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| 8/28/2016 9:47:00 PM

“El acuerdo de La Habana es extraordinariamente ambicioso”

Padraig O’Malley, autoridad mundial en resolución de conflictos y protagonista del documental 'The Peacemaker', habla de su experiencia y de los retos que le esperan a Colombia.

El académico Padraig O’Malley ha participado como mediador en resolución de conflictos casi toda su vida. Empezó con los diálogos de paz de su país, Irlanda del Norte. Más adelante hizo posible la asesoría y la participación del gobierno sudafricano en las últimas etapas del proceso de paz en Irlanda, con la convicción de que una sociedad dividida tiene el poder de iluminar y nutrir los procesos de resolución de conflicto de otras sociedades divididas.

Después echó a andar el proyecto Forum for Cities in Transition, en el que participan 15 ciudades del mundo que anualmente se reúnen para discutir sobre sus propios conflictos, procesos de reconciliación y desafíos venideros.

Su trabajo y algunos aspectos sensibles e íntimos de su vida fueron retratados por James Demo en un documental, The Peacemaker, que se proyecta por estos días en el festival Ambulante Colombia. O‘Malley está de visita en el país para hablar sobre su experiencia como mediador de paz.

Semana.com: En el documental usted dice que las sociedades violetas son como los adictos. Su método y sus teorías parecen venir, de hecho, de su propio tratamiento. ¿Podría ahondar en ello?

Padraig O’Malley (P.O.): Soy un alcohólico rehabilitado, y en efecto mucho de mi trabajo está basado en la filosofía de las reuniones de Alcohólicos Anónimos: un alcohólico está en la mejor posición para ayudar a otro alcohólico, porque ambos se entienden entre sí. Por eso vamos a reuniones y compartimos nuestras experiencias. Esa interconectividad que pretende mantener la sobriedad en un alcohólico o un drogadicto es la plataforma necesaria para su propia recuperación o rehabilitación. Las reuniones son precisamente el espacio en que se nos recuerda, una y otra vez, que no importa cuántos años hayan pasado desde el último trago: uno solo es demasiado, y mil no son suficientes.

Se trata de un modelo de recuperación. La reconciliación para mí es, precisamente, un proceso de recuperación que debe ser mantenido y nutrido permanentemente –no solo por un tiempo– para que se sostenga. Ni un adicto ni una sociedad en conflicto pueden decidir de repente que están curados y descuidar el tratamiento. Ambos deben pasar por procesos en el que la recordación y el diálogo son siempre necesarios. En el modelo del foro, ese diálogo se mantiene anualmente en forma de cooperación entre una sociedad y otra.

Semana.com: ¿Cómo una sociedad ayuda a otra, si los conflictos en los que usted ha participado son tan lejanos y disímiles entre sí?

P.O.: Todos los conflictos llegan a un punto en que las partes hablan entre sí. Lo pueden hacer pronto, o pueden esperar 50 años. En Irlanda del Norte tuvieron que pasar 30 años para que el gobierno británico dejara de ignorar el hecho de que los intentos de llegar a una paz sostenible seguirían fracasando si se seguía excluyendo al IRA. Por otro lado, en Irlanda del Norte tanto el gobierno británico como el IRA llegaron a la misma conclusión: no habían vencido ni podrían vencer al otro. El paso lógico fue preguntarse cómo abrir canales de comunicación. Colombia también pasó por una serie de procesos de paz que no se concretaron hasta llegar al punto al que se llega siempre: el momento en que una organización como las Farc se da cuenta de que no puede rebasar al Estado. Lo intentaron durante 50 años y fallaron. Fue allí cuando mostraron su voluntad de negociar, y para que los derechos de las víctimas –que son siempre el centro de los procesos– fueran atendidos.

Semana.com: ¿Cuál es la lección entonces?

P.O.: Que los países a veces pasan por procesos parecidos, y aquellos que ya han pasado por ahí pueden asumir la responsabilidad de hacerles ver a otros que firmar un acuerdo de paz es la parte más fácil. Eso no es paz. Solo cuando se establecen los tribunales, que apelan a los derechos y a la cuestión de la reparación, es que empieza un verdadero proceso. Sin embargo, en todos los procesos de paz en los que he participado, la gente siempre ha privilegiado la verdad sobre la justicia. Las personas quieren lidiar con el pasado, con lo que les ha sido negado o escondido, con la desaparición. En Irlanda, por ejemplo, no se lidió con el pasado, y todavía no se ha lidiado con él porque el gobierno británico jamás admitirá que ciertos sectores de las fuerzas oficiales conspiraron junto a movimientos paramilitares y estuvieron involucrados en tan tremendos crímenes. Por otro lado, el gobierno británico infiltró completamente al IRA. En el caso colombiano parece haber, al menos en el papel, una voluntad de las Farc de empezar a asumir responsabilidad por sus acciones, pero también se necesita que el gobierno esté dispuesto a hacer lo mismo; este y los gobiernos que vengan, porque se trata de un acuerdo complejo cuya implementación tardará años.

