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| 5/27/1996 12:00:00 AM

NOTICIA DE UN SECUESTRO

SEMANA ANTICIPA EL PRIMER CAPITULO DEL PROXIMO LIBRO DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ SOBRE LOS SECUESTROS DE DIAN TURBAY, FRANCISCO SANTOS, MARUJA PACHON, MARINA MONTOYA Y ...

Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro para estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en Bogotá. Había oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal iluminado y los árboles sin hojas tenían un perfil fantasmal contra el cielo turbio y triste, pero no había a la vista na-da que temer. Maruja se sentó detrás del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le pareció el puesto más cómodo. Beatriz subió por la otra puerta y se sentó a su derecha. Tenían casi una hora de retraso en la rutina diaria, y ambas se veían cansadas después de una tarde soporífera con tres reuniones ejecutivas. Sobre todo Maruja, que la noche anterior había tenido fiesta en su casa y no pudo dormir más de tres horas. Estiró las piernas entumecidas, cerró los ojos con la cabeza apoyada en el espaldar, y dio la orden de rutina: _ A la casa, por favor. Regresaban como todos los días, a veces por una ruta, a veces por otra, tanto por razones de seguridad como por los nudos del tránsito. El Renault 21 era nuevo y confortable, y el chofer lo conducía con un rigor cauteloso. La mejor alternativa de aquella noche fue la avenida Circunvalar hacia el norte. Encontraron los tres semáforos en verde y el tráfico del anochecer estaba menos embrollado que de costumbre. Aun en los días peores hacían media hora desde las oficinas hasta la casa de Maruja, en la Transversal tercera No. 84A-42 y el chofer llevaba después a Beatriz a la suya, distante unas siete cuadras.Maruja pertenecía a una familia de intelectuales notables con varias generaciones de periodistas. Ella misma lo era, y varias veces premiada. Desde hacía dos meses era directora de Focine, la compañía estatal de fomento cinematográfico. Beatriz, cuñada suya y su asistente personal, era una fisioterapeuta de larga experiencia que había hecho una pausa para cambiar de tema por un tiempo. Su responsabilidad mayor en Focine era ocuparse de todo lo que tenía que ver con la prensa. Ninguna de las dos tenía nada que temer, pero Maruja había adquirido la costumbre casi inconsciente de mirar hacia atrás por encima del hombro, desde el agosto anterior, cuando el narcotráfico empezó a secuestrar periodistas en una racha imprevisible.Fue un temor certero. Aunque el Parque Nacional le había parecido desierto cuando miró por encima del hombro antes de entrar en el automóvil, ocho hombres la acechaban. Uno estaba al volante de un Mercedes 190 azul oscuro, con placas falsas de Bogotá, estacionado en la acera de enfrente. Otro estaba al volante de un taxi amarillo, robado. Cuatro, con pantalones vaqueros, zapatos de tenis y chamarras de cuero, se paseaban por las sombras del parque. El séptimo era alto y apuesto, con un vestido primaveral y un maletín de negocios que completaba su aspecto de ejecutivo joven. Desde un cafetín de la esquina, a media cuadra de allí, el responsable de la operación vigiló aquel primer episodio real, cuyos ensayos, meticulosos e intensos, habían empezado veintiún días antes. El taxi y el Mercedes siguieron al automóvil de Maruja, siempre a la distancia mínima, tal como lo habían hecho desde el lunes anterior para establecer las rutas usuales. Al cabo de unos veinte minutos giró a la derecha en la calle 82, a menos de doscientos metros del edificio de ladrillos sin cubrir donde vivía Maruja con su esposo y uno de sus hijos. Había empezado apenas a subir la cuesta empinada de la calle, cuando el taxi amarillo lo rebasó, lo cerró contra la acera izquierda , y el chofer tuvo que frenar en seco para no chocar. Casi al mismo tiempo, el Mercedes estacionó detrás y lo dejó sin posibilidades de reversa. Tres hombres bajaron del taxi y se dirigieron con paso resuelto al automóvil de Maruja. El alto y bien vestido llevaba un arma extraña que a