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| 9/25/2000 12:00:00 AM

Paso a paso

El 15 de agosto de 2000, un grupo de soldados mató a seis niños en Pueblo Rico, Antioquia. SEMANA publicó en exclusiva este testimonio de los militares que protagonizaron el hecho. Se trata de un caso que refleja en toda su dimensión las inesperadas historias de dolor de la guerra que sufre Colombia.

Vaga solitario por las instalaciones del Batallón de Infantería Cacique Nutibara, enclavado entre las enormes montañas del suroeste de Antioquia. Va de aquí para allá. Sin rumbo. Con la cabeza gacha. Macizo, de piel morena, curtido en la guerra. Hace 14 años se terció un fusil y desde entonces está metido en la selva dándose plomo con la guerrilla. Nunca ha sido herido en combate pero sus ojos sí han visto caer muertos a más de un centenar de soldados. Ha superado emboscadas y con sus hombres ha sostenido combates en los que milagrosamente han sobrevivido. Su hoja de vida está repleta de reconocimientos por sus hazañas en el campo de batalla.

Pero desde hace una semana el sargento Mina es otro. Ahora es alguien que no pega los ojos en la noche. Que llora en silencio y que se ha aferrado a las oraciones para salir del momento trágico que comenzó a vivir en la mañana del pasado martes 15 de agosto. “Si pudiera regresar el tiempo daría mi vida a cambio de la vida de los seis niños que murieron en los montes de Pueblo Rico”, dice con su voz quebrada, a tiempo que comienza a repasar una vez más la película de horror que vivió esa mañana.

Junto al sargento Mina, un cabo con cara de niño que lleva siete años combatiendo a la guerrilla, permanece mudo. A medida que escucha las frases de su superior el suboficial estalla en llanto. Un llanto que no ha parado ni un segundo desde el momento en que emprendió carrera loma abajo para inspeccionar el lugar donde sus hombres minutos antes soltaron ráfagas de sus fusiles. “Cuando llegué a la parte de abajo no podía creer lo que veían mis ojos. Me encontré con dos pequeños agonizantes. Unos metros más allá un niño contemplaba el cuerpo de su hermano que no se movía. Me arrodillé frente a ellos, solté mi fusil y de inmediato comprendí que estaban sin vida”, relata en medio de los sollozos y de las palabras que se le atoran en su garganta.

A unos pocos metros de Mina y del cabo primero permanecen sus 35 soldados. Ninguno de ellos pasa de los 20 años. Reciben una bonificación de 40.000 pesos mensuales como soldados regulares. Para la mayoría de ellos el día de la tragedia era la primera vez que iban a tener un enfrentamiento con la subversión. La misión que se les había encomendado era la de taponar el cerro de La Pica, que posiblemente utilizaría la guerrilla para su escape. “Había mucha tensión. Mucha adrenalina. Por la radio escuchamos los combates que nuestros compañeros sostenían por los lados de Jericó. Del comando nos avisaron que la guerrilla se estaba dirigiendo hacia el lugar donde estábamos apostados. Cada uno de nosotros tomó posición de ataque. Desde el puesto de observación vimos, más o menos a 500 metros, el paso de dos cuadrillas de guerrilleros. Iban en grupos de seis. En ese momento los dedos comienzan a buscar el gatillo de las armas. Es cuestión mecánica. De supervivencia. De mucha tensión. Y de pronto el traqueteo se escucha por todas partes. No hay tiempo para pensar en nada más. En disparar sin descanso. En aferrarse a la vida”, recuerda uno de los soldados más jóvenes.



La operación

Estos relatos son fragmentos de lo que vivió el pelotón Arpón 1 ese día en las montañas del suroeste antioqueño. Tres días antes el general Eduardo Herrera Verbel, y su estado mayor conjunto, habían planeado una operación militar en los municipios de Jericó y sus alrededores, donde sus hombres de Inteligencia habían detectado la presencia de un reducto de la columna Ernesto Che Guevara del ELN. Las informaciones daban cuenta del secuestro de una hacendada, el asesinato de un comerciante, la quema de un vehículo y de la extorsión a varios comerciantes y finqueros del municipio de Jericó.

