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| 11/30/2013 1:00:00 AM

La otra paz que vive en Medellín

¿Por qué Medellín logró tener en octubre pasado el más bajo número de homicidios en los últimos 30 años?

El ritmo vertiginoso que traía la guerra mafiosa en Medellín frenó en seco. En los barrios de la periferia, donde hasta hace poco cruzar cualquier calle –las llamadas ‘fronteras invisibles’– podía ser castigado con la muerte, ahora se puede caminar con tranquilidad. El silencio de las noches ya no es interrumpido por ráfagas de fusil, sino por estallidos de pólvora. Hay fiestas casi todos los días en barrios donde antes había dolor y muerte.

La Medellín de hoy es diferente a la de comienzos de año, cuando el pronóstico de la violencia era desesperanzador. Al presidente Juan Manuel Santos le preocupaba el aumento de los homicidios. Por eso el entonces director de la Policía, el general José Roberto León, trasladó en marzo su despacho al valle de Aburrá y con un equipo de siete generales asumió, durante un mes, la tarea de atacar a la mafia. Aumentaron el pie de fuerza con 1.200 policías y crearon un Gaula metropolitano.

Después de julio vino una impactante disminución del 25 por ciento en las cifras de homicidios en relación con 2012. El pasado octubre fue el mes con menos muertes violentas en los últimos 30 años, con 44 homicidios. (El hoy comandante de la Policía local, el general José Ángel Mendoza, dice que todo se debe a las 21.653 capturas que llevan este año). Entusiasmado con los resultados, Santos condecoró al alcalde, Aníbal Gaviria, para reconocer sus éxitos en materia de seguridad.

La noticia de la condecoración fue recibida en el bajo mundo con una mueca. En ese ámbito es vox pópuli que las cúpulas de los dos bandos en guerra, los Urabeños y la Oficina de Envigado, hicieron un pacto de paz. Los jefes de ambos grupos concretaron la tregua en dos reuniones el pasado julio. La primera se hizo en Medellín y la segunda en una finca en San Jerónimo, un municipio cercano a Santa Fe de Antioquia, el lugar de veraneo de los paisas. Versiones recientes han dicho que también se dio una reunión en Argentina antes de sellar el pacto. SEMANA no logró confirmar aquel encuentro, aunque no se descarta, pues algunos jefes del hampa han tomado ese país como refugio.

El acuerdo se conoce como el ‘pacto del fusil’ y contempla cuatro puntos básicos. El primero: respetar los barrios que le pertenecen a cada estructura. Eso quiere decir que si la guerra reciente era por dominar todos los negocios ilegales (plazas de vicio, extorsión, contrabando o microtráfico) ahora cada quien se queda con lo que tiene. El negocio es suculento.

Según Fenalco, en Medellín extorsionan a 25.000 pequeños comerciantes con cobros mensuales entre 10.000 y 100.000 pesos. Esto sin contar otros frentes de vacuna: los buses pagan 30.000 pesos diarios, los negocios informales 2.000 pesos y la noticia con la que abrió El Colombiano el jueves pasado decía que unos hombres armados fueron a pedirles vacuna a los contratistas del tranvía de Ayacucho. Además de eso, los combos, como si fueran una pyme, ahora distribuyen arepas, huevos y gas en los barrios.

Como la disputa por el botín se acabó, por eso acordaron como segundo punto suspender las confrontaciones. Si alguien va a matar, debe consultarlo con las cúpulas.

El tercer punto del pacto ordena levantar las ‘fronteras imaginarias’, que se habían convertido en una especie de minas quiebrapatas en la ciudad, así cualquier persona puede caminar libremente sin ser agredida.

Y el cuarto punto dice que si el integrante de un grupo desobedece se le aplica la pena de muerte. Esta fue la manera como entre criminales dieron remedio, al menos por ahora, al caos de los últimos años.

