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| 10/26/2013 1:00:00 PM

Óscar Iván Zuluaga, el hombre de Uribe

Con su candidatura, los uribistas tienen la esperanza de poner en jaque la reelección de Juan Manuel Santos. Análisis Revista Semana.

A primera vista, la convención uribista tenía unos mecanismos que daban una impresión de imparcialidad. Eran 1.300 delegados y el presidente no había tomado partido abiertamente a favor de ninguno de los tres candidatos: Francisco Santos, Óscar Iván Zuluaga y Carlos Holmes Trujillo.

Sin embargo, los que creían que el único propósito de ese cónclave era evitar que ganara Pacho Santos, con el resultado obtenido, sienten que tenían razón. A pesar de una ventaja de casi 3 a 1 en todas las encuestas sobre sus otros dos contendores y de una encuesta el primer día de la convención en que le ganaba al presidente, Pacho Santos fue derrotado.
 
Desde el inicio se sabía que los tres huevitos se habían convertido en dos: Zuluaga y Santos.  Carlos Holmes Trujillo, a pesar de su hoja de vida y oratoria, nunca tuvo chance. Era un simple mano a mano entre el más popular de los candidatos contra el preferido de la cúpula uribista. 

En el complejo mecanismo de votación, los discursos de Pacho pusieron a vibrar el recinto. Si bien este se vendió como un gran candidato, Óscar Iván lo hizo como un hombre de Estado. Eso, combinado con el manejo político de Fabio Valencia y la creencia colectiva de que Óscar Iván era el hombre de Uribe, definió el asunto. 

Francisco Santos trató de ocultar su dolor, pero no pudo. Mientras que Carlos Holmes Trujillo, el otro candidato derrotado, hizo una arenga a favor de la unión, Santos se abstuvo. En las cámaras de televisión se vio que aunque inicialmente estaba al lado del ganador, prefirió distanciarse de este moviéndose hacia atrás. 

Uribe lo llamó para que volviera al frente y él respondió que prefería estar al lado del expresidente que del nuevo candidato. No era para menos. Santos había librado una campaña agresiva y exitosa y había logrado posicionarse ante su electorado como el mejor para enfrentar a su primo. 

Pero muchos uribistas temían que un mano a mano entre un Santos Calderón y otro Santos Calderón daba una presentación de república bananera y podría darle munición a una tercería para rechazar a la oligarquía bogotana. Pero Pacho no lo vio así. Para él lo que hubo fue un golpe de mano y ese resentimiento es comprensible.   

El escenario que se viene ahora en la campaña va a ser menos agresivo y más sustancioso de lo que hubiera sido con el enfrentamiento entre los dos primos. Óscar Iván Zuluaga, quien durante muchos meses de campaña nunca pudo romper la barrera de la indiferencia de la opinión pública, enfrenta el reto de hacerlo ahora en su condición de candidato único del uribismo. No le va a quedar fácil pues paradójicamente es más estadista que agitador de masas. 

Sus credenciales como economista serio, estudioso de la cosa pública y trabajador diligente y responsable, son conocidas solamente por sus allegados y por los habitantes de su región. Para el grueso del país es aún relativamente desconocido y su trayectoria como congresista y ministro de Hacienda de Uribe es registrada por el mundo político pero ignorada por la mayoría de los colombianos.

Su recorrido por todo el país nunca se tradujo en un repunte en las encuestas, las cuales nunca superaron un dígito. Eso seguramente cambiará con su nuevo estatus de candidato único. Sin embargo, en términos generales se podría decir que el hombre que enarbola la bandera del Centro Democrático en la futura campaña es un producto más sólido que taquillero. 

Eso deja la responsabilidad de vender el producto más que nunca en los hombros del expresidente Álvaro Uribe Vélez. El resultado dependerá en gran parte del número de curules que obtenga su movimiento en las próximas elecciones de Congreso. La votación se calcula en alrededor de 12 millones de votos. Los uribistas hablan de un caudal no inferior a los 3 millones de votos que podrían traducirse en unos 30 escaños en el Senado. 

