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| 7/9/1990 12:00:00 AM

OTRO PROBLEMA SEMANTICO

¿Qué tan grave fue la metida de pata de Vasco?

Este gobierno sí que tiene problemas de semántica. Primero fue el lío que se le armó cuando trató de diferenciar las "autodefensas" de los "grupos paramilitares", para justificar la legalización de algunos grupos en el Magdalena medio. Después, y para hacerle frente al clamor popular por una asamblea nacional constituyente, sin crearse problemas de orden legal, cambió la palabra constituyente por constitucional. Y ahora no sabe qué hacer con la palabra "vital", utilizada por el embajador Gustavo Vasco al decir en Caracas la semana antepasada que el golfo de Venezuela es vital para los venezolanos.

El propio Vasco afirmó que se trata de un problema semántico, que no tiene porqué enturbiar las relaciones entre los dos países. Y así parece aceptarlo el gobierno. Pero la verdad es que las consecuencias de la declaración del embajador van mucho más allá de un problema de lenguaje.

Colombia y Venezuela sostienen una disputa en torno de la soberanía en las aguas del golfo que muchos colombianos llaman de Coquibacoa, pero que para los habitantes del vecino país ha sido y es el golfo de Venezuela. El conflicto data de comienzos del siglo pasado, y a pesar de décadas de esfuerzos por solucionarlo, es poco lo que se ha logrado porque cada país se ha sostenido firmemente en su posición.

Desde hace 30 años, Colombia, acogiéndose a las conclusiones de la Primera Conferencia de la ONU sobre Derecho del Mar (realizada en Ginebra en 1958), ha sostenido la tesis de la "línea media", según la cual, dado que La Guajira tiene un pedazo de costa sobre el golfo, el país tiene derecho a ejercer soberanía sobre las aguas que quedan al frente de dicha costa. Tal derecho se extiende hasta la mitad de la boca del golfo, donde empieza la soberanía de Venezuela sobre las aguas que quedan al frente de la peninsula de Paraguaná, localizada a la misma altura de la península colombiana, pero en la otra orilla.

Venezuela, por su parte, utilizando un método de delimitación que no tiene precedentes en el derecho internacional, propone que la frontera marítima del golfo se determine mediante la prolongación en línea recta de la frontera terrestre, dejando a Colombia con un pedazo de "costa seca". Tal figura conduciría al absurdo de que, en la costa oriental de La Guajira, Colombia fuera dueña de la arena de la playa, pero no del agua. Para darle presentación a esta posición, Venezuela tiene una justificación política: que todo lo que tenga que ver con el golfo es para ellos un asunto de interés vital.

Y es ahí donde está el problema.
Porque la única salida posible para el diferendo limítrofe, de acuerdo con la mayoría de los analistas, sería la aplicación de un tratado de no agresión que firmaron Colombia y Venezuela en 1939. Dicho tratado fija las reglas de juego para la conciliación, arbitraje y arreglo judicial para controversias de cualquier naturaleza surgidas entre los dos países. Pero el mismo tratado, en su artículo segundo, incluye una cláusula según la cual se exceptúan de su alcance todas aquellas cuestiones que atañen a los intereses vitales, independencia o integridad territorial de los estados contratantes.

De ahí el escándalo que produjeron las declaraciones de Gustavo Vasco. Porque lo que dijo el embajador en su conferencia fue, precisamente, que los intereses sobre el golfo sí son vitales para Venezuela. Ante esta situación, el canciller Julio Londoño Paredes se apresuró a descalificar a Vasco, asegurando que su conferencia tenía un carácter estrictamente personal y que, por lo tanto, "de ninguna manera comprometía la posición del gobierno de Colombia", lo que condujo a un amplio sector de la opinión nacional a solicitar la destitución del embajador. El gobierno, sin embargo, prefirió declarar cancelado el incidente.

Igual actitud asumió, en un principio, el presidente electo, César Gaviria Trujillo, quien restó importancia a las declaraciones de Vasco. Más tarde, empero, y teniendo en cuenta que el embajador insistiera en su punto de vista, Gaviria tuvo que reconocer la complejidad de la situación creada: "Resulta por lo menos inconveniente -dijo la continua reiteración de sus opiniones personales por parte del embajador, sobre todo cuando éstas se producen después de que la Cancillería ha dejado absolutamente clara la posición del gobierno colombiano".

