Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/04/01 16:00

Este es el hombre que aterroriza a tres departamentos

Se trata de Dairo Antonio Úsuga, alias 'Otoniel', jefe de los Urabeños. Ordenó un paro armado que puso en jaque a Antioquia, Córdoba y Chocó. Lo llaman el 'nuevo patrón del mal’.

Dairo Antonio Úsuga David, alias Otoniel.

La Policía lo persigue por cielo y tierra. Se ha convertido en un objetivo de alto valor y ha logrado escapar de decenas de operaciones. Se trata de uno de los últimos narcotraficantes pesos pesados de Colombia: Dairo Antonio Úsuga David, más conocido como ‘Otoniel’.

Este hombre con el paso de los años conformó el Clan ‘Úsuga’, más conocido como ‘Urabeños’, una banda criminal que crece por todo el país y que esta semana ha logrado paralizar a tres departamentos con un paro armado cuyo eje ha sido las amenazas al comercio y a la población en general.

En Antioquia, Chocó y Córdoba los hombres de ‘Otoniel‘ han dado golpes que asustan. Han muerto seis uniformados de la Policía y el Ejército, han quemado buses y vehículos particulares. Han sembrado el terror con grafitis alusivos a su grupo delincuencial y han dejado banderas que aterrorizan. Este es el perfil de este criminal que se ha empeñado en poner en jaque al país.

“Ese hombre es un animal, es un peligro completo. Es peligrosísimo. Él mata por matar, a niños, al que sea, no le importa”. Esta frase fue pronunciada por uno de los capos más temidos y sanguinarios en la historia del crimen en Colombia: Daniel el ‘Loco’ Barrera. Este narco, capturado por la Policía en septiembre del 2012 y extraditado a Estados Unidos, sorprendió a las autoridades en su momento cuando manifestó el profundo miedo que sentía ante ‘Otoniel‘. La frase permite dimensionar por qué el jefe de los Urabeños es hoy en día el principal objetivo de las autoridades.

Aunque para muchos colombianos su nombre puede ser desconocido, ‘Otoniel‘ tiene un largo historial en el mundo del crimen. Nació en Turbo, Antioquia, en 1970. A los 16 años ingresó, junto con su hermano Juan de Dios, a la guerrilla del EPL. En 1991, cuando ese grupo entregó las armas, ninguno de los dos se desmovilizó y, por el contrario, integraron una disidencia que no tuvo mucho éxito.

Entonces se vincularon a las FARC. Para 1996, los continuos roces con sus comandantes los llevaron a cambiar de bando y se enrolaron en las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), que por ese entonces surgían con fuerza bajo el mando de los hermanos Carlos y Vicente Castaño. ‘Otoniel‘ se ganó la confianza de este último, quien lo encargó de parte del cobro de los dineros del narcotráfico y del manejo de algunas de las rutas privilegiadas, junto con Daniel Rendón, ‘Don Mario‘, hermano del jefe paramilitar el ‘Alemán‘.

Para el 2002, ‘Otoniel‘ y ‘Don Mario‘ fueron enviados con centenares de hombres a Meta para hacer parte del bloque Centauros que Vicente Castaño le vendió al narcotraficante Miguel Arroyave. Tras el asesinato de este y del propio Carlos Castaño en el 2004, ‘Otoniel‘ y ‘Don Mario‘ retornaron a Urabá, una zona que consideraban segura, que conocían muy bien, y que sabían estratégica para quien quisiera coronarse como amo y señor del narcotráfico, pues tiene acceso tanto al mar Caribe como al océano Pacífico, en medio de una inexpugnable selva, sin control del Estado.

Allí se declararon disidentes del proceso de desmovilización de las AUC que se seguía en Santa Fe Ralito durante el gobierno de Álvaro Uribe, y se autodenominaron Autodefensas Gaitanistas.

El control de las principales rutas de salida de droga por el golfo de Urabá, por cuyo uso pagan los narcos de todo el país, les permitió conseguir el músculo financiero necesario para iniciar su expansión, aprovechando la captura, la extradición o la muerte de sus rivales en diferentes lugares del país, como los Comba, los Rastrojos, los jefes de la Oficina de Envigado o ‘Cuchillo‘.

Para enero dle 2011, cuando ordenaron un paro armado que paralizó tres departamentos, entre ellos el norte de Antioquia, Córdoba y Magdalena, el país entendió que los Urabeños no eran una banda criminal de poca monta, sino una organización criminal desafiante y llena de tentáculos.

Este virtual toque de queda ocurrió en venganza contra el gobierno de Santos porque Juan de Dios Úsuga, alias ‘Giovanni‘, socio y hermano de ‘Otoniel‘, había resultado muerto en un operativo de la Policía. En esa ocasión él mismo se salvó de morir porque salió una hora antes de la llegada de los comandos jungla. También para sentar posición por la política de restitución de tierras que anunció el presidente en esos días, que los Urabeños se han enfrentado con violencia, asesinando a reclamantes de tierras y líderes de las víctimas.