Sin embargo, si se revisan las cifras de la última votación al Congreso parecería que esa meta no es fácil de obtener. El Partido de la U obtuvo la mayor votación en 2010 y ascendió a 2.792.944 votos. En ese momento era el partido del gobierno que contaba con el enorme prestigio de Uribe, la maquinaria de todos los caciques que lo apoyaban y todas las gabelas del Ejecutivo.  

Hoy el expresidente prácticamente no tiene maquinaria y su fuerza se basa en el voto de opinión. En esas circunstancias creer que se puede obtener una votación cercana a los 3 millones de votos suena improbable. Si la cifra se acercara a 2 millones de votos, que suena más posible, el número de senadores sería más bien del orden de 20. Aunque ese sería un resultado impresionante, para los uribistas cualquier cifra por debajo de esa sería una derrota. 

Los  pronósticos para la lista de Cámara son menos buenos. A diferencia de la lista de Senado, que es cerrada y jalonada por la enorme popularidad del expresidente, la de Cámara es abierta y no tiene una locomotora igual. Como la mayoría de sus integrantes son personajes muy respetables pero sin votos, en la Cámara baja no se espera ningún terremoto. 

Las banderas de Zuluaga tendrán que ser las que el expresidente le ha impuesto a su cruzada política desde la oposición. Aunque la retórica es la misma de los tres huevitos, agregándoles diálogo popular y Estado austero, en realidad, el eje de sus propuestas en la práctica son dos: romper de una el proceso de paz y desacatar oficialmente el fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya sobre el mar territorial.  

Si bien los dos temas gozan de un apoyo popular considerable, volverlos realidad le daría un vuelco a la política colombiana no sólo a nivel nacional sino internacional. Aunque muchísimos colombianos tienen dudas sobre el proceso de paz, la mayoría quiere que no se abandone este experimento. Una posibilidad remota de paz es mejor que una seguridad de guerra. 

A pesar de todas las dificultades y tropiezos que se han presentado nunca se ha estado más cerca de acabar con el conflicto armado que en este momento. El acuerdo sobre el tema agrario y el avance en el punto de la participación política constituyen un hito nunca antes obtenido en ninguna de las negociaciones anteriores con las Farc. 

Terminar de un tajo los diálogos de La Habana significa simplemente seguir echando bala. Y como es seguro que las Farc con sus 8.000 miembros restantes nunca podrán ser aniquiladas hasta el último hombre, lo único que puede suceder es un regreso a una mesa de negociación después de unos años y otros diez o veinte mil muertos.  

Hacerle propaganda negativa a la mesa de La Habana es muy fácil y el expresidente Uribe ha obtenido réditos espectaculares en su papel de guerrero crítico. Pero volver a construir el andamiaje que el presidente Santos ha montado es muy difícil. Y por más frágil que parezca ahora ese andamiaje, intentar reproducirlo en el futuro después de los fracasos del Caguán y de este experimento, si gana el uribismo, sería casi imposible por la desconfianza mutua entre las dos partes. 

La otra exigencia ideológica que el expresidente Uribe le hace a Óscar Iván no es menos espinosa. Según se ha repetido una y otra vez en los últimos días, tan pronto llegue a la Casa de Nariño el nuevo presidente del Centro Democrático lo primero que haría es ir a la Corte de La Haya a notificar oficialmente el desacato del país al fallo de San Andrés. Esa también es una bandera muy popular hoy. Sin embargo, llevarla a cabo iría en contra de una tradición  centenaria de seriedad e institucionalidad a nivel internacional que ha tenido Colombia. 

El presidente Santos ha tenido que navegar entre dos aguas para inventarse un limbo jurídico de que “se acata pero no se cumple”. Esa es una posición políticamente sólida pero jurídicamente frágil. El único propósito en el fondo es darle largas al asunto sin incurrir en un desacato oficial del fallo que le generaría descrédito al país ante la comunidad internacional. 

