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| 2/25/2017 2:44:00 PM

“Son demasiado tristes las alegrías de nosotras”

Alexandra Sandoval y Amelia Mantilla, hija y viuda de Emiro Sandoval, magistrado víctima en el Palacio de Justicia, descubrieron que durante treinta y dos años han llorado en la tumba equivocada. En entrevista confiesan cómo llegaron a la verdad.

El pasado martes el fiscal Néstor Humberto Martínez y la vicefiscal María Paulina Riveros citaron a Amelia Mantilla y a Alexandra Sandoval y les dieron la noticia más sobrecogedora que se haya oído en el búnker de la Fiscalía. El cuerpo de Emiro Sandoval, el esposo, el padre, el magistrado auxiliar que había muerto junto a su maestro, Alfonso Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema de Justicia, no estaba dentro de la tumba a la que habían visitado durante 32 años. Allí había dos restos calcinados, aún sin identificar.

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Semana.com: ¿Qué tanto alivia esta noticia?

Alexandra Sandoval: Es un poquito agridulce. Todo el mundo espera que estemos contentas. Como me dijo Helena Urán (hija del magistrado auxiliar Carlos Horacio Urán) es demasiado triste que estas sean las alegrías de nosotras. Para mi mamá es más duro porque ha revivido todo. Pero sí, estamos aliviadas con que hayan encontrado a mi papá. Sobre todo porque la incertidumbre es muy difícil, es para enloquecerse.

Semana.com: ¿La incertidumbre en el caso de ustedes cuando comenzó?

Alexandra Sandoval: Hace aproximadamente cuatro años. Rene Guarín, el hermano de Cristina Guarín, me escribió para contarme que en el juicio del coronel Alfonso Plazas Vega habían dicho que a mi familia le habían entregado dos cuerpos.

En ese proceso habían buscado la necropsia y lo habían sacado en el juicio para pretender desconocer que en el Palacio de Justicia hubo efectivamente desapariciones forzadas y decir que sólo se dieron problemas en los reconocimientos de los cuerpos.

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Semana.com: ¿Y ahí qué pasó?

Alexandra Sandoval: Nos demoramos casi un año en conseguir esa necropsia. Pero desde que recibí esa información yo tenía muchas dudas. Cuando tuve ese documento en mis manos fue sorprendente: decía que en el ataúd donde yo creía que estaba mi papá, realmente reposaban dos cuerpos calcinados. Paralelamente, la Fiscalía comenzó a revisar los casos que tenían inconsistencias en cumplimiento de la sentencia de la Corte Interamericana que ordenó buscar a los desaparecidos del Palacio y ahí saltó nuestro caso.

Semana.com: Amelia, ¿Cuándo comenzaron sus dudas?

Amelia Mantilla: Yo siempre tuve dudas, porque me tocó ver cómo trataron la escena del crimen. Cuando sucedieron las cosas yo fui al Palacio de Justicia a buscar a Emiro. Entré por la misma puerta por la que habían irrumpido los tanques. Vi como movían todos los cuerpos, cómo los bajaban al primer piso, cómo los que eran reconocibles los lavaron, cómo los rociaban con gasolina. Todo eso genera suspicacia.

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Semana.com: Pero respecto a la tumba de Emiro, ¿Estaba tranquila de saber que era él?

Amelia Mantilla: Sí. Porque cuando ocurre una tragedia como lo que nosotras vivimos, uno intenta pensar lo bueno. Ahora en retrospectiva, pienso en lo impresionante que fue cuando llegaron todos los féretros de los magistrados sellados al Externado. Ahora me pregunto si lo que nos pasó a nosotros no les pudo haber pasado a otros. No se puede saber, pero lo que sí se sabe es que en la medida que exhuman, se dan cuenta que el cuerpo que se creía que estaba ahí es en realidad otro. Y esa es la triste realidad de esto: cuando aparece uno y desaparece otro. Pero claro que la incertidumbre más grande comenzó desde la exhumación.

Semana.com: ¿Cómo es el momento de la exhumación? ¿Qué vive una familia en un procedimiento así de difícil?

Alexandra Sandoval: Cuando abren una tumba, realmente te están abriendo a ti también. Tú le habías echado tierra a todo y mientras ellos sacan la tierra, te van sacando a ti todo por dentro. Es muy difícil y por eso uno puede estar o no estar. Nosotros tomamos la decisión de estar.

Semana.com: ¿Cómo fue enfrentarse a esas otras dos personas que estaban ahí?

Alexandra Sandoval: Cuando nos enteramos que había dos cuerpos entendimos que debía hacer una exhumación cuanto antes. Pensamos en que ahí podría estar la respuesta de una familia que lleva buscando 30 años y no podíamos ser egoístas y quitarle la posibilidad a otras personas de saber la verdad. Ahora sabemos que son restos de aproximadamente tres personas distintas, dos que pueden ser reconocidos y uno al que no se la ha podido hacer rastro de ADN.

