Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/12/01 00:00

Pelea para largo

Los presidentes Álvaro Uribe y Hugo Chávez por fin se sinceraron. Pero esa cantada de verdades dejó heridas que serán muy difíciles de sanar.

En su discurso el domingo 25 de noviembre desde Calamar, Bolívar, el Presidente Álvaro Uribe criticó los “planes expansionistas” del Presidente venezolano y lo acusó de legitimar el terrorismo

En la diplomacia aplica perfectamente la frase de que "lo cortés no quita lo valiente". Por eso se presentan situaciones que, si no fuera por la gravedad de los temas tratados, serían cómicas. Qué tal la audiencia que solicitó de urgencia el embajador japonés en Washington al gobierno norteamericano para notificarle que su país le había declarado la guerra a Estados Unidos. En ese momento era bombardeado Pearl Harbor. Pero la tradición diplomática obligaba a cumplir con ese gesto protocolario, no obstante fueran enemigos acérrimos.

En otras palabras, en la diplomacia se le puede decir hasta de qué se va morir el otro, siempre y cuando se guarde la forma. Y es allí, en la forma, donde Chávez ha sido folclórico y caricaturesco y donde falló el presidente Álvaro Uribe en el manejo de sus relaciones con el mandatario venezolano. Lo grave es que, a diferencia de Japón y Estados Unidos, Colombia y Venezuela son países históricamente amigos.

Y cuando ocurrió el incidente que hundió las relaciones de las dos naciones en una de las peores crisis que se tiene memoria, Chávez estaba trabajando en una misión que le encomendó el mismo Uribe. Se le había asignado la difícil tarea de facilitar la liberación de los secuestrados que están en manos de las Farc. Desde agosto, ese tema encabezaba la agenda bilateral y curiosamente había generado un ambiente de distensión que estaba desenredando otros asuntos de interés, como el posible regreso de Venezuela a la Comunidad Andina de las Naciones. Aunque era apenas un anuncio de buenas intenciones, esa eventualidad había sido bien recibida, especialmente entre el empresariado colombiano.

Hasta los más recalcitrantes antichavistas reconocen que Chávez le metió todo al intercambio. Era un tema que le ocupaba día y noche; más, increíblemente, que el mismo referendo de la reforma de la Constitución. El tema del intercambio le había permitido recuperar espacio político en Europa, donde había perdido puntos por su discurso en Naciones Unidas donde tildó al presidente norteamericano, George W. Bush, de 'diablo'.

Gracias al rol de mediador de Chávez, el presidente francés, Nicolas Sarkozy -uno de los líderes más influyentes de la Unión Europea- lo recibía con alfombra roja. Gracias al ofrecimiento de Uribe, Chávez estaba cumpliendo su sueño de ser visto como un líder regional de peso y con una causa noble.

Dado todo lo anterior, era predecible que el Presidente venezolano se molestara ante el escenario de cerrarle la puerta del intercambio humanitario. Pero ese era el principal riesgo de darle juego a Chávez: cómo desmontarlo después.

Nadie que conozca los avatares de la diplomacia entiende por qué el presidente Uribe optó por el camino de emitir un comunicado a altas horas de la noche sin darle previo aviso a su colega venezolano. Hasta los uribistas pura sangre consideran que fue un error no llamarlo con antelación. Incluso, hay algunas personas que piensan que hasta habría sido recomendable coordinar una reunión cara a cara para soltarle las malas noticias. Como hacen los médicos con los familiares de un difunto.

Y de repente hasta hubiera servido una llamada post mortem, especialmente después del moderado comunicado que emitió la Cancillería venezolana horas después de conocerse el anuncio de Uribe.

Lo curioso es que son pocos los que cuestionan la racionalidad detrás de la decisión del Presidente colombiano. Era evidente el exceso de protagonismo internacional de Chávez y de las Farc. Se le estaba saliendo de control un tema de seguridad nacional para el gobierno. Ya no se hablaba sólo de intercambio humanitario, sino de proceso de paz. Se enfrentaba a un escenario de pesadilla para él: qué tal la imagen de Chávez y Sarkozy frente a un mapa de Colombia, trazando líneas y zonas de despeje.

