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| 12/18/2013 12:00:00 AM

Pablo Morillo Cajiao: una casa, una historia

El protagonista de esta historia falleció dos años después de que el cronista lo acompañara durante varios días para escribir sobre su vida, dedicada a rescatar y preservar la casona más antigua de Pasto

Un viento helado arranca las hojas secas de los eucaliptos que bordean el río Pasto. Bajo los árboles, Pablo Morillo Cajiao camina lento, casi sin levantar los pies y con el cuerpo levemente inclinado hacia adelante. Tiene 83 años.

Se detiene al llegar a una curva y respira hondo. La avenida luce desierta. La brisa fría de esta mañana de mayo de 2011 le echa algunos mechones blancos sobre la frente.
“Ya me acordé. Es por allí”, señala hacia una calle lateral. En la mitad de la cuadra aparece un lote protegido por diez hileras de alambre de púas. “Aquí estaba la casita que le digo. La tumbaron en 1965 y a las pocas semanas construyeron una casa de ladrillo. Debe ser que volvieron a demoler. Ha pasado mucho tiempo”.

Cuarenta y seis años, para ser exactos. Pero Pablo Morillo Cajiao aún recuerda con nitidez la última vez que vio la casona de teja, poco antes de que fuera demolida. No pudo hacer nada para salvarla, pero desde esa época ha dedicado su vida a restaurar la casa más antigua de Pasto, una construcción de 1623, hasta convertirla en el eje del centro cultural más importante de la ciudad.

I. La mirada en algo imposible

Parado junto a la alambrada de púas, Pablo Morillo recuerda que un mediodía, mientras manejaba hacia donde su suegra, Catalina Moon de Morgan, notó que habían demolido la antigua casona.

Pasto vivía entonces un auge de construcciones modernas y de desprecio por las edificaciones de tapia pisada. En el centro de la ciudad, por ejemplo, habían demolido un caserón de dos pisos que ocupaba media manzana. En su lugar levantaron los edificios de la Beneficencia de Nariño y del Banco Cafetero. Eso, a pesar de que muchos aseguran que por uno de sus balcones se había asomado Antonio Nariño -capturado horas antes por las tropas realistas- para enfrentar a la muchedumbre admiradora del Rey que pedía su cabeza. “Pastusos, si queréis al general Nariño, aquí lo tenéis”, les gritó.

La sorpresiva ausencia de la casona a orillas del río Pasto le causó un dolor punzante al médico, quien se desempeñaba entonces como Jefe del Servicio de Salud de Nariño. No era un dolor físico. Morillo Cajiao lo define como tristeza y frustración. Igual que la muerte de un ser querido.

–Los pastusos no conservan nada. Acabaron con esa casa vieja que había a orillas del río Pasto –le dijo a su anfitriona durante el almuerzo.

–Pablo, usted no conoce la casa más vieja de Pasto –respondió ella–. Queda cerca de su oficina, en el barrio San Felipe. Como a una cuadra. Esa también la van a dejar caer si no hacemos algo para evitarlo. Si¬ yo tuviera plata la compraría, la arreglaría y se la regalaría a Pasto para que tuviera allí un museo.

Al regresar a su oficina notó que estaba inquieto por las palabras de Catalina Moon. Tanto, que al terminar su jornada de trabajo se internó en el barrio San Felipe. A una cuadra, junto a la capilla de Lourdes, se encontró de frente con la casa más vieja que había visto en su vida. Los vecinos la conocían como la casona de Taminango y decían que la habían construido durante la Colonia.

Era una vivienda de dos pisos, de fachada blanca y teja de barro, desaseada y maloliente; prácticamente en ruinas, de paredes descascaradas y el techo a punto de venirse al suelo. A Pablo le pareció hermosa. “Como ya era casi de noche no me atreví a entrar. La miré por varios minutos y me fui pensando en lo que me había dicho doña Catalina”, recuerda.

Regresó el sábado siguiente por la tarde y se enteró de que allí funcionaba un inquilinato. Por la aspereza con la que lo recibieron los habitantes, era obvio que no les gustaban las visitas. A regañadientes le dieron permiso para entrar y recorrer la vivienda. Vivían once familias en igual número de cuartos. El más precario de todos era una pocilga de cartón construida debajo de las escaleras. Allí, sobre una estera de paja, dormía una mujer quizá mayor de sesenta años y su nieta de seis.

En los años posteriores, Pablo Morillo escribió algunos pasajes de la historia de la casona. En uno de ellos, plasmó las impresiones de su primer recorrido:

Tres o cuatro familias cocinaban con leña dentro de sus cuartos en fogones levantados sobre el suelo, las otras tenían pequeñas estufas eléctricas. El patio de la entrada estaba empedrado de manera irregular, había un muro divisorio a punto de caerse, vigas y pilares carcomidos y agrietados, pisos en ladrillo incompleto. Continué hasta el patio interior: basura, desaseo, alambre para secar ropa extendido por todas partes, una gran piedra en el centro que les servía de lavadero. Un ojo de agua, presumiblemente contaminado, los surtía del líquido vital para el lavado de ropas y para uso personal. En resumen, se trataba de un inquilinato sin servicios de acueducto ni alcantarillado, con un patio que les servía de lavadero e inodoro. La energía eléctrica la tomaban de contrabando. Las paredes estaban desmoronadas, con pañete a retazos. En fin, la mugre, la basura y el desaseo, completaban el cuadro de esta casa en ruinas.

