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| 7/22/1985 12:00:00 AM

PARO O "PARANOIA"

Después de una semana de negros augurios, un paro pacífico tras el cual todas las partes reclaman el triunfo

Durante toda la tarde y las primeras horas de la noche de miércoles 19, las amas de casa se volcaron sobre los supermercados y tiendas de barrio para aprovisionarse con el fin de prepararse ante cualquier cosa que pudiera suceder. En algunos de esos almacenes hubo ventas récord, como si se aproximara un largo puente con todo y cierre del comercio. Algunos aseguraban que la cuestión podía llegar a ser más grave que en el paro del 14 de septiembre de 1977, en vista de que el país vive hoy una situación económica y social más candente. Los más pesimistas alcanzaban a visualizar la posibilidad de que se presentara un pequeño nueve de abril. Pero al fin de cuentas, el paro cívico convocado para el 20 de junio terminó siendo más bien una especie de jueves santo --con poco tráfico y gente caminando por las calles-- cuyo único signo de anormalidad eran las ramas y costales que los automovilistas habían colocado frente a sus ruedas delanteras para evitar ser víctimas de las tachuelas y la noticia de un cruento asalto guerrillero en el municipio de Cáceres, en Antioquia.
Aunque todo el mundo estaba de acuerdo con el resultado relativamente pacífico de la jornada de protesta, lo curioso es que, como suele suceder con las elecciones de mitaca, todas las partes involucradas reclamaban el triunfo: el presidente Belisario Betancur y su gobierno aseguraban que "el paro fue un completo fracaso, del que ojalá se aprendan muchas lecciones"; la CSTC, Central Obrera organizadora de la jornada, no parecía estar de acuerdo y se felicitaba por "esta nueva demostración de protesta organizada, civilizada y combativa que (los colombianos) están dando en el día de hoy"; la prensa, en forma casi unánime, se mostraba de acuerdo con el gobierno y, finalmente, las llamadas "centrales democráticas" sostenían que el paro había fracasado porque los trabajadores no se veían representados en la CSTC, sino en el Frente Sindical Democrático, conformado por ellas.
¿Quién tenía la razón? No resulta absurdo decir que todo el mundo, en parte. El problema es que en Colombia se ha vuelto imposible medir el éxito o fracaso del tradicional paro del tercer año de cada gobierno. La inesperada violencia con la que se desarrolló el paro del 77 distorsionó los parámetros, porque normalmente y por definición, un paro cívico nacional no debe ser más que un cese de labores y en el país actualmente se están midiendo sus resultados con base en si hubo o no episodios violentos. Esto ha llevado a sobredimensionar el problema en vísperas de una protesta civica que existe en todo el mundo y es considerada en otros países como un elemento más del sistema democrático, mientras en Colombia se visualiza con frases como "es un reto a la democracia" y "las instituciones están en juego".
Toda esta distorsión se debe también en cierto modo al hecho de que con excepción de la jornada de protesta que derribó al general Gustavo Rojas Pinilla en el 57, en Colombia no ha habido un solo paro cívico en el que el grueso de la población haya tomado la decisión de no trabajar o de paralizar la producción: tanto en 1977 bajo el gobierno de Alfonso López Michelsen, como en 1981 bajo el de Julio César Turbay, como en el de la semana pasada, el consumo de energía según ISA, entre las 10 de la mañana y las 3 de la tarde (consideradas como horas pico), no se ha reducido en forma sustancial, lo que quiere decir que la producción no se ha visto afectada.
Paro cívico o de buses
Suele suceder en estos paros que, con excepción de los organizadores, existe en general cierta indiferencia de parte de la población. De ahí que un paro se plantee más en términos de impedir la asistencia al trabajo, que de convencer a los empleados y obreros de quedarse en sus casas en un acto de protesta. Por eso mismo, los resultados de todo paro cívico de carácter nacional acaban definiéndose por la disponibilidad de transporte en la jornada. Sea porque los choferes se unan al paro o porque los propietarios de las líneas de buses aprovechen la coyuntura para presionar un alza de tarifas, o incluso porque las tachuelas y la quema de buses asusten a unos y otros, lo cierto es que el éxito de un paro depende básicamente de lo que sucede con buses y busetas. Esa es la razón para que un paro civico se vuelva siempre un paro del transporte, y de que éste sea el objetivo a sabotear por parte de los organizadores del paro, o a garantizar, por parte del gobierno. Y ese paro de transporte fue lo único que en realidad sucedió en la jornada del jueves 20.
