Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2000/06/05 00:00

Paz de verdad

Las bandas que sembraron el terror en la década de los 90 en Medellín adelantaron un ejemplar proceso de reconciliación que ha logrado disminuir la criminalidad en la capital paisa.

Paz de verdad

El pequeño auditorio de la cárcel de Bellavista es un hervidero. Allí, en una tarde sofocante, toman asiento los líderes de los barrios marginales de la ciudad de Medellín, funcionarios de la municipalidad, el comandante de la Policía comunitaria, los asesores de paz de los municipios aledaños y una veintena de reclusos de ese penal. Frente a ellos se encuentra un joven que habla con el alma. Que no para de gesticular. Cada una de sus frases va cargada con la jerga de su ‘parche’. Habla de paz. Habla de reconciliación. Habla de un futuro. Y en una sola frase resume con crudeza a lo que aspiran los muchachos de las comunas de Medellín: “Nosotros sólo soñábamos con tener canas, arrugas y morir de viejos”. Ese joven, que mantiene absortos a los concurrentes del auditorio de la cárcel de Bellavista, se llama Henry Holguín. Un paisa de 31 años que nació en el barrio popular de Manrique, localizado en la comuna nororiental. Es el líder de un grupo de ex pandilleros que desde hace tres años lidera un proceso de pacificación y reconciliación de la guerra urbana desatada en Medellín. En esa tarea, bajo sus órdenes, están metidos 25 jóvenes, que trabajan de lleno en el proceso desde Bellavista. Holguín, con su carisma y su personalidad arrolladora, ha logrado mover cielo y tierra para que, desde el alcalde de Medellín, las autoridades eclesiásticas, la Policía Metropolitana y los líderes comunales se hayan comprometido en esta misión que hoy tiene sentadas en la mesa a 57 organizaciones en un proceso de reconciliación. Esta guerra desatada a comienzos de los 90 lo obligó a convertirse en pandillero y luego en jefe de una de las bandas más fuertes y temidas de la comuna noroccidental: la ‘Banda de Lebrón’. Al principio estuvo conformada por jóvenes de su barrio. Pero con el tiempo el ‘combo’ creció. En menos de seis meses Holguín se convirtió en uno de los pandilleros más respetados de los barrios marginales. Su organización llegó a crecer de tal manera que sus integrantes alcanzaron la cifra de 180 miembros. A punta de plomo enfrentó a las Milicias Bolivarianas que se asentaron en la otra cresta del cerro de la comuna nororiental. También libró una guerra sin cuartel con otras bandas de jóvenes de su edad que fueron creando territorios inexpugnables en los que imperaba su ley, y esa ley era la del Talión. Esos territorios se convirtieron en zonas vedadas para el resto de la comunidad. Traspasar sus fronteras podía costar la vida. Esas bandas se multiplicaron rápidamente. En ese momento el dinero a montones que llegaba del narcotráfico creó una cultura que muy pronto en el país se conoció como la del sicariato. Jóvenes con cara de niño apretaban el gatillo para sembrar el pánico y el terror en un país que vio con asombro caer a varios de sus más importantes líderes —tres candidatos a la Presidencia, dos ministros de Justicia y un Procurador—, así como a 500 policías de la ciudad de Medellín cuando Pablo Escobar les puso un precio de dos millones de pesos por cabeza. El caldo de cultivo para la creación de ese ejército de la muerte fueron los barrios marginales de Medellín. A medida que el sicariato comenzó a ser un negocio en el que se movían millones de pesos las fachadas de las casas humildes de las comunas de Medellín comenzaron a transformarse. Frente a ellas los jóvenes estacionaban los camperos último modelo, las motos de alto cilindraje y andaban rodeados de una romería de jovencitas vestidas a la última moda. Todo esto se convirtió en el símbolo de una generación que encontró en el negocio de la muerte un estatus de poder y dinero. Pero también pagaron un alto precio. En las comunas se desató una batalla