La historia parece calcada de lo que ocurrió cuando la mafia italiana se tomó Nueva York en los años veinte del siglo pasado. Luego de una guerra de tres años entre gánsteres (1928-1931) la vida se hizo tan insoportable para ellos que convocaron una cumbre secreta y acabaron con la figura de capo di tutti capi (un solo jefe de todo el hampa) y repartieron el bajo mundo entre cinco familias. Era la época de figuras legendarias como Lucky Luciano y Al Capone y en la que se inspira la película El padrino. En esa cumbre secreta, como en la de Medellín, se fijaron reglas: demarcaron el territorio de cada familia y prohibieron cometer asesinatos al azar. El que no cumplía el pacto era castigado con la muerte.

Las dos cumbres secretas
La reciente guerra mafiosa de Medellín se inició después de la extradición de Berna, el máximo jefe de la Oficina de Envigado, en 2008. Él hizo parte del proceso de desmovilización del gobierno Uribe y, en el tiempo de las negociaciones, también convocó a una reunión a todas las cabezas de las bandas en una finca de San Jerónimo, y así mantuvo controlada el hampa en Medellín. 

Las cifras de homicidios cayeron en picada en ese entonces. Pero cuando lo extraditaron, la organización entró en una crisis de poder. Se quedó sin un mando estable y los que intentaron controlar la estructura, los que trataron ser capo di tutti capi, fueron cayendo uno a uno capturados o se entregaron vencidos a las autoridades. 

La cúpula se desmoronó hasta llegar a dos mandos medios que entraron en disputa: Valenciano y Sebastián. Desde 2009 Medellín se convirtió en un escenario de guerra que en cuatro años dejó más de 7.000 muertos.

Sebastián se había quedado con una buena parte de las estructuras que operaban en los barrios. Valenciano tenía plata porque manejaba los negocios del narcotráfico, pero tenía pocos hombres. Con afán por vencer a su enemigo, abrió la puerta para que los Urabeños entraran a Medellín.

Desde Urabá, Chocó y Córdoba llegaron hombres armados con fusiles. Entrenados para el combate rural, trasladaron sus métodos a la ciudad. En los barrios los describían como hombres negros, que a veces se vestían de camuflado, cubiertos con pasamontañas y armados de fusil. La guerra se hizo en los barrios con armas largas entre bandas enemigas separadas por unas cuantas cuadras. 

Los Chilapos, como llamaban en los barrios a los Urabeños que llegaron de afuera, vencieron en la guerra a algunos hombres de Sebastián y a otros los compraron con mejores ofertas económicas. Pero ninguno de los capos ganó. Al contrario, como el reinado en el hampa dura cada vez menos tiempo, Sebastián y Valenciano fueron capturados y salieron de escena. La guerra por Medellín quedó liderada por difusos mandos de la Oficina de Envigado y alias Daniel, el jefe de los Urabeños en Medellín. De él poco se sabe.

Después de la caída de los capos (Valenciano a finales de 2011 y Sebastián en agosto del año pasado) la guerra mostró su peor cara. Ninguno de los bandos cedía. Los combatientes, cansados, cayeron en prácticas de horror para evitar ser vencidos. Los hechos eran deplorables. El pasado 16 de febrero desaparecieron dos niños en la comuna 13 y luego los encontraron desmembrados porque cruzaron la frontera de su barrio. 

Sus verdugos los vieron como enemigos. En Belén, otro sector de Medellín, mataron a un adolescente que se había quedado dormido en un bus y fue a dar a un barrio que no era el suyo. Supuestamente, representaba una amenaza. En el mismo sector, un hombre murió en la terraza de su casa una mañana en que madrugó para hacer una reforma. 

Se inició un enfrentamiento y una bala perdida le traspasó el corazón. Cerca de su casa, queda la única cancha del barrio, que era el escenario de guerra. Los Urabeños llegaban por zona rural a un costado de la cancha y se enfrentaba contra un combo de la Oficina que hacía guardia en un parque infantil. En una ocasión mientras otros jóvenes jugaban un partido de fútbol, se desató un enfrentamiento y dos inocentes que no alcanzaron a huir murieron en el fuego cruzado. 