Maruja le pareció una escopeta de culata recortada con un cañón tan largo y grueso como un catalejo. En realidad, era una Miniuzis de 9 milímetros con un silenciador capaz de disparar tiro por tiro o ráfagas de treinta balas en dos segundos. Los otros dos asaltantes estaban también armados con metralletas y pistolas. Lo que Maruja y Beatriz no pudieron ver fue que del Mercedes estacionado detrás descendieron otros tres hombres. Actuaron con tanto acuerdo y rapidez, que Maruja y Beatriz no alcanzaron a recordar sino retazos dispersos de los dos minutos escasos que duró el asalto. Cinco hombres rodearon el automóvil y se ocuparon de los tres al mismo tiempo con un rigor profesional. El sexto permaneció vigilando la calle con la metralleta en ristre. Maruja reconoció su presagio._Arranque, _ngel _le gritó al chofer_. Súbase por los andenes, como sea, pero arranque._ngel estaba petrificado, aunque de todos modos con el taxi delante y el Mercedes detrás carecía de espacio para salir. Temiendo que los hombres empezarían a disparar, Maruja se abrazó a su cartera como a un salvavidas, se escondió tras el asiento del chofer, y le gritó a Beatriz: _Bótese al suelo._Ni de vainas _murmuró Beatriz_. En el suelo nos matan. Estaba trémula pero firme. Convencida de que no era más que un atraco, se quitó con dificultad los dos anillos de la mano derecha y los tiró por la ventanilla, pensando: "Que se frieguen". Pero no tuvo tiempo de quitarse los dos de la mano izquierda. Maruja, hecha un ovillo detrás del asiento, no se acordó siquiera de que llevaba puesto un anillo de diamantes y esmeraldas que hacía juego con los aretes.Dos hombres abrieron la puerta de Maruja y otros dos la de Beatriz. El quinto disparó a la cabeza del chofer a través del cristal con un balazo que sonó apenas como un suspiro por el silenciador. Después abrió la puerta, lo sacó de un tirón, y le disparó en el suelo tres tiros más. Fue un destino cambiado: _ngel María Roa era chofer de Maruja desde hacía solo tres días, y estaba estrenando su nueva dignidad con el vestido oscuro, la camisa almidonada y la corbata negra de los choferes ministeriales. Su antecesor, retirado por voluntad propia la semana anterior, había sido el chofer titular de Focine durante diez años. Maruja no se enteró del atentado contra el chofer hasta mucho más tarde. Sólo percibió desde su escondite el ruido instantáneo de los cristales rotos, y enseguida un grito perentorio casi encima de ella: "Por usted venimos, señora. ¡Salga!". Una zarpa de hierro la agarró por el brazo y la sacó a rastras del automóvil. Ella resistió hasta donde pudo, se cayó, se hizo un raspón en una pierna, pero los dos hombres la alzaron en vilo y la llevaron hasta el automóvil estacionado detrás del suyo. Ninguno se dio cuenta de que Maruja estaba aferrada a su cartera. Beatriz, que tiene las uñas largas y duras y un buen entrenamiento militar, se le enfrentó al muchacho que trató de sacarla del automóvil. "¡A mí no me toque!", le gritó. El se crispó, y Beatriz se dio cuenta de que estaba tan nervioso como ella, y podía ser capaz de todo. Cambió de tono. _Yo me bajo sola _le dijo_. Dígame qué hago. El muchacho le indicó el taxi. _Móntese en ese carro y tírese en el suelo _le dijo_. ¡Rápido! Las puertas estaban abiertas, el motor en marcha y el chofer inmóvil en su lugar. Beatriz se tendió como pudo en la parte posterior. El secuestrador la cubrió con su chamarra y se acomodó en el asiento con los pies apoyados encima de ella. Otros dos hombres subieron: uno junto al chofer y otro detrás. El chofer esperó hasta el golpe simultáneo de las dos puertas, y arrancó a saltos hacia el norte por la avenida Circunvalar. Sólo entonces cayó Beatriz en la cuenta de que había olvidado la cartera en el asiento de su automóvil, pero era demasiado tarde. Más que el miedo y la incomodidad, lo que no podía soportar era el tufo amoniacal de la chamarra. El Mercedes en que subieron a Maruja había arrancado un minuto antes, y por una vía distinta. La habían sentado en el centro del asiento posterior con un hombre a cada lado. El de