Este panorama no lo desalentó. Ya había tomado una decisión, tal como escribió más adelante: “Haciendo abstracción de los detalles anotados, la casona resultaba hermosa, atractiva y merecedora de ser rescatada de las ruinas en las que se encontraba”.

–Pablo mira con los ojos de la fe. Él es un Quijote. Pone la mirada en algo que parece imposible y lo saca adelante –dijo su esposa, Grace Morgan, durante alguna de las charlas para reconstruir esta historia.

Lo primero que Morillo Cajiao hizo con los habitantes de la casona fue motivado por su labor en el Servicio de Salud. Mandó a tomar muestras del agua del pozo para examinarlas en el laboratorio. Tal como suponía, el agua resultó contaminada. Una brigada de salud reunió a los habitantes de la casa, que entre niños y adultos sumaban unos cincuenta, les advirtió sobre los riesgos de consumir el agua sin hervir y les enseñó algunas prácticas para prevenir enfermedades gastrointestinales y de la piel.

En esos días, Pablo Morillo regresó donde Catalina Moon.

–Le conté lo que había visto en la casona. Ella tampoco se desanimó y entonces nos hicimos a la idea de comprarla y salvarla para regalársela a Pasto.

II. Restaurador de moradas en ruinas

El 14 de abril del 2008, cuando Pablo Morillo Cajiao cumplió 80 años, Grace Morgan le entregó impresos en papel mantequilla y con letra itálica, dos textos que en buena parte resumían la vida de este hombre.

El primero de ellos era el versículo de Isaías 58, 12: “Reconstruirás las ruinas antiguas, restaurarás los cimientos seculares, y te llamarán ‘Reparador de brechas’, ‘Restaurador de moradas en ruinas’”. Grace Morgan recuerda que su madre, Catalina Moon, le dedicó ese texto a Pablo muchos años atrás, durante la reconstrucción de la casona.

El segundo era una frase que Pablo le había dicho a Grace cuando apenas eran novios: “Solo una cosa de las que me he propuesto en la vida no he logrado”.

Grace no recuerda la fecha exacta en que Pablo le dijo aquella frase, a pesar de que está íntimamente ligada a los casi 50 años que llevan juntos. Se esfuerza por recordar aunque sea el año. Mira distraída el marco de madera rústica de la chimenea y luego se fija en Pablo que permanece sentado al otro extremo de la mesa del comedor.

Él, con un gesto imperceptible de esos que forman parte del lenguaje construido durante largos años de convivencia, le dice a su esposa que tampoco lo recuerda.

–Debió ser en el 62 o en el 63… –dice ella– y explica que con esa frase Pablo le anunció que iba a insistir a pesar de que declinara su primera propuesta de matrimonio. Ella viajó a Estados Unidos y cuando regresó, él demostró tal persistencia que se casaron el 27 de agosto de 1965 en la iglesia Evangélica de Pasto.

Ya casados, con 38 años, Pablo completó aquella frase que resumía la satisfacción respecto a todo lo que había vivido hasta ese momento: “lo único que no había logrado era ser cirujano cardiovascular”.

Después de graduarse de médico en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá hizo un curso de cirugía en la Universidad de Pennsylvania. Se especializó en cirugía de vías biliares en la Clínica Lahey, en Boston. A su regreso a Colombia, en 1962, aceptó el cargo de profesor de cirugía en la Universidad del Valle y jefe de la misma sección en el Hospital Universitario.

En la universidad conoció a Grace Morgan, quien era profesora de enfermería. Así comenzaba una de las historias de amor que iban a cambiar la vida de Morillo Cajiao.
Sentado en la mesa del comedor, frente a su esposa, Morillo Cajiao comienza a recordar su infancia, con la ayuda de unas cuantas fotografías.

Nació 1928 en La Cruz, un municipio incrustado en las montañas de Nariño que limitan con el Cauca.

La Cruz tendría unos tres mil habitantes. Él la recuerda como una población apacible, fría y de calles empedradas en las que resonaban los cascos de los caballos de carga.

Los campesinos cultivaban fique, plátano, maíz, papa y árboles frutales. En las partes altas se dedicaban a la ganadería lechera.

La familia Morillo Cajiao, una de las más prestantes del pueblo, vivía en el marco de la plaza, frente a la iglesia, en una casa de teja de un solo piso con portones anchos de madera y fachada blanca.

El jefe del hogar, Pablo Emilio Morillo Revelo, era abogado de la Universidad del Cauca y había ejercido como juez en Tumaco y Samaniego, Nariño. Era de Ipiales pero se radicó en La Cruz luego de casarse con Angélica Cajiao, hija de una de las más reconocidas familias del municipio.

Pablo escoge una antigua fotografía en sepia. En la imagen aparecen en fila cuatro jóvenes vestidos de paño y una chica con saco de lana. Al fondo se alcanza a ver el jardín interior de la casa de los Morillo Cajiao.

–Aquí estoy con mis hermanos –dice señalando con el índice–. Olmedo es el mayor, Emiro, Luz Angélica y José Rafael.

Estudió en La Cruz hasta quinto de primaria. No recuerda mucho de esa época, salvo que en vacaciones iban a Tajumbina, una vereda en medio de cañones y desfiladeros ubicada a unos 20 kilómetros del pueblo. Allí queda el principal atractivo turístico del municipio, una cascada de aguas cristalinas que caen poderosas y ensordecedoras por una pared de roca de casi cien metros de alto. Abajo, donde las aguas se tornan mansas, hay pozos termales a los que se les atribuyen propiedades terapéuticas.