Amelia Mantilla: Nosotras conocemos ese dolor de perder a alguien y no tener un cuerpo porque de un momento a otro pasamos de tener una persona cierta a tener realmente un desaparecido. Pero lo más duro para nosotras fue el engaño porque nos entregaron a alguien que no correspondía de manera deliberada. Yo recuerdo a Alexandra visitando la tumba de su papá. La veo de tres años poniéndole florecitas, cambiándole la lápida. Y me parece una tortura, me parece un dolor infame.

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Semana.com: ¿Qué explicaciones se dan sobre ese engaño?

Amelia Mantilla: Hay que poner todo en su contexto y es que desde el comienzo la tragedia del Palacio de Justicia se trató de ocultar. La gente murió de una forma atroz y en ese momento se habló de un “pacto de silencio” sobre lo que sucedió. En ese momento, Medicina Legal colaboró con el ocultamiento de la verdad. Pero la ciencia avanzó.

Semana.com: ¿A qué se refiere con eso?

Alexandra Sandoval: Yo consulté a un forense que nos ha acompañado en este proceso sobre si en 1985 habríamos tenido forma de saber que mi papá no estaba allí, y me explicó que era imposible porque no existía la tecnología para identificar un cadáver. Entonces ellos creían que con entregar los cadáveres de esa forma ya se había cerrado el tema. Pero cuando apareció el ADN, los muertos hablaron, porque eso es lo curioso en el caso del Palacio de Justicia: que los muertos hablan.

Semana.com: Lo que les está pasando a ustedes debe darles cierta esperanza a los familiares de los desaparecidos…

Alexandra Sandoval: Espero que sí, pero realmente es al contrario. Nosotras les debemos todo a ellos. Fueron generosos y abiertos para recibirnos, contarnos sus experiencias y acompañarnos en este dolor. Los familiares de los desaparecidos tienen una historia de lucha grandísima y lo que es una certeza es que sin ese trabajo nunca habríamos llegado a esta verdad. A mi papá lo encontramos por ellos. Sin su esfuerzo no tendríamos hoy ninguna investigación. Yo les agradezco todo. Es una lucha de un grupo. Ahora los empezamos a acompañar en las conmemoraciones simbólicas que ellos organizan y eso fue muy importante para este proceso. Era duro ver la foto de mi papá ahí entre los desaparecidos. A mi mamá le dolía mucho, pero nos ayudo a enfrentar con dignidad lo que estaba pasando.

Amelia Mantilla: Lo que me dolía realmente era verla a ella cargando la foto de su papá. Eso me partía el alma.

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Semana.com: ¿Cómo hace uno para no derrumbarse?

Amelia Mantilla: Yo creo que por temperamento, soy fuerte para la adversidad. Pero confieso que esto es algo que lo marca a uno para toda la vida, que no se puede superar. Lo que sucedió en el Palacio de Justicia todo el país lo recuerda todo el tiempo. Son heridas que no sanan. La muerte en otras circunstancias es distinta, pero ver la imagen del Palacio de Justicia siendo bombardeado en la prensa, la radio y la televisión durante décadas hace que la herida nunca sane. He tratado toda la vida de no insultar a nadie. Ni a la guerrilla ni a los militares. Lo hice por Alexandra para no heredarle un resentimiento que no la habría dejado vivir, no la habría dejado tener paz.

Semana.com: ¿Qué viene ahora para ustedes?

Amelia Mantilla: Hay que esperar un tiempo. Queremos recibirlo en el Palacio de Justicia, donde lo masacraron. Si el Externado está de acuerdo, queremos llevarlo allá. Porque la universidad es la casa de Emiro y porque queremos que los estudiantes conozcan la historia de sus profesores. Y Alexandra quiere que regrese finalmente a la tumba a la que siempre lo visitamos.

Semana.com: ¿Qué guardan hoy de Emiro?

Amelia Mantilla: Muchos objetos, pero también muchos recuerdos. Los álbumes de fotos que él mismo ordenó con fecha y lugar de cada momento. Él tomaba muchísimo tinto, y guardamos una taza que compramos en Alemania cuando él estaba haciendo su doctorado y que todavía tiene las manchas del café que tomaba. La máquina de afeitar la tiene Alexandra. La máquina de escribir sí la tengo yo en mi casa. La corbata que le dieron cuando fue becario en Alemania. Y sus libros. Dejó escrito tres libros y numerosos artículos. Le gustaba mucho escribir. Lo hacía todas las noches. Y todas las mañanas se leía todos los periódicos. Siempre estaba informado.

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