la izquierda la forzó a apoyar la cabeza sobre las rodillas en una posición tan forzada que casi no podía respirar. Al lado del chofer había un hombre que se comunicaba con el otro automóvil a través de un radioteléfono primitivo. El desconcierto de Maruja era mayor porque no sabía en qué automóvil la llevaban __pues nunca supo que se había estacionado detrás del suyo_ pero sentía que era nuevo y cómodo, y tal vez blindado, porque los ruidos de la avenida llegaban en sordina como un murmullo de lluvia. No podía respirar, el corazón se le salía por la boca y empezaba a sentir que se ahogaba. El hombre junto del chofer, que actuaba como jefe, se dio cuenta de su ansiedad y trató de calmarla. _Esté tranquila _le dijo, por encima del hombro_. A usted la estamos llevando para que entregue un comunicado. En unas horas vuelve a su casa. Pero si se mueve le va mal, así que estése tranquila. También el que la llevaba en las rodillas trataba de calmarla. Maruja aspiró fuerte y expiró por la boca, muy despacio, y empezó a recuperarse. La situación cambió a las pocas cuadras, porque el automóvil encontró un nudo del tránsito en una pendiente forzada. El hombre del radioteléfono empezó a gritar órdenes imposibles que el chofer del otro carro no lograba cumplir. Había varias ambulancias atascadas en alguna parte de la autopista, y el alboroto de sus sirenas y los pitazos ensordecedores eran para enloquecer a quien no tuviera los nervios en su lugar. Y los secuestradores, al menos en aquel momento, no los tenían. El chofer estaba tan nervioso tratando de abrirse paso que tropezó con un taxi. No fue más que un golpe, pero el taxista gritó algo que aumentó el nerviosismo de todos. El hombre del radioteléfono dio la orden de avanzar como fuera, y el automóvil escapó por sobre andenes y terrenos baldíos. Ya libre del atasco siguió subiendo. Maruja tuvo la impresión de que iban hacia La Calera, una cuesta del cerro muy concurrida a esa hora. Maruja recordó de pronto que tenía en el bolsillo de la chaqueta unas semillas de cardamomo, que son un tranquilizante natural, y les pidió a sus secuestradores que le permitieran masticarlas. El hombre de su derecha la ayudó a buscarlas en el bolsillo, y se dio cuenta de que Maruja llevaba la cartera abrazada. Se la quitaron, pero le dieron el cardamomo. Maruja trató de ver bien a los secuestradores, pero la luz era muy escasa. Se atrevió a preguntarles: "¿Quienes son ustedes?". El del radioteléfono le contestó con la voz reposada. _Somos del M-19. Una tontería, porque el M-19 estaba ya en la legalidad y haciendo campaña para formar parte de la Asamblea Constituyente._En serio _dijo Maruja_. ¿Son del narcotráfico o de la guerrilla? _De la guerrilla _dijo el hombre de adelante_. Pero esté tranquila, sólo la queremos para que lleve un mensaje. En serio. Se interrumpió para dar la orden de que tiraran a Maruja en el suelo, porque iban a pasar por un retén de la policía. "Ahora no se mueva ni diga nada, o la matamos", dijo. Ella sintió el cañón de un revólver en el costado y el que iba a su lado terminó la frase. _La estamos apuntando. Fueron unos diez minutos eternos. Maruja concentró sus fuerzas, masticando las pepitas de cardamomo que la reanimaban cada vez más, pero la mala posición no le permitía ver ni oír lo que hablaron con el retén, si es que algo hablaron. La impresión de Maruja fue que pasaron sin preguntas. La sospecha inicial de que iban hacia La Calera se volvió una certidumbre, y eso le causó un cierto alivio. No trató de incorporarse, porque se sentía más cómoda que con la cabeza apoyada en las rodillas del hombre. El carro recorrió un camino de arcilla, y unos cinco minutos después se detuvo. El hombre del radioteléfono dijo:
