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| 12/8/2007 12:00:00 AM

“Nunca pensé que un problema mío se pudiera convertir en noticia nacional”

Después del escándalo por su salida de la embajada en Washington, Paola Ochoa habló por primera vez con un medio de comunicación.

Hace algunas semanas la periodista Paola Ochoa, ex editora económica de SEMANA, fue declarada insubsistente del cargo de asesora de comunicaciones de la embajada de Colombia en Washington. Lo que habría sido una decisión rutinaria llegó a los medios porque no quedó claro si fue motivada por una dura carta que la funcionaria envió a The New York Times para protestar por un editorial injusto contra Colombia, o por sus roces con el hijo del Canciller, quien seguía trabajando en la representación diplomática sin tener un cargo concreto.

SEMANA: Desde cuando estalló este escándalo, usted siempre ha permanecido muy callada. ¿Por qué sólo ahora decide hablar?
PAOLA OCHOA: Porque consideré que las explicaciones las tenían que dar el canciller Fernando Araújo y la embajadora Carolina Barco. Además, porque nunca pensé que un asunto burocrático se fuera a convertir en noticia nacional.

SEMANA: Sin embargo, ocurrió todo lo contrario: su declaración de insubsistencia como consejera de prensa de la embajada en Washington se convirtió en un gran escándalo…
P.O.: Mi preocupación en ese momento no era tanto el escándalo que se pudiera armar en Colombia, sino en el exterior. ¿Cómo les iba a explicar a los periodistas de la prensa de Estados Unidos, con quienes mantenía relaciones a diario, que por defender el país me habían echado del puesto? Y lo que era peor: que lo había hecho siguiendo las instrucciones del Presidente de la República.

SEMANA: Hablemos del episodio de la carta. ¿Cómo sucedieron los hechos?
P.O.: A las tres semanas de posesionada en el cargo viajé con la embajadora Carolina Barco a la Asamblea de las Naciones Unidas en Nueva York. Estando allí, el presidente Uribe me dice que yo me tengo que encargar de que la Embajada en Washington se vuelva beligerante. Que él ya no se aguanta más el maltrato que nos dan, y que no podemos seguir respondiendo en términos tan suaves. Y me dijo que como la embajadora Barco no iba a cambiar su estilo diplomático, que entonces me tocaba a mí volverme la dura. Yo entendí la orden de Presidente como una estrategia de 'policía bueno-policía malo'. Como quien dice, la Embajadora se encarga de tratar los temas con diplomacia, y yo, de hablar con franqueza.

SEMANA: ¿Y por eso manda la carta al 'New York Times' en esos términos tan duros?
P.O.: Por eso y porque tenía un inmenso dolor de patria. Cuando uno está lejos del país se vuelve sensible a los asuntos que lesionan la soberanía nacional. Acá uno se dedica a criticar todo. Allá, en cambio, uno deja de ver los árboles para empezar a mirar el bosque. Por eso, estando en Washington, me dolió que un periódico tan prestigioso y serio como el New York Times publicara un editorial a todas luces ligero y tendencioso, desconociendo los avances que ha tenido el país en estos años.

SEMANA: ¿Qué pasó después de mandar la carta?
P.O.: Recibo dos mensajes escritos de felicitación de Palacio: uno de Jorge Mario Eastman y otro de César Mauricio Velásquez. Además, me llamó Juan Manuel Robledo, el segundo de prensa de la Cancillería. Me dijo que mi carta era excelente y que en el Ministerio la quieren mandar a todas las embajadas de Colombia en el mundo para que la tomaran como modelo a seguir. Yo estaba feliz. No podía creer que los personajes más importantes de este gobierno en materia de comunicaciones y de prensa, me hubieran llamado a mí -una simple funcionaria de segundo nivel- a felicitarme por mi carta.

SEMANA: A pesar de esas felicitaciones, la Embajadora le jala las orejas por no haber consultado con ella la carta…
P.O.: Sí, y lo hizo de una forma muy amable y cordial. Me explicó que en estos temas existe una diferencia entre el sector público y el privado. Que en el sector público, y en especial en el mundo diplomático, uno no se puede saltar los conductos regulares, así las órdenes vengan del propio Presidente. Yo le ofrecí disculpas y el tema quedó cerrado.

SEMANA: ¿En qué momento le dicen que se tiene que ir por ese hecho?
P.O.: Un mes después de haber sucedido, la Embajadora me comunica que en Cancillería hay un mal ambiente por esa carta. Que a pesar de todos sus esfuerzos por convencer al Canciller de que yo era nueva en el sector público y de que estaba actuando siguiendo las órdenes del Presidente, la posición del Ministro era radical: yo tenía que irme.