Busca entre las fotografías y encuentra una panorámica en blanco negro de La Cruz y una imagen de la cascada de Tajumbina y las muestra con orgullo.
Cuando terminó la primaria fue a Pasto a cursar el bachillerato. Para los estudios universitarios siguió la tradición marcada por las familias pudientes e ilustradas de la época: viajó a Bogotá. Alquiló una pieza en una pensión para estudiantes y se matriculó en la facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana.

–Cuando terminé las materias hice mi práctica en el hospital San José. Comencé como interno y terminé como jefe de residentes en cirugía. Trabajé allí cinco años antes de irme a hacer una especialización en Estados Unidos.

Regresó a Colombia en 1962 y se instaló en Cali. Allí vivió dos años, hasta que lo nombraron Jefe del Servicio Seccional de Salud de Nariño. Se mudó a Pasto y tres años más tarde, recién casado, se instaló en una casa amplia del norte de la ciudad.

Esa fue la época en que comenzó a averiguar quiénes eran los dueños de la casona en ruinas del barrio San Felipe de la que se había enamorado, y cuya restauración se convertiría en uno de los propósitos de su vida.

III. El morral de Monasco Dachin

Después de la brigada de salud organizada por Morillo, los inquilinos de la casona se mostraron un poco más amables y comunicativos. Le contaron que la vivienda tenía por lo menos siete dueños.

Sobre el inmueble pesaban algunas hipotecas. Además, un vecino del barrio tenía la firme intención de demolerla por fea. Ya le había anticipado dinero a uno de los dueños, como parte de un acuerdo verbal.

Pablo Morillo y Catalina Moon se sentaron a hacer cuentas. Calcularon que el costo de la casa fluctuaba entre los 80 y 100 mil pesos, una cifra considerable si se tiene en cuenta que el salario del Jefe del Servicio Seccional de Salud de Nariño era de 1.500 pesos.

–Tengo una idea –le dijo Catalina–. ¿Por qué no reunimos a las colonias de extranjeros y los convencemos de que aporten dinero para comprar y remodelar la casona?

Pasto se había convertido en la residencia de ciudadanos suizos, italianos, alemanes y una gran colonia de comerciantes judíos.

Catalina Moon pensaba que estas personas debían estar agradecidas con la ciudad por la acogida que les habían dado.

La primera reunión se llevó a cabo en el auditorio del Servicio de Salud. Las esperanzas estaban puestas sobre todo en los alemanes. Éstos habían llegado a la ciudad en calidad de refugiados de guerra y habían logrado reconstruir su vida.

–La reunión fue un fracaso –recuerda Pablo–. Ninguno quiso colaborar. Algunos argumentaron que los habitantes de Pasto no apreciarían una obra de tal naturaleza.

En la casa de Catalina se hicieron cinco o seis reuniones más con miembros de las colonias suiza e italiana pero no consiguieron ni un centavo.

Tampoco lograron conmover al gobernador del departamento ni al alcalde. La empresa privada y la banca no se animaron a ayudar. Ni siquiera los comerciantes, dados a colaborar en causas semejantes, se metieron la mano al bolsillo.

Algunos de ellos miraban a Pablo como si hubiera perdido el juicio: ¿Qué valor podía tener para la ciudad una casa maloliente, a punto de caerse a pedazos? Así transcurrieron dos años.

Lo único que médico había logrado era disminuir los índices de enfermedades entre los habitantes de la casona, gracias a las medidas sanitarias implementadas.

A finales de 1968 todo Pasto estaba enterado de la intención que Pablo Morillo tenía con la casona en ruinas. Pero los propietarios aún no aparecían.

Un día se presentó una monja en la oficina de Pablo Morillo. Pertenecía a la comunidad de las Vicentinas donde había sido bautizada como la ‘hermana María’. En realidad se llamaba Dolores Santacruz Medina y había trabajado con Morillo en el Hospital Departamental del Valle. Estaba de vacaciones en Pasto visitando a su familia.
La hermana María resultó emparentada con los dueños de la casa. Le contó que la mayor parte de la construcción pertenecía a sus hermanos. La noticia revivió las esperanzas del médico. Días después la religiosa le comunicó que sus familiares estaban dispuestos a vender. Lo único que faltaba era el dinero.

Catalina Moon y Pablo Morillo acudieron de nuevo a los gobiernos del departamento y de la ciudad, al comercio y a los bancos. ¡Nada!

Los billetes aparecieron de manera inesperada en abril o mayo de 1969. Monasco Dachis Darin, un ucraniano amigo de Catalina Moon y paciente de Pablo Morillo, se presentó una tarde en el consultorio de la carrera 25 con calle 17 donde Pablo Morillo atendía a algunos pacientes al terminar su jornada en el Servicio de Salud.

–No vengo a consulta, sino a hablar con el doctor Morillo –le dijo a la secretaria.

Monasco Dachis Darin, de origen judío, había nacido en Kiev, en 1883. Era veterinario, hablaba nueve idiomas y tenía fama de ser un tipo excéntrico. En la década de los 40, nadie recuerda cuándo exactamente, había llegado a Pasto junto con su esposa Alicia. Venían huyendo de los Bolcheviques. Casi de inmediato el personaje se incorporó a la planta de profesores de la Universidad de Nariño.