Y en otro escenario de guerra, la comuna 8, dos jóvenes ajenos al sector, que hacían trabajo social, fueron retenidos. Después aparecieron desmembrados en una quebrada. El aberrante homicidio permitió confirmar que en Medellín funcionan casas de tortura que denominan ‘ratoneras’, a donde las víctimas entran vivas y salen picadas en pedazos. Con la situación saliéndose de madre, la Defensoría del Pueblo lanzó una alerta diciendo que en las zonas de guerra en Medellín había 95.000 personas en riesgo.

Paralelo a todo lo que ocurría, los jefes de los Urabeños y de la Oficina de Envigado iniciaron conversaciones clandestinas. No era la primera vez que intentaban sentarse a la misma mesa. En 2011, el obispo Julio César Vidal, en ese entonces desde Montería, estuvo mediando para una solución pacífica y voluntaria de la guerra entre bandas mafiosas. Esta vez, sin intermediarios, los mismos capos negociaron el pacto que cerraron el pasado julio.

Según dijo a SEMANA una persona metida en el proceso, en las negociaciones se debatieron varias causas que llevaron a la tregua. La primera, los elevados costos de los combates y el desgaste de mantener los enfrentamientos. La defensa judicial de los capturados y su manutención en las cárceles se estaba llevando un alto porcentaje de los ingresos. 

Ninguna empresa, así sea criminal, tiene la intención de trabajar a pérdida o al mínimo de ganancias. Los dineros de la extorsión y el microtráfico se hacían insuficientes y tuvieron que caer en lo absurdo. En algunos barrios llegaron a cobrar vacunas de 1.000 pesos a los taxistas por cada carrera y a la gente que trabajara y se ganara un mínimo le pedían tributos para la guerra. En el resto de la ciudad, llamaban a cualquier parte, una empresa o un apartamento, a ‘vacunar’.

La segunda razón que los llevó al pacto es que los hechos atroces y los atropellos a la gente los convirtieron en blancos de alto valor y les fueron granjeando una enorme pérdida de popularidad en los barrios.

La tercera razón es que, conscientes de lo anterior, los capos necesitaban ‘bajarse el perfil’. En últimas, sus familias viven en Medellín y ese es su sitio de descanso. El anonimato les permite tener una vida tranquila y dedicarse a los negocios y a hacer lo que corresponde, según se entiende en ese mundo, que es tratar de mutarlos de ilegales a legales. La tarea es más fácil para ellos sin mayor exhibición, sin enemistarse innecesariamente con las autoridades y contando con la tolerancia de la gente del común.

Y otra vez, volviendo a la comparación, el método también se parece al que utilizó Bernando Provenzano, exjefe de la Cosa Nostra italiana. En 1993, cuando asumió el mando, encontró una organización desgastada y con centenares de hombres presos. 

Las directrices que impartió Provenzano durante su jefatura, que terminó en 2006, quedaron en manuscritos. En esa especie de ‘manual del perfecto mafioso’ les ordenaba a sus hombres hacerse lo menos visibles posible y pensarlo bien antes de disparar. También les pedía que se presentaran como una figura caritativa. 

En ese contexto, llama la atención que en los últimos tres años han sido capturados en Colombia más de 40 personas ligadas a la Cosa Nostra y la ‘Ndrangheta, muchas de ellas italianas, que sostenían negocios de narcotráfico con las mafias colombianas. No es de extrañar que en sus alianzas con los capos paisas hayan terminado compartiendo sus estrategias y directrices.

El nuevo ‘poder’
La estrategia en Medellín parece seguida al pie de la letra. SEMANA visitó lugares que eran escenarios de guerra y conoció cómo viven este tiempo de tregua. Entre dos barrios de la comuna 13 separados por una ‘frontera invisible’, era común ver jóvenes armados haciendo celaduría en las plazas de vicio y las terminales de buses, que extorsionaban semanalmente. 

