Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2015/11/06 07:15

Así vivieron los lectores de SEMANA la toma del Palacio

Estos son los mensajes que llegaron a la revista sobre lo que pasó el 6 y el 7 de noviembre de 1985. La historia contada por otras voces.

Así vivieron los lectores de SEMANA la toma del Palacio Foto: Archivo SEMANA

Hollmann Morales, editor de la revista Cromos

“Me faltaban cinco meses para cumplir 31 de edad. Desempeñaba el cargo de editor cultural de la revista Cromos. Iba acompañado del fotógrafo Daniel Jiménez (q.e.p.d.) y justo cuando caminábamos cerca de la escultura en bronce de Simón Bolívar, entre las 3:00 y 3:30, oímos disparos. Vi cómo salía mucha gente corriendo y aturdida, tanto por la entrada principal como por el garaje, que estaba sobre la carrera octava. Me percaté de cómo un hombre, presumiblemente del DAS, recibió un balazo en la cara. De inmediato dos hombres lo retiraron. Ahí fui consciente de la gravedad del asunto, pero como no teníamos un radio a la mano, ignorábamos qué pasaba. Danielito tomaba fotos y yo tomaba apuntes.

Vi al coronel Alfonso Plazas, alto, activo, con una pistola en la mano dando órdenes, ahí desde la misma esquina donde nos atrincheramos. Desde mi punto de vista, él cumplía un deber muy difícil, su responsabilidad era enorme y mi percepción es que obraba con decoro y equilibrio. Eso lo declaré en la Fiscalía meses después”.

Luis Ernesto Arciniegas Triana, magistrado del Tribunal Administrativo de Boyacá

“Recuerdo muy bien lo que sucedió ese día porque precisamente ese día realicé mi primera diligencia como abogado litigante, estrenando mi tarjeta provisional recién egresado en una diligencia de embargo y secuestro. Fui con un amigo al centro a sacar dinero en un banco que quedaba frente a la entrada al Palacio. Mi amigo no se demoró y luego salimos del centro en su carro. Cuando prendimos la radio dieron la noticia de la toma. No lo podíamos creer, pues minutos antes habíamos estado allí.

Ya en la casa, puse la televisión y seguí con asombro y preocupación la transmisión, en vivo y en directo, de cómo se perpetraba por la fuerza pública una de las más grandes violaciones a los derechos humanos en la historia de nuestro país, motivada por la demencial iniciativa del M-19. Fueron instantes de pavor y de dolor para mí, ya que muchos de los magistrados inmolados fueron mis profesores en la facultad de derecho de la Universidad Externado. Jamás olvidaré lo que pasó ese nefando día. Recuerdo también que por momentos me atacó la desesperanza, al punto de querer renunciar a mi vocación, pero quise darle un significado a esa tragedia y así fue como me prometí a mí mismo que sería Juez de la República”.

Martha Hernández Salgar

“Yo tenía unos 15 años y estaba de vacaciones en Bogotá. Recuerdo el momento en que comenzó la toma con mucho miedo porque estaba en el centro y no se sabía si era una bomba. Con mi familia nos fuimos rápido para el norte y nos pusimos a ver los noticieros. Los medios confirmaron que se trataba de una toma guerrillera por parte del M-19. Para mí, es falso que los militares se tomaran el Palacio, los que entraron primero fueron los del M-19”.   

Ximena, estudiante de la Universidad Nacional

“Llegué con un amigo al Palacio de Justicia a las 10:40 de la mañana. Él me dijo que iba a buscar al doctor Reyes Echandía y que si yo quería, podía esperarlo en la cafetería. Me arrepentí de entrar y le dije que mejor lo esperaba afuera. Decidí quedarme en el Ley y mi amigo me acompañó hasta allá. Diez minutos después oímos los disparos y supimos que el M-19 se había tomado el palacio. Quedé impactada, asombrada y pensé que si hubiese entrado, la suerte de nosotros habría sido trágica. Salimos corriendo. Todos los sitios y almacenes empezaron a cerrar y la gente estaba en la calle muy angustiada. El caos era total en la calle, gritos, ruidos de sirenas, disparos, voces. Subimos unas cuadras más, cerca de la Universidad Libre y bajamos por una calle que da justo al frente del Capitolio. Entre empujones logramos estar muy bien situados para ver el Palacio, ya había mucho humo, ahí pasamos mucho rato observando, viendo salir gente del Palacio. Nos quedamos ahí toda la tarde. A las 6 nos fuimos a buscar algo de comer porque habíamos pasado todo el día en ayunas. Pero nada nos pasó. Nos fuimos para la casa y allí vimos por televisión el palacio en llamas. Luego me casé con ese amigo y hoy él le cuenta a nuestros hijos que gracias a que yo no quise entrar al Palacio de Justicia estamos vivos”

