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| 1/29/2011 12:00:00 AM

Pecado capital

Todo parece indicar que a los sacerdotes del sur de Bogotá los asesinaron para robarles seis millones de pesos.

Algunos fieles de la parroquia San Juan de la Cruz, en el barrio Grancolombiano en la localidad de Kennedy, al sur de Bogotá, creen que el párroco de esa iglesia, Richard Armando Piffano, presentía que algo malo le iba a suceder. "El martes de la semana pasada cuando se estaba acabando la misa de las 6:30 de la tarde, el padre terminó la ceremonia diciendo que oráramos mucho por él. En los casi tres años que llevaba acá yo nunca lo había escuchado decir eso. En ese momento no me pareció raro. Pero cuando supe lo que le hicieron, creo que él sentía que algo le iba a pasar", dijo a SEMANA Elsa Martínez, una de las vecinas de la iglesia, quien desde hace dos años ayudaba al sacerdote con las obras sociales de su parroquia.
 
Como si efectivamente se tratara del cumplimiento de una macabra premonición, el cuerpo sin vida del padre Piffano fue encontrado el miércoles a las siete de la noche, casi 24 horas después. Estaba en el interior del carro de la parroquia, abandonado en una calle cerca de un caño sin alumbrado público ni pavimento, en el barrio Dindalito, en Kennedy. Junto a él estaba el de su amigo, el también sacerdote Rafael Reátiga Rojas, párroco de la catedral Jesucristo Nuestra Paz, del barrio León XIII, de Soacha. Los cuerpos fueron encontrados por la Policía, que acudió al lugar al responder a la llamada de algunos vecinos que escucharon unos disparos.

Piffano, quien estaba en el puesto del conductor, tenía dos impactos de bala en la parte de atrás de la cabeza. Reátiga, un tiro en el pecho y un rosario en la mano derecha. Tres cartuchos de una pistola calibre 7.65 quedaron en el piso en la parte trasera del vehículo.

El crimen no solo conmocionó a los fieles de Kennedy y Soacha, sino a toda la ciudad, y se convirtió en una noticia nacional. No era para menos. Se trataba del asesinato a sangre fría de dos jóvenes sacerdotes respetados y admirados por sus comunidades y sus superiores. Reátiga era el ecónomo de la Diócesis de Soacha. Nació el 25 de junio de 1975 en San Andrés, Santander, y fue ordenado sacerdote el primero de julio de 2000. El padre Piffano nació el 4 de febrero de 1974 en Arboledas, Norte de Santander, y también fue ordenado sacerdote en la misma fecha que su amigo.

El CTI de la Fiscalía reconstruyó las últimas horas de vida de ambos sacerdotes. A las nueve de la mañana, el padre Reátiga retiró de un banco unos seis millones de pesos para realizar diligencias atrasadas, pues acababa de llegar de un corto periodo de vacaciones. Hacia las once de la mañana llamó a su amigo Piffano para que lo acompañara hasta un taller en el sur de Bogotá a recoger el carro de la parroquia, un Chevrolet Aveo modelo 2010, que había dejado antes de vacaciones para un arreglo. Los investigadores aún no determinan la hora en la que los dos sacerdotes recogieron el carro, pero saben que el arreglo costó 350.000 pesos, pues en el vehículo hallaron el recibo del taller.

La siguiente pista de los peritos del CTI son dos llamadas efectuadas por los religiosos. A las 3:30 de la tarde, el padre Reátiga se comunicó con un feligrés que le ayudaba en la parroquia y sostuvieron una conversación sin mayor trascendencia. A las 6:10 de la tarde, y sin dar mayores explicaciones, le dijo a una de sus asistentes en el despacho parroquial que no iba a alcanzar a llegar para oficiar la misa de las siete de la noche. Los investigadores creen que para ese momento los dos religiosos ya habían sido abordados por sus asesinos. De acuerdo con las declaraciones de los testigos del barrio en donde aparecieron los cuerpos, el vehículo de los sacerdotes transitaba lentamente por la polvorienta calle y en la parte trasera alcanzaron a ver que viajaba un hombre. A pocos metros los seguía una motocicleta de alto cilindraje. El auto se detuvo, se escucharon los disparos y unos segundos más tarde el hombre descendió del auto, subió a la moto y escapó del lugar.

Aunque inicialmente circuló la versión de que a los religiosos no les habían robado sus pertenencias, lo cual descartaba el hurto como móvil del crimen, los peritos determinaron que el asesino que viajaba con ellos tuvo tiempo de quitarles algunas pertenencias como dinero, las billeteras y los celulares. Y la suma retirada en el banco desapareció. Es por ello que la hipótesis más fuerte que por ahora manejan las autoridades es que se haya tratado de un robo. No es claro si los homicidas sabían que sus víctimas eran religiosos, pues ninguno vestía sus hábitos. Pero aun si así hubiese sido, como están las cosas, lo cierto es que ni los hombres de Dios se salvan de los bandidos.
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