Aunque los insultos de Chávez contra el Presidente colombiano sorprendieron por lo ofensivos y personales -dijo que Uribe era un mentiroso y peón del imperio, entre otras cosas-, no es la primera vez que el mandatario venezolano ataca a un jefe de Estado. Ya Vicente Fox, Alan García, Tony Blair y George Bush, entre otros, han sido blanco de epítetos chavistas. La diferencia es que Colombia y Venezuela comparten una frontera de 2.219 kilómetros. En la larga y demasiadas veces tumultuosa historia entre Venezuela y Colombia, nunca se habían hablado tan duro dos presidentes. Es más: cuando había una disputa, el que levantaba la voz y golpeaba los tambores era siempre el venezolano. El domingo pasado eso cambió con el discurso réplica de Uribe en Calamar, Bolívar.

Allí el Presidente colombiano, con altura, dijo todo lo que verdaderamente pensaba de su vecino y la revolución bolivariana que lidera desde 1998. "La verdad, presidente Chávez, es que si usted está fomentando un proyecto expansionista en el continente, en Colombia ese proyecto no tiene entrada", dijo Uribe. "No se puede maltratar el continente, incendiarlo, como usted lo hace, hablando de imperialismos, cuando usted, basado en su presupuesto, quiere montar un imperio", agregó. Pero en ese discurso improvisado, con frases precisas, también hubo hipérbole de alcances impredecibles, como cuando dijo que las palabras de Chávez "dan la impresión de que usted no está interesado en la paz de Colombia, sino en que Colombia sea víctima de un gobierno terrorista de las Farc". Decirle a un jefe de Estado que está aliado con una organización terrorista no es una acusación de poca monta. Aunque desde entonces ha sido más locuaz Chávez, eso no ha minimizado el impacto del discurso de Uribe.

Es evidente la desconfianza en la Casa de Nariño sobre el proyecto chavista y su influencia en Colombia. Existe desde el mismo momento en que asumió Uribe la presidencia en 2002, y sus preocupaciones sólo han sido reforzadas por incidentes como del diputado venezolano que participaba en la política colombiana y fue expulsado. O el caso de algunos candidatos a una alcaldía en el Tolima, quienes le enviaron una carta a la embajada venezolana solicitando financiación estatal.

Curiosamente, la angustia del gobierno colombiano sobre Chávez coincide en un momento en que el líder político enfrenta una difícil coyuntura, tanto interna como externa. En Venezuela, varios chavistas históricos están hoy en la oposición, y en América Latina, han empezado a aparecerle escollos a la diplomacia petrolera. Su relación con los llamados grandes de la región -México y Brasil- es volátil, como lo demostró la decisión del Senado brasileño de aplazar la votación sobre el ingreso oficial de Venezuela a Mercosur. En Paraguay y Uruguay -los pequeños de Mercosur- no se ve con buenos ojos la entrada de Venezuela. Temen que pierdan poder. Aunque Argentina está en deuda con Chávez -Venezuela ha comprado 3.500 millones de dólares en bonos argentinos-, analistas de la región creen que su relación con Cristina Kirchner no será tan influida como lo era con su marido. Y Chile no se olvida del apoyo venezolano a las pretensiones bolivianas de recuperar su acceso al mar.

Nadie sabe qué habría pasado si Uribe no hubiera roto tan abruptamente la mediación de Chávez. Pero reflexionar sobre eso es como llover sobre mojado. Lo único claro es que con las cartas descubiertas, tanto de Venezuela como de Colombia, y la creciente desconfianza, será muy difícil recomponer la relación. Chávez lo ha dicho de todas las maneras. No sólo dijo que no tendría relaciones con el gobierno de Colombia mientras Uribe fuera presidente, sino que en su última salida pública, el viernes pasado, lo tildó de "inhumano". Y tampoco hay señales de aproximaciones de parte de Uribe, que ha sido ofendido personalmente por su colega venezolano. Como las parejas que se dicen demasiadas verdades, una reconciliación Uribe-Chávez en el corto plazo es un imposible filosófico.

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