Ubaldo Lozada, periodista

“¡Hay un tiroteo en el Palacio de Justicia!”, dijo un amigo de oficina cuando contesté el teléfono como a las 10 de la mañana pasadas. Otros compañeros también se acercaron a darme la noticia. Me buscaron porque yo estudiaba periodismo por esa época. Trabajábamos en el Banco Cafetero de la Avenida Jiménez con octava, a unas cuatro calles del Palacio. Puse atención y se oyeron los disparos. Lo primero que hice fue buscar un directorio telefónico y abrir en la letra P de Palacio de Justicia.

Marqué al azar un número directo, no el conmutador. A los dos timbres, un hombre contestó. Se oía agitado y con terror. -“¿Quién habla, quién habla?”, dijo agitado y con terror. -“Mi nombre es Ubaldo Lozada, soy periodista”, le grité, porque al fondo se oían gritos en medio del tiroteo. “¿Qué está pasando, con quién hablo?”, pregunté algo nervioso. Los tiros se oían por el teléfono y por la ventana que da al pasaje dela calle 14. -“Dígales que no disparen -gritó el hombre angustiado-, nos van a matar a todos, que cese el fuego, que paren el fuego”, insistió.

-“¿Quién habla?”, repetí. El hombre ya había colgado.

Mis compañeros me miraban y marqué otro número, también fijo. Otro hombre me contestó, todavía más agitado. “que no disparen, que no disparen, pida cese al fuego”, fue todo lo que dijo, y colgó sin darme tiempo a preguntar algo. Volví a marcar y ahora los teléfonos no daban tono. La radio ya estaba transmitiendo y me acompañaría durante los tres días de la toma. Dentro de la oficina los jefes dieron la orden de seguir trabajando normalmente en medio de gases lacrimógenos, disparos y cañonazos. Cuando la totazón arreciaba, nos agachábamos al lado del escritorio y seguíamos trabajando. Por las mañanas los soldados nos dejaban entrar al edificio, pero a veces teníamos problemas cuando nos volábamos a tomar onces al Cyrano de la Jiménez. A veces nos quedábamos un poco tarde y fue así como alcancé a oír el primer cañonazo contra el Palacio.

El último día oí a Yamid Amat en la radio diciendo que acaban de sacar a Andrés Almarales vivo, que se veía cuando entraba a un camión. A los 10 minutos dijo que Almarales estaba muerto. En la noche, en el noticiero vi la misma noticia y se veía de perfil a Almarales entrando al camión caminando.

Los trabajadores del Banco no medimos los alcances de lo que había pasado hasta días después. Siempre pensamos que era un simple asalto.

Pedro, miembro de rescate ese día

"Quiero omitir mi nombre real. Estuve como miembro del grupo de rescate S.A.R de La Cruz Roja. Desde donde estábamos se oían disparos de armas. Llegaron tanques del Ejército y mucha gente corría amparándose detrás de ellos. Corrimos con una camilla y llegamos a la entrada de un parqueadero donde encontramos una gran cantidad de soldados y varios policías. Todos se gritaban entre ellos y al fin y al cabo nadie era autoridad. Había en el piso cerca de 15 o 20 personas algunas de ellas lloraban otras gritaban, era una escena de pánico total. Recuerdo a un oficial del Ejército joven que me gritó varias veces quién era yo y que hacia allí. Yo también me lo preguntaba porque los disparos eran cada vez más intensos. Adentro se gritaban cosas ofensivas. Pude oír insultos como “Cobardes Hp... Milicos asesinos!! Algunas eran voces de mujeres que a pesar del ambiente de ruido tan intenso se podían oír claramente. En este tiempo sacamos con varios soldados que ayudaron. A las 4:30 p. m. pude ingresar al lobby del Palacio. Allí sentí miedo y terror. Uno sentía cada balazo como si fuera disparado en el oído. Ayudé a llevar a un hombre de tal vez 60 a la Casa del Florero. Allí lo entraron a un salón que era una especie de centro control. A mí me interrogaron y me tuvieron cerca de una hora, pero alguien de la Cruz Roja me reconoció y me dejaron ir. No regresé al otro día”.

Italia, Álvaro y Ximena, hijos del magistrado Ricardo Medina Moyano


“Treinta años han pasado desde el 6 y el 7 de noviembre de 1985 y cada aniversario tiene infortunadamente el doloroso encargo de recordarnos el Holocausto del Palacio de Justicia.