Semana.com: ¿Qué opina del acuerdo colombiano?

P.O.: El acuerdo de La Habana es extraordinariamente ambicioso, y por ello su implementación es más dura. El mayor peligro de que sea tan bueno es que se quede en el papel. Y es que en estos procesos suele suceder que en el camino de un punto A a un punto B aparece una traba accidental. Algo pasa que no se había previsto. Entonces A se deforma, o se desecha, y así es mucho más difícil llegar a B. De repente todo el movimiento hacia adelante puede perder sus bases y su ruta. Un buen ejemplo de ello son los Acuerdos de Oslo de 1993 entre Palestina e Israel, que establecieron lidiar primero con las cuestiones más sencillas y dejar para los cinco años siguientes la implementación de los puntos más complicados. En esos cinco años los puntos pendientes se marginaron, no se cumplieron y todo se vino abajo. No hubo reconciliación. Así que algo que tiene que hacer el gobierno colombiano es tener un plan B no en términos del acuerdo, sino en la etapa de implementación: si este acuerdo no funciona, ¿qué va a poner en marchar? Eso no nos lleva necesariamente al mismo nivel de violencia pasada, pero hay que estar atentos.

Semana.com: ¿Usted qué entiende por reconciliación?

P.O.: Dicen que la reconciliación se puede dar solo entre individuos, que solo los individuos perdonan y piden perdón. Eso es cierto hasta cierto punto. La reconciliación también es algo más grande, es aquel lugar, espacial y temporal, en el que se hace visible la desaprobación colectiva, pero también la voluntad de dejar el resentimiento a un lado. En este acuerdo está dicho que la participación del pueblo es importante. Aun así, y aunque yo también lo crea, es una idea bastante idealista. Estamos hablando de seres humanos que quieren seguir con sus vidas sin la carga de la violencia. La gente intentará dejar el pasado atrás, y cuando todo parezca haber alcanzado una estabilidad, se olvidará de los malos días rápidamente. Ahí es cuando entra a jugar un papel importante el concepto de reconciliación como proceso y como la necesidad de recordar cómo era el pasado.

Semana.com: ¿En los procesos en los que ha participado como mediador hubo una verdadera reconciliación a largo plazo?

P.O.: Si pensamos por ejemplo en el caso de Sudáfrica, allí se tomó el camino de la verdad y la reconciliación que se convirtió casi en un modelo para el mundo. Yo pasé 15 años entrevistando a las mismas personas de todas las facciones del conflicto: iglesia, afrikáneres, organizaciones militares, generales. Sucedió algo que deberá pasar acá: tú te debes a todo lo que hiciste –y me refiero a todo–. Solo en esos términos eres candidato a la amnistía. En Sudáfrica se tuvo que decir toda la verdad. El victimario, sobre una especie de escenario, confesaba en una audiencia pública, casi ritual. Pedía perdón y las familias se lo concedían en un acto de absoluta generosidad. Ese es un ejemplo de reconciliación individual. Pero en el proceso sudafricano no hubo justicia. No hubo consecuencias. No hubo procesos penales para los mayores responsables. También se prometió reparación y no la hubo. Los blancos viven a un lado, los negros al otro, y en la mitad hay una pequeña clase media de personas educadas que conviven. Eso no es reconciliación, es casi una cuestión de clase. Alrededor de la mitad de los blancos quisieran volver al régimen del Apartheid hoy.

Semana.com: ¿Y cómo es en Irlanda del Norte?

