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| 1/30/2010 12:00:00 AM

Páramos S.O.S.

La reciente ola de sequía en el país dejó al descubierto una terrible realidad: plagas, cultivos y minería llegaron a los páramos y ponen en riesgo el suministro de agua en el centro del país.

Unos meses antes de que comenzara la intensa sequía que afecta al país desde diciembre, investigadores del Ideam descubrieron que algunos de los característicos frailejones del páramo de Chingaza tenían una enfermedad. Fue el primer reporte oficial en el mundo de que esto sucediera. La noticia, que es motivo de alarma entre científicos, debería ser motivo de preocupación más allá de los ambientalistas, pues la función que cumplen estas plantas es fundamental para el suministro de agua a la mayor parte del centro del país, en especial para Bogotá.

Se trata de una plaga de insectos, escarabajos y polillas que, asociada con un hongo, tritura los frailejones en muy poco tiempo hasta matarlos. Aunque en extensión el brote no supera 10 hectáreas, el desconcierto es mayor, pues en sólo 10 meses ha crecido un 500 por ciento desde sus primeras manifestaciones, y al no haber antecedentes en la materia, no hay claridad de cómo controlarlo. El problema es que los frailejones, con sus singulares hojas recubiertas de vellosidades y su tronco hueco, son decisivos para tomar el agua de las nubes, y asociados con la otra vegetación del páramo y las características físicas de la alta montaña, constituyen un complejo y frágil sistema endémico, que permite captar el agua y dar origen a muchos ríos del centro del país. Además, en épocas de sequía los frailejones retienen el líquido y lo regulan naturalmente para que estos mantengan sus caudales. Una explicación probable de la plaga, es que el aumento de la temperatura global les permite a ciertos insectos llegar a donde antes no podían. Para los conservacionistas esta inquietante situación se suma al impacto que la explotación de estas tierras en agricultura, ganadería y explotaciones mineras causa sobre los páramos. "Cualquier cambio climático que haya, se queda en pañales con lo que está pasando con estos ecosistemas", dice uno de los científicos especializado en el tema.

De tiempo atrás se han elevado varias protestas por actividades que vienen reduciendo el área de los páramos. Uno de los casos más críticos es el páramo de Guerrero, en la parte alta de Zipaquirá, que ha sido afectado en más del 35 por ciento por el efecto de grandes empresarios dedicados al cultivo de la papa, y a otros que explotan carbón en esas zonas. O el de los bosques de niebla del páramo de Pisba, famosos por los relatos del paso de la ruta libertadora, que en varios sitios dejaron de existir y ahora son potreros con ganado.

Esta tensión entre los que ven en estas tierras un potencial de producción económica para su beneficio particular y los que buscan conservarlas para el beneficio ecológico general también se refleja en la desarticulación en las políticas públicas. Por ejemplo, en el Ministerio de Medio Ambiente se habla de protección, y en entidades adscritas al Ministerio de Minas se entregan concesiones mineras, como sucedió recientemente en el páramo El Almorzadero, donde se adjudicó una a 29 años para explotar carbón.

El hecho de que los páramos reduzcan su extensión es una de las explicaciones de que con la reciente época de sequía haya embalses y lagunas en el 45 por ciento de su capacidad, como algunos de los que proveen el agua y la energía a la capital. En Tota, Boyacá, el 90 por ciento de las quebradas que la mantiene se secó, algo que nunca antes había sucedido, ya que sólo reducían su caudal. Además, varias de ellas se taparon por los deslizamientos de las laderas que se usaron para ganadería, según la Corporación Autónoma local.

Curiosamente, aunque existe un consenso sobre el valor estratégico y económico de los páramos, los esfuerzos son insuficientes y no hay reglamentación al respecto. Desde 2008 está en trámite una ley de protección de los páramos "por su importancia estratégica", pero está en sala de espera en la comisión quinta del Senado. Y aunque existen mecanismos para que las entidades regionales declaren estas zonas áreas de reserva, es incipiente su aplicación. Según datos de Corpoboyacá, ese departamento, que con 311.000 hectáreas es el que más área de páramo tiene en el país, sólo tiene bajo protección 49.000. La falta de aplicación de estas medidas en algunos casos obedece a la presión política de grupos poderosos, como es el de cultivadores de papa en ciertas regiones, que logran imponer sus agendas de explotación de estas zonas, por encima de los que buscan protegerlas.

La sequía actual por cuenta del fenómeno del Niño está dejando al descubierto lo que puede ser el futuro muy próximo de muchas grandes poblaciones. Duitama, en Boyacá, por ejemplo, ya cumple un mes de racionamientos. Así hay 19 municipios más y un centenar próximos a enfrentar las mismas medidas, de acuerdo con el Ministerio del Medio Ambiente. Hace una década, algunos científicos se aventuraron a decir que Colombia, que es el país con más páramos en el mundo, perdería en cerca de un siglo el 90 por ciento de sus territorios por cuenta del cambio climático. En poco tiempo ya hay evidencias de que sólo por la intervención del hombre ya se ha afectado alrededor del 60 por ciento, y esto sin contar con la nueva plaga. Todo indica que el cambio en Colombia ya llegó, y con la furia de la naturaleza.
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