Jueves, 18 de diciembre de 2014

| 2013/06/29 13:00

Operación Jaque 5 años después

Más allá del espectacular éxito militar, esta operación se convirtió en un punto de quiebre de la historia.

Esta primera imagen de los liberados, que muchos colombianos vieron ese 2 de julio de 2008 por la televisión, es recordada como uno de los momentos más emotivos y conmovedores de la historia reciente del país. Foto: León Darío Peláez / Semana

Ese miércoles, a la 1 y 30 de la tarde, los secuestrados que viajaban en un helicóptero, convencidos de que seguían en poder de las Farc, oyeron un grito que los devolvió a la vida: “Somos el Ejército Nacional. Están libres”. 

De inmediato, a 2.500 metros de altura, Ingrid Betancourt, los tres contratistas estadounidenses y siete policías y militares que hasta ese momento habían estado secuestrados, lloraron y se abrazaron de la emoción. La noticia saltó como un rayo y cuando tocó tierra se oyó un grito de júbilo por todos los rincones del país.

Este 2 de julio se cumplen cinco años de la Operación Jaque y no es equivocado pensar que cualquier colombiano hoy puede contar con lujo de detalles qué estaba haciendo en ese preciso momento. Se trata tal vez del instante más feliz que el país en su conjunto recuerde en los últimos tiempos, porque fue un punto de quiebre de la historia de Colombia.

Con la Operación Jaque el país no solo le dio un golpe mortal a la infame práctica del secuestro (a partir de ese momento las Farc perdieron buena parte de su capacidad de chantaje) sino que el Estado confirmó que podía ganar la guerra. La espectacular operación era prueba de ello. Y ese convencimiento se trasnformó en una palanca muy poderosa en un país que durante casi medio siglo había creído que la victoria sobre la guerrilla era un imposible.

Como si fuera poco, para ese momento la crueldad de la guerra había llegado a su punto más bajo. Diez meses atrás se había conocido una carta en la que Ingrid Betancourt descubría su alma. “Aquí vivimos muertos”, escribió. “He dado muchas batallas, he tratado de escaparme en varias oportunidades, he intentado mantener la esperanza pero ya me doy por vencida”. Ese texto y una fotografía, en la que se veía extremadamente delgada, le dieron la vuelta al mundo como símbolo del calvario de los secuestrados en Colombia. 

Esos documentos daban testimonio de que los horrores de los campos de concentración no eran exclusivos de la Alemania nazi o de la Rusia estalinista. Y la conciencia del país se sacudió: los colombianos, en uno de los mensajes políticos más potentes de su historia, indignados, se lanzaron a las calles en lo que fue la histórica marcha del 4 de febrero de ese año.

Cinco meses después vino la Operación Jaque, acabó de un tajo con esa crueldad y rescató de paso la dignidad del país. Son pocos los momentos en que una sociedad se da cuenta del valor de la libertad, tal vez en tiempos de dictadura o de guerra. Y Colombia, en ese momento, entendió ese concepto a fondo.

La operación fue perfecta. Sacó al grupo de secuestrados de las garras de las Farc sin regar una gota de sangre, y es vista hoy como una de las misiones de rescate más exitosas del mundo. Es utilizada como caso de estudio en Estados Unidos, España, Francia, y otros países latinoamericanos. A bordo de un helicóptero blanco y naranja, burlaron a la guerrilla como un caballo de Troya. La supuesta misión humanitaria, que les sirvió para engañar a los guerrilleros, no era más que un puñado de militares disfrazados.

Por su grado de sofisticación, la Jaque graduó a las Fuerzas Armadas de Colombia como una de las más poderosas del mundo. Está a la altura de  operaciones tan famosas como Entebbe, en la que fuerzas especiales israelíes liberaron a 102 rehenes de un avión secuestrado por terroristas palestinos en 1976. O como la del rescate de rehenes en la embajada iraní en Londres en 1980 o la que ordenó Fujimori para acabar con la toma de la Embajada del Japón en Lima, en 1996. A diferencia de la Jaque, en todas ellas hubo muertos. 

Para las Farc fue un golpe de alto impacto: en apenas 22 minutos, lo que duró la operación, quedó por tierra la moral de los guerrilleros. Por primera vez el Ejército se les metía a “su madriguera”.

Las imágenes de los liberados bajando del helicóptero mantuvieron a los colombianos pegados de los televisores y están fijas en la memoria de varias generaciones. 

Los héroes que les dieron la libertad permanecieron alejados de las cámaras y celebraron esa noche con hamburguesas y champaña. Solo el expresidente Uribe, el entonces ministro de Defensa y actual presidente Juan Manuel Santos, la cúpula militar y los 15 secuestrados conocen sus rostros. Hoy unos pocos están retirados, pero los demás siguen activos en labores de inteligencia. Recibieron premios, asistieron a cursos y conferencias en escuelas estadounidenses. Tres meses después de la operación visitaron el Salón de la Justicia de la CIA, dónde recibieron un homenaje.

Para los liberados, estos cinco años han sido una bendición, pero también una prueba. La mayoría de ellos estuvo casi diez años, padeciendo todo tipo de golpes físicos y psicológicos. Muchos se han superado a sí mismos. Otros aún pelean con sus fantasmas. Todos han librado batallas silenciosas para recuperar el tiempo perdido. La mayoría de ellos le contó a SEMANA lo que ha sido su  historia después de la selva. 

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