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| 8/8/1994 12:00:00 AM

PELOTA CALIENTE

El asesinato de Andrés Escobar pone de nuevo sobre el tapete el tema de la influencia de los carteles en el fútbol-profesional. ¿Qué tanta es?

EL PRIMER CAMPANAZO DE QUE ALGO OScuro ronda al fútbol colombiano se produjo horas antes de que comenzara el partido de la selección nacional contra Estados Unidos el pasado 22 de junio en el estadio Rose Bowl, de Los Angeles. Al mediodía Francisco Maturana, encontró un mensaje telefónico en su habitación del hotel Marriot que lo dejó perplejo: Si esta tarde -decía el recado- alinea a Gabriel Jaime 'Barrabás' Gómez, corren peligro su vida; la de sus familiares; la de su asistente técnico, Hernán Darío Gómez, e incluso la del propio jugador.

La segunda señal vino poco después. Como la actuación de los jugadores dejó mucho que desear, en toda Colombia comenzaron los rumores sobre el posible influjo de los grandes grupos de apostadores, que habrían presionado a los futbolistas por medio de amenazas o de ofertas de dinero para que perdieran el compromiso. Esta sospecha se fundamentaba con las apuestas que se hacían en Las Vegas en ese momento. Por cada dólar apostado a favor de Estados Unidos, el apostador, si ganaba, iba a recibir 19. Una proporción impresionante.

Hasta la madrugada del pasado sábado 2 julio, todas estas conjeturas no dejaban de ser un simple chisme de coctel. Pero con el asesinato de Andrés Escobar los aficionados colombianos regresaron de un solo golpe a la dura realidad que habían tratado de ignorar a lo largo de los últimos 10 meses -tiempo que duró la ilusión de que el equipo de Francisco Maturana ganara la Copa Mundo-: desde hace años el fútbol colombiano está enfermo de mafia y violencia, penetrado por los carteles de la droga e interferido por los grupos de apostadores.

Independientemente de lo accidental que haya sido el asesinato del mismo Escobar, de si fue un episodio de tragos y madrugada o la acción premeditada de apostadores con pérdidas millonarias que quisieron vengar con este crimen el accidental autogol del defensor colombiano en el partido del Mundial frente a Estados Unidos, la verdad es que la muerte del más elegante, cordial y -si se quiere- limpio de los futbolistas colombianos se convirtió de pronto en el más palpable de los síntomas de descomposición del fútbol nacional. Al fin y al cabo, el mejor momento desde que nació este deporte, a mediados de este siglo, parece coincidir con su época más corrupta y sucia.


LOS PRIMEROS INDICIOS

Los rumores sobre la interferencia del narcotráfico y el lavado de dólares en el fútbol colombiano datan de mediados de la década de los 70, cuando las primeras figuras públicas de los carteles empezaron a aparecer cada vez más con frecuencia vinculadas al deporte. Primero, como patrocinadores supuestamente altruistas de esta actividad, y luego como accionistas y propietarios de los más importantes equipos. Esta aparición comenzó en 1975 cuando la mayoría de los equipos entró en quiebra a raíz de los altos índices de inflación, bajas taquillas y la falta de patrocinadores.

A eso contribuyó, además, una reforma tributaria que estableció un impuesto de renta del 40 por ciento y un gravamen del 12 por ciento por remesas al exterior. En otras palabras, los contratos con jugadores extranjeros resultaban duramente golpeados y los mismos futbolistas les pidieron a sus clubes no registrar sus contratos de trabajo. Sin registros de contratos ante el Banco de la República los dólares que conseguían en el mercado negro tampoco debían pasar por el visado de las autoridades. Muchos comisionistas de bolsa que tenían como actividad paralela el mercado de divisas hicieron su ingreso en las juntas directivas de la mayoría de los clubes. Con sus saldos en rojo y los bolsillos prácticamente vacíos, los entonces dueños de los equipos profesionales encontraron en un nuevo grupo de hombres ricos que apareció en el panorama nacional, su tabla de salvación. Como lo reconocen hoy los dirigentes deportivos de esa época, fueron los propios dueños de los clubes quienes trajeron esas fortunas emergentes al negocio. "Los tres primeros conjuntos en recibir dineros de los narcotraficantes fueron el Medellín, el Unión Magdalena y el América de Cali", señaló a SEMANA uno de esos dirigentes.

