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| 11/26/2011 12:00:00 AM

Obras son amores

Las visiones de Santos y de Uribe sobre cómo deben manejarse las relaciones con Venezuela chocan. ¿Ha servido tratar a Chávez como nuevo mejor amigo?

Las diferencias entre el presidente Juan Manuel Santos y su antecesor, Álvaro Uribe, volvieron a salir a flote. Esta vez sobre el tema de las relaciones con Venezuela. El noticiero CM& reveló el jueves segmentos de una charla que sostuvo Uribe con un grupo de representantes de la Mesa de Unidad de la oposición venezolana, en los que criticó con dureza el cambio que le introdujo Santos a la diplomacia frente al vecino. "¿Cómo les da más peso a 800 millones de dólares, o a 400, que a los valores democráticos?", se preguntó Uribe, y se respondió a sí mismo: "Los valores democráticos no tienen precio".

Y fue más allá. Les sugirió a los líderes de la oposición venezolana que hicieran "un manifiesto público diciendo: presidente Santos, estamos desconcertados", justo en vísperas del encuentro programado para este lunes 28 de noviembre entre los presidentes Santos y Chávez en Caracas. Lo que Uribe pretende es que Colombia mantenga una política exterior con un fuerte contenido ideológico y antichavista. Pero Santos, desde el momento mismo en que fue elegido, optó por una actitud pragmática que le da más importancia a la construcción de buenas relaciones -con Venezuela y con otros países- y que respeta el tipo de régimen político de las contrapartes, así no lo comparta.

El discurso de Uribe no era público y no se sabe quién lo grabó. "No era secreto, pero sí privado", dijo el exvicepresidente Francisco Santos, actual director del programa de noticias de la mañana de RCN Radio, quien asistió a la reunión con la oposición venezolana junto con otros líderes cercanos a la derecha uribista: José Obdulio Gaviria, Plinio Apuleyo Mendoza, Rafael Nieto y Miguel Gómez. En general, las reacciones fueron muy negativas para Uribe. El gobierno optó por la prudencia: ni el presidente ni la canciller María Ángela Holguín hablaron sobre el tema, y el vicepresidente Angelino Garzón se limitó a afirmar que había que ser "muy respetuosos de los asuntos internos de cada país". Ramón Guillermo Aveledo, vocero de la Mesa de Unidad venezolana -antichavista-, le pidió a Uribe que no los utilizara "para hacerle oposición a Santos".

El episodio, más que una anécdota de política interna, tiene efectos sobre la política exterior. Si en algún tema Santos cambió la dirección que traía el gobierno anterior, fue en el de las relaciones con Venezuela. El giro fue de 180 grados y ha sido uno de los principales motivos de la lejanía que hoy existe entre Santos y Uribe. Este último ni siquiera asiste a las reuniones de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, una instancia en la que se sientan enemigos acérrimos como Ernesto Samper y Andrés Pastrana y que tiene como objetivo buscar consensos en materia de política internacional para fortalecer la posición del país.

Pero más peligroso que discrepar es adelantar alianzas con la oposición a gobiernos de otros países que al fin y al cabo son las contrapartes oficiales del Estado colombiano. Hace poco Uribe peleó con Rafael Correa, presidente de Ecuador, por su posición sobre las Farc. Y ahora se reunió con críticos acérrimos de Chávez. Para los gobiernos de los países vecinos no es fácil entender que mientras el presidente Santos está empeñado en tener buenas relaciones, Uribe juegue de manera tan abierta en el campo de sus contradictores.

El respeto a los asuntos internos de otros Estados es un principio universal de la convivencia pacífica. Ni siquiera Estados Unidos ha hecho algo para obligar a Chávez a democratizarse. Y Colombia tiene aún más razones para asumir una actitud pragmática, si se tiene en cuenta la magnitud de los intereses que están en juego en su relación con Venezuela. Criticar en estos momentos el autoritarismo de Chávez, su apego al poder o sus abusos antidemocráticos tendría además el efecto de poner sobre la mesa el tema de las relaciones bilaterales justo cuando está comenzando una nueva campaña electoral.