No hay nada más popular hoy que invocar la bandera de la soberanía nacional alrededor de la defensa de la integridad territorial, pero llevarlo a cabo no es un acto responsable y podría tener consecuencias imprevisibles. Es más fácil hacer campaña política con esa bandera que tomar decisiones de gobierno sobre ese asunto. Es por eso que a Juan Manuel Santos para evitar el colapso de su prestigio le ha tocado recurrir al híbrido de “sí pero no”. 

No sería raro que Óscar Iván Zuluaga y los otros dos precandidatos uribistas tuvieran algunas reservas sobre el radicalismo de su jefe. Pero donde manda capitán no manda marinero y les ha tocado alinearse. Al fin y al cabo, quieren ser presidentes y los votos son de Uribe. Por eso es posible que Zuluaga, con su trayectoria de responsabilidad en todas las etapas de su carrera política, haya tenido que tragarse uno que otro sapito en relación con esos dos puntos para llegar a donde llegó el sábado pasado.

A pesar de que siempre se había dicho que el opositor del uribismo que más le convendría al presidente Santos sería su primo Francisco, eso no es tan automático. Para derrotar a un presidente en una reelección, lo que más se requiere es pasión. Las gabelas que tiene el Ejecutivo para mantenerse en la Casa de Nariño son enormes. Óscar Iván Zuluaga, si bien representa una imagen de seriedad y preparación, no ha podido vender hasta ahora el concepto de pasión.

Esa emocionalidad ha estado en el ADN del uribismo desde su nacimiento. Por más utópicas y en algunos casos irresponsables que son las propuestas del expresidente, sus seguidores las aceptan por la pasión con que las transmite. El reto de Zuluaga en los meses venideros es tratar de generar empatía no vendiendo pasiones, que no es su fuerte, sino dominio de los temas de Estado que sí lo es. 

Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga son solamente dos de las tres patas que va a tener el próximo debate electoral. La tercera carta es la izquierda. Esta definitivamente jugará un papel fundamental en medio del mano a mano Uribe y Santos En el fondo esas dos corrientes juegan en el mismo campo: el espacio entre el centro y la centroderecha. 

La izquierda, como sucedió en el caso de Petro y la Alcaldía de Bogotá, podría colarse y llegar a la segunda vuelta. El primer requisito para cumplir ese objetivo sería llegar a un acuerdo sobre un candidato único para las elecciones. Ante una oportunidad histórica como la actual es probable que Antonio Navarro Wolff y Clara López superen sus diferencias existentes y lleguen a un mecanismo en que quien gane cuenta con el apoyo del otro. 

En este momento ese mecanismo de unión está estancado en parte por la candidatura de Enrique Peñalosa. Una consulta interna entre los tres dividiría la izquierda y el que se podría colar sería Peñalosa. Y aunque los verdes hicieron alianza con los Progresistas, ideológicamente tienen poco en común. Por eso Navarro y Clara López no le han jalado a esa fórmula. 

Si no se logra la unión de la izquierda, la carta de Óscar Iván Zuluaga sigue en juego para la segunda vuelta. De ahí en adelante, la ventaja sigue siendo de Santos. A pesar de su impopularidad y de las dudas sobre el proceso de paz, para el electorado es un producto conocido. No despierta pasión pero se sabe para dónde va. Con el rompimiento de los diálogos de La Habana y el desacato del fallo de La Haya habría un viraje demasiado radical para muchos votantes. 

En el fondo Juan Manuel Santos debe estar tranquilo con el resultado de la convención uribista. Las posibilidades de que lo derrote Zuluaga no son muchas. Mucho más mortificante hubiera sido para él que el candidato triunfador fuera Francisco Santos. El odio recíproco entre los dos primos hubiera dado mas espectáculo a la campaña electoral. Lo que se va a vivir en los próximos meses es una campaña menos emocionante pero más seria.
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