Poco después el “Ruso”, como le decían algunos, compró una hacienda en Funes, a unos 50 kilómetros de Pasto y montó una seleccionadora de granos.

Pablo Morillo lo hizo entrar. Dachis Darin era blanco y alto, de unos 70 años. Vestía de paño y sombrero y traía un morral de fique colgado del hombro. Como era su costumbre, el “Ruso” fue breve y directo.

–Doctor, yo no vengo como paciente. Vengo a entregarle este dinero para que Catalina y usted se compren la casa vieja que quieren –le dijo al tiempo que le alargaba el morral. Morillo lo miraba con una mezcla de alegría, incredulidad y asombro.

–Era un morral de este tamaño –dice Morillo, al tiempo que separa las palmas de sus manos unos 40 centímetros. Cuarenta y dos años después, aún sonríe cuando recuerda ese momento.

Dachis Darin puso como condición que el museo llevara el nombre de su esposa Alicia, que había muerto hacía unos años. Luego se despidió y se fue.

Sin salir de la sorpresa, guardó el morral en el archivador de madera e hizo seguir a otro paciente.

Esa tarde atendió lo más rápido que pudo a dos o tres personas más. Casi a las 7 se marchó la secretaria, cerró el consultorio por dentro y caminó de prisa hasta el archivador.

Aún incrédulo, Pablo vació el morral sobre el escritorio. Estaba lleno de billetes. Puso el morral a un lado del escritorio y se quedó pasmado por unos segundos frente al arrume de billetes.

–Calculé que habría unos veinte mil o treinta mil pesos –dice. Comencé a organizarlos. Algunos estaban arrugados y había que alisarlos con la mano o desdoblarlos.

–Había unos 85 mil pesos. Con eso alcanzaba para comprar casi toda la casa –dice –.
Pablo caminó con el morral colgado del hombro hasta el barrio La Panadería. Catalina Moon de Morgan vivía en una casa de dos pisos, con un portón amplio junto al río Pasto.

Con palabras apresuradas que no recuerda con exactitud, Pablo le contó de la visita de Monasco Dachin Darin y le entregó el morral. Catalina le dio gracias a Dios.

Pasto era entonces una villa tan tranquila y segura que Pablo Morillo Cajiao decidió guardar el dinero en el archivador metálico de su oficina del Servicio de Salud. El 18 de diciembre de 1969, mientras avanzaban las negociaciones para adquirir la casona, escuchó una noticia que lo dejó helado. El ucraniano Monasco Dachin Darin acababa de morir. Había repartido sus bienes entre su mayordomo y una entidad de beneficencia.

IV. La negociación y el desalojo

Un día después de que Dachin Darin le entregara el morral con los 85 mil pesos, Morillo se reunió con el abogado Hermes González, asesor jurídico del Servicio de Salud.

Le contó sobre su idea de adquirir la casona, remodelarla y regalársela a Pasto. Le habló también sobre los enredos jurídicos y la urgente necesidad de ubicar a los dueños.

El abogado averiguó que los dueños de la casona no se la habían dividido por metros cuadrados sino por piezas y que la mayor parte de los cuartos pertenecían a los Santacruz.

El hombre que le había adelantado dinero a uno de los propietarios para ‘pisar’ el negocio de dos piezas era un coronel de la Policía. Se llamaba Julio Garzón y vivía a menos de una cuadra de la casona. Morillo lo recuerda como un hombre hosco, bajito y macizo.

–¿Usted para qué quiere esa casa tan vieja y tan fea? –le preguntó la primera vez que Morillo le manifestó su intención de comprarla.

–Por vieja y fea es que la quiero –le respondió sin levantar la voz.

El coronel le anunció que no tenía la menor intención de ceder los derechos que ya había adquirido y que, además, iba a comprar su parte a los otros propietarios con la única intención de demolerla.

El hombre había construido una casa en la misma cuadra y el inquilinato afeaba el sector e impedía la valorización de su inmueble. Cuando la decisión del policía parecía grabada en piedra, Morillo consiguió una aliada.

Enterada del proyecto de rescatar la casona, la esposa del coronel Garzón se encargó de convencer a su cónyuge. El uniformado aceptó unos cinco o siete mil pesos a cambio de sus derechos.

A pesar de que la cifra era considerable en su época, nunca se firmó un documento. Los negocios eran de palabra y ésta equivalía al honor de la persona que la empeñaba.

Para ese momento ya se había creado la Fundación Museo Taminango Alicia de Dachis. Formaban parte de ella Catalina Moon de Morgan, su hija Elena Morgan, Pablo Morillo Cajiao, Hermes González y el ingeniero Francisco Perini.

Negociar con las hermanas Santacruz y con otros dos miembros de la familia resultó sencillo. Lo difícil fue revisar las escrituras y los documentos anexos para verificar que todo estuviera en regla. Algunos papeles, ajados y amarillentos, estaban redactados a mano con una caligrafía antigua y fechados a principios del siglo XX.

Las escrituras con la familia Santacruz se firmaron el 6 de agosto de 1969 en la notaría Primera de Pasto. Solo entonces, Pablo Morillo volvió a abrir el morral de fique que guardaba en el archivador de su oficina para sacar los 60 mil pesos que les correspondían a los Santacruz.