_Ya llegamos. No se veía ninguna luz. A Maruja le cubrieron la cabeza con una chaqueta y la hicieron salir agachada, de modo que lo único que veía eran sus propios pies avanzando, primero a través de un patio, y luego tal vez por una cocina con baldosines. Cuando la descubrieron se dio cuenta de que estaban en un cuartito como de dos metros por tres, con un colchón en el suelo y un bombillo rojo en el cielo raso. Un instante después entraron dos hombres enmascarados con una especie de pasamontañas que era en realidad una pierna de sudadera para correr, con los tres agujeros de los ojos y la boca. A partir de entonces, durante todo el tiempo del cautiverio, no volvió a ver una cara de nadie. Se dio cuenta de que los dos que se ocupaban de ella no eran los mismos que la habían secuestrado. Sus ropas estaban usadas y sucias, eran más bajos que Maruja, que mide un metro con sesenta y siete, y con cuerpos y voces jóvenes. Uno de ellos le ordenó a Maruja entregarle las joyas que llevaba puestas. _"Es por razones de seguridad _le dijo_ Aquí no les va a pasar nada". Maruja le entregó el anillo de esmeraldas y diamantes minúsculos, pero no los aretes. Beatriz, en el otro automóvil, no pudo sacar ninguna conclusión de la ruta. Siempre estuvo tendida en el suelo y no recordaba haber subido una cuesta tan empinada como la de La Calera, ni pasaron por ningún retén, aunque era posible que el taxi tuviera algún privilegio para no ser demorado. El ambiente en la ruta fue de un gran nerviosismo por el embrollo del tránsito. El chofer gritaba a través del radioteléfono que no podía pasar por encima de los carros, preguntaba qué hacía, y eso ponía más nerviosos a los del automóvil delantero, que le daban indicaciones distintas y contradictorias. Beatriz había quedado muy incómoda, con la pierna doblada y aturdida por el tufo de la chaqueta. Trataba de acomodarse. Su guardián pensaba que estaba rebelándose y procuró calmarla: "Tranquila, mi amor, no te va a pasar nada, _le decía_. Sólo vas a llevar una razón''. Cuando por fin entendió que ella tenía la pierna mal puesta, la ayudó a estirarla y fue menos brusco. Más que nada, Beatriz no podía soportar que él le dijera "mi amor'', y esa licencia la ofendía casi más que el tufo de la chaqueta. Pero cuanto más trataba él de tranquilizarla más se convencía ella de que iban a matarla. Calculó que el viaje no duró más de cuarenta minutos, así que cuando llegaron a la casa debían ser las ocho menos cuarto. La llegada fue idéntica a la de Maruja. Le taparon la cabeza con la chamarra pestilente y la llevaron de la mano con la advertencia de que sólo mirara hacia abajo. Vio lo mismo que Maruja: el patio, el piso de baldosa, dos escalones finales. Le indicaron que se moviera a la izquierda, y le quitaron la chaqueta. Allí estaba Maruja sentada en un taburete, pálida bajo la luz roja del bombillo único. _¡Beatriz! _dijo Maruja_ ¡Usted aquí! Ignoraba qué había pasado con ella, pero pensó que la habían liberado por no tener nada que ver con nada. Sin embargo, al verla ahí, sintió al mismo tiempo una gran alegría de no estar sola, y una inmensa tristeza porque también a ella la hubieran secuestrado. Se abrazaron como si no se hubieran visto desde hacía mucho tiempo. Era inconcebible que las dos pudieran sobrevivir en aquel cuarto de mala muerte, durmiendo sobre un solo colchón tirado en el suelo, y con dos vigilantes enmascarados que no las perderían de vista ni un instante. Un nuevo enmascarado, elegante, fornido, con no menos de un metro ochenta de estatura, al que los otros llamaban el Doctor, tomó entonces el mando con aires de gran jefe. A Beatriz le quitaron los anillos de la mano izquierda y no se dieron cuenta de que llevaba una cadena de oro con una medalla de la Virgen. _Esto es una operación militar, y a ustedes no les va a pasar nada _dijo el Doctor, y repitió_: Sólo las hemos traído para llevar un comunicado al gobierno ._¿Quién nos tiene? _le preguntó Maruja. El se encogió de hombros. "Eso no interesa ahora", dijo. Levantó la ametralladora para que la vieran bien, y prosiguió: "Pero quiero decirles una cosa. Ésta es una ametralladora con silenciador, nadie sabe dónde están ustedes ni con quién. Donde griten o hagan algo las desaparecemos en un minuto y nadie vuelve a saber de ustedes". Ambas retuvieron el aliento a la espera de lo peor. Pero al final de las amenazas, el jefe se dirigió a Beatriz._Ahora las vamos a separar, pero a