Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2008/05/03 00:00

Pelea de barrio

Nadie gana en el lamentable espectáculo de la demanda del presidente Álvaro Uribe contra el ex presidente de la Corte Suprema, César Julio Valencia.

Pelea de barrio

Las versiones comenzaron a circular minutos después de terminada la diligencia ante la comisión de acusación de la Cámara de Representantes por la demanda interpuesta por el ciudadano Álvaro Uribe Vélez contra César Julio Valencia por calumnia e injuria. El Presidente había acudido el martes con el fin de ratificarse en su denuncia contra el magistrado y hasta hace poco presidente de la Corte Suprema. El quid del asunto es que Uribe afirma que Valencia mintió en una entrevista a El Espectador cuando dijo que el primer mandatario lo había llamado para hablar de la indagatoria del senador Mario Uribe, primo segundo del Presidente.

Lo que parecía una diligencia de trámite, se convirtió en una batalla campal de cuatro horas y media, si se le da credibilidad al 20 por ciento de lo que dice pasó en ese recinto. Que Ramiro Bejarano, el apoderado del magistrado, irrespetó al Presidente. Que Uribe le cantó la tabla por la actuación de Bejarano cuando fue director del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) durante el gobierno de Ernesto Samper. Que Bejarano cuestionó la actitud de Uribe frente a los paramilitares cuando éste era gobernador de Antioquia. Que el Presidente le dijo "nostálgico de las Farc". Que el momento más tenso se dio cuando Bejarano acusó al Presidente de haber dicho en una entrevista que la Corte Suprema era golpista. Que cuando se aclaró la frase del primer mandatario - había señalado de los peligros de que la justicia fuera golpista-, Uribe se había levantado de su silla. SEMANA habló con varios de los asistentes al duelo y hay puntos de vista para todos los gustos. Que no pasó nada, que es normal que se calienten los ánimos, al fin al cabo, la acusación de injuria y calumnia es en el fondo muy personal.

En el fondo no importa cuánto es realidad y cuánto es exageración de todas esas versiones. Nadie queda bien. Ni el magistrado Valencia, quien soltó la frase que generó el bochinche sin medir las consecuencias y quien cuando ya estaba encendida la mecha, le echó más fuego a la hoguera al escoger como apoderado a Ramiro Bejarano, uno de los más ácidos opositores del gobierno. Pero es hasta entendible: Valencia era blanco de una demanda muy seria de un hombre que ostenta el cargo más poderoso de Colombia.

No es claro qué gana el presidente Uribe si prospera la demanda. Para empezar, la única institución más desprestigiada que el Congreso es la comisión de acusación de la Cámara. Cualquier fallo será cuestionado. Y aunque es legítima la indignación del Presidente con el magistrado -Uribe está convencido de que Valencia falta a la verdad-, se habría podido evitar el lamentable espectáculo de tener a las dos dignidades más respetables del Estado en una pelea de verduleras. La vida pública es un camino lleno de espinas, zancadillas, peleas, calumnias e injurias. Y Uribe, como buen político, lo sabe y lo ha padecido. Pero cuando se es Presidente hay una majestad en el cargo que debe evitar las peleas de barrio que terminan erosionando la estabilidad institucional. Uribe es un fosforito y le gusta casar peleas. Esa ha sido, paradójicamente, su mayor virtud y su peor defecto. En esta oportunidad, pierde el Presidente.

Por la investidura y la dignidad de su cargo, demandas como ésta no le quedan bien, y menos en la coyuntura actual. El impacto sobre la imagen del país y del gobierno en el exterior no podría ser más devastador. Un primer mandatario demanda al presidente de la Corte que investiga y juzga a varios de sus principales aliados del Congreso por la para-política, incluido su primo. Y, para el colmo de exageraciones, este mismo Presidente amenaza con renunciar si le comprueban cualquier equivocación en sus versiones sobre los hechos motivos de la demanda. Como si el caso fuera de tanta importancia que ameritara que Uribe abandonara un cargo que le encomendaron más de siete millones de colombianos en 2006.

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