Las negociaciones con los demás propietarios concluyeron en agosto del año siguiente. Catalina Moon y Pablo Morillo pusieron los diez mil pesos que hacían falta para cubrir los gastos.

–Lo que compraron fue once pleitos –les dijo un amigo a los miembros de la junta, en alusión a los procesos jurídicos que debían iniciar para lanzar a los inquilinos de la casona, algunos de los cuales vivían allí hacía 20 años.

Antes de iniciar cualquier proceso jurídico, la Junta de la Fundación redactó once cartas para cada una de las familias que vivían en la casona. Se les informaba del cambio de propietario y se les daba un mes de plazo para que la desocuparan.

Una mañana, temerosos por la reacción de los inquilinos, Pablo y el abogado arribaron a la casona para notificarlos de la nueva situación.

–Algunos ni siquiera recibieron la carta. Otros la rompieron en nuestras barbas. Nos insultaron. La señora que vivía debajo de las escaleras con la nietecita era la que más gritaba groserías –recuerda González.

Morillo aguantó con su habitual paciencia la lluvia de insultos. Cuando los inquilinos se desahogaron, él y el abogado llamaron aparte a la mujer que más les había gritado. Le ofrecieron una gratificación de 500 pesos (la tercera parte del salario del Jefe del Servicio de Salud) si entregaba la pieza en 15 días. También ofrecieron pagarle el trasteo, pero todo ello con una condición: que consiguiera un cuarto con servicio de luz, agua, alcantarillado y lavadero.

A los cinco días, después de que Morillo verificara que se iba para un lugar más cómodo, la mujer recogió sus escasos corotos y se trepó a una carreta tirada por un caballo.

–Ella se fue un jueves y ese mismo día me buscaron en la oficina las familias restantes. Estaban dispuestos a marcharse si les daba una gratificación similar –cuenta Morillo.

A medida que recibían la bonificación y conseguían otra pieza, las familias fueron desalojando la casona. Solo uno de los inquilinos, Carlos Benavides Gómez, se demoró dos meses en entregar los cuartos que ocupaba su familia.

Benavides creía haber descubierto la poderosa razón que impulsaba a Morillo a quedarse con una casa en ruinas.

–Doctor, a mi me han contado que en la casa hay una guaca y yo no me voy hasta que la desentierren y me den una parte recuerda que le dijo el hombre.

Cuando Morillo averiguó más sobre el asunto, descubrió que Benavides Gómez había sido víctima de una broma pastusa, y entendió que la ambición lo había enceguecido hasta el punto de que ningún argumento iba a convencerlo.

–Vea, hagamos una cosa. Le doy quince días y lo autorizo para que haga todas las perforaciones que quiera en sus cuartos y en el patio de atrás, pero con dos condiciones. La primera es que me deje todo como está y la segunda es que si encuentra una guaca no nos vaya a contar para no sentir envidia.

No se sabe si por cansancio o porque le contaron que había sido una broma, Benavides Gómez se marchó una mañana junto con su familia.


V. La restauración

A finales de 1970 Pablo Morillo Cajiao recorrió la casona deshabitada. Quedaban algunos harapos en el piso y otras huellas del trasteo, y olía a humedad.

El médico examinó cada rincón de la vivienda con la misma dedicación que les dispensaba a sus pacientes. Lo más urgente era un aseo general. Ordenó tapar las goteras y apuntalar vigas, pilares y soleras.

También consiguió un cuidandero que se trasteó junto con su familia para evitar que alguien se tomara la casa, o se llevara materiales originales que eran irrecuperables.

En esas labores andaba Morillo cuando recibió una sorpresiva comunicación del Ministerio de Salud. Acababa de ser nombrado director del Instituto Nacional para Programas Especiales de Salud, Inpes, en Bogotá.

–Viajé en septiembre de 1970 –dice.

Cuando lo vieron partir, muchos pastusos pensaron que hasta allí habían llegado los desvaríos del médico por recuperar la casona.

Pero Morillo dio una nueva muestra de la férrea intención que tenía de cumplir su sueño. Los viernes por la tarde, al menos una vez al mes, se despedía de su esposa y de sus hijas en Bogotá y se iba para el terminal del Expreso Bolivariano.

–Él no viajaba en avión. Prefería pasar incomodidades en una flota con tal de ahorrarse unos pesos para pagar los gastos que le demandaba la casona –cuenta su esposa.

Viajaba toda la noche y más de la mitad del día siguiente. Al llegar a Pasto caminaba hasta la calle 13 con carrera 27 para hablar con el cuidandero. Luego se reunía con los miembros de la Junta Directiva de la Casa Museo.

El domingo antes de mediodía, Pablo Morillo se trepaba en otro Bolivariano.
Mientras pensaba en cómo iba a restaurar la casona, consiguió otro aliado: el historiador Sergio Elías Ortiz. Él lo ayudó a conseguir una cita en el Consejo de Monumentos Nacionales.

El historiador se encargó de reunir tanta evidencia sobre el valor arquitectónico e histórico de la casona que, en junio de 1970, la entidad propuso que fuera declarada Monumento Nacional. El ministerio acogió la recomendación un año después.

Según las investigaciones de Ortiz, la casona efectivamente había sido construida hacia 1623. Ese año, el capitán español Juan Adarme le solicitó al ayuntamiento de San Juan de Pasto “el pedazo de tierra que está vacío en la estancia que fue de Alonso Pérez que es como se va al otro lado del río Mijitayo al pasar el puente, para establecer una tejería”.

