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| 3/6/1995 12:00:00 AM

NUESTRO HOMBRE EN WASHINGTON

El temperamento no diplomàtico de Carlos Lleras crea desconcierto en la Casa Blanca y en la Casa de Nariño

EN LOS CORRILLOS POLITIcos por estos días el tema es uno: Carlos Lleras de la Fuente. Con motivo de la crisis en las relaciones con Estados Unidos el cargo del embajador en Washington se ha convertido de la noche a la mañana en el centro de la atención nacional. La embajada, a pesar de su importancia política en Colombia, allá siempre había tenido un papel más protocolario que sustancial. En las actuales circunstancias en que el país ha sido puesto contra la pared por el gobierno estadounidense por cuenta del narcotráfico, todo esto ha cambiado y el futuro de las relaciones colombo-norteamericanas, con todo lo que eso implica, dependen en buena parte de 'nuestro hombre en Washington'.
¿Cómo lo ha hecho Carlos Lleras hasta ahora? El balance es cuando menos controvertido. Su frase de la semana pasada en el discurso ante el Consejo de las Américas en el sentido de que "Estados Unidos tiene complejo de vampiro" creó estupor en el mundo diplomático. Esta terminología es más propia de Sadam Hussein o de Gadaffi que de la tradiciòn diplomàtica colombiana. Y con la frase siguiente de que al gobierno estadounidense "lo que le gustan son los cadáveres" lo que hizo fue echarle más gasolina al incendio.
Sin embargo, por imprudentes que resulten las anteriores declaraciones, no pasan de ser anecdóticas. La verdadera controversia acerca de la gestión de Carlos Lleras no gira alrededor del vampirazo sino de ciertos rasgos de su personalidad, los cuales han incidido negativamente en su gestión. En la capital de Estados Unidos, donde el estatus de cada embajador no depende de sus condiciones personales sino de la importancia del país que representa, Lleras de la Fuente ha tenido problemas en ajustarse a esta realidad.
El anecdotario al respecto es infinito. Prácticamente cada semana desde su llegada ha salido a flote algún episodio que deja entrever una incompatibilidad de caracteres entre el gobierno de Estados Unidos y el embajador colombiano. Esto comenzó con la presentación de credenciales, que es una reunión protocolaria entre el nuevo embajador y el presidente Bill Clinton, en la cual se le hace entrega de un breve mensaje escrito del nuevo representante al jefe de Estado. Es costumbre, por cortesía, enviar el mensaje días antes a la Casa Blanca y al Departamento de Estado con el fin de que los asesores del Presidente puedan preparar una respuesta acorde. Lleras elaboró un documento de 13 páginas con algunas alusiones que el Departamento de Estado consideró no particularmente amistosas. Después de revisarlo, un funcionario de protocolo, para insinuarle que lo acortara y modificará algunos párrafos, le manifestó: "su discurso es bastante heterodoxo. Lo normal son dos páginas amistosas". Lleras preguntó entonces si el discurso ofendía a Clinton. Ante una respuesta negativa, puntualizó que no iba a cambiar una sola linea.
Otro episodio muy comentado tuvo lugar días antes de la presentación de credenciales. Una de las tradiciones diplomáticas es la entrega de copias de todos los documentos que acreditan a los nuevos jefes de misión ante el Departamento de Estado. Con este propósito el gobierno norteamericano le fijó una cita a Lleras con el subsecretario de Estado, Strobe Talbot, quien, por su condición de amigo íntimo de Clinton, es uno de los hombres más influyentes de Washington y el principal candidato a reemplazar en poco tiempo al secretario de Estado, Warren Christopher. Lleras se negó a aceptar esta cita con el argumento de que sólo aceptaría presentar esos documentos ante el propio Christopher. Funcionarios de la cancillería norteamericana le explicaron que el Secretario de Estado andaba muy ocupado en asuntos del Medio Oriente, Bosnia y otros. Después de mucha insistencia lograron que finalmente aceptara la reunión con Talbot, pero éste ya estaba enterado del veto inicial contra él y el daño ya estaba hecho.
Casos como el anterior ha habido varios y se han convertido en la comidilla de la colonia colombiana en Washington y del alto gobierno en Colombia. Después de la presentación de credenciales es costumbre hacer un recorrido por varios departamentos para tratar temas puntuales. Una vez más Lleras insistió en hablar con los titulares de cada Secretaría, cuando la tradición es reunirse con el funcionario que se ocupa de América Latina, pues ese es el que conoce el asunto y puede servir realmente como interlocutor práctico. En ese momento se volvió a repetir la historia. Los secretarios se negaron a recibirlo. El Departamento de Estado le aconsejó entonces entrevistarse con los subsecretarios especializados, a lo cual Lleras se negó inicialmente.