sin cuartel. Los grupos de ‘limpieza social’ llegaban a esos barrios y sin mediar palabra ‘rociaban’ a bala a los jóvenes que se encontraban en las calles. Fue una época del ojo por ojo. Y en esa guerra demencial las estadísticas de la muerte en 1995, de acuerdo con el Departamento de Investigaciones Criminológicas y Apoyo Judicial (Decypol), arrojaron la pavorosa cifra de 6.200 muertos. Cambio de guerra Muerto Pablo Escobar los grupos de sicarios al servicio del narcotráfico comenzaron a transformarse. Las organizaciones a su servicio sufrieron una metamorfosis. Los pequeños grupos fueron absorbidos por poderosas organizaciones, como la conformada por Henry Holguín, las que desataron una segunda guerra en las comunas en busca del poder y el liderazgo. En 1995 un censo realizado por los mismos jefes de bandas estableció que en esos barrios marginales operaban 156 organizaciones. Estaban divididas en varios bandos y mantenían una guerra permanente por el poder territorial. Eran enemigos prácticamente irreconciliables y en la medida en que los jóvenes caían en ese enfrentamiento armado las opciones de una salida al conflicto eran poco alentadoras. “Si en la noche había muertos tocaba esperar que amaneciera para que hicieran los levantamientos. Los forenses y los funcionarios de la Fiscalía no daban abasto en este trabajo de la muerte”, señaló Henry Holguín a SEMANA. El vivió esa guerra en toda su intensidad. Primero al servicio del narcotráfico. Luego desató una guerra contra las Milicias Bolivarianas. Estas se instalaron en el último barrio de la comuna nororiental. Y desde allí dirigieron una guerra de limpieza social para acabar con los drogadictos, los expendedores de droga y los raponeros. Muy pronto en las calles y a plena luz del día los habitantes de esas zonas vieron atónitos cómo los milicianos ejecutaban a sangre fría a los muchachos de esas barriadas. Después de combatir a muerte con los milicianos la ‘Banda de Lebrón’ se convirtió en una de las organizaciones más respetadas y temidas dentro del mundo del hampa en Medellín. Pero lo único que le dejó a Henry Holguín esa guerra fue un reguero de amigos muertos y una condena a 42 años de cárcel que desde hace tres paga en la cárcel de Bellavista, localizada en el nororiente de Medellín. Allí comparte sus dificultades con 25 jóvenes que también vivieron en carne propia esa época de terror. Como es el caso de Luis Felipe Gutiérrez, un muchacho de 28 años que hacía parte de la banda ‘La Cancha’, del barrio Tricentenario, localizado en pleno corazón de las comunas. Su banda estaba conformada por 31 muchachos, de los cuales sólo sobrevivieron cuatro, tres de los cuales están en la cárcel. La gran mayoría de estos jóvenes pagan condenas entre 25 y 48 años. Llegaron a Bellavista por la misma época de Holguín. Algunos fueron compinches en varias de esas organizaciones. Pero otros eran enemigos irreconciliables. Holguín y su grupo de ex pandilleros están en la tarea de que no se repita el horror del pasado. Una guerra que hoy varias entidades han cuantificado y cuyas cifras son demoledoras. Una investigación adelantada por Medicina Legal y Ciencias Forenses con sede en Medellín muestra las cicatrices de esa guerra. Entre 1990 y 1999 en la capital antioqueña fueron asesinadas 60.189 personas. Según el informe, el incremento de esas muertes violentas en relación con la década de los 80 fue de 59,9 por ciento. De ese total de muertes por homicidio el 84 por ciento correspondía a jóvenes entre 16 y 24 años. “En la década que acaba de concluir hubo 137.842 defunciones por causas violentas y naturales en la ciudad de Medellín, de las cuales el 46 por ciento fueron por causas violentas, y de esas el 80,4 por ciento por homicidio”, señala uno de los apartes del informe de los forenses. Un equipo conformado por 14 médicos legistas que en las épocas más violentas —entre 1991 y 1995— recibían en promedio un sábado en la noche hasta 28 