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| 6/5/2017 8:01:00 PM

Pablo Escobar, el general Noriega y la espada de Bolívar

Sebastián Marroquin, hijo del capo, revela algunos secretos del paradero de ese simbólico elemento del Libertador en su libro "Mi Padre", publicado por Planeta. Este es un extracto del cuarto capítulo.

Ríos de tinta han corrido en los últimos 30 años alrededor de la relación que mi padre sostuvo con algunos líderes importantes del Movimiento 19 de abril, M-19. Se trata de nexos probados con el paso de los años, que han tenido diversas interpretaciones dependiendo del momento histórico que viva el país.

Redescubrir a mi padre me condujo a hacer nuevos hallazgos en torno a ese tema, que no lo dejan bien parado y, por el contrario, ponen al descubierto facetas de él que yo desconocía y que a lo largo de esta investigación me han generado un profundo desconcierto.

En la búsqueda de correr el velo de numerosos episodios que vivieron mi padre y el M-19, llegué a Otty Patiño, uno de los fundadores de esa organización subversiva, quien se mostró interesado en hablar sin tapujos conmigo acerca de lo que sucedió entre 1980 y 1991, periodo en que mafioso y rebeldes de izquierda se encontraron en ciertos momentos por diversos intereses.

Mi interlocutor resultó ser un hombre formado intelectualmente, muy bien dateado, amable aunque distante.

—Lo que le voy a contar sucedió así… —dijo Patiño, tajante—. No se trata de interpretaciones de los hechos, sino que los hechos ocurrieron de esa manera.

* * *

(…) La ya larga conversación con Otty Patiño, que cada vez se veía más distensionado, nos condujo a un asunto no solo muy espinoso sino que con el paso de los años para él y para el M-19 se ha convertido en una especie de punto de honor: el robo y posterior devolución de la espada del Libertador Simón Bolívar.

¿Por qué? Porque entre el hurto del preciado símbolo en enero de 1974 —que significó el primer gran golpe del naciente M-19— y el complejo proceso de devolución 17 años después, en algún momento estuvo inmiscuido mi padre.

La charla con mi interlocutor se centró entonces en un episodio que conté en mi primer libro, Pablo Escobar, mi padre, relacionado con ese tema, en el sentido de que mi padre me regaló una espada que según dijo era del Libertador Simón Bolívar y años más tarde me pidió que se la devolviera porque tenía que regresársela a quienes se la habían dado.

Antes de que Patiño empezara a hablar de ese episodio, le reiteré que mi padre me contó muchas de sus fechorías y que de cierta manera a lo largo de los años yo había asumido que el regalo de la espada de Bolívar era real.

Los comentarios que habrían de venir por parte de Patiño respecto de mis palabras resultarían muy reveladores, porque se decidió a contar lo que según él sucedió con la espada desde el momento del robo en la Quinta de Bolívar, en pleno centro de Bogotá.

—Eso es falso, no porque usted no haya tenido una espada en sus manos ni porque su papá no le haya dicho ‘vea, Grégory, esta es la espada de Bolívar’. No sé por qué lo hizo su papá, a lo mejor alguien lo estafó, aunque era difícil engañar a Pablo Escobar, y le dijo le vendo la espada de Bolívar; de pronto él la compró, no sabía qué hacer con ella y se la dio a usted. Es difícil, pero es una posibilidad. Lo que sí es cierto es que esa no era la espada de Bolívar, no fue la que sacamos nosotros de la Quinta. Por eso le voy a contar esta historia: después del robo de las armas del Cantón Norte, además de los interrogatorios a los detenidos y a los torturados para ver quién tenía armas y dónde estaban, la pregunta más importante que hacían era dónde estaba la espada de Bolívar y dónde estaba Jaime Bateman. Bateman supo eso y dijo yo cuidaré mi vida, pero la espada de Bolívar hay que sacarla del país. La espada estaba en Bogotá y entonces contactamos a los cubanos y se la entregamos al entonces embajador de Cuba en Colombia, Fernando Ravelo. Los cubanos la recogieron y la guardaron en la embajada en Bogotá. Yo participé en eso. ¿Qué pasó después? Cuando un comando del M-19 fue entrenado en Cuba para hacer la invasión por Chocó y Nariño, el gobierno de Julio César Turbay rompió relaciones con La Habana. Por eso la primera orden que recibieron los cubanos fue sacar la espada. Así lo hicieron y la llevaron a Panamá y se la entregaron al general Ómar Torrijos. En ese país estuvo un tiempo y después de la muerte de Torrijos la tuvieron otra vez los cubanos, esta vez en la embajada de Cuba en Panamá. Lo que quiero significar con esto es que una vez la sacamos de Colombia, la espada solo regresó el día que la devolvimos.

En este punto del relato, Otty Patiño se refiere a un reciente encuentro que sostuvo en Cuba a propósito de la celebración de los 25 años de la desmovilización del M-19. Allí se reunió con Fernando Ravelo  y Alberto Cabrera —primer secretario de la embajada cubana en Panamá— y recordaron el recorrido final de la espada. Ellos pertenecían al Departamento América, una dependencia del gobierno de Cuba con sede en La Habana.

—Cabrera recordó que estaba en Panamá cuando se produjo la invasión de Estados Unidos de diciembre de 1989 para llevarse al general Manuel Noriega y en la embajada estaba la espada. Entonces llamó a Manuel ‘Barbarroja’ Piñeiro, jefe del Departamento América, y le preguntó qué hacer con ‘el tenedor’, si lo botaban o qué hacían. ‘Tenedor’ era como le decían a la espada. Barbarroja dijo ‘no, usted se muere pero lo traen’. Como ya tenían que salir de Panamá por avión y los gringos se habían tomado el aeropuerto de Ciudad de Panamá, Cabrera embutió el ‘tenedor’ en unas cobijas y lo sacó de Panamá en la valija diplomática.

Con la espada a buen recaudo en La Habana y cuando ya el M-19 había formalizado su desmovilización y regreso a la vida civil, varios congresistas, entre ellos el representante a la Cámara, Pablo Victoria, empezaron a fustigar a Antonio Navarro Wolff, uno de los antiguos comandantes del M-19, quien acababa de ser nombrado ministro de Salud por el presidente César Gaviria, para que devolviera la espada. Navarro y Patiño hablaron del asunto y tomaron una decisión de fondo:

—A Navarro empezaron a joderlo. Entonces dijimos, devolvamos esa verraca espada. Como en ese entonces no había embajada de Colombia en Cuba, viajé a Caracas y me entrevisté con el embajador cubano en Venezuela y le dije que necesitábamos la espada. La razón que enviaron los cubanos fue que Navarro tenía que ir personalmente. Navarro fue y la trajo y yo la tuve en mi casa hasta cuando se la entregamos al Gobierno. Es por eso que resulta imposible que alguien depositara semejante confianza política en Pablo Escobar. El mayor símbolo que tenía el M-19 era la espada, como para transferirle semejante dignidad a una persona como su papá.

Finalmente, el 31 de enero de 1991 y en medio de una ceremonia especial, los excomandantes del M-19 le entregaron la espada al presidente Gaviria. Pero con una condición:

—Le pusimos como condición a Gaviria que no la fueran a poner en un sitio inseguro, porque las Farc podrían robarla de nuevo y decir que la habían vuelto a recuperar. Como ellos nos trataban de traidores, podían decir ‘mire lo que tenía el M-19’. Teníamos esa inquietud. Entonces el gobierno la guardó en una bóveda del Banco de la República.

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