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| 10/30/2011 12:00:00 AM

Paraíso Travel

La polémica por el hotel siete estrellas en el Tayrona demostró que ni la sociedad ni el gobierno tienen respuestas claras frente al ecoturismo en los Parques Naturales. Qué pasa en otros países y por qué en Colombia no se ha podido desarrollarlo.

El debate que se armó en torno al posible hotel de la cadena Six Senses -el líder mundial del ecoturismo de alta gama- en el Parque Tayrona y la actuación del presidente en este caso no son muestra de la 'conciencia ambiental' del país, sino de una gran confusión. Pese a que Colombia tiene una de las regulaciones más consistentes del mundo sobre turismo y recreación en áreas protegidas, ni el país tiene claro lo que quiere con sus parques naturales, ni los gobiernos han contado con una estrategia para decir a qué le apuesta en el balance entre conservación y ecoturismo.

Pocos debates han logrado reunir tantos elementos y levantar tanta polémica como la propuesta de Six Senses de añadir a sus 22 eco-hoteles de lujo en el mundo uno más en el Tayrona. Una semana después de que el presidente Santos anunció su visto bueno al interés de la multinacional, arreciaron todas las discusiones: el riesgo para las comunidades indígenas, la participación de socios como la familia Dávila, involucrada en el escándalo de Agro Ingreso Seguro, y hasta la supuesta intervención de parientes del primer mandatario en el proyecto.

Al final, el Ministerio de Ambiente emitió un comunicado para afirmar que el proyecto había nacido "muerto". La explicación recayó en que el hermano del presidente, Felipe Santos, y su primo, el exvicepresidente Francisco Santos, habían tenido algunas conversaciones con los inversionistas de Six Senses en el pasado y que el gobierno quería evitar malinterpretaciones y mandarle un mensaje claro al país. A pesar del calibre de los demás puntos en discusión, el hecho de que la decisión no tuviera que ver con el tema ambiental contaminó una de las reflexiones más importantes que tiene el país frente a sus recursos naturales: cómo y en qué condiciones puede poner unas joyas paisajísticas a disposición del turismo.

Paraíso polémico

Colombia es un país con una naturaleza privilegiada. Es el segundo más biodiverso del mundo, el quinto en recursos naturales, el duodécimo en número de áreas protegidas, aloja todos los pisos térmicos y tiene unos paisajes inigualables. El hecho de que esta riqueza no se traduzca hoy en que el país sea uno de los destinos más atractivos para visitar tiene dos explicaciones.

La primera, y más obvia, es el conflicto armado. Cada noticia de una granada en Guapi, un secuestro en Bahía Solano o un asesinato en una playa del Caribe significa para los operadores turísticos decenas de cancelaciones. Países como Francia advierten a sus ciudadanos que "a pesar del mejoramiento de las condiciones de seguridad, Colombia sigue siendo uno de los Estados donde la violencia es la más elevada del mundo". Por eso, la directora de la Unidad Parques Nacionales, Julia Miranda, reconoce que tanto por el conflicto interno como por las dificultades logísticas de acceso a muchos lugares de Colombia "el ecoturismo esté al borde de ser inviable".

La segunda razón, no tan obvia pero igualmente crítica, es la falta de acuerdo sobre cómo se deben conservar estos paraísos naturales. A pesar de que el país tiene una de las políticas más sólidas y claras en materia de parques nacionales (la Constitución, la ley, decretos reglamentarios y planes de manejo regulan desde cuánta gente puede entrar a cada parque al día hasta de qué color debe ser la ropa para avistar aves), no hay conocimiento sobre lo que se puede y no se puede realizar en ellos. El debate sobre el Parque Tayrona es solo la punta del iceberg. Aunque la participación de la familia Dávila habría sido suficiente para engavetar el proyecto, nadie registró que la única actividad permitida en los parques naturales es el ecoturismo, precisamente en lo que Six Senses es un líder mundial. Además, el Tayrona es un parque peculiar: de sus 12.700 hectáreas terrestres, 12.000 están en manos privadas. Por ley, los privados tienen derecho a proponer proyectos (y el Ministerio de Ambiente, a negarlos), pero poco se discutió por qué, en el casi medio siglo que lleva el parque, ningún gobierno ha decidido comprar esos predios para evitar conflictos como este.