cadáveres. “Hubo necesidad de construir una sala adicional porque no cabían los muertos. Teníamos que trabajar de puntillas para no pisar los cadáveres”, señaló el médico forense Mariano Giraldo, quien vivió de cerca el terror de esa guerra. El descarnado relato del médico forense es apenas un testimonio de lo que fue esa guerra en las comunas de la ciudad de Medellín. “El derroche del dinero del narcotráfico se veía hasta en los cadáveres. En ese entonces los muertos llegaban repletos de bala. Era una especie de simbología que utilizó el narcotráfico para mostrar su poderío. Aquí se asesinó a una buena parte de una generación de jóvenes cuyo único pecado fue el de pertenecer a unas zonas marginales de la ciudad”, agregó el doctor Giraldo. Muy pocos lograron sobrevivir a esa batalla campal que se desató en los barrios populares. Los sobrevivientes, como Henry Holguín, entendieron a tiempo que a punta de bala lo único seguro que había era el extermino de una generación de jóvenes que vieron con sus propios ojos cómo hermanos, primos, amigos y hasta sus propios padres caían bajo el fuego inclemente. El primer paso Corrían los primeros meses de 1994 y las autoridades municipales de Medellín no encontraban un camino para atajar la criminalidad que se había desbordado en las zonas marginales. “La situación era insostenible. La guerra entre los milicianos y las bandas de los barrios llegó a tal punto que los niños no podían ir al colegio Progresar, recientemente inaugurado. Sus puertas estaban cerradas porque se temía que una bala perdida segara las vidas de los niños”, recuerda hoy el padre Oscar Vélez, uno de los principales impulsadores del proceso de reconciliación. El sacerdote ha caminado durante muchos años por las comunas de Medellín. Ha sido párroco de varias iglesias del sector. En 1994 trabajaba en el barrio Pedregal, en la comuna nororiental. “Hastiado de tanta guerra y al ver el pánico de los habitantes y tantos jóvenes que morían decidí buscar ayuda para tratar de organizar una reunión con los jóvenes en conflicto para que a las buenas arreglaran los problemas”, recuerda. El 10 de mayo de 1994 se le cumplió el milagro al padre Oscar Vélez. “La puertas del colegio Progresar se abrieron. En uno de los salones donde se habían montado los talleres de trabajo manual se llevó a cabo la reunión”, recuerda Guillermo Villegas Mejía, director de Tallerarte, uno de los programas piloto de rehabilitación de los jóvenes de la comuna. Allí todos los días se dan cita cerca de 150 jóvenes que a través de la arcilla dejan atrás sus pecados. Villegas relató lo que ocurrió ese día: “Eran las tres de la tarde. El salón estaba lleno de niños que trabajaban en arcilla. Todos estaban produciendo. El silencio fue total. Entraron los líderes de los milicianos, se instalaron en un costado del salón. Sus hombres de seguridad se quedaron afuera. A continuación ingresaron los jefes de las bandas. Los guardaespaldas también se quedaron afuera. Más tarde llegaron el director de Paz y Convivencia de Medellín, Juan Guillermo Sepúlveda; el rector del colegio, el padre Oscar Vélez y tres funcionarios de la Alcaldía de Medellín. A las cinco de la tarde terminó la reunión. Se había sellado la paz”. Esa tarde de mayo por primera vez se vislumbró una luz de paz en las comunas. Milicianos y pandilleros se estrecharon las manos y se comprometieron a buscar una salida al conflicto. El primer compromiso adquirido fue respetar las instalaciones del colegio, el cual se había convertido en una disputa territorial para obtener su control. En una solemne ceremonia los jefes de la milicia y de las bandas le entregaron las llaves del colegio a Ernesto Charry Montealegre, un educador que había llevado las riendas de varios planteles en esa zona. Tras las rejas Ese mismo día comenzaron los contactos para parar de un tajo la guerra. Y este proceso se consolidó dos años después, en agosto de 1997, en la biblioteca de la cárcel