Obviamente, hay toda clase de interpretaciones sobre las causas de la paralización del transporte del jueves pasado. El Sindicato Nacional de Choferes emitió un comunicado asegurando que ellos eran los causantes del paro porque sus afiliados no habían ido a trabajar. El gobierno, por su parte, prefirió otra explicación: la de que los dueños de los vehículos los habían guardado tratando de presionar un alza de tarifas, con lo cual este paro habría sido de carácter patronal. Finalmente, los propietarios sostuvieron que el problema radicaba en el temor de que los buses fueran quemados o apedreados. Y en esto también todo el mundo parecía tener algo de razón. Es posible que algunos choferes se hayan unido al paro de la CSTC. Es posible también --y parece que hay documentos que lo comprueban-- que algunos propietarios hayan intentado presionar un alza. Y es posible también que otros propietarios hayan guardado sus buses por temor a que se convirtieran en blanco del terrorismo. Lo difícil, a la hora de las sanciones que ha anunciado el gobierno, será discernir en qué casos se presentó lo primero, en cuáles lo segundo y en cuáles lo tercero. Claro que en esto de las sanciones alcanzaba a haber algo de hipocresia, pues en el alto gobierno algunos funcionarios reconocian en voz baja que posiblemente hubiera sido mucho más difícil de manejar la situación si los buses hubieran salido a la calle, ya que nadie sabe qué hubiera podido ocurrir en este caso.
Protesta pero no sangre
Teniendo en cuenta por otra parte que los paros civicos acaban siendo no lo que quiera la ciudadanía, ni siquiera lo que quieran los organizadores, sino más bien lo que deseen los agitadores extremistas, había circunstancias en este caso, para pensar que estos últimos no se la fueran a jugar toda en contra del gobierno.
Incluso los más guerreristas habían planteado el paro en términos de protestar contra la situación y no propiamente contra el Presidente. Mientras la paz esté agarrada, aunque sea con babas, gran parte de los núcleos intelectuales altamente politizados de la izquierda pensarán dos veces antes de lanzarse en una aventura insurreccional que rompería, ahí si en forma definitiva, las pocas posibilidades de paz en las cuales ellos aún tienen algunas esperanzas.
Por esta razón, paradójicamente los organizadores del paro constituían la franja que todavía parece respaldar en algo la política de paz del Presidente, aunque grupos como el M-19 se estén inclinando cada vez más hacia el abandono de las negociaciones con el gobierno (ver recuadro). Lo cierto es que con excepción de 2 ó 3 grupúsculos fanáticos, los enemigos tradicionales del establecimiento, las FARC e incluso el M-19 con todo y sus contradicciones, querían protesta, pero no sangre. O al menos esas eran las intenciones que habían transmitido a la prensa en distintos comunicados.
El gobierno, sin embargo, decidió evitar todos los riesgos y se preparó para lo que viniera. El lunes anterior al paro, el Presidente apareció en televisión tratando de proyectarse como el Carlos Lleras del momento. Se puso de pié ante las cámaras y aseguró, palmoteando, que "las autoridades están alerta. cada uno conoce su deber y sabrá cumplirlo, con serenidad y prudencia, sin represión pero confirmeza y decisión". Si durante 3 años, Betancur había logrado convertirse en el mejor amigo de cada televidente por cuenta de sus charlas en T.V., se veía un poco ridículo cambiando de camiseta y vistiéndose de gobernante enérgico con el cual no se podía jugar.
Pero el Presidente no se limitó a confiar en la magia de su imagen, sino que tomó, a nivel de gobierno, todas las precauciones del caso. En cuanto al orden público se estudió detalladamente lo sucedido en los paros anteriores (77 y 81), para tener una idéa clara de los objetivos que era necesario proteger y de las zonas que eran necesario someter a la más severa vigilancia. "Nuestras mayores preocupaciones en lo que se refiere a las grandes ciudades eran las de cuidar que no fueran saboteadas las torres de transmisión de energía y que no se formaran disturbios en los barrios periféricos", dijo a SEMANA una alta fuente del gobierno. El operativo preparado por inteligencia militar obtuvo resultados que en cierto modo indican que de no haberse tomado tantas precauciones en cuanto al orden público, el paro hubiera podido tener un desenlace sangriento. Fueron detenidas cerca de mil personas en todo el país, 300 de las cuales se cree serán procesadas por jueces militares por porte ilegal de armas o manejo de explosivos. En Bucaramanga y Barranquilla fueron descubiertos depósitos de dinamita y en Cali se allanaron residencias donde se encontraron verdaderas fábricas de bombas molotov y explosivos caseros.
