salvar dos de nuestros compañeros”. Ese día murieron Sánchez Mena y cinco de sus hombres de confianza. La guerra de Castaño con La Terraza fue aceptada por él en una entrevista para el programa La Noche a Claudia Gurisatti al reconocer que había actuado contra ellos porque la situación había llegado a límites insostenibles ya que, según él, estaban delinquiendo contra la gente de bien: “Y a esos señores delincuentes de Medellín les digo, mi guerra es contra la subversión pero, o detienen sus actitudes vandálicas o continuaré combatiéndolos”.

Hay que remontarse unos meses atrás cuando La Terraza realizó una incursión al edificio Paola de la ciudad de Medellín para encontrar la mecha que encendió este barril de pólvora. “Fuimos a robarnos una gran cantidad de dinero que supuestamente estaba allí pero todo resultó ser falso. Castaño nunca nos creyó y pensó que nos habíamos embolsillado la plata”. Ese día, según estos hombres, la alianza entre AUC y La Terraza voló en mil jirones.

“Luego vino la muerte de Mena a mediados de año y la declaración de guerra contra la organización de La Terraza”, dice el hombre. “Hoy en día los antioqueños pueden estar tranquilos… fueron dados de baja el tal Elkin Sánchez… Y eso es un aporte a la paz”, explicó en la mencionada entrevista Carlos Castaño.

Simultáneamente a esta confrontación la fortaleza de La Terraza empezó a flaquear por los fuertes golpes que le empezó a propinar el comandante de la Policía en Medellín, general Luis Alfredo Rodríguez, quien se hizo la promesa de no descansar hasta poner tras las rejas a todos sus miembros. Por eso, La Terraza lo sentenció a muerte.

Rodríguez no se amilanó. Al contrario, intensificó los operativos y las redadas que le permitieron la captura de 30 miembros. La otrora invencible banda de La Terraza empezó a sentir además los rigores de la guerra sucia. Los paramilitares se vinieron con todo y empezaron a atacar a las familias de los integrantes de la banda. En estas acciones hace un mes desaparecieron a tres personas de una misma familia y asesinaron a una niña menor de edad. Pero ellos sostienen que las personas que muestran en la televisión en los partes de la Policía no pertenecen a la organización, “si ustedes averiguan se darán cuenta que a todos los tienen que soltar porque están cogiendo la gente que no es y todo es un montaje”, le dijeron los sicarios a SEMANA.

La rendición

Los hombres de esta organización dicen que no están levantando una cortina de humo y ponen como ejemplo, para dar prueba de su veracidad y de su intención de negociar, las condiciones para su entrega, la copia de un documento que le fue enviado al presidente Andrés Pastrana recientemente en el que le cuentan detalles de sus actividades. En él señalan que si se les dan plenas garantías para su supervivencia los miembros de La Terraza estarían en condiciones de entregarse a las autoridades y aportar al mismo tiempo las pruebas sobre los crímenes que han revelado, incluyendo las armas que segaron la vida de Garzón, Ovalle, Umaña y Hernán Henao.

Aceptan que con estas revelaciones a los medios de comunicación buscan poner sobre el tapete la intención de esta banda de entregarse a la justicia siempre y cuando se les respete la vida y el debido proceso. “Así nos metan 200 años queremos parar este derramamiento de sangre porque aspiramos la paz para nuestros hijos”.

¿Qué pasa si el gobierno no acepta esto? Según ellos, a menos que el país le pare bolas a su propuesta, la guerra con las AUC terminará llevándose media ciudad, no sólo por la cantidad de muertos que deja cada incursión en los barrios sino porque ellos tampoco van a quedarse quietos, “nosotros conocemos al dedillo sus contactos y recorridos y si no paran los vamos a combatir con toda nuestra capacidad militar”.

El reto a Castaño lo hacen con la misma serenidad con que cuentan que un día de agosto viajaron a Bogotá con la misión de quitarle la vida al hombre que hizo reír a todo el país. Sabían que si les iba bien recibirían 39 millones de pesos.

Ahora son las autoridades las que deberán establecer la autenticidad de este relato. Por lo delicado de la situación se prevé que esto tendrá un pronto desenlace ya que además en los despachos del Presidente, el Fiscal, el Procurador, el Defensor del Pueblo y de varias organizaciones de derechos humanos reposan copias de esta confesión. En ella está el testimonio de algunos de los magnicidios que más han conmovido al país y de otras acciones que demuestran su poder pero no así el hecho de ser infalibles: “Aceptémoslo, hemos fallado. Por ejemplo el atentado contra la doctora Aída Abella, presidente de la Unión Patriótica, el 7 de mayo de 1996, fue fallido”, dicen.
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