Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 1991/07/08 00:00

¡OLE, CESAR!

La tarde gloriosa de Rincón vista por Antonio Caballero.

¡OLE, CESAR!

CESAR RINCON NO SABE SALIR DE LA PLAZA de Las Ventas de Madrid sino por la Puerta Grande. En la corrida de la Beneficencia sacó con él a otros dos: el matador de toros Ortega Cano, que iba llorando, y el ganadero de bravo Samuel Flores, que también iba llorando. En los tendidos llorábamos muchos más. En los toros, cuando las cosas salen como deben salir, se llora a mares. Era tardísimo en la plaza, pero nadie se movía de su sitio y todos teníamos las manos rotas de aplaudir, y la plaza entera giraba produciendo ese zumbido de felicidad, de panal de abejas borrachas de miel, que producen las plazas cuando la fiesta de los toros es de verdad una fiesta.
Pero es mejor no empezar por ahí. Las corridas de toros no empiezan así nunca, y rara vez terminan de esa manera. Hay que empezar por el principio. Por el rumor de expectativa que ensordece las sonoras galerías de la plaza, el sudor de urgencia de los que suben escaleras al trote, el gemido de despecho de los que se quedaron afuera, impotentes ante la codicia insaciable de la reventa, y dan vueltas como sombras en la explanada desolada de Las Ventas sufriendo cuando suben al cielo los

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