de Bellavista. Entre 1995 y 1997 los grupos en conflicto iniciaron un proceso de negociación que permitió abrir las fronteras de los barrios y firmaron un pacto de no agresión. Fueron dos años en los cuales el proceso estuvo en el filo de la navaja. Varios de los más importantes jefes de bandas fueron capturados. Entre ellos Henry Holguín y 25 jóvenes que eran jefes de bandas de barrios. Todos ellos se reencontraron en la cárcel de Bellavista. “En la biblioteca nos reunimos los tres asesores de Paz y Conviviencia, un representante a la Cámara, el coordinador de derechos humanos de Medellín y 21 jóvenes jefes de bandas que estaban ya tras las rejas, y entre todos redactamos un documento de cuatro páginas que contiene una propuesta de paz dentro de la cárcel y que se extendió a las barriadas de Medellín”, le contó a SEMANA Juan Guillermo Sepúlveda, ex asesor de Paz y Convivencia de Medellín. Las cuatro hojas amarillentas que contienen los puntos de la negociación son hoy la base de la reconciliación que se inició hace tres años entre bandas y milicianos. Pero el proyecto de reconciliación no podía quedarse en el abrazo del perdón y en el papel. Había que involucrar a la municipalidad para poder desarrollar un plan social que permitiera el desmantelamiento de las restantes bandas. La tarea de Henry Holguín y sus muchachos era convencer a esos jefes de ‘combos’ de que era mejor hacer la paz que la guerra. Fue entonces cuando Juan Guillermo Sepúlveda y la administración de Sergio Naranjo se dieron a la tarea de buscar los recursos que se necesitaban para consolidar el proceso. Golpearon las puertas de la banca internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo aprobó un empréstito de 15 millones de dólares en diciembre de 1998. La municipalidad logró conseguir recursos por 10 millones de dólares más. Para que el BID soltara esa plata fue necesario montar un proyecto de convivencia ciudadana. Fue así como se logró el desembolso de 750.000 dólares a finales de febrero de este año con el objeto de impulsar 19 proyectos en tres áreas: la primera tiene que ver con la prevención temprana de la violencia y resocialización. La segunda con el acercamiento de la justicia al ciudadano. Y la tercera la de impulsar las promotoras de convivencia a través de las comunicaciones con los líderes comunales. Por su parte el municipio tendrá que aportar 10 millones de dólares para impulsar los programas mencionados anteriormente. Y en eso está. La administración de Juan Gómez Martínez ha adelantado un programa de generación de empleo en esos sectores marginales. “Hemos logrado ubicar a 28.000 muchachos. Sabemos que ese trabajo poco o nada se ve porque las necesidades son de 300.000 cupos de empleo. Sin embargo tenemos proyectos, como la siembra de cuatro millones de árboles en Medellín, y ese trabajo lo están llevando a cabo guardabosques elegidos dentro de la comunidad de los barrios marginales”, señaló Juan Gómez Martínez. También la Iglesia ha aportado su grano de arena. Inició un programa llamado ‘Pare’ en los barrios Picacho y Picachito, ubicados en la comuna noroccidental. El proyecto consiste en una serie de conferencias sobre la cultura de la no violencia y a partir de ahí los jóvenes son asistidos para lograr un empleo e iniciar una nueva vida. Todo este trabajo ha dado sus frutos. Los índices de violencia bajaron ostensiblemente en Medellín. De las 6.000 muertes que hubo en 1995 se ha pasado a menos de 1.500. De los 28 muertos en la noche de los sábados se pasó a dos. El total de bandas reinsertadas es de 56 pero están en camino de desarme otras 30. Henry Holguín y los jóvenes ex pandilleros que permanecen en la cárcel de Bellavista siguen su lucha día a día para buscar la reconciliación total. Todavía falta camino por recorrer pero los primeros pasos ya se dieron y en las comunas, por fin en muchos años, se respira un aire de paz.

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