Domingo, 22 de enero de 2017

| 1998/10/05 00:00

OTRO DESPLAZADO

A siete años de promulgada la Constitución del 91 la figura del vicepresidente todavía no despega.

OTRO DESPLAZADO

Algunos noticieros mostraron la semana pasada al vicepresidente Gustavo Bell deambulando por las calles como un desplazado más en busca de que alguien le solucionara su situación. Todo parecía indicar, en ese momento, que al igual que sucedió con Humberto de la Calle a comienzos del gobierno Samper, el vicepresidente estaba siendo relegado a ser una figura nostálgica y sin oficio, dedicado a indagar en los pasillos de Palacio por la salud del Presidente.
Algo había de exageración, sin embargo, en esa imagen. La verdad es que el vicepresidente Bell ha tenido una oficina en Palacio desde el 7 de agosto para despachar sus asuntos, que como lo anunció en la campaña electoral han estado asociados con el tema de la educación. Pero a pesar de ello sigue siendo cierto que la figura del vicepresidente está en un limbo jurídico por culpa del fallo del Consejo de Estado que tumbó el decreto presidencial que buscaba darle estatus de funcionario público. Fallo que no permite siquiera que el vicepresidente se gane un sueldo. De hecho, hace cuatro años Humberto de la Calle tuvo que sobrevivir durante ocho meses sin recibir un solo peso hasta que fue nombrado embajador en España por Ernesto Samper. Y esa era la situación de Gustavo Bell hasta esta semana.
El Consejo de Estado consideró que el vicepresidente no es funcionario público y que la ley debía reglamentar su condición para que tenga funciones específicas. El Congreso no se ha ocupado del tema, sin embargo, y la vicepresidencia sigue siendo una especie de cargo fantasma. A pesar de que el actual vicepresidente ha venido trabajando en el tema de la educación desde su despacho provisional, la verdad es que para eso fue nombrado un ministro, cuyo nombre no es precisamente Gustavo Bell. Y en eso radica el problema de la vicepresidencia. Que los gobiernos se ven en dificultades para asignarles funciones sin que terminen pisándole las mangueras a los ministros o a otros funcionarios.
Pero el gobierno de Andrés Pastrana parece haberle apostado a un último intento por recuperar la figura de la vicepresidencia. La semana pasada el Presidente decidió crear el cargo de alto consejero presidencial, para luego nombrar a su vicepresidente en ese cargo y poder así pagarle un sueldo. Con un rango equivalente al del alto comisionado para la paz, Víctor G. Ricardo, Bell se encargará de asumir las funciones de dos antiguas consejerías presidenciales: la de Derechos Humanos y la de Modernización y Racionalización de la Administración Pública. Ya casi están listas las oficinas que le serán asignadas, que están ubicadas en la carrera octava al frente de Palacio, las que entrará a ocupar en un mes. Así las cosas, el vicepresidente tendrá que representar al país ante organismos internacionales de derechos humanos y en misiones especiales al exterior que le asigne el Presidente. También tendrá injerencia en los temas de educación y cultura al margen de los ministros, teniendo bajo su mando el equipo con el que contaban las dos consejerías que desaparecerán. Paradójicamente, también estará encargado de diseñar e impulsar en el Congreso un proyecto de ley que finalmente reglamente la vicepresidencia como cargo público autónomo.
Aunque todo esto suena bien, está por verse si es suficiente para que la vicepresidencia, una institución que no parece haber calado del todo en la cultura política nacional, finalmente echa raíces. De no lograrlo, es probable que la reforma constitucional que se avecina en este gobierno finalmente decida borrarla de un plumazo y volver a la antigua figura del designado.

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