Fue un matrimonio por conveniencia. Mientras los antiguos mecenas del fútbol colombiano salían de la crisis económica, los recién llegados comenzaban a codearse con lo más granado de la sociedad. En las juntas directivas y en los festejos de los clubes se vieron hombro a hombro a Miguel Rodríguez Orejuela -sindicado por las autoridades como uno de los jefes del cartel de Cali- con Henry Eder, entonces alcalde de esa ciudad, y con Manuel Francisco Becerra, más tarde gobernador del Valle, ministro de Educación y actual contralor general de la República; y a Octavio Piedrahita Tabares con Antonio Roldán Betancur, quien sería después gobernador de Antioquia.

Los nuevos socios de los equipos comenzaron a adquirir estatus social pero más temprano que tarde hicieron valer el poder de sus aportes económicos. Un ejemplo de ello fue lo que ocurrió con el club América de Cali. En diciembre de 1980 se presentaron dos planchas para conformar la junta directiva. La número uno estaba integrada por los antiguos dirigentes del club, y la número dos, por representantes de los nuevos accionistas. La votación favoreció a la primera, pero ante los reclamos airados de los perdedores se optó por otorgarles el triunfo. De ahí en adelante el grupo encabezado por Miguel Rodríguez Orejuela, su familia y allegados de negocios, tomó las riendas del club.

QUIENES LLEGARON

Algo similar ocurrìa con los equipos de Medellìn y Bogotà. Una de las primeras imàgenes que los colombianos tienen en su mente del extinto jefe del cartel de Medellìn, Pablo Escobar Gaviria, es la este hombre, entonces delgado y joven, haciendo el saque de honor en un partido de aficionados la noche que se inauguró la iluminación -regalada por él- de la cancha de fútbol del populoso sector del barrio La Macarena en la comuna nororiental de Medellín.

En aquel entonces nadie tenía en claro quién era Escobar ni de dónde provenía el gigantesco capital que poseía. Tampoco imaginaba la gente que pocos años después su nombre llegara a ser asociado de manera recurrente con el Atlético Nacional, uno de los mejores cuadros de Colombia en los últimos años, y el único que ha conseguido el título de la Copa Libertadores de América (1989). Las sospechas de dineros calientes en el Nacional eran viejas. Anteriores incluso a la aparición de la violencia de Escobar y su cartel.

Años antes, en 1962, los hermanos Roberto y Hernán Botero Moreno aparecieron como directivos del Atlético Nacional. Sin embargo, sólo a finales de la década de los 70 sus nombres empezaron a ser vinculados por las autoridades a multimillonarias operaciones ilegales con dólares. Uno de los episodios más recordados por los colombianos en torno a los manejos del fútbol fue protagonizado precisamente por Hernán Botero Moreno y Gilberto Molina Hernández en el estadio Atanasio Girardot, de Medellín. Durante un partido que disputaba su equipo en desarrollo del torneo rentado colombiano, ambos dirigentes del club paisa, para significar que el árbitro estaba comprado, esgrimieron en su mano billetes de dólar desde el banco de suplentes.

Los hermanos Botero Moreno eran en esa época propietarios del Hotel Nutibara de la capital paisa. Al poco tiempo, Roberto Botero fue procesado y convicto de lavado de 70 millones de dólares en Estados Unidos. Y en noviembre de 1984 Hernán Botero fue extraditado y condenado por similar delito en las cortes federales estadounidenses.

Una investigación de la Superintendencia de Control de Cambios de Colombia comprobó que los Botero Moreno, a través de la casa de cambios Inversiones Peinado Navarro y Cía, que funcionaba en el primer piso del Nutibara, lavaron de Miami hacia Colombia unos 34 millones de dólares.

Con todo, el nombre de Pablo Escobar nunca apareció registrado en los documentos del Atlético Nacional. Pero muchas otras personas a quienes las autoridades asociaron con la organización delictiva de Medellín manejaron los destinos del club verdolaga después de la separación de los Botero. Hernán Mesa y Octavio Piedrahita Tabares, asesinado años después en vendetas de la mafia, hicieron parte de esa lista.