Nadie del barrio vecino podía pasar por allí. La iglesia del sector queda en una zona en conflicto y el drama del sacerdote era atender dos barrios separados por la frontera. Oficiaba dos mismas, una en cada barrio, y tenía dos grupos de juveniles, porque los de un lado no podían pasar al otro. Se acercaban las fiestas patronales a finales de julio y el sacerdote no podía hacer dos fiestas. Además de los costos, la idea del evento católico era reunir a la comunidad. 

Desde comienzos del mes empezó acercamientos con los jefes de los combos. “Tranquilo, padre. Espere que próximamente lo vamos a sorprender”, le dijo el jefe de uno de los combos. En efecto, días después, los de la Oficina hicieron un sancocho al que asistieron los Urabeños. Al otro día, los muchachos salieron sin armas. 

A la siguiente semana, el 17 de julio, Nacional quedó campeón en la Liga Postobón. En medio de los festejos había jóvenes de los Urabeños y la Oficina celebrando juntos. Los vecinos se animaron a preguntar qué pasaba y fue entonces cuando se enteraron de que había tregua. Al final del mes, el sacerdote pudo hacer su fiesta patronal, con las comunidades de los dos barrios juntas, sin miedo y sin violencia.

El pasado 4 de octubre, el arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón, programó una vigilia por la paz. Las cúpulas de los Urabeños y la Oficina se unieron a la convocatoria y lanzaron ese mismo día su campaña ‘Antioquia sin fronteras’. Su idea, según conoció SEMANA, es replicar lo que están haciendo en Medellín en el resto del departamento. Inexplicablemente, copiaron el nombre de uno de los programas estratégicos de la Gobernación. 

Ese día, desde temprano en la mañana, decenas de jóvenes de los barrios salieron a las calles y repartieron camisetas con el lema de la campaña y pusieron banderitas blancas en los carros. Se ubicaron en semáforos desde el barrio El Poblado hasta las periferias. Todavía no se sabe quién financió esa movilización.

En la noche, jóvenes de todos los barrios y de todos los bandos se encontraron en el centro y marcharon por las calles hasta llegar a la catedral, donde el arzobispo oficiaba su misa. En otras diez parroquias de Medellín ocurría lo mismo. Al final se hicieron sancochos, fiestas y estalló pólvora.

Un desmovilizado de las AUC, que ahora tiene mando sobre 100 hombres de la Oficina en dos barrios de la comuna 13, explicó a SEMANA lo que está pasando: “Lo que se busca con la tregua es reducir tanto homicidio que había y humanizar el conflicto. Vamos a respetar el territorio donde cada grupo ejerce poder. Se ejerce poder cuando la gente acude donde nosotros para solucionar los problemas más fácil que como lo hace la autoridad”. Y a continuación cuenta algunos casos que les ha tocado ‘resolver’ a sus hombres. 

Una vez, un joven que consumía drogas le robó a la mamá. En otra ocasión, le pegó. Y días después, arrojó en un pantanero media libra de arroz que la mamá había conseguido con plata prestada para darles de comer a sus otros tres hijos. La queja llegó al combo del barrio. Ellos se llevaron al muchacho y lo agarraron a golpes como escarmiento. 

En otro extremo de Medellín pasó algo parecido cuando un señor se quejó ante su vecino porque el hijo de este le estaba robando. El padre discutió con el quejoso y este les contó a los del combo. No era la primera queja que recibían sobre los robos del mismo joven y esa tarde se lo llevaron y lo golpearon.

El ejercicio del poder del que habla el desmovilizado también se da con repartición de plata. Al mejor estilo de Provenzano. Ese fue el caso de una familia que pasó hambre durante varios días. Tenían cinco hijos pequeños y los acostaban desde las 4:00 de la tarde, con ventanas cerradas y luces apagadas, para que la noche los cogiera dormidos y no tener que darles comida. 