Esa combinación de factores, sumada a las miles de vicisitudes que tiene Colombia, ha hecho que durante los últimos 50 años, para bien o para mal, ningún proyecto ecoturístico de lujo haya despegado.

Modelos de paraíso

En el mundo, mientras tanto, ha pasado lo contrario. Muchos países se pelean el cada vez más grande abanico de personas que no quieren el turismo masivo de "playa, brisa y mar" y que están dispuestos a pagar por él. El ecoturismo crece al 20 por ciento anual, seis veces más que otras opciones vacacionales. En Australia, representa el 75 por ciento de los ingresos del turismo; en Kenia, el 23 por ciento y en Sudáfrica, el 14 por ciento. Costa Rica, por ejemplo, decidió convertirlo en política nacional. Declaró reserva natural una cuarta parte del país y el Estado compró los predios y los administra. Aunque no permite alojarse en sus parques, hoy los visitantes superan su población, de casi cuatro millones, y los ingresos sostienen su esfuerzo de conservación. En Ruanda, los gorilas del Parque Nacional Los Volcanes son tan populares que hay lista de espera de tres meses para verlos una hora, por lo que cada visitante paga 500 dólares. Con esos recursos alcanza y sobra para financiar la conservación del parque.

Unos países han decidido apostarle al ecoturismo de alta gama, el que hace Six Senses, que tiene como objetivo lograr que un número reducido de turistas paguen mucho para estar en paraísos, en condiciones de lujo estrictamente respetuosas del medio ambiente. En uno de los 22 hoteles que tiene en el mundo, en la reserva natural de Con Dao, en Vietnam, los precios por noche van de casi 500 a más de 2.100 dólares. Una cadena similar a Six Senses, el Aman Resorts, se ha especializado en hacer hoteles de lujo en parques en Tailandia, India y Bután, en donde una noche de alojamiento cuesta mínimo 1.000 dólares. En otros países, donde el Estado tiene más músculo para conservar sus áreas protegidas, las cosas son distintas. En Estados Unidos, el Estado es el prestador del servicio de ecoturismo, pero, en general, el alojamiento dentro de los parques es en condiciones básicas, y solo hay hoteles de mejor categoría fuera de ellos.

Modelos de ecoturismo en reservas naturales, pues, hay varios, y todos tienen sus pros y sus contras. Son una alternativa a la poca financiación que suelen tener los sistemas de áreas protegidas en países en vías de desarrollo y una de las mejores formas para hacer educación ambiental. Por otro lado, como dice José Yunis, de The Nature Conservancy, una ONG ambiental internacional, el problema es que "la principal labor de los parques naturales es ser el hotel de las plantas y los animales". Por eso, muchos argumentan los peligros del turismo en áreas protegidas. La Costa Brava, en España, y la Costa Azul francesa apuntan a que las visitas descontroladas pueden dañar los ecosistemas y no beneficiar a las comunidades. En Galápagos, desde la declaratoria de las islas como Patrimonio de la Humanidad, la población pasó de 10.000 a 25.000 personas y muchas de ellas residen como ilegales.

¿Cuál es la apuesta?

Desde 2005, Colombia no ha sido ajena a estas tendencias. Las prioridades en los 56 parques que tiene el país y que cubren 13 millones de hectáreas, 10 por ciento del territorio nacional están estrictamente reguladas. "Los parques son para mucho más que ecoturismo, son para conservación", dice la directora de la entidad. No todo el mundo es consciente de que el agua que consumen 25 millones de colombianos, el 70 por ciento de las hidroeléctricas y los seis principales distritos de riego agrícolas del país viene de ellos. Por eso, la ley es clarísima: la única actividad económica permitida es el ecoturismo. La hotelería industrial está prohibida. Hoy, solo en 25 de los 56 parques hay facilidades para el ecoturismo. Y se aplican tres modelos distintos.

Cinco parques, los de mayor afluencia de visitantes (Tayrona, Los Nevados, Gorgona, Amacayacu e Isla de Salamanca) tienen concesionarios privados. Emilio Rodríguez, subdirector técnico de Parques, explica que las concesiones son sobre los servicios, no sobre los parques. "¿Qué hace el señor Bessudo?