El Deportivo Independiente Medellín tampoco escapó a los tentáculos de los dineros calientes. Por su listado de accionistas pasaron Héctor Mesa, Pablo Correa Arroyave -jefe de la banda de 'los Pablos', donde inició su carrera delictiva Pablo Escobar- y Pablo Correa Ramos. Todos han muerto.

Pero si en Medellín llovía en Bogotá no escampaba. En 1982 Millonarios había emitido un paquete de acciones con el fin de conseguir dinero para superar su crisis económica. No obstante, tras varios meses no logró que los accionistas tradicionales del club las suscribieran. Eso movió a que, por intermedio de algunos periodistas deportivos el equipo contactó a Gilberto Rodríguez Orejuela en el Valle del Cauca, quien no se interesó en la oferta, pero recomendó a su socio de negocios, Edmer Tamayo Marín.

'Don Edmer' llegó al conjunto capitalino acompañado por Guillermo Gómez Melgarejo y los hermanos Justo Pastor y José Gonzalo Rodríguez Gacha. Las autoridades encontraron en 1989 que las familias Tamayo, Gómez y Rodríguez Gacha pagaban, cada una, el 33,33 por ciento de los gastos del club.

Por esos mismos días, Fernando Carrillo Vallejo, un empresario caleño dedicado al negocio de las esmeraldas y acusado incluso por las autoridades estadounidenses de tráfico de estupefacientes, adquirió la mayoría de las acciones del Independiente Santa Fe. Carrillo lideraba el grupo Inverca, que entre otras cosas poseía industrias vinícolas, arroceras, comercializadoras de autos, sociedades ganaderas e inmobiliarias. Como caso curioso, cuando en 1985 la Superintendencia de Sociedades investigó sus libros de contabilidad, descubrió que a cambio de sus aportes económicos, los recaudos por ventas de boletas eran consignados a la cuenta de Inverca Ltda.

También la Superintendencia halló que el equipo cardenal recibió varios préstamos de Julio Roberto Silva, otro hombre dedicado a las esmeraldas y dueño del famoso restaurante Rancho J.R, localizado al norte de Bogotá, y que en múltiples oportunidades fue allanado por las autoridades.

Octavio Piedrahita Tabares, quien aparecia como un prispero comerciante en calzado, adquiriò igualmente en 1982 acciones del Deportivo Pereira. Piedrahita era socio del Atlético Nacional, y según el diario El Tiempo del 21 de diciembre de 1982, ofreció comprar el estadio Hernán Ramírez Villegas de la capital risaraldense.

Mientras tanto, al Deportes Tolima llegaba José Manuel Cruz Aguirre, solicitado en extradición por narcotráfico por las autoridades peruanas. En Santa Marta, Eduardo y Ricardo Dávila Armenta adquirieron el Unión Magdalena. Desde los años 70 las autoridades de Estados Unidos los sindicaban de ser los promotores de la bonanza marimbera de la Costa Atlántica. En la actualidad el primero de ellos está detenido por la Fiscalía General de la Nación. Se le sindica del delito de enriquecimiento ilícito.

LA DE TROYA

Adueñados de la mayoría de los clubes del fútbol profesional, empezaron a recibir los frutos de la cosecha. Los títulos comenzaron a llover y jugadores extranjeros de primera línea hicieron sus maletas hacia el nuevo 'Dorado' del fútbol. En 1979 el América fue campeón, es decir, un año después de que llegaron los Rodríguez Orejuela.

Pero la fiesta comenzó a aguarse. El 16 de diciembre de 1983, el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, denunció, en el Congreso de la República, la presencia de los llamados dineros calientes en el fútbol y pidió que se investigara còmo se les pagaba a los futbolistas extranjeros. En ese momento se inició la primera investigación oficial sobre lo que sucedía en este deporte. Eso, en buena parte, le costó la vida al Ministro y lo convirtió en la primera víctima del narcoterrorismo.

Casi ocho años después se conocieron los primeros resultados que sólo condujeron a sanciones de tipo cambiario por manejo ilegal de dólares contra varios dirigentes deportivos, entre ellos José Gonzalo Rodríguez Gacha, Guillermo Gómez Melgarejo, Edmer Tamayo Marín, y los clubes Atlético Bucaramanga, Millonarios, Nacional y Santa Fe.

