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| 1/21/2012 12:00:00 AM

¡Ole, presidente!

La plaza de toros de Santamaría ha sido también el termómetro político del país. Grandes momentos de la historia han sido reflejados en ese escenario.

La plaza de Santamaría siempre ha sido un ruedo esencial de la política. Enrique Olaya Herrera, como presidente de la República, estuvo presente en su fundación el 8 de febrero de 1931, y en los primeros años, muy distintos a los de la era de la televisión o del Twitter, los candidatos y los gobernantes asistían sin falta a sus tribunas para buscar contacto con la gente. Jorge Eliécer Gaitán hizo célebres manifestaciones en la plaza antes de su candidatura en 1946, y encendió los tendidos con su oratorio antes que los más famosos toreros hicieran sus más épicas faenas.

El duelo entre la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y la oposición, en los años cincuenta, tuvo sus tercios más intensos en la Santamaría. En enero de 1956 Joselillo le brindó un toro a María Eugenia Rojas, hija del presidente de la República, hecho que originó una silbatina larga y sonora en medio de gritos de "¡Viva el Partido Liberal!". La siguiente semana la Policía de Bogotá difundió un comunicado en el que anunciaba que tomaría medidas para "evitar que los espectáculos públicos se conviertan, por actos de personas carentes de personalidad, en manifestaciones de carácter político que solo sirven para crear un clima de desasosiego". Y el domingo 5 de febrero los tendidos se llenaron muy temprano por funcionarios públicos y miembros de la Policía política encargados de evitar una nueva manifestación contra el gobierno. Cuando, al filo de las tres de la tarde se vislumbraron algunas manifestaciones contra el régimen y gritos de "¡Abajo la dictadura!", los agentes encubiertos silenciaron las voces de protesta y golpearon a los revoltosos. La corrida saltó a la arena antes de tiempo para distraer al público. El episodio fue registrado en la memoria colectiva como "la corrida de la masacre" y el mito multiplicó el número de las supuestas víctimas de la violencia estatal. Los entendidos aseguran que las faenas de César Girón, Dámaso Gómez y Chicuelo II, fueron históricas: los tres, del brazo del ganadero, terminaron la tarde con vuelta el ruedo.

César Gaviria, a comienzos de los años noventa, fue el último presidente que se le midió al termómetro de la Santamaría. Salió bien librado, en los tiempos del revolcón y de la Asamblea Constituyente, pero ninguno de sus sucesores ha vuelto a la arena. En cambio, existen fotografías que registran la emoción de sus antecesores ante la fiesta brava. Laureano Gómez y sus hijos, Álvaro y Enrique, no solo fueron espectadores sino se les midieron con sus capotes a becerros en tentaderos a puerta cerrada, lo mismo que Belisario Betancur. Tal vez el más entusiasta fue Guillermo León Valencia, quien en una conferencia en la Universidad de Salamanca, en 1969, llegó a decir que el toreo y la política tienen muchas cosas en común, como el hecho de que "el público es inalcanzable tanto para el torero como para el político". Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras sacaron sus pañuelos blancos para responder saludos y Virgilio Barco, más sobrio, se pateó más de una corrida.

La tauromaquia y la política están unidas por muchos hilos. El triunfo y la derrota, la lucha por el apoyo popular, el pulso entre poderes, entre otros. Valencia decía que "en ambos casos es difícil, casi imposible, complacer al público y a la postre todos los presidentes de naciones y de corridas son abucheados (…) a menos que estos complazcan al respetable con olvido y menosprecio de los reglamentos y la ley".

Pocas actividades tienen más influencia en el discurso político, que los toros. Con frecuencia se dice que un político quemado prefiere "mirar los toros desde la barrera". O que un candidato, derrotado cuatro veces, se juega una vez más porque "no hay quinto malo". Los ministros nuevos "llegan con su cuadrilla" para barrer la burocracia, y más de un presidente "le ha puesto banderillas a su antecesor" o ha sabido "capotear al enemigo".

La paradoja es que si bien durante décadas -antes del imperio de las encuestas- el coso de la Santamaría fue el termómetro que medía la aceptación de los candidatos, ahora -bajo el empuje de los antitaurinos- los políticos no se asoman a las corridas, porque se volvieron políticamente incorrectas. Es más: el último que lo hizo -Gustavo Petro, a distancia, con su oposición a las corridas- hasta el momento ha cortado orejas con su faena. O al menos, ha recibido ovación en el primer tercio.
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