SEMANA: ¿Es verdad que usted presentó renuncia?
P.O.: Eso es absolutamente falso. Fue algo que se inventó el Canciller y eso le consta a la Embajadora. Tampoco es verdad que, como él dijo, yo le pedí la insubsistencia porque me favorecía más en términos económicos. Si mi problema hubiera sido de plata, me habría quedado trabajando los dos meses a los que tenía derecho por ley, devengando salarios del Estado, cosa que no hice.

SEMANA: ¿Qué hizo entonces?
P.O.: Entregué el cargo tan pronto supe de mi insubsistencia. De manera inmediata, devolví todos los documentos que me acreditaban como diplomática y obtuve el paz y salvo respectivo.

SEMANA: ¿Pensó en algún momento que su salida tenía que ver con lo del hijo del Canciller?
P.O.: La Embajadora me dijo al principio que el móvil del Canciller era mi carta al New York Times. Pero después, me mencionó que el Canciller también estaba molesto por las revelaciones de Gustavo Gómez en Caracol Radio sobre la situación de su hijo. A lo cual le respondí: ¿Qué tengo que ver yo con eso?

SEMANA: Entonces usted no fue la fuente...
P.O.: Yo sí hablé con Gustavo. Él me llamó a preguntar si era verdad que el hijo del Canciller desempeñaba funciones en la Embajada. Yo le dije que sí. ¿Cómo le iba a decir mentiras? Este era un hecho notable y conocido por multitud de personas que desfilaban a diario por la Embajada: políticos, ministros, empresarios, artistas. Cualquiera pudo haber llevado el mensaje a Colombia.

SEMANA: ¿Le tocó a usted pagar los platos rotos?
P.O.: Sí, por desgracia. Al parecer, el Canciller pensó que yo estaba detrás del escándalo de su hijo. Y quiso tapar una irregularidad con una injusticia.

SEMANA: ¿Se precipitó el Canciller?
P.O.: Quizá pensó que como yo no tenía padrinos políticos, ni pertenecía a partido alguno, el asunto de mi insubsistencia no dejaría de ser más que un mero trámite de orden burocrático. Como se sabe, yo llegué al cargo a través de un proceso de selección con una firma cazatalentos. Gracias a la intervención de los medios, pero en especial de Julio Sánchez Cristo -a quien no tengo todavía el honor de conocer personalmente-, se destapó todo este asunto.

SEMANA: ¿Qué era exactamente lo que hacía el hijo del Canciller en la Embajada?
P.O.: Lo que todo el mundo ya sabe: asistía a las reuniones de coordinación de todos los lunes, iba a todas las reuniones semanales con las firmas de relaciones públicas y de lobby, organizaba las agendas de la visita de varios ministros, acompañaba a la Embajadora en gestiones oficiales y asistía a las reuniones en el Congreso con los parlamentarios.

SEMANA: Pero en aras de la justicia, hay que aceptar que el propio Presidente reconoció públicamente que él fue quien insistió en que el hijo del Canciller se quedara en la Embajada. No fue por iniciativa del Canciller.
P.O.: Eso puede ser así. Pero el problema mío no es por qué nombraron al hijo del Canciller, sino por qué me sacaron a mí, que lo único que hice fue seguir las instrucciones del Presidente.

SEMANA: Tras su insubsistencia, ¿recibió manifestaciones de solidaridad de funcionarios del gobierno?
P.O.: Sí, empezando por la misma Embajadora. Admiro su valentía para expresar en forma pública, y en oposición al Canciller, que ella no había estado de acuerdo con esa decisión. Agradezco, igualmente, sus generosas palabras sobre mis cualidades profesionales y el lindo homenaje de despedida que me hizo.

SEMANA: ¿Quién más en el alto gobierno la llamó para solidarizarse con usted?
P.O.: Debo destacar las palabras sinceras del vicepresidente, Francisco Santos, quien me llamó a decirme que lamentaba mucho la injusticia que se había cometido conmigo. Y al mismo Presidente, quien ordenó mi reintegro por considerar que yo había acatado al pie de la letra sus instrucciones.

SEMANA: Hablemos de ese episodio. ¿Cuándo y cómo le ofrecen el reintegro?
P.O.: La semana pasada me reuní con la Embajadora y ella me comentó del deseo del Presidente de que volviera al cargo. Yo le dije que si ella estaba de acuerdo, entonces que yo también. Para mí, esa era la única forma de enmendar la injusticia que se había cometido conmigo.

SEMANA: ¿Entonces qué pasó? ¿Por qué no la reintegraron?
P.O.: Porque el Canciller se le atravesó al Presidente. El decreto de mi reintegro fue preparado en Presidencia y enviado a Cancillería para su firma. Pero cuando llegó allí, el Canciller lo frenó. Es algo que es difícil de entender.

SEMANA: Con la designación anunciada de su reemplazo, todo indica que no regresará a Washington. ¿Qué se va a poner a hacer?
P.O.: Todavía no lo sé. Se reciben ofertas laborales.
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