-dice en referencia a las que tiene Aviatur-. Vende comida, bebidas, algunos artículos, tiende camas, recauda las entradas y mantiene nuestra infraestructura, pero no tiene derechos ni sobre un metro cuadrado del parque". Estas concesiones a privados han permitido, según alega Rodríguez, que los funcionarios de parques "nos pudiéramos dedicar a lo nuestro", la conservación, y han aportado cerca de 9.000 millones de pesos al exiguo presupuesto de la Unidad, que equivale al año a lo que cuesta un helicóptero Black Hawk, unos 22 millones de dólares.

Un segundo modelo, que funciona en otros seis parques, es el del ecoturismo comunitario. En Utría, en el Chocó, la operación es liderada por un grupo de mujeres que fueron enviadas a Perú a capacitarse en cocina. En Isla Grande, en el Parque Corales del Rosario, otro grupo de mujeres tiene un hotel de cuatro habitaciones. En el Cocuy, una asociación de guías de dos pueblos, Cocuy y Güicán, está a cargo. Y en Iguaque es una alianza de jóvenes campesinos de municipios vecinos. Este esquema es precario y económicamente muy difícil, pero genera evidentes ventajas para las comunidades locales.

El tercer modelo es el de la administración estatal: Parques maneja directamente las otras 14 áreas de reserva en las que hay algún tipo de facilidades para el ecoturismo. Sus funcionarios, como ellos lo dicen, son místicos, totalmente dedicados, pero, como asegura Rodríguez, "no solo de mística se puede cuidar esto". De allí la idea de las concesiones, que se viene implementando desde 2005.

Mientras el debate sobre el hotel ecoturístico del Tayrona levanta ampolla, pocos hablan de las verdaderas preocupaciones del Sistema de Parques en Colombia. En más de la mitad de los parques hay guerrilleros, sucesores de los paramilitares y narcos; en 19 hay 3.700 hectáreas de coca y en más de un tercio, minas antipersona (Jaime Girón, uno de los dos funcionarios de Parques muertos este año, pereció al pisar una). Todo ello sin hablar de minería y tala ilegales, tráfico de fauna y flora y cacería y pesca ilegales, fenómenos menos visibles pero notables en muchos parques. Y que costará mucho dinero y esfuerzo enfrentar con éxito.

Con semejante panorama, la discusión que abrió el Tayrona está lejos de cerrarse. Si bien es claro que son indeseables ciertos socios locales que han irrespetado toda consideración, eso no quiere decir que el ecoturismo y las reservas naturales sean incompatibles, como lo demuestran otras experiencias en el mundo. Colombia, además, tiene la ventaja de que la eventual llegada de un hotel como el de Six Senses a un parque como el Tayrona está claramente regulada en favor de la conservación. Sin embargo, este es solo el comienzo del problema, y hay muchas preguntas por contestar, en buena parte por la falta de claridad estratégica del gobierno.

El gobierno está en mora de decirle de frente al país si quiere cuatro o cinco instalaciones como las de Six Senses, bajo un estricto respeto del medio ambiente, para que traigan divisas, con consumidores de élite, que contribuyan al presupuesto de conservación. ¿Dónde? ¿Con qué inversionistas? ¿En qué condiciones? Estas son las preguntas que deben responderse, en lugar de que el presidente anuncie por su cuenta un día la bienvenida y al otro la muerte de esos proyectos, ateniéndose a consideraciones que no son ambientales y sin dejar que surtan el curso legal establecido.

Otra posibilidad, por la cual han optado algunos países y que tiene partidarios en Colombia, es la de cero desarrollo ecoturístico en el interior de los parques, al menos en términos de alojamiento (el país tiene muchos lugares, fuera de sus reservas naturales, para desarrollar el turismo de aventura). Si esa es la opción, que así se determine con claridad. El problema es que, si Colombia quiere apostarle a ser un destino de clase mundial en materia de turismo, lo peor que puede hacer es seguir aplazando la respuesta a estas preguntas y enfrascándose en discusiones como la del Tayrona cada vez que alguien proponga alguna inversión.
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