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| 12/17/2011 12:00:00 AM

País de caudillos

En las elecciones regionales la Unidad Nacional se vigorizó y la oposición perdió espacios. Pero, más que las colectividades, priman las personalidades.

La política, en 2011, estuvo dominada por la elección de autoridades regionales. En ella se reforzaron algunas de las tendencias que se habían iniciado en el proceso electoral de 2010: la solidez de la Unidad Nacional que rodea al gobierno de Juan Manuel Santos, la pérdida de protagonismo de los partidos en las ciudades y la diferencia del comportamiento de los votantes en las competencias por las alcaldías y gobernaciones, en comparación con las elecciones nacionales (para Congreso y Presidencia).

Casi todos los partidos políticos aumentaron sus votos en comparación con las elecciones de 2007, las últimas regionales que se habían llevado a cabo. Consolidados los de todo el país para los concejos municipales, el Partido de la U fue la primera fuerza, con 2.551.342 votos, seguido, en su orden, por el Partido Liberal, con 2.357.623; el Partido Conservador, con 2.166.586; Cambio Radical, con 1.922.999; el Partido Verde, con 1.131.804, y el Polo Democrático, con 554.920. Este último fue el único que descendió en 2001, comparado con 2007.

Lo anterior refleja el voto en las elecciones de concejos, en las que los partidos, en general, participan con listas propias. Es un buen indicador de la fuerza que tiene cada uno y las cifras guardan casi idéntica proporción que las de las asambleas departamentales. Sin embargo, las conclusiones pueden cambiar si se analizan los resultados de las elecciones para alcaldes y gobernadores, que se caracterizaron por coaliciones. Casi ninguno de estos mandatarios fue elegido en representación de un solo partido y las alianzas fueron diversas, variopintas e incoherentes.

Las estadísticas electorales arrojan una conclusión contradictoria acerca del papel de los partidos. En las asambleas y concejos se desplomaron las votaciones de los llamados grupos significativos de ciudadanos: los inscritos por firmas. En cambio, en las alcaldías, aunque también disminuyeron en 2011 en comparación con 2007 -de 5.204.392 a 4.643.298- volvieron a canalizar una votación mayor que la de cualquiera de los partidos políticos. Se confirma que estos últimos tienen mayor fuerza en las zonas rurales que en los municipios y ciudades. Esto significa que los partidos conservaronn y fortalecieron su presencia en las regiones, pero que las colectividades no son las que tienen la vanguardia política en Colombia, sino los fenómenos personales y caudillistas. Los triunfos de Gustavo Petro en la Alcaldía de Bogotá y de Sergio Fajardo en Antioquia -la mayor votación del país: 922.304 votos- son una muestra de ese fenómeno.

El descenso del Polo Democrático fue uno de los hechos más notables. Perdió la Alcaldía de Bogotá y la Gobernación de Nariño, y bajó su caudal electoral total tanto en alcaldías, como en concejos y asambleas. Sin embargo, la izquierda mantuvo el poder en la capital, en cabeza de Gustavo Petro. Su victoria fue posible, a pesar de la imagen de Petro como aliado de Samuel Moreno en 2007, por una combinación de factores: su retiro del Polo y su liderazgo en denunciar la corrupción del llamado carrusel de la contratación en la administración saliente, por un lado, y la dispersión del voto del centro y del centro derecha en varias candidaturas (Enrique Peñalosa, Gina Parody, Carlos Fernando Galán y David Luna). Más allá del significado de la escogencia de un tercer mandatario de izquierda en línea -después de Luis Eduardo Garzón y Samuel Moreno-, el triunfo del movimiento Progresistas muestra cierta reestructuración de la izquierda colombiana. Las primeras declaraciones del nuevo alcalde de Bogotá descubren una intención de jugarle a un proyecto de izquierda no radical, con capacidad de hacer alianzas con fuerzas de centro, pero con vocación de largo plazo y con proyección nacional. El Polo y los Progresistas se disputarán, en los próximos años, el liderazgo de la izquierda.