El historiador anota que las autoridades concedieron el terreno pues consideraban que la fábrica de tejas, ladrillos y adobes sería de gran utilidad en aquella villa.
No existen datos de cuánto tiempo duró la tejería. En todo caso, la casona cambió de dueño en varias ocasiones a lo largo los años siguientes.

Según las pesquisas de Ortiz, durante las guerras de independencia la casona albergó a las gualumbas, mujeres que seguían al ejército republicano y les prestaban a los oficiales todo tipo de servicios. Ya instalada la República, en algún momento las gualumbas empacaron sus corotos y se marcharon. Los dueños e inquilinos cruzaron de nuevo el precario puente sobre el río Mijitayo para ocupar la vivienda. Los herederos de éstos se la repartieron durante los últimos dos siglos. Al menos eso indican los arrumes de escrituras y pleitos de sucesión que reposan en los archivos del museo.

Con la declaratoria de Monumento Nacional en la mano, Pablo Morillo comenzó a averiguar en Bogotá por un arquitecto a quien pudiera confiarle la restauración de la casona.

–Me recomendaron a Gabriel Uribe Ceballos, quien trabajaba en la restauración del Palacio de San Carlos. Se emocionó tanto cuando le mostré las fotos de la casona y le conté la historia que acordamos viajar a Pasto dos o tres meses después –dice.
Los dos hombres arribaron a Pasto el 6 de abril de 1972 y se alojaron en la casa de Catalina Moon.

Durante cuatro días Uribe Ceballos se dedicó a examinar con paciencia y curiosidad de científico cada detalle de la construcción y de los materiales.

–Tomaba fotos –dice Pablo–, medía todo, dibujaba, levantaba planos, analizaba los amarres de las maderas, el ladrillo del piso… estaba muy emocionado. Él también se enamoró de la casa. Nunca nos quiso cobrar un peso.

Dos albañiles ayudaron a despegar trozos de pañete y una parte del piso para explorar detalles de la construcción. Así descubrieron una antigua puerta que había sido tapada con adobe. También habían achicado las ventanas. Bajo los ladrillos del segundo nivel apareció un tablón de madera con un clavo de herrería.

Al finalizar el cuarto día, Morillo viajó a Bogotá para cumplir con su agenda de director del Inpes.

Cuando tuvo el resultado del análisis que la Universidad Nacional hizo de los materiales, el arquitecto le contó a Morillo cómo debía hacerse la restauración.

–Nos fuimos para Pasto el 19 de julio y averiguamos quiénes eran los albañiles y maestros de obra más viejos y con buena reputación de la ciudad y de algunos municipios vecinos –cuenta Morillo.

Grace visitó la casona durante la etapa de restauración y recuerda que casi no se podía caminar. Había piedras, ladrillos, polvo y escombros por todas partes. Obreros con escaleras y herramientas trabajaban en techos y paredes.

En el patio posterior, el fabricante de adobes José María Canchala y un oficial, pisaban el barro ayudados por una yunta de bueyes. El maestro Jojoa y sus hombres reconstruían techos y tejados; José Botina echaba pañetes; Libardo Realpe se encargaba de los empedrados del patio y Peregrino Guacas del tratamiento de humedales y drenajes. El topógrafo y dibujante Gerardo Muñoz, jefe de la obra, lidiaba con todos ellos.

Morillo verificaba que cada detalle se ajustara a las especificaciones que había trazado el arquitecto. No dejaba nada al azar. Él mismo visitó la herrería de Jorge Guzmán, a pocas cuadras de la casona, para hablar de los clavos para los tablados y puertas. Viajó adonde un amigo de su padre en el municipio de San José y le pidió de regalo un roble de su finca para reparar los pisos.

El árbol aparece en una fotografía difusa que Pablo Morillo guarda en el archivo de la casona. En la imagen, dos hombres intentan abrazar el árbol.

Grace Morgan recuerda que durante la restauración comenzó a ser muy frecuente la pata de res en el menú de su casa. Pablo compraba esa parte de la vaca para luego escoger las canillas con las que se iban a reconstruir los ‘limpiapatas’ de las entradas. Los ‘limpiapatas’ eran una hilera de huesos cilíndricos de res que iban incrustados en el piso y servían para raspar el barro de los zapatos.

–Me iba para el matadero municipal en Bogotá a pedir huesos de pata de res, escogía los mejores y me los llevaba para Pasto en un costal –dice Morillo.

El médico también supervisó la calidad de las tiras de cuero con que amarraron las maderas del techo y las escaleras.

–El techo no tiene un solo clavo… –dice–.

Por fin, a mediados de 1975, –cuenta Morillo– los maestros recogieron los últimos escombros, terminaron de remachar los clavos de herrería y blanquearon los muros con cal apagada.

El arquitecto Uribe Ceballos viajó expresamente a recibir la obra.
–¡Muy bien…!
–¡Perfecto…!

Emocionado, el hombre que planeó la restauración examinó la casona cuarto por cuarto, los corredores, los patios, los tejados y la escalera. Se detuvo en las puertas y ventanas.

Abrazó a los maestros, especialmente a los carpinteros y luego les hizo pequeñas observaciones que se corrigieron días después.