Los ex presidentes conservadores Misael Pastrana y Belisario Betancur, por su parte, expidieron una declaración en la cual manifestaron su "perplejidad" ante las declaraciones de Vasco, con las cuales, según ellos se colocó el debate del golfo "en términos de referencia diferentes a los términos en que ha sido situado por los gobiernos anteriores".

El caso más extremo, sin embargo fue el de Jorge Mario Eastman, quien pidió convocar urgentemente las comisiones de relaciones exteriores del Senado y la Cámara de Representantes, para que analicen las declaraciones del embajador.

En Venezuela, en cambio, las palabras de Vasco fueron recogidas "con gran simpatía", según expresión del autorizado comentarista José Vicente Rangel. El diario El Universal, incluso, recogió en una entrevista publicada en su primera página el domingo 3 de junio, unas declaraciones en las cuales el embajador reafirmó su posición y desdeñó las críticas recibidas desde Colombia asegurando que "los ultrapatrioteros no han servido a los intereses de nuestros pueblos", palabras que fueron utilizadas por el diario para titular la información.

Posteriormente, en declaraciones concedidas a la radio en ambos países, Vasco aseguró que no valía la pena intoxicar las relaciones entre Colombia y Venezuela con un "problema semántico", y que lo mejor era tratar de crear una atmósfera propicia para el entendimiento.

Las consecuencias de la declaración del embajador, no obstante, pueden ser mucho más graves de lo que él supone. En una disputa territorial es lógico que las dos partes digan tener la razón. Lo absurdo es concedérsela a la contraparte. Mucho más cuando se tiene una posición como la del embajador de Colombia en Venezuela. En las actuales circunstancias, cualquier colombiano tiene derecho a opinar públicamente que los intereses en el golfo son vitales para Venezuela, con la sola excepción de tres personas: el Presidente de la República, el Canciller y el Embajador.
Más grave aún si el último va en contravía de lo que dicen sus dos superiores.

La afirmación de Vasco implica que está reconociendo una situación de hecho, que va en contra de todo lo que dicen las normas del derecho. Es como si a un canciller de la República Argentina se le ocurriera un día reconocer el derecho que tienen los ingleses sobre las islas Malvinas; o que un alto dirigente de la OLP aceptara que Israel tiene motivos de seguridad que justifican la ocupación de territorios, como la franja de Gaza.

Pero las consecuencias no son sólo conceptuales, sino prácticas. Desde el famoso incidente de las corbetas, que estuvo a punto de causar un conflicto armado entre Colombia y Venezuela, en julio de 1987, y gracias a la gestión del embajador Pedro Gómez Barrero, se había logrado alIanar el camino hacia un nuevo entendimiento entre los dos países.

Los últimos acuerdos firmados entre los presidentes Pérez y Barco (la Declaración de Caracas, de 1989, y el Acta de San Pedro Alejandrino, de 1990) le dieron prioridad a otro tipo de problemas, relacionados con la frontera común ya delimitada, como el comercio binacional, los trabajadores migrantes y el transporte fronterizo. Comisiones de alto nivel creadas a raíz de los acuerdos, identificaron 10 puntos de conflicto entre los dos países (diferentes a la delimitación de las áreas marinas) y han venido trabajando en la búsqueda de opciones para solucionarlos. Y aunque no se sabe cuál será el efecto final de las declaraciones de Gustavo Vasco, lo cierto es que después de un largo periódo de calma, las aguas del golfo están de nuevo agitadas.

La diplomacia, por definición, consiste en decir lo que se tiene que decir, no lo que se cree. Y por eso es absurdo pensar, de acuerdo con los expertos consultados por esta revista, que un diplomático de la categoría del embajador de Colombia en Venezuela tenga fueros para hablar sobre temas vitales para el país, a titulo personal. En eso, la explicación del gobierno se quedó corta, y la posición negociadora del país, bastante maltrecha. No es improbable que en futuras negociaciones de los dos países sobre este delicado tema, Venezuela, para defender su posición, eche mano de los recortes de prensa con los titulares producidos por las declaraciones de Gustavo Vasco. -
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