Y la historia demuestra que en épocas de competencia política se exasperan las actitudes nacionalistas y emotivas. Chávez o incluso alguno de sus antecesores podrían caer en la tentación de una peligrosa demagogia. Las épocas de campaña son tiempos de prudencia.

En todo caso, la gran pregunta es hasta dónde le ha convenido a Colombia el cambio que el presidente Santos les dio a las relaciones con Chávez. ¿Es cierto, como plantea Uribe, que se han abandonado principios esenciales a cambio de logros insignificantes? Aunque la agenda bilateral es muy amplia, hay tres puntos que se destacan: el comercio, la seguridad y el tono de las relaciones políticas.

En materia comercial, el balance es positivo. Aunque Santos les ha dicho a los empresarios que su prioridad es mantener un buen tono en las relaciones políticas y que no hay que hacerse muchas ilusiones sobre un regreso a los niveles de intercambio comercial de hace tres años -cercano a los 7.000 millones de dólares-, las cifras han repuntado. De las deudas acumuladas a exportadores colombianos por el problema de falta de disponibilidad de divisas y su manejo por entidades oficiales, se han pagado 902 millones y quedan pendientes un poco menos de 200. En el mes de julio, por primera vez desde hace dos años, hubo un incremento y se prevé que a finales de 2011 el monto llegará a 1.730, lo que significa un crecimiento anual superior al 20 por ciento.

El monto es bajo comparado con lo que llegó a ser, pero se sabe que en los puntos más altos había niveles de sobrefacturación que escondían la verdadera dimensión del comercio bilateral. Los empresarios han logrado diversificar sus ventas y han reemplazado el mercado venezolano con exportaciones siete veces superiores a lo que representaba Venezuela el año pasado. Sin Venezuela, las manufacturas colombianas crecen al 6 por ciento y las exportaciones industriales crecen en dos dígitos. Esto significa que Venezuela ya no puede utilizar su mercado como carta de negociación frente a Colombia ni puede tratar de sacar provecho en otros temas con el anzuelo de su mercado interno. Lo que sí preocupa es la estabilidad del incipiente proceso de recuperación comercial. Los gobiernos no han logrado un acuerdo sobre un pacto comercial que reemplace el régimen de la Comunidad Andina, del cual Venezuela se retiró, y las transacciones se hacen mediante prórrogas trimestrales que generan incertidumbre. Y en esas condiciones, pocos quieren asumir riesgos con nuevos negocios en Venezuela.

En el campo de la seguridad, el vaso puede verse medio lleno o medio vacío. Importantes jefes guerrilleros siguen en Venezuela y muy posiblemente entre ellos -al menos hasta ahora- ha estado Timochenko, el nuevo jefe de las Farc. Sin embargo, la cooperación ha mejorado. Venezuela ha detenido a delincuentes colombianos de segundo nivel, solicitados por el gobierno Santos, y se conocen versiones en el sentido de que las Farc han expresado su inconformidad por un cambio de actitud de Chávez. Los ministros de Defensa de los dos países han reanudado su comunicación y aunque el gobierno colombiano está menos satisfecho de lo que dice públicamente, es una realidad que a la guerrilla se le han estrechado los espacios, físicos y políticos, en Venezuela.

Lo que definitivamente ha mejorado es el clima de las relaciones bilaterales desde que Juan Manuel Santos superó la actitud ideologizada de Uribe. Las confrontaciones verbales quedaron atrás y los tambores de guerra, que llegaron a sonar, se apagaron. Y eso -sumado al cambio de tendencia en lo comercial y a los avances moderados en seguridad- conforma un panorama más rentable, desde un punto de vista de resultados concretos. Que es, al fin y al cabo, lo que se busca con una estrategia pragmática.
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