P.O.: Sucede algo similar. Tanto unionistas como católicos siguen viviendo donde vivían antes. Sobreviven dos sistemas de educación, porque la Iglesia católica no le concedió al gobierno británico la renuncia a tener el control sobre ella. Las personas terminan saliendo de sus guetos cuando van a la universidad. Todavía hoy los lealistas tienen reservas con respecto al acuerdo. Sienten que los católicos salieron mejor librados. Eso está presente todo el tiempo, y no hay nadie que esté pendiente de ese fenómeno públicamente. Si el conflicto reviviera hoy, si por ejemplo IRA o los movimientos paramilitares campesinos se rearmaran, el entendimiento de esos actos sería distinto, porque vivimos en un mundo en el que cualquiera que dispara es considerado un terrorista. Esto aplica en un sentido más amplio a Colombia. El mundo ha cambiado en sentidos fundamentales, y hay que pensar cómo esos cambios van a tener impacto en el acuerdo, que es una cosa estática. Claramente no hay manera de saber cómo sería. Solo pasa, y no parece haber tampoco una manera de evitarlo.

Semana.com: En el caso de Irlanda la entrega de armas duró años, ¿Cómo se vivió ese proceso?

P.O.: Se estableció una especie de comité para el proceso de entrega de armas con representantes de los partidos irlandeses, y expertos del gobierno británico y del sector republicano en temas de desarme en otros conflictos. ¿Qué si en ese proceso, que duró casi 10 años, el IRA entregó todas las armas? Al final no hay manera de saberlo, pero dejó lo suficiente como para establecer que el desarme se había de hecho alcanzado. Se hizo paso a paso, y en ese lapso los altos mandos del IRA llegaron a la política. En otras palabras, el proceso se fue concretando en el tiempo en la medida en que los otros puntos del acuerdo se fueron cumpliendo y garantizando. Se tuvo que recomponer la fuerza policial, que estaba en un 95 por ciento compuesta por la contraparte y era vista por los católicos y los nacionalistas como el enemigo. Ese balance de fuerzas tuvo que darse para que el Sinn Féin y el IRA aceptaran que sus jóvenes militantes se unieran a la policía. Al final la comisión encabezada por John Thomas Alderdice, confiable para todas las facciones, supervisó la destrucción total de las armas.

Semana.com: Para nosotros el próximo paso es la refrendación. ¿Qué opina de que esto suceda en un país tan dividido como Colombia hoy?

P.O.: Como en el caso del referendo del Brexit en Reino Unido, uno de los mayores peligros es que aquí la gente no vote por lo que tiene que votar. En mi país todo el mundo estaba escandalizado con el resultado, y de repente, cuando se empezó a examinar lo que había pasado, se hizo evidente que la gente nunca entendió las cuestiones centrales, ni qué tan compleja era la relación entre Reino Unido y la Unión Europea. La gente votó por algo más. Protestó contra el abandono, la decadencia en las ciudades, la industrialización, las promesas incumplidas de muchos gobiernos. Fue un voto en contra del establecimiento. Y este es un riesgo que corre el plebiscito en Colombia: su voto también podría terminar siendo contra el presidente, contra las élites gobernantes, y la paz, que además está pactada en un acuerdo largo y complejo, podría quedar a un lado. Esto pasa, sobre todo, entre la gente que ha tenido menos experiencia del conflicto mismo. Ojalá no suceda lo que sucedió en el Brexit, en el que se obtuvo una mayoría de 51 %. Eso no es una mayoría verdadera, es un país partido en dos. En el caso de este acuerdo también sería muy negativo tener una mayoría del Sí que sobrepase apenas el porcentaje del No. Se necesita al menos un 60 % para que el país no se polarice más en caso de que en la implementación algo no funcione.

Semana.com: ¿Qué hacer para evitar ese escenario?

P.O.: Lo único que se puede hacer es difundir ampliamente lo verdaderamente pactado, sin politizaciones ni reducciones excesivas. Y también hay que tener mucho cuidado con las encuestas, pues estas tienen un gran impacto en la decisión de voto. Antes del Brexit había encuestas totalmente opuestas, muy cercanas en el tiempo. Ese fue tal vez un factor determinante del resultado final.

Semana.com: ¿Qué sentimientos pueden aflorar en el posconflicto?

P.O.: Para los miembros de las Farc y sus hijos, por haber entablado una lucha tan larga contra el Estado, este proceso va implicar una pérdida de identidad. Cuando se acaba un conflicto, las partes pasan por un proceso de pérdida, por la experiencia de un duelo, y todo duelo se sufre. También pasará del otro lado, del lado “anti Farc”. Todos los lados sufren pérdidas, y éstas tienen que ser tratadas de maneras particulares y con ciertos mecanismos que hay que establecer y poner a funcionar. Eso es a lo que yo llamo la psicología del fin de un conflicto.

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