–Todo lo reconstruimos con las técnicas originales. Es una de las reconstrucciones más fieles que se han hecho en el país ¬–dice el gestor de la restauración.

Ese mismo año, Pablo Morillo asumió el cargo de administrador del Hospital Infantil Lorencita Villegas de Santos, en Bogotá.

Morillo utilizó casi todo su tiempo libre en elaborar proyectos dirigidos a entidades oficiales, fundaciones y empresas privadas, en busca de recursos para convertir la casona en un museo.

–Tiene montones de carpetas con proyectos. Los elabora y los envía todo el tiempo, pero desafortunadamente son pocos los que responden –dice Grace, quien le traduce al inglés algunos documentos que también envía a organismos internacionales.

En forma paralela con la restauración y con la búsqueda de recursos, Morillo dedicaba su tiempo a rastrear objetos raros y curiosos para dotar el museo, sobre todo, los relacionados con las artes y los oficios de su departamento. Así localizó una imprenta de tipos griegos y castellanos desarmada en un desván. Había pertenecido al filólogo Leopoldo López Álvarez, un intelectual de finales del siglo XVIII. Junto con la imprenta, el museo adquirió ejemplares de los clásicos griegos que López Álvarez había traducido al castellano.

La imprenta fue reconstruida por Emilio Perini, miembro de la Junta Directiva del Museo. El mismo Perini elaboró y regaló la verja de hierro picado que rodea la casona. También dirigió el montaje de la motobomba y del sistema hidráulico de un molino que Pablo Morillo hizo instalar en la parte posterior de la casona.

En el patio frontal fue colocada una pila de piedra de dos cuerpos, que regaló Angélica Cajiao, la madre de Pablo, y que trasladaron en una volqueta desde La Cruz. La fuente aparece coronada por la ‘mona de la pila’, una figura en piedra ubicada en la plazoleta de San Andrés y que durante muchos años sirvió para surtir de agua a la ciudad.

Morillo reunió casi 900 piezas: moldes de barro para la construcción de campanas, herramientas y otros objetos de herrería, carpintería, pailería, talla en tagua, tejidos y artesanías.

Con estos objetos montó entre 1987 y 1989 la Casa Museo Taminango de Artes y Tradiciones. Había cumplido una parte de su sueño.


VI. El anillo de bodas

Pablo Morillo dejó de viajar por carretera hace cinco años. Cuando cumplió 78, sus dos hijas, su esposa y su médico consideraron que pasar veinte horas metido en una flota era un sacrificio demasiado grande para su menguada salud.

Debido a las insistencias de su familia para que tome precauciones respecto a su salud, Morillo viaja ahora en avión. Pero apenas llega al aeropuerto Antonio Nariño se sube a un taxi colectivo en el que viajan otros tres pasajeros. El trayecto hasta Pasto demora media hora por una carretera serpenteante, bordeada de montañas y desfiladeros.

Su esposa Grace, quien vive pendiente de él todo el tiempo, decidió acompañarlo en esos viajes para asegurarse de que mantenga la dieta que le impuso el médico y que se tome sus medicinas.
En Pasto, se aloja en el apartamento de unos familiares en el barrio Palermo. Por las ventanas se ven las laderas del cerro Morasurco cubiertas por una neblina leve. Apenas descarga la maleta, Morillo llama por teléfono a su amigo el ex gobernador Eduardo Zuñiga, quien por lo general lo acompaña a realizar gestiones ante la burocracia local. La siguiente llamada va dirigida a Lilia Patiño, la eficiente administradora de la casona.

Ahora, la antigua construcción forma parte de un complejo cultural en el que sobresale un edificio de fachada blanca, con ventanales de vidrio, del piso al techo, construido con aportes de entidades oficiales y privadas.

“Aquí va a funcionar un verdadero museo de artes y tradiciones populares”, afirma Morillo frente a la edificación de tres pisos a los que se sube por escaleras circulares.

El primer nivel es un espacio generoso. Allí está ubicado el auditorio. El lugar tiene capacidad para 304 personas, acomodadas en silletería americana, tipo teatro.

–Es uno de los escenarios con mejor acústica de la ciudad, y uno de los más bellos –explica.

Igual que el resto del edificio, el auditorio se construyó por etapas. La construcción avanzaba a medida que entraban los recursos, pero llegó un momento en el que las obras se paralizaron y hasta Lilia Patiño llegó a pensar que la obra era imposible.

Lilia cuenta que en uno de los días de mayor desánimo, Grace le aconsejo mirar la obra como lo hacía su esposo: con los ojos de la fe y la imaginación.

–Muchas veces traté de mirar como la señora Grace me había dicho– dice Lilia. Así entendí cómo el doctor Morillo puede ver esta obra ya concluida. Él la ve con los ojos del corazón. El edificio comenzó sin un peso, solo con unas anotaciones a lápiz en la libreta que carga el doctor.

La idea de construir el nuevo edificio surgió un día cualquiera de 1992. Mientras recorría los salones de la pailería y los tejidos, el fundador del museo pensó en que la tradición artesanal y popular de su tierra es tan grande y valiosa que se merecía tener un espacio equivalente.

–Tenemos que comprar y demoler las viviendas que ocupan el resto de la manzana donde está ubicada la casona –pensó el director del Museo.

–Ahora sí se enloqueció el doctor Morillo –pensaron muchos en Pasto.