Los jóvenes del combo conocieron la historia. Recogieron 150.000 pesos, hicieron un mercado y se lo llevaron a la familia. Algo similar pasa en la comuna 6. Un exdirector de la Corporación Democracia, creada por los desmovilizados de las AUC para hacer política al tiempo que delinquían, usa como plata de bolsillo recursos públicos. Jóvenes y ancianos lo califican de ‘generoso’ porque les da para los pasajes.

A veces, también tienen que operar como conciliadores. Así lo hicieron los muchachos de un combo en un sector donde se tiene programada una gran obra de infraestructura. Era necesario comprar varias casas, pero un grupo de vecinos se negaba a vender al precio que les estaban ofreciendo. El jefe del combo del barrio los citó a una reunión. Cuando llegaron, se encontraron con la sorpresa de que también estaba el abogado que les estaba comprando sus casas. Se hicieron descargos de lado y lado y finalmente el combo terció a favor de los vecinos. Ahora la oferta es mejor.

Pero ese poder mafioso no es más que un producto del miedo que imponen con una pistola en mano ante miles de habitantes, de los más vulnerables de la ciudad. En los barrios saben que “así haya tregua, el que la cague, la paga. Tiene las de perder el que haga malos comentarios, se ponga de sapo, robe, extorsione, amenace o mate sin permiso. El que se ponga de desadaptado, la lleva”, dice un joven que no participa en esa guerra. 

En la comuna 13 mataron hace unos días a un conductor. Le habían cobrado una extorsión y dos cuadras más abajo lo vieron hablando con la Policía. En la tarde capturaron a los extorsionistas y al otro día mataron al conductor. En lo que se conoce como la mal llamada ‘limpieza social’ han ocurrido hechos inquietantes. Un adolescente fue asesinado hace unos días y sobre su cadáver dejaron un letrero que decía “rata”. 

A los pocos días apareció otro cadáver con las mismas características. La historia detrás es que los muchachos habían atracado a un anciano que iba a pagar la cuenta de servicios. El combo del barrio se enteró y decidió hacer justicia por su propia cuenta. Otro caso similar es el de dos cuerpos que fueron encontrados en diferentes zonas de Medellín con carteles que decían “violador”. 

En Belén se presentó el caso reciente de dos niñas que eran novias de dos muchachos de un combo que trabaja para la Oficina. Ellas habían cogido la costumbre de quedarse con sus novios en el parque y entrar tarde a clase. El rector un día las dejó por fuera. Los novios entraron en cólera, lo amenazaron y le quebraron el vidrio del carro. Sus jefes se enteraron de lo que pasó y los expulsaron del combo. A los días, uno de los muchachos apareció muerto.

Los Urabeños y la Oficina son dos estructuras muy diferentes y eso quedó demostrado en cómo se cumplió el pacto de paz. Para los Urabeños, bastó una orden de cese al fuego y se cumplió ipso facto. Ellos son un ejército con jerarquía. En cambio, la orden se demoró en llegar casi una semana a todos los grupos que conforman la Oficina. 

Ellos son una suerte de ‘confederación’ de pequeñas estructuras regadas por los barrios y cada jefe aspira a tener más poder. De hecho, aún se dice que algunos de los coordinadores de zona están obedeciendo el pacto a regañadientes. De ahí el temor de que la tregua sea frágil, como otras anteriores. Según recuerda el expersonero de Medellín Jairo Herrán, “en años pasados se hicieron pactos de forma coyuntural e inmediatista. No tuvieron un efecto benéfico a largo o mediano plazo.

Fueron débiles. Uno de los pactos se rompió porque en un barrio mataron al integrante de un grupo”, dijo a SEMANA. Sin embargo, advierte que los pactos anteriores fueron entre combos de barrio y no entre los capos.

¿Nueva era del crimen?
El efecto evidente es la reducción en la cifra total de homicidios, pero con una particularidad. Datos de Medicina Legal, Fiscalía y Policía dicen que hay menos muertes por arma de fuego, pero aumentaron los de arma blanca, asfixia mecánica, desmembramiento y ahorcamiento. “Estos homicidios son más discretos y hacen más difícil identificar al responsable”, explica el criminalista Germán Antía. 