Sin embargo, ya fuera por la solidaridad de algunos con "el amigo", por el miedo de otros a perder el puesto en épocas de desempleo o por el miedo de unos más a los dientes que mostró Bentacur, el hecho es que el Presidente se salió con la suya y logró que, en este episodio, el gobierno fuera juzgado más por la ausencia de manifestaciones violentas que por el relativo éxito del paro, originado en los problemas de transporte. El balance finál del paro constituía una pausa en el descenso vertiginoso que venía experimentando el prestigio del gobierno. Durante ocho días, las baterías que últimamente habían apuntado exclusivamente en contra del primer mandatario, dieron un giro y se volcaron en la defensa del establecimiento.

En las vísperas y durante toda la jornada del paro, la prensa y en general todos los medios de comunicación rodearon en forma unánime al Presidente, llegando en algunas ocasiones a distorsionar la realidad con proclamas optimistas que en ese momento no estaban sustentadas por los hechos: "...el país avanza... los colombianos nos ganamos a pulso unos puntos en favor de un estilo de vida más confortable", decía El Tiempo en su editorial del día del paro, mientras en la radio la expresión "absoluta normalidad" se convertía en monótona consigna para describir la anormalidad pacífica que se vivió ese día.
Pero de todos modos la anormalidad pacífica era mejor que la anormalidad violenta que muchos habían esperado y que al no producirse hizo que la semana del paro fuera más bien una semana de "paronoia".--
El M-19 se pisa
Una de las mayores expectativas, entre las muchas que se crearon frente al convocado paro cívico nacional, era la actividad que se desarrollaría en los campamentos del M-19. De un lado y de otros se les veía como posible "chispa incendiaria". Mientras algunos consideraban que obrarían como bastiones claves del sabotaje y del terrorismo, otros se inclinaban a pensar que serían el blanco predilecto de las acciones represivas. Por lo menos esto era lo que dejaban prever los allanamientos que se practicaron en los campamentos hasta la última hora de la vispera del paro.
Sin embargo, no sucedió ni lo uno ni lo otro. Cuando el Ejército y los periodistas llegaron a los campamentos, se encontraron con que éstos habían sido desocupados y con que los "milicianos" se habían ido. ¿Por qué se fueron? Los militares de la Tercera Brigada de Cali aseguran que lo que sucedió fue que "la gente se los devolvió al M-19, argumentando que ellos no iban a seguir poniendo el pecho mientras los Navarros y los Lucios se daban la buena vida en México".
Pero la razón era otra. El M-19 decidio volver a la guerra y romper definitivamente sus conversaciones con el Gobierno. O al menos eso es lo que se traduce de las últimas declaraciones oficiales de susdirigentes. Sus militantes, los que habían estado trabajando en la legalidad, deben estar ya de regreso a las montañas, dispuestos a ponerse a las órdenes de Carlos Pizarro, Gustavo Arias Londoño, Rosemberg Pabón y otros comandantes que habían mantenido los fusiles empuñados como "garantía" por si fracasaba la paz.
"Es que a la oligarquía se le acabó el cuarto de hora que generosamente le entregó el movimiento revolucionario", afirma Pizarro. La decisión de volver al combate no pareció sorprender a muchos, pues los últimos hechos hacían pensar que tarde o temprano el grupo guerrillero terminaría por apartarse del proceso de paz. Sin embargo, no todo está tan claro. Las declaraciones siguen siendo muy contradictorias y nadie sabe a ciencia cierta cuál debe ser tomada como la última palabra. Alvaro Fayad había manifestado en una rueda de prensa dada en Bogotá una semana antes del paro que "aunque el Gobierno rompió la tregua, el M-19 seguirá luchando por la paz", declaración que no contemplaba ningún cambio sustancial de posición frente a otra rueda de prensa de Fayad ofrecida a los medios dos meses antes. Iván Marino Ospina, en una entrevista con periodistas de El Pueblo de Cali, decía que el M-19 "seguirá enarbolando la bandera de la paz, porque este es un anhelo del país". Pero Pizarro remataba al día siguiente con algo distinto: "El M-19 se va a lanzar a accione más ofensivas porque vamos a ser gobierno".
No eran estas las únicas declaracines contradictorias de dirigentes del M-19 a la prensa: si bien Fayad había asegurado el jueves 14 que el grupo había roto relaciones con el Ricardo Franco, disidencia radical de las FARC, por no estar de acuerdo con el atentado al dirigente comunista Hernando Hurtado, el 18 de junio, 4 días después, los dos grupos firmaban en compañía de otros pequeños movimientos un documento en el que anunciaban que se fusionarían en un frente único para generalizar la guerra. Queda por ver si lo que sucedió es que las primeras declaraciones, las de Fayad y Marino, eran simplemente la antesala de las de Pizarro o si, en cambio, el M-19 no ha podido establecer todavía las pautas de su "qué hacer" revolucinario.
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