Sentimos que durante todos estos años  nuestro silencio nos ha resguardado del dolor que significó perder no a un honorable magistrado de la Corte Suprema de Justicia, sino a nuestro padre. De él sólo nos quedó un vacío tan grande, que ha sido imposible de llenar, a pesar de los maravillosos momentos que alcanzamos a  compartir juntos. Nos quedan los recuerdos y las memorias de amigos que, como Fernando Garavito, nos permiten reconstruir en nuestro corazón y en nuestra frágil memoria, la vida del humanista que fue. Nos valemos de sus palabras para definirlo “Muchas veces se le oyó decir a Ricardo Medina Moyano que lo primero que se debe esperar de un hombre es que esté de acuerdo consigo mismo. Nada mejor que decir que ante todo fue un hombre fiel así mismo, un hombre que predicaba lo que pensaba y vivía según lo que predicaba…”.

¿Es posible que el dolor que sentimos aún después de 30 años de su asesinato salga sin que otros sentimientos afloren? En nuestro caso la respuesta es NO y de ahí la razón por la que los únicos sobrevivientes de la Familia de Ricardo Medina Moyano preferimos guardar silencio.

¿Cómo sobrevivir a esta tragedia? Sabíamos que la vida debía seguir adelante, eso sí, con la certeza de que  estaríamos a partir de ese momento marcados por el dolor producto de la traición de un presidente, de unas fuerzas armadas p y de un grupo guerrillero p que acabaron en tan solo dos días con una Corte que encarnaba los ideales de justicia y dignidad que durante siglos habíamos forjado entre todos los colombianos. Nuestra familia, haciendo honor a nuestro padre, intentó afrontar, adaptarse y aprender de esta trágica situación.

Tres de nosotros lo hemos hasta ahora logrado, pero Gladys María, nuestra madre, y Sandra Leonor, nuestra hermana, murieron llevándose el terrible dolor dejado por la ausencia de quien prematuramente muere enredado en una absurda y brutal espiral de violencia. No hay duda de que el sufrimiento de su pérdida y, como consecuencia, el sentimiento de desamparo e impotencia, abonaron el terreno para que sendas enfermedades destruyeran su salud.

El destino, a muchos de los sobrevivientes de aquellos seres queridos que fueron sacrificados en el Palacio de Justicia, nos ha llevado por senderos diferentes. A pesar de todo, hemos logrado, con inmenso valor, sobreponernos al dolor y a la tragedia, y tomar rumbos que nos han permitido proseguir en la dura lucha por la vida y colaborar en la reconstrucción de Colombia. Muchos dentro de nuestra patria. Otros lo hemos logrado, soportando el triste recuerdo, desde la distancia.

Debemos esforzarnos por  conservar en la memoria colectiva tanto los hechos previos a la toma del Palacio, como la toma misma y sus posteriores acontecimientos. Han sido muchos los intentos para borrar de nuestra historia el Holocausto. Parafraseando al premio Nobel de Literatura Anatole France: “No perdamos nada del pasado. Sólo con el pasado se forma el porvenir”.

Por lo tanto, que este trigésimo aniversario sea un nuevo punto de partida en el que reconozcamos la importancia de aprender de los errores que se cometieron en la aventura irresponsable de la Toma, aceptar la responsabilidad que le compete a nuestra sociedad y poner nuestro granito de arena para poder reparar los errores.

Estamos viviendo un trascendental momento en la historia de Colombia en donde la probabilidad de lograr la tan anhelada paz es casi un hecho. Deseamos que así se dé, pero consideramos igualmente importante recordar que antes del 6 y el 7 de noviembre de 1985 se vivió un intento de diálogo para la paz que, por falta de valor y compromiso político y militar, terminó desastrosamente con la Toma del Palacio de Justicia y la muerte de casi 100 personas.

Como el escritor español estadunidense George Santayana lo expresó: “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Confiemos que ese no sea nuestro caso y que en su lugar nos constituyamos en un ejemplo para el mundo entero de lo que nosotros los colombianos somos capaces de lograr.

El rostro de las victimas necesita recobrar urgentemente su sonrisa y la tranquilidad en su mirada -al menos, parte del perdido brillo-; en ese momento, el Holocausto del Palacio de Justicia y esta fratricida guerra  ue nos ha acompañado durante tantísimos años, habrán valido la pena  como una dolorosa contribución hacia la reconciliación entre todos los colombianos”.

*Los testimonios fueron editados por razones de espacio.


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