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| 10/12/2013 4:00:00 AM

Congresistas con partido por cárcel

Tres parlamentarios de izquierda, dos uribistas y un gobiernista son disidentes y quedaron amarrados a sus partidos sin poder reelegirse o pasar a otras toldas.

Son de orillas políticas distintas, pero comparten el mismo infortunio: no tienen claro cuál será su futuro político. Como dice el comercial, están en el lugar equivocado. Ellos son los senadores del Polo Luis Carlos Avellaneda, Jorge Guevara y Camilo Romero; los congresistas de La U Juan Carlos Vélez y Miguel Gómez, y el representante Alfonso Prada, de los verdes. 

Algunos, aunque quisieran, no podrán ir al Congreso en las próximas elecciones; otros lo harán por otra colectividad a sabiendas de que enfrentarán demandas; y unos más se conformarán con esperar a ver qué les depara el reacomodo político del año entrante. Estos congresistas quedaron en fuera de lugar luego de que las mayorías de sus partidos dieron giros políticos dramáticos.

Avellaneda, Guevara y Romero son los disidentes del Polo Democrático. Los tres fueron elegidos senadores en 2010 dentro del ideario de unidad de la izquierda que intentó aglutinarse en ese partido. Pero no habían acabado de posesionarse cuando ya se vislumbraba su ruptura con las directivas. La raíz fue el triunfo de Gustavo Petro en las elecciones de 2011 a la Alcaldía de Bogotá.

Ese hecho político animó a los tres congresistas a expresar sus diferencias con la dirigencia del Polo. Razones similares auparon la previa renuncia de Petro a ese partido. La dirección nacional del Polo los declaró “autoexcluidos”. La pelea se fue a instancias legales, pues el exsenador Jaime Dussán, quien se quemó en las elecciones pasadas, instauró una tutela para reclamar una de las curules. Sin embargo, el Tribunal Superior de Bogotá y después el Consejo de Estado le negaron su pretensión.
 
Los tres senadores quedaron dentro del Polo, pero con su corazón en Progresistas, el movimiento de Petro. SEMANA los interrogó sobre sus aspiraciones políticas y dos de ellos, Romero y Guevara, insisten en que van a participar en la contienda electoral. Los dos aspiran a ser candidatos de la fusión entre el Partido Verde y los petristas (Alianza Verde). 

Romero tiene una carta jurídica para defenderse ante una eventual impugnación de su candidatura: un concepto jurídico del exmagistrado de la Corte Constitucional José Gregorio Hernández, en el que asegura que “quien ha sido expulsado (de un partido) se encuentra totalmente habilitado para afiliarse e inscribirse en otro partido sin que eso implique doble militancia”. Guevara cuenta con una resolución de la Comisión de Ética del Polo que dice que su afiliación al partido es “nula e ineficaz”.
 
Además, sus nombres desaparecieron del portal web del partido y en las actas  también consta que no hacen parte de la colectividad. Con esos argumentos Romero y Guevara deberán demostrar que en efecto fueron expulsados del Polo, lo cual admite un debate jurídico, pues las directivas del partido se cuidaron en no aclarar que los expulsaron sino que aceptaron su exclusión. En todo caso ellos acudirán a las urnas y serán los tribunales los que definan si el cambio de camiseta del Polo a los verdes los inhabilita o no.
 
Pero si por las toldas progresistas de Petro llueve, por las del uribismo no escampa. Los dos principales exponentes de las banderas del expresidente, el senador Juan Carlos Vélez y el representante Miguel Gómez, quedaron presos en el Partido de la U cuando Uribe y el presidente Juan Manuel Santos partieron cobijas.  

Los dos se han convertido durante este periodo en duros críticos del proceso de paz. Ambos comparten la idea de que la bancada de La U y Santos fueron elegidos con las banderas de Álvaro Uribe, pero después se alejaron de ellas.

La U nació en 2005 de la suma de varias corrientes políticas cuyo propósito era respaldar al entonces presidente Uribe en su reelección. Pero rápidamente quedó al descubierto su falta de norte ideológico derivado de las diferencias internas de la colectividad. La U, que cuenta con la bancada más grande del Congreso, avaló al presidente Santos. 

Una vez afloraron las diferencias del mandatario con su antecesor, el partido experimentó su crisis más profunda. Hoy la mayoría ha expresado su respaldo incondicional a la reelección. Vélez y Gómez se quedaron solos en el Legislativo mientras sus colegas uribistas montaron desde la opinión pública un nuevo movimiento, el Centro Democrático.