Desde el punto de vista institucional, las elecciones del 30 de octubre arrojaron un resultado agridulce, aunque con más elementos positivos que negativos. Hubo 2,5 millones de votos más y la abstención se redujo en un 2,5 por ciento. La Registraduría superó las dificultades de las elecciones de Congreso de 2010 y aceleró el preconteo de los votos. Y no hubo problemas de orden público comparables con los de otros años.

El balance tiene sinsabores, no obstante, en el intento de fuerzas cuestionadas en varias regiones del país por conservar el poder local. En 25 municipios de riesgo a los que SEMANA les hizo un seguimiento especial porque reunían condiciones críticas de corrupción y de orden público, hubo avances en algunos como Quibdó, Santa Marta, Soledad y Magangué. Sin embargo, en una decena de gobernaciones que estaban en la mira se confirmaron las peores predicciones. Entre ellas, las victorias de Francisco 'Kiko' Gómez, en La Guajira; Nelson Mariño, en Casanare, y Alejandro José Lyons, en Córdoba. En otros lugares ganaron candidatos ligados, por familia o por filiación política, a personas vinculadas a procesos judiciales por parapolítica o corrupción: Cielo González, en Huila; Richard Aguilar, en Santander; Héctor Fabio Useche, en Valle; Luis Miguel Cotes, en Magdalena, y Edgar Díaz Contreras, en Norte de Santander, entre otros. Algunos de los mandatarios electos tienen sus propias investigaciones, y es probable que varios de ellos no terminen sus cuatrienios porque tendrán que atender llamados de la justicia.

Desde el punto de la continuidad o el cambio buscados por los electores en sus regiones, también hubo resultados contradictorios. Antioquia, Santander y Cundinamarca, tres de los cinco principales departamentos, cambiaron de dueño. Lo mismo ocurrió en las alcaldías de Cali y de Cartagena, aunque en sentidos diferentes. En Barranquilla y en Medellín, Elsa Noguera y Aníbal Gaviria triunfaron con evidentes mandatos de mantener el rumbo. Y en Bogotá hubo una curiosa continuidad, pues con Gustavo Petro se conserva la ideología de izquierda, pero por fuera del Polo Democrático y con un discurso de rectificación -sobre todo en materia de corrupción- frente al gobierno saliente de Samuel Moreno.

Pero las elecciones locales, más que una expresión regional de las tendencias políticas nacionales, son una suma de miles de procesos particulares. Y sus conclusiones finales solo podrán alcanzarse después de que los ganadores comiencen a gobernar. Algunos, como Petro en Bogotá, triunfaron sin mayorías absolutas (la mayor parte del electorado optó por otras candidaturas) o ganaron con ventajas precarias, como Aníbal Gaviria en Medellín. La fórmula de caudillismo y candidaturas independientes ha obligado a encender las alarmas sobre el peligro de administraciones populistas en ciudades como Cartagena.

Después de los del 30 de octubre de 2011, no volverán a presentarse otros comicios hasta los de Congreso de marzo de 2014. Los próximos dos años no tendrán elecciones y, por consiguiente, se mantendrá la repartición de cartas que quedó de la última contienda. Esa distribución de recursos de poder es ampliamente desequilibrada a favor del gobierno: los partidos de la coalición nacional venían con una mayoría en el Congreso cercana al 90 por ciento y ganaron casi todas las gobernaciones y alcaldías. El único partido de oposición -el Polo- perdió casi todo lo que tenía en el poder regional y ninguno de los candidatos elegidos por firmas -ni siquiera Petro en Bogotá- se perfila como una voz antisantista en el escenario nacional.

Esto producirá una especie de tregua para 2012, un año en el que los electores esperarán de sus gobiernos -nacional y locales- menos política y más administración.
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