Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1987/07/13 00:00

OPERACION GUAQUIMAY

Mucha mata, mucho laboratorio, mucho lavaperro y poco capo en el más importante operativo anti-coca de los últimos meses.

OPERACION GUAQUIMAY


Desde el helicóptero era posible ver, en cientos de metros a la redonda y sobre un terreno bastante quebrado, decenas de cultivos aislados, no muy extensos si se les consideraba individualmente. Después de un corto sobrevuelo en busca del helipuerto improvisado por la Policía, el aparato aterrizó a un lado del campamento, desencadenando una agitación general de los arbustos circundantes. Era cerca del mediodía y en el campamento, levantado a principios de la semana por más de dos centenares de agentes venidos desde Bogotá, los uniformados trataban de sacudirse del sopor originado en una temperatura que superaba de lejos los 30 grados.

Así llegaron los periodistas--entre ellos un reportero de SEMANA--el martes de la semana pasada, a lo que fue descrito por la Policía como el centro de actividades de la llamada Operación Guaquimay. Este nombre indígena de la región aledaña al lugar, fue utilizado para bautizar la misión cuyo objetivo central era el de tomar el control de esta inhóspita zona, ubicada al norte de Cundinamarca entre las poblaciones de Paime y Tudela, y convertido desde hace unos 4 años, en una de las más extensas áreas de cultivo y producción de coca del país.

El capitán de Policía Gabriel Gil, uno de los 10 oficiales encargados de la operación y quien se encontraba matando el aburrimiento con la lectura de la novela "Sin novedad en el frente", recibió a la prensa con una suscinta descripción de lo que las autoridades habían hecho. Relató que el grupo de agentes había partido de Bogotá el 4 de junio, después de que, según el capitán Gil, "fuimos enterados por las gentes de la región, quienes repudian este tipo de actividades y acudieron a las autoridades para erradicar este flagelo".

Para la operación, los agentes contaron con el respaldo de unidades de la XIII Brigada del Ejército, establecidas en los alrededores del lugar y dedicadas a vigilar a una columna de 40 hombres de las FARC, pertenecientes al XI frente y acampados a unas 4 horas a pie de la zona sembrada de coca. La toma no resultó fácil. Hasta las primeras horas del martes, hubo disparos entre los uniformados y trabajadores de los cultivos y las cocinas. Estos últimos se ocultaron en las montañas que rodean la región y algunos protegieron su huida con disparos de fusil G-3. Los cabecillas se dieron el lujo de escapar en camperos, que habían sido ubicados en forma estratégica a la vera de la carretera de Tudela a Paime.

La gordura del hallazgo
A finales de la semana y cuando ya la prensa no se ocupaba mucho del asunto, no estaba muy claro el tamaño del golpe propinado al narcotráfico. Una evaluación de incautaciones y detenidos permitía evitar que el hallazgo fuera sobredimensionado. Hubo 40 detenidos, ninguno de ellos de importancia dentro de la organización, y relativamente poco peligrosos si se tiene en cuenta que la Policía los estaba utilizando para la erradicación de los cultivos. Aparte de estos "lava perros" que trabajaban en las 6 cocinas y 4 laboratorios hallados en el área, fueron incautadas cien canecas de éter, ácidos y gasolina, 4 mulas de carga y un caballo. En cuanto a droga propiamente dicha, fueron retenidos algunos kilos de pasta de coca y una cantidad no especificada de cocaína refinada.

A pesar de que la toma de la región fue presentada por algunos medios como una verdadera batalla, los resultados no parecen corroborarlo. Por fortuna para la Policía, sólo hubo una baja que lamentar, consecuencia de un episodio más bien accidental. El agente Miguel Angel Huertas resultó herido durante la noche en que se inició el operativo, cuando cayó en un fondo en el que se cocinaba miel de caña para la producción de panela. Fue trasladado a Bogotá con quemaduras en las piernas.

Más allá de las capturas, es interesante analizar el significado de haber descubierto y tomado control de la zona de siembra. Según pudo establecer SEMANA, los terrenos--cerca de 100 hectáreas donde se encuentran repartidos unos 30 cultivos de, más o menos, una hectárea cada uno--son baldíos y venían siendo ocupados y trabajados para la siembra de coca, por gentes que no habían tenido éxito en la zona esmeraldífera, unos cuantos kilómetros al norte. Los continuos enfrentamientos entre guaqueros fueron desplazando a centenares de personas de la región de Muzo y alrededores, obligándolas a buscar un mejor destino al sur, donde compradores de cocaína cuya identidad se desconoce, estaban creando un emporio de cultivo y producción.

Esos compradores buscarán ahora seguramente otra región del país para continuar con su negocio, mientras los segundones capturados la semana pasada enfrentan los procesos judiciales. De ahí que no se pueda considerar que, a pesar del tamaño de la zona descubierta, se trate de un gran golpe a los narcos. En anteriores ocasiones, los mismos compradores han sido los encargados de delatar la existencia de cultivos y laboratorios, cuando las personas que han puesto a sembrar empiezan a cobrar más duro por los bultos de hoja. Si esto sucedió en Guaquimay, se podría explicar el por qué se produjo la toma de una área de siembra y producción que todos conocían hace por lo menos cuatro años.

Este último punto ha planteado muchas dudas. Un habitante de Tudela le dijo al enviado de SEMANA que "es difícil que las autoridades no se hubieran dado cuenta de esto antes. Yo no sé por qué hasta ahora los cogieron". La presencia militar y de Policía en la región no es nueva, pues la existencia de una columna de las FARC en las cercanías atrajo la atención de los uniformados hace mucho tiempo. Según algunas versiones, guerrilleros de las FARC estaban cuidando las plantaciones. Y aunque esto no resulta difícil de creer, tampoco lo es que entre los agentes y los soldados se hubiera creado un ambiente de complicidad, o al menos de hacerse los de la vista gorda. Por algo fueron agentes enviados desde Bogotá los encargados de la operación, mientras los policías de Tudela y Paime apenas si sabían lo que estaba pasando cuando los periodistas les preguntaron.

Es posible que todas estas dudas no se lleguen a resolver nunca. Como no se va a resolver el problema inmediato de destruir los cultivos. Según fuentes de la Policía, se necesitarían mil hombres trabajando de sol a sol y durante más de tres meses, para destruir todas las matas. Como si fuera poco, las altas temperaturas de la zona y la topografía quebrada complican cualquier labor de erradicación de las siembras. Todo indica que, aparte de laboratorios y cocinas, la destrucción de los arbustos se va a quedar en las quemas presenciadas y fotografiadas el martes por la prensa.--

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