El caso más sonado fue con el secretario de Trabajo, Robert Reich. Cuando la secretaria personal de éste dijo al embajador colombiano que no podría recibirlo antes de varios meses, Lleras tomó el teléfono, la regañó y posteriormente le envió una carta dura al propio Reich. El problema es que este funcionario es una de las fichas claves para dar el visto bueno al sistema general de preferencias, un sistema que beneficia arancelariamente productos de países en desarrollo, donde Colombia está particularmente interesada.
Lo mismo sucedió con Mickey Kantor, el jefe de la Oficina de Comercio, donde se maneja el tema del banano que, obviamente, es muy importante para el país. La funcionaria clave en ese sector es la vicerrepresentante para América Latina, Carmen Suro Brady. Lleras se negó inicialmente a reunirse con ella, argumentando que no correspondía a su jerarquía. Esto no hizo nada para congraciarlo con ella, quien finalmente será quien tome las decisiones sobre el tema del banano.
Anécdotas de esta naturaleza se repiten una y otra vez y no se limitan a las relaciones con el gobierno estadounidense sino también con el colombiano. La Cancillería se la pasa bombardeada con solicitudes del embajador, que van desde protestas por el retraso en pagos hasta peticiones de nuevos nombramientos. El Ministerio de Relaciones Exteriores nunca ha sido particularmente eficiente y este tipo de situaciones son bastantes comunes. Sin embargo, en el caso de Lleras de la Fuente, las solicitudes han llegado a tener tono de exigencia y son tan frecuentes que han generado malestar.
Con motivo de la Cumbre de Miami de Presidentes Iberoamericanos se decidió publicar un aviso de página entera en el Washington Post con el fin de promocionar la imagen de Colombia. La elaboración del anunció se le encomendó a la firma de Peter Schecter, que había sido contratada por el gobierno colombiano como asesora de imagen. Esta preparó el anuncio, pero cuando se lo presentaron a Carlos Lleras lo vetó y manifestó que él personalmente se encargaría de hacerlo. Reemplazó el arte publicitario por un texto cuya extensión llenaba todo el tamaño de la página y el cual, según la firma asesora de imagen, era bastante ladrilludo y poco atractivo. Peter Schecter procedió entonces a comunicarle la situación a la Cancillería pidiéndole instrucciones. En otras palabras, tocaba decidir si se publicaba la versión de Lleras o se desautorizaba a éste, informándole que las decisiones publicitarias corrían por cuenta de los expertos. El canciller, Rodrigo Pardo, consultó al Presidente al respecto y entre los dos decidieron finalmente que era mejor publicar la versión de Lleras para evitar cualquier posible conflicto con èl.
Todo este panorama no deja a Carlos Lleras de la Fuente con muchos amigos ni en Washington ni en el alto gobierno en Colombia. Tal vez la explicación de toda esta situación es bastante sencilla: su prestigio radicaba en gran parte en su personalidad echada para adelante y sin pelos en la lengua. Estos atributos lo consagraron como político, pero son los menos adecuados para la diplomacia, donde los requisitos son diametralmente opuestos. Decir lo que se piensa y decirlo en forma exagerada y desabrochada son puntos para un candidato pero pecados para un diplomático.
Curiosamente, ahora que la situación del narcotráfico se ha complicado tanto, vale la pena recordar que Lleras fue nombrado precisamente por la gravedad que estaba adquiriendo ese problema. Se necesitaba en Washington un símbolo del antinarco, un hombre con carácter y con una integridad a toda prueba, y nadie cumplía con estos requisitos como Carlos Lleras. Pero su falta de experiencia diplomática se puede volver un problema en un momento en que las relaciones entre Estados Unidos y Colombia están llegando a su punto más bajo en muchos años. Carlos Lleras de la Fuente obviamente no tiene nada que ver con todo este conflicto, cuyos orígenes están explicados en el artículo anterior. Es un hombre popular en Colombia y sus posturas independientes frente al Tío Sam probablemente han aumentado su popularidad ante la opinión pública. Sin embargo, su falta de temperamento diplomático le ha jugado malas pasadas en los primeros meses de su gestión y le está comenzando a ocasionar una pérdida de credibilidad ante los gobiernos de Colombia y Estados Unidos.
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