Vélez ha pedido que lo expulsen del partido. Pero, a pesar de que estuvo en la lista de precandidatos por el uribismo y que ha ido en contra de la corriente de las mayorías en temas sensibles como el proceso de paz entre el gobierno y las Farc, eso no ha sucedido. A diferencia de los senadores progresistas, él no cuenta con una prueba de que ya no milita en la colectividad. En una ocasión durante un encuentro de congresistas de La U dijo “me siento secuestrado”. Y el senador Armando Benedetti le pidió a sus copartidarios que lo liberaran, pero su solicitud no fue oída.

 A la pregunta sobre si le hubiera gustado aspirar al Congreso otra vez, Vélez dice que sí, pero inmediatamente agrega: “Por coherencia política no puedo hacerlo con La U”. Hace un par de semanas el senador renunció a hacen parte de la consulta entre los precandidatos del Centro Democrático de Uribe. 

Prefirió ahorrarse el desgaste de participar en esa campaña sin la claridad jurídica sobre la posible doble militancia que le endilgarían en caso de que resultara elegido. Ahora es el jefe de debate del naciente movimiento y para no perder sus votos puso en el puesto 24 de la lista uribista al Senado al empresario Juan Carlos López.
   
El representante Gómez, quien fue el mayor elector  de La U en las elecciones pasadas en Bogotá, comparte una historia parecida. Se quedó solo en el partido defendiendo las ideas del expresidente Uribe. De poco valieron los 44.000 votos que obtuvo en su debut a la Cámara. “Ellos (su partido) prefirieron quedar bien con el gobierno que quedar bien con sus electores”, dice. 

Sin embargo, a diferencia de Vélez no siente que el partido lo haya amarrado, por eso no ha salido en busca de apoyo en otras toldas. Su principal actividad política en los últimos meses ha sido impulsar la revocatoria del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. Ese hecho terminó de aislarlo más, pues, aunque que la bancada de La U en el Concejo de Bogotá está en abierta oposición al burgomaestre, no logró el apoyo de sus copartidarios en el propósito de sacarlo. 

Respecto de las elecciones al Congreso Gómez cree que no podría ir. También invoca el argumento de la coherencia política, pero tampoco renunciará a su partido, por ahora. Quienes lo conocen consideran que sus críticas a la administración de Bogotá tienen el propósito de allanar el camino para una eventual candidatura a la Alcaldía en 2015. Ese camino, no obstante, depende de lo que pase en la consulta popular cuyo éxito es difícil.
  
El colmo de la soledad que producen las trapisondas políticas que da el país es el del representante Alfonso Prada del Partido Verde. El congresista es un aliado incondicional del presidente Santos, pero su partido acaba de dar una voltereta inexplicable. Por más de dos años los verdes pertenecieron a la coalición de Unidad Nacional, pero en una reciente congreso, decidieron salirse oficialmente. 

La mayoría estuvo de acuerdo con fusionarse con los Progresistas para sumar fuerzas y así no perder la personería jurídica. En ese quiebre de cintura, Prada, quien es ahijado político del exalcalde Enrique Peñalosa y ha defendido las principales propuestas del gobierno, se quedó solo.

“Yo sigo en el Partido Verde, pero en el original”, dice con ironía. Su carta para no perder su caudal político y mantenerse activo fue demandar el congreso del Partido Verde ante el Consejo Nacional Electoral (CNE). En su criterio, los verdes violaron los estatutos, pues no convocaron congresos regionales antes de la convención nacional, lo cual era un requisito. 

Su pretensión es que se anule la Alianza Verde y que, ante la imposibilidad de convocar una convención en el tiempo establecido en los estatutos, se disuelva el partido y todos queden en libertad. Pero en caso de que el CNE no le dé la razón, Prada sabe que no puede jugar en otro partido. ¿La razón? La ley no dice que cuando un congresista haya sido expulsado puede cambiarse de camiseta. 

“Al no haber una excepción explícita para poder inscribirse en otra colectividad, el riesgo de perder una demanda es muy alto”, explica. Su única salida, entonces, sería esperar a que baje la marea política para cambiarse de partido cuando ya no ostente la investidura de congresista. 

‘Secuestrados’ en sus respectivos partidos por disidencias, cambios ideológicos o volteretas electorales, estos seis congresistas sufren hoy del partido por cárcel.
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