Morillo contó y anotó en su libreta las casas que debían ser demolidas. Eran veinticuatro y la mayoría de dos pisos. Una de ellas tenía piscina y finos enchapes en madera de chonta. Casi todas las casas estaban habitadas desde hacía unos treinta años. Nadie iba a vender.

Nuevamente Morillo se topó con un arquitecto generoso. Darío Gómez Hoyos, un joven recién nombrado en la Junta Directiva del Museo, se puso a trabajar de inmediato en el diseño de la edificación y tampoco cobró.

El director del museo hizo cuentas del dinero que necesitaba para arrancar el proyecto. Luego organizó la estrategia. Sabía que pastusos brillantes y con buena educación hay por todas partes, así que armó una carpeta y se fue en busca de uno ellos: Armando Montenegro, que ocupaba el cargo de director de Planeación Nacional.

Morillo le explicó que el Museo de Artes y Tradiciones era, posiblemente, la única manera de salvaguardar el valiosísimo patrimonio artesanal de Nariño.

Montenegro –cuenta Morillo– se percató de los alcances del proyecto y le ayudó a gestionar con entidades del Gobierno el dinero necesario para comprar las casas y levantar el edificio.

Años después, Santiago, el hermano de Armando Montenegro, también le ayudó a gestionar nuevos recursos cuando llegó a la dirección de Planeación Nacional.

Con los primeros desembolsos en el banco, Morillo empezó a convencer, de puerta en puerta, a los dueños de las viviendas para que le vendieran sus propiedades a la fundación encargada de la Casa Museo Taminango.

Les hizo ver la necesidad de ampliar el Museo de Artes y Tradiciones Populares para convertirlo en el centro cultural más importante del departamento. Les explicó que el proyecto pretendía entregar más zona verde a la ciudad y crear un jardín botánico para el estudio de plantas como el mopa mopa y otras que usan los artesanos de Nariño, y que se han visto afectadas por la deforestación.

Aunque algunos no quedaron muy convencidos, Morillo persistió tanto que logró negociar los veinticuatro predios. Veinte de ellos fueron demolidos para comenzar las obras. La parte trasera de la vieja casona otra vez se llenó de obreros y maquinaria.

–El doctor Morillo permanecía quince días en Bogotá con su familia y quince días en Pasto. Cuando estaba aquí, hablaba todos los días con los ingenieros, inspeccionaba la obra y daba instrucciones –dice Lilia Patiño.

Con el corazón en vilo, los empleados del museo lo veían caminar por los techos en declive, en el tercero y cuarto piso para revisar las obras en compañía de ingenieros que no llegaban a la mitad de su edad.

–¡Ay, Dios mío…! ¡Ay, Dios mío…!, que no se vaya a caer –rogaba Lilia y otros empleados cuando lo veían tambalearse en el techo de la capilla de Lourdes, donde se trepaba para tomar fotografías que luego usaba para gestionar ayuda o como documento gráfico de la obra.

La construcción avanzó sin mayores novedades hasta 1997. Ese año se paralizó por falta de recursos. Pasaron ocho años y en el 2005 regresaron los obreros. Desde entonces, la obra avanza por partes gracias a alianzas con la Gobernación de Nariño y a donaciones privadas.

Morillo calcula que hacen falta unos 190 millones de pesos para terminar las obras en los salones de los pisos superiores y para instalar un ascensor. La obra completa requiere unos 1.500 millones más.
Algunas veces ha sido Morillo quien ha desempantanado las obras, aún a costa de su patrimonio.

En ocasiones ha pagado de su bolsillo la nómina del museo. En los tiempos de mayor crisis, hace unos veinte años, no dudó en vender la finca heredada a su abuelo Rafael Cajiao en la vereda La Estancia, en La Cruz.

–Eran 6 u 8 hectáreas, ya no recuerdo bien y las vendí por 15 millones de pesos para pagar gastos y deudas del museo –dice.

Por estos días, ahorra todo lo que puede para el museo. Ni siquiera ha querido gastar dinero en comprar un nuevo anillo de matrimonio. El de siempre se le perdió hace tres meses, cuando se lo quitó en una clínica de Bogotá para hacerse tomar una gammagrafía ósea.

Reemplazó la argolla de oro que lo acompañó durante casi 46 años por un anillo que el mismo talló, con una lima, en una pepa de durazno. “Lo voy a mandar a marcar con los nombres”, dice.

Ni siquiera le sacó provecho personal a los 40 millones que le entregó el ministerio de Cultura como parte del Premio Nacional Vida y Obra 2010.

Morillo hace cuentas de ese dinero. Se gastó un millón de pesos en un buen par de gafas y ayudó a una antigua empleada. Con la mayor parte pagó los pasamanos en madera de granadillo, varias puertas y enchapó dos servicios sanitarios en el nuevo edificio del museo.

Su amigo, Eduardo Zuñiga cuenta que también donó parte del dinero del premio a un grupo de Pastoral Social que iba a atender a los damnificados del corregimiento San Gerardo en el municipio de La Cruz. Un alud sepultó cinco viviendas y mató a 13 personas en ese caserío el pasado 23 de diciembre.

Después de la donación, los dos amigos visitaron la zona de la tragedia en un campero. Zuñiga recuerda que cuando estaban a punto de llegar, Pablo le hizo una solicitud que refleja el espíritu desinteresado con el que ha actuado durante toda su vida.

–No les vaya a decir que yo los ayudé.
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