usted la vamos a dejar libre _le dijo_. La trajimos por equivocación.Beatriz reaccionó de inmediato. _Ah, no _dijo sin la menor duda_. Yo me quedo acompañando a Maruja.Fue una decisión tan valiente y generosa, que el mismo secuestrador exclamó asombrado sin una pizca de ironía: "Qué amiga tan leal tiene usted, doña Maruja". Ésta, agradecida en medio de su consternación, le confirmó que así era, y se lo agradeció a Beatriz. El Doctor les preguntó entonces si querían comer algo. Ambas dijeron que no. Pidieron agua, pues tenían la boca reseca. Les llevaron refrescos. Maruja, que siempre tiene un cigarrillo encendido y el paquete y el encendedor al alcance de la mano, no había fumado en el trayecto. Pidió que le devolvieran la cartera donde llevaba los cigarrillos, y el hombre le dio uno de los suyos. Ambas pidieron ir al baño. Beatriz fue primero, tapada con un trapo roto y sucio. "Mire para el suelo", le ordenó alguien. La llevaron de la mano por un corredor estrecho hasta un retrete ínfimo, en muy mal estado y con una ventanita triste hacia la noche. La puerta no tenía aldaba por dentro, pero cerraba bien, de modo que Beatriz se encaramó en el inodoro y miró por la ventana. Lo único que pudo ver a la luz de un poste fue una casita de adobe con tejados rojos y un prado al frente, como se ven tantas en los senderos de la sabana. Cuando regresó al cuarto se encontró con que la situación había cambiado por completo. "Nos acabamos de enterar quién es usted y también nos sirve _le dijo el Doctor_. Se queda con nosotros". Lo habían sabido por la radio, que acababa de dar la noticia del secuestro. El periodista Eduardo Carrillo, que atendía la información de orden público en Radio Cadena Nacional (RCN), estaba consultando algo con una fuente militar, cuando ésta recibió por radioteléfono la noticia del secuestro. En aquel mismo instante la estaban transmitiendo ya sin detalles. Fue así como los secuestradores conocieron la identidad de Beatriz. La radio dijo además que el chofer del taxi chocado anotó dos números de la placa y los datos generales del automóvil que lo había abollado. La policía estableció la ruta de escape. De modo que aquella casa se había vuelto peligrosa para todos y tenían que irse enseguida. Peor aún: las secuestradas irían en un coche distinto, y encerradas en el baúl.Los alegatos de ambas fueron inútiles, porque los secuestradores parecían tan asustados como ellas y no lo ocultaban. Maruja pidió un poco de alcohol medicinal, aturdida por la idea de que se iban a asfixiar en el baúl. _Aquí no tenemos alcohol _dijo el Doctor , áspero_. Se van en la maleta y no hay nada qué hacer. Apúrense. Las obligaron a quitarse los zapatos y a llevarlos en la mano, mientras las conducían a través de la casa hasta el garaje. Allí las descubrieron, y las acomodaron en el baúl del carro en posición fetal, sin forzarlas. El espacio era suficiente y bien ventilado porque habían quitado los cauchos selladores. Antes de cerrar, el Doctor les soltó una ráfaga de terror. _Llevamos aquí diez kilos de dinamita _les dijo_. Al primer grito, o tos o llanto, o lo que sea, nos bajamos del carro y lo hacemos explotar. Para alivio y sorpresa de ambas, por las costuras del baúl se colaba una corriente fría y pura como de aire acondicionado. La sensación de ahogo desapareció, y sólo quedó la incertidumbre. Maruja asumió una actitud ensimismada que hubiera podido confundirse con un completo abandono, pero que en realidad era su fórmula mágica para sobrellevar la ansiedad. Beatriz, en cambio, por una curiosidad insaciable, se asomó por la ranura luminosa del baúl mal ajustado. A través del cristal posterior vio los pasajeros del carro: dos hombres en el asiento trasero, y una mujer de pelo largo junto al chofer, con un bebé como de dos años. A su derecha vio el gran anuncio de luz amarilla de un centro comercial conocido. No había duda: era la autopista hacia el norte, iluminada por un largo trecho, y luego la oscuridad total en un camino destapado, donde el carro redujo la marcha. Al cabo de unos quince minutos se detuvo. Debía ser