Durante casi toda la década de los 80 se vivió una calma chicha en torno del popular deporte. Pero todo el andamiaje estaba montado sobre una estructura de papel. Los contratos con los jugadores extranjeros no se registraban en el Banco de la República como lo exigía la ley, y sus montos se presentaban ante Coldeportes con cifras irrisorias. Los pases de los jugadores pertenecían a los socios de los clubes y no a las entidades deportivas. Nadie controlaba las verdaderas cifras de asistentes a los estadios. Los carteles de apostadores hicieron su aparición y se tejieron sombras de dudas sobre los resultados de los encuentros (ver recuadro).

Los dólares iban y venían, y en uno de los episodios más recordados apareció la famosa maleta de Fonseca, de propiedad de Gilberto Rodríguez Orejuela. Según el periódico La Vanguardia, de España, su contenido, 250.000 dólares, iba destinado a pagar un presunto soborno a los jugadores peruanos que perdieron 6-0 con Argentina en el Mundial de 1978.

Otra de las prácticas más perniciosas en el manejo de los clubes era la de intercambiar técnicos, prestar jugadores y compartir gerentes, lo que dejaba dudas sobre los resultados de los partidos que se jugaban entre los equipos que compartían la misma órbita administrativa. A tanto llegó el compadrazgo que un directivo de Independiente Santa Fe le dijo a SEMANA que cuando el equipo, dominado por los hermanos Arrizabaleta, de Buga, entregó a cinco de sus mejores jugadores (Balbis, Rincón, Cabrera, Niño, Angulo) al América, la operación ni siquiera le generó un sólo peso a las arcas del club bogotano. Toda la olla podrida del fútbol tuvo su válvula de escape en la final del campeonato de 1988. Tras un partido entre Nacional y América que culminó empatado a dos goles, hubo disparos de revólver, pedreas y casi una asonada. Días después hubo denuncias sobre el manejo arbitral en un encuentro entre Unión Magdalena contra el Quindío. Medellín amenazó con retirarse del campeonato y Millonarios denunció el robo de un partido frente al Cali. Pero la debacle vino luego del choque Quindío-Santa Fe, que se alargó inexplicablemente por más de l0 minutos hasta que el conjunto cardenal consiguió igualar el marcador.

Con posterioridad se produjo el secuestro de árbitro Armando Pérez, pero, al culminar el torneo rentado, la fiesta que organizó Millonarios al conseguir el título hizo olvidar los tragos amargos de días pasados. Sin embargo, el gobierno ordenó una investigación sobre los clubes de fútbol y la Superintendencia de Sociedades indagó sus libros de contabilidad, sus actas, sus balances y listados de socios. Cuando en enero de 1989 se conocieron los resultados de la indagación oficial, más de uno quedó perplejo: la exhaustiva pesquisa concluyó que uno que otro club no llevaba muy bien sus cuentas o no tenía al día su personería jurídica. El gobierno se quedó en lo formal, y el lío de fondo, el de los dineros calientes, no se tocó para nada.

Por esos mismos días apareció en Colombia un libro titulado Los amos del juego, que al probar las vinculaciones del narcotráfico con el fútbol obligó al gobierno a paralizar por cerca de un mes la iniciación del torneo profesional de 1989. Sin embargo, las medidas que se tomaron no fueron suficientes. Y la situación empeoró. En octubre fue asesinado en Medellín el árbitro Alvaro Ortega, minutos después de pitar un compromiso en la capital antioqueña. Este crimen fue atribuido por las autoridades al cartel de las apuestas. El campeonato se suspendió por segunda vez y ese año no hubo campeón.

A pesar de la gravedad del asunto, las medidas que se tomaron fueron paños de agua tibia. Desde ese momento los propietarios de los clubes entendieron que la crisis había tocado fondo y que era mejor irse por las buenas y sacar a flote el barco.

TODO IGUAL

Pero en medio de tan difíciles momentos, el Atlético Nacional se coronó campeón de la Copa Libertadores de América y se inició un rosario de triunfos que hizo olvidar el pasado tormentoso, al tiempo que los futbolistas colombianos comenzaron a sonar entre los más apetecidos del mundo. La Selección Colombia clasificó para el Mundial de Italia