Son modalidades propias de las mafias que buscan no dejar rastros y enviar mensajes de terror. Un dato que llama particularmente la atención de los analistas es el aumento de desapariciones forzadas en tiempos de tregua. Datos de la Fiscalía dicen que en los primeros seis meses del año se presentaron 176 desapariciones en Medellín, mientras que entre julio y octubre, en plena tregua, fueron 210. Otra cifra es la de asonadas, que pasó de cero el año pasado a 15 en este. Las asonadas, dice Antía, son una forma de ejercer justicia por mano propia.

El alcalde, Aníbal Gaviria, sostiene que los pactos son una reacción desesperada de las mafias, que se han debilitado por la presión de las autoridades. Ha sido enfático en que ninguna entidad estatal ha participado en ellos y que si los delincuentes pretenden enviar un mensaje de arrepentimiento con treguas, la única opción que tienen es someterse a la Justicia. Luis Fernando Suárez, vicealcalde de Gobernabilidad, recalca que esos pactos son frágiles, que lo único que buscan es fortalecer a los grupos delincuenciales.

Decir que la caída de las estadísticas de los homicidios en Medellín se debe solo al ‘pacto del fusil’ es injusto con el despliegue que han hecho la Policía y la Alcaldía para combatir a la delincuencia. De hecho, las estadísticas muestran que los asesinatos comenzaron a caer en abril. Pero desconocer el impacto en los indicadores de ese silencio de los fusiles de la mafia es también tratar de tapar el sol con las manos.

“La violencia se redujo por las capturas”

El general José Ángel Mendoza, comandante de la Policía en Medellín, acepta responder una entrevista con la condición de no hablar del pacto entre las mafias.

SEMANA: ¿Cómo fue que Medellín se calmó de un momento a otro?

José Ángel Mendoza: Por las 21.653 capturas de este año, de las cuales 19.670 han sido en flagrancia. Tenemos 15 subversivos capturados y cinco de bandas criminales… cabecillas grandes.

SEMANA: ¿Eso explica la baja de los homicidios?

J.A.M.: Claro que sí. Nos lo dicen las estadísticas. En 2009 Medellín tuvo un pico muy alto de 2.187 homicidios. Después vinieron capturas de bandidos grandes y se evidencia la reducción.

SEMANA: Usted llegó hace diez meses y se estaban disparando otra vez los homicidios…

J.A.M.: Desde enero hasta junio tuvimos en promedio 100 homicidios mensuales. Ante la difícil situación, vino de Bogotá mi general Roberto León. Potenciamos la investigación y la inteligencia, se aumentó el pie de fuerza con 1.200 hombres y se creó un Gaula Metropolitano. Desde julio empezaron a mejorar los resultados.

Semana: ¿Como cuáles?

J.A.M.: Desde el primero de enero hasta el 26 de noviembre del año pasado se presentaron en Medellín 1.136 homicidios. Y en el mismo periodo de este año, llevamos 847.

SEMANA: Pero la gente sigue sintiéndose insegura, sobre todo en el centro…

J.A.M.: Vamos a meter 300 hombres más y vamos a aumentar los cuadrantes de 13 a 40.

SEMANA: ¿Por qué el deterioro en esa zona?

J.A.M.: Atacamos las ollas de vicio y nos encontramos con verdaderas cuevas. Destruimos una y sacamos a 205 personas que vivían allí consumiendo droga. Ahora están regadas por el centro.

SEMANA: ¿Y eso tiene que ver con la guerra mafiosa en Medellín?

J.A.M.: Es el coletazo de otros resultados positivos. En el país pasamos de incautar el 10 por ciento de la droga producida al 70 por ciento. Pero el narcotráfico cambió la estrategia y hoy comercia en ciudades.

SEMANA: ¿Muchas de esas drogas llegan a Medellín?

J.A.M.: Aquí se consume mucha marihuana.
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