otro retén. Se oían voces confusas, ruidos de otros carros, músicas; pero estaba tan oscuro que Beatriz no alcanzaba a distinguir nada. Maruja se despabiló, puso atención, esperanzada de que fuera una caseta de control donde los obligaran a mostrar qué llevaban en el baúl. El carro arrancó al cabo de unos cinco minutos y subió por una cuesta empinada, pero esta vez no pudieron establecer la ruta. Unos diez minutos después se detuvo, y abrieron el baúl. Otra vez les taparon las cabezas y las ayudaron a salir en tinieblas. Hicieron juntas un recorrido semejante al que habían hecho en la otra casa, mirando al suelo y guiadas por los secuestradores a través de un corredor, una salita donde otras personas hablaban en susurros, y por fin un cuarto. Antes de hacerlas entrar, el Doctor las preparó. _Ahora van a encontrarse con una persona amiga _les dijo.La luz dentro del cuarto era tan escasa que necesitaron un momento para acostumbrar la vista. Era un espacio de no más de dos metros por tres, con una sola ventana clausurada. Sentados en un colchón individual puesto en el suelo, dos encapuchados como los que habían dejado en la casa anterior miraban absortos la televisión. Todo era lúgubre y opresivo. En el rincón a la izquierda de la puerta, sentada en una cama estrecha con un barandal de hierro, había una mujer fantasmal con el cabello blanco y mustio, los ojos atónitos y la piel pegada a los huesos. No dio señales de haber sentido que entraron; no miró, no respiró. Nada: un cadáver no habría parecido tan muerto. Maruja se sobrepuso al impacto _¡Marina!_ murmuró. Era Marina Montoya, secuestrada desde hacía casi dos meses, y a quien se daba por muerta. Don Germán Montoya, su hermano, había sido el secretario general de la Presidencia de la República con un gran poder en el gobierno de Virgilio Barco. A un hijo suyo, _lvaro Diego, gerente de una importante compañía de seguros, lo habían secuestrado los narcotraficantes para presionar una negociación con el gobierno. La versión más corriente _nunca confirmada_ fue que lo liberaron al poco tiempo por un compromiso secreto que el gobierno no cumplió. El secuestro de la tía Marina nueve meses después, sólo podía interpretarse como una infame represalia, pues en aquel momento carecía ya de valor de cambio. El gobierno de Barco había terminado, y Germán Montoya era embajador de Colombia en el Canadá. De modo que estaba en la conciencia de todos que a Marina la habían secuestrado sólo para matarla.Después del escándalo inicial del secuestro, que movilizó a la opinión pública nacional e internacional, el nombre de Marina había desaparecido de los periódicos. Maruja y Beatriz la conocían bien pero no les fue fácil reconocerla. El hecho de que las hubieran llevado al mismo cuarto significó para ellas desde el primer momento que estaban en la celda de los condenados a muerte. Marina no se inmutó. Maruja le apretó la mano, y la estremeció un escalofrío. La mano de Marina no era ni fría ni caliente, ni transmitía nada.El tema musical del noticiero de televisión las sacó del estupor. Eran las nueve y media de la noche del 7 de noviembre de 1990. Media hora antes, el periodista Hernán Estupiñán del Noticiero Nacional se había enterado del secuestro por un amigo de Focine, y acudió al lugar. Aún no había regresado a su oficina con los detalles completos, cuando el director y presentador Javier Ayala abrió la emisión con la primicia urgente antes de los titulares: La directora general de Focine, doña Maruja Pachón de Villamizar, esposa del conocido político Alberto Villamizar, y la hermana de éste, Beatriz Villamizar de Guerrero, fueron secuestradas a las siete y media de esta noche. El propósito parecía claro: Maruja era hermana de Gloria Pachón, la viuda de Luis Carlos Galán, el joven periodista que había fundado el Nuevo Liberalismo en 1979 para renovar y modernizar las deterioradas costumbres políticas del partido liberal, y era la fuerza más seria y enérgica contra el narcotráfico y a favor de la extradición de nacionales.
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