Tras la muerte de su hermano, ‘Otoniel‘ asumió el liderazgo de la banda que, según los cálculos de las autoridades, tiene cerca de 1.800 hombres. Tras la caída de grandes capos del narcotráfico, y con una violenta estrategia de asesinatos despiadados, los Urabeños se expandieron a toda la costa caribe, a Norte de Santander, Valle y Nariño. A sangre y fuego consiguió que diversos grupos de todo tipo de criminales y bandas de delincuencia común se le unieran, y bajo su mando han germinado prácticas atroces como las casas de pique de Buenaventura.

“Ellos afirman que pueden ser 8.000 o más integrantes, pero realmente son muy pocos. Lo que hicieron fue crear una especie de confederación de criminales de todo tipo que actúa bajo la ‘marca’ de Urabeños, lo cual explica en parte porque actúan en muchos departamentos del país”, explicó a SEMANA un oficial antinarcóticos. “Bandas como la Empresa, en Buenaventura; la Oficina de Envigado, en Antioquia; la Cordillera, en el Eje Cafetero; y Pijarvey o el llamado bloque Meta, en el oriente del país, terminaron aliadas y trabajando para ‘Otoniel‘ y los Urabeños. Esa capacidad de articular y poner a su servicio criminales de cualquier calaña ha sido parte de su poder, sumado a la inmensa capacidad que tienen para corromper y permear la fuerza pública en las regiones”, afirma el uniformado.

Duro de agarrar

Quienes han perseguido y conocen a ‘Otoniel‘ coinciden en que encontrarlo no será fácil ya que domina las tácticas de las guerrillas antiguas: nunca usa celular, sino que se comunica por medio de estafetas. Jamás duerme dos noches en el mismo sitio. Se moviliza entre montañas y selvas a lomo de mula o caminando con un grupo de no más de cinco escoltas. Rara vez se le ve en una vereda y desde hace años no visita un pueblo, por pequeño que sea. Sus familiares cercanos realizaron las labores de confianza, como manejo de cobros y dinero. Hermanos, primos, sobrinos, cuñados, tíos, amantes y esposas se convirtieron durante años en los encargados de supervisar y manejar las franquicias criminales y los aspectos más relevantes de la bacrim. En los últimos dos años la mayoría de su círculo más cercano ha sido arrestado dentro y fuera de Colombia, lo cual ha permitido ir cercándolo.

‘Otoniel‘ mantuvo cierta cercanía y contacto con quien fue su mentor y antiguo jefe, alias ‘Don Mario‘, aun después de que este fue capturado en el 2009. No obstante, el año pasado esa relación cambió radicalmente ya que desde los calabozos este último intentó persuadir a varios integrantes de los Urabeños para que entraran a un proceso de sometimiento y entrega a la Fiscalía. En respuesta, ‘Otoniel‘ le envió una carta en octubre pasado en la que desconoce cualquier autoridad suya sobre la organización. Unos meses más tarde, el 12 de diciembre del 2014, ‘Otoniel‘ ordenó la masacre de varios familiares de su exjefe. Dos hombres y cinco mujeres, dos de ellas menores de edad, fueron acribillados con más de 100 tiros de fusil en una humilde vivienda de madera, en la vereda Los Monos, a 90 minutos del municipio de Amalfi, Antioquia.

Ese hecho marcó un punto de quiebre en los Urabeños. Mientras ‘Don Mario‘ intentaba convencer a sus antiguos hombres de someterse a la justicia, ‘Otoniel‘ pretende pescar en el río revuelto del proceso de paz de La Habana bajo el argumento de que el gobierno debe dialogar con ese grupo que, según él, es la reencarnación de las autodefensas.

Para el Gobierno es claro que los Urabeños no son una continuación de las antiguas AUC y que son simple y llanamente una banda de crimen organizado. Eso sí, con gran capacidad de daño sobre la población, pues hoy son los mayores causantes de homicidios, masacres, desplazamiento y reclutamiento forzado de menores. Por eso más que capturar o matar a ‘Otoniel‘, el objetivo es desvertebrar su red. No sólo porque sin duda será el mayor factor de reciclaje de la violencia en el posconflicto, sino porque la existencia de unas Bacrim que se salieron de madre ha sido abordada con inquietud en la Mesa de Conversaciones de La Habana.

Para las FARC está claro que en un escenario de eventual desmovilización, los territorios que queden libres podrían ser copados por esta y otras bandas. Y no les falta razón, pues así ha ocurrido en procesos anteriores. Si a eso se suma la debilidad institucional, las rentas ilícitas y una geografía inhóspita en regiones segregadas, pobres y olvidadas, el asunto es serio. Por eso, por ser un asunto que se puede volver de seguridad nacional, desde hace un mes el Estado ha lanzado esta dura persecución contra el hombre que simboliza hoy la consumación del mal, como en su tiempo lo hizo Pablo Escobar.

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