Desde Medellín, el sábado 12 de agosto, salieron a las 8:30 de la mañana seis pelotones. A las dos de la tarde 320 soldados arribaron a la sede del Batallón Cacique Nutibara, donde se montó el centro de operaciones al mando del jefe de Inteligencia de la IV Brigada, coronel Bernardo Gutiérrez. Tres horas después se dio inició a la Operación Halcón.

Los soldados fueron divididos en varios grupos. Uno de ellos se bautizó con el nombre de Arpón 6. Este estaba conformado por 120 hombres al mando del teniente Navarro, quien tenía la misión de llegar a Jericó y entrar en contacto con la columna guerrillera Ernesto Che Guevara. Al resto de los soldados se les asignó la tarea de taponar las posibles salidas que podría tener la guerrilla en un eventual enfrentamiento. Uno de esos grupos quedó al mando del sargento primero Mina. El veterano suboficial salió del Batallón Nutibara con 35 soldados en busca del cerro La Tolda y su identificación para la operación quedó bajo el código de Arpón 1.

“A la 1:30 de la madrugada del domingo 13 de agosto llegamos a inmediaciones de Jericó. En el pueblo había mucha tensión. Encontramos un vehículo quemado y la información que nos dieron los pobladores era que los guerrilleros habían tomado rumbo hacia las veredas La Antigua, La Pica y El Tarzo”, recordó el teniente Navarro.

Durante los dos días siguientes Navarro y sus hombres le pisaron los talones a la guerrilla. Hasta que el martes 15 de agosto, a las 6:30 de la mañana, en la vereda La Aguada, el Ejército chocó con 14 gue-rrilleros de la Che Guevara. “Toda la operación era coordinada a través de los radios que llevaba la tropa. Las repetidoras de la IV Brigada estaban conectadas a la frecuencia que utilizaban en ese momento los soldados. Fue así como nos enteramos de lo que estaba ocurriendo en los montes de Je-ricó. El teniente Navarro nos informó que habían dado de baja a dos guerrilleros y que habían capturado uno herido”, señaló a SEMANA el mayor Carlos Arturo Bohórquez, segundo comandante del Batallón Cacique Nutibara.



La tragedia

Otros que seguían de cerca por radio los combates eran los hombres de Mina, que en ese momento ya se encontraban apostados en el pico del cerro La Tolda. “Por radio le informé a Mina que un reducto de los guerrilleros se dirigía hacia el lugar donde ellos estaban”, contó Navarro.

El sargento Mina pidió auto-rización al coronel Gutiérrez para mover a un grupo de sus hombres a una de las laderas del cerro pues acababa de recibir una información de los campesinos que daban cuenta de que la guerrilla se desplazaba por ese lugar y que los estaban esperando en una casa localizada en esa zona. Gutiérrez le ordenó que se moviera con toda su gente hacia ese lugar del cerro para mantener la unidad de la tropa y el cerco que había dispuesto en la planeación del operativo.

“Por la radio escuchamos a Mina que nos informaba que acababa de avistar a los guerrilleros. Que éstos se movían en grupos de seis hombres. Minutos después escuchamos el traqueteo de los fusiles y de la ametralladora M2.49 que los soldados portaban. Nadie hablaba. Sólo se escuchaba el ruido de las armas. No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuchamos la voz del cabo primero que acompañaba al sargento Mina”.

A partir de ese momento todo fue confusión. “El cabo que acompañaba al sargento Mina había bajado del cerro para pasar un registro de lo ocurrido después de los disparos. Su voz apenas se podía escuchar. Entre sollozos nos dijo que ante sus ojos estaban los cuerpos sin vida de dos niños”, recuerda Bohórquez. En el Batallón Nutibara se vivieron momentos de dolor. Nadie podía dar crédito a lo que estaban escuchando por radio. De inmediato el coronel Gutiérrez le preguntó al cabo: “¿Niños muertos? ¿Cómo están vestidos? ¿Están vestidos de verde oliva? ¿Tienen armas?”.

El tiempo se hizo eterno esperando las respuestas. El sargento no podía musitar palabra. Bohórquez, Gutié-rrez y los demás oficiales entraron en pánico. Y todos al unísono le gritaban por la radio al cabo para que respondiera. “Son niños. Muy pequeños. No tienen uniforme verde oliva. Tampoco armas. Son niños entre 5 y 7 años. Parecen de una escuelita. No me explicó porqué había niños aquí”.

El caos en el Batallón Cacique Nutibara era total. Nadie podía creer lo que estaba diciendo el cabo por la radio. “En medio de ese dolor y de esa angustia mi coronel Gutiérrez le ordenó al sargento Mina que bajara del cerro para que verificara los hechos”, señaló Bohórquez.

En el cerro La Tolda el desconcierto también se apoderó de los soldados. Mina gritaba a diestra y siniestra. Dos de los soldados que cumplían las funciones de enfermeros bajaron rápidamente. La escena era dantesca. “Bajaron cuatro soldados por un lado de la ladera y encontraron a un niño herido. Unos metros más allá estaba el cuerpo de otro pequeño tirado en el potrero. Los enfermeros construyeron unas camillas improvisadas y les suministraron agua y calmantes a los pequeños”.

En menos de cinco minutos los 36 soldados estaban frente a los niños que habían caído por las balas. “Fue muy duro. Muy duro. Cuando los vi, ahí tirados en el piso, me imaginé a mis hermanitos, que tienen la misma edad de los niños que murieron. Podían ser ellos”, recuerda uno de los soldados. “Se me vinieron las lágrimas. Nunca pensé que fuera a ver niños de esa forma. Nosotros no somos máquinas de matar. Y no sé cuándo podremos asimilar lo que ocurrió allá en el cerro La Tolda”, añade otro.



Acusados

Momentos después comenzaron a llegar los primeros padres que, presos de la angustia y la desesperación, buscaban a sus hijos por todas partes. “Vi a una madre que subía. Gritaba que a su esposo lo había matado la guerrilla. Y que la única razón que tenía para existir era su hijo. El pequeño estaba muerto. Me acerqué. La tomé del brazo y le dije. ‘Si yo pudiera entregarle a usted mi vida por la vida de su hijo, yo lo haría ya”, le dijo el sargento Mina, en medio de un llanto incontenible.

A medida que comenzaban a llegar los familiares de los pequeños al cerro La Tolda la tragedia se hacía más dolorosa. Los padres señalaban con su dedo acusador a los soldados. “Nos gritaban que éramos unos asesinos. Nosotros entendimos el dolor que ellos vivían. Agachamos nuestras cabezas y con resignación y con dolor en el alma aceptamos esos duros y desgarradores insultos”, señaló uno de los soldados.

Mina y sus hombres permanecieron durante tres días más en el lugar de la tragedia. Fueron interrogados por 15 funcionarios de la Fiscalía. En dos oportunidades tuvieron que reconstruir los hechos de ese martes 15 de agosto. Luego fueron trasladados al Batallón Cacique Nutibara.

“Aquí llegamos hechos unos harapos humanos. No queríamos ni comer, ni dormir, ni hablar con nadie. Esta primera semana ha sido muy difícil. Los jueces militares nos han vuelto a interrogar. El Ejército quiere saber lo más pronto posible qué fue lo que pasó. Por qué razón los muertos fueron niños y no los gue-rrilleros que nosotros vimos pasar frente a nuestros ojos”, señaló Mina.

Los soldados y los dos suboficiales del pelotón Arpón 1 han recibido la ayuda de dos sicólogos. “Las enfermedades del corazón y del alma no se curan con sicólogos. Nuestras vidas siempre quedarán marcadas por este lamentable y triste episodio”, dice Mina, parado frente a una pequeña colina que da cara a la altura donde se divisan las montañas que conducen al cerro La Tolda. Allí, en medio de su soledad y acompañado por sus hombres, de nuevo deja correr la película de horror que vivieron esa mañana de agosto. Un día que quedará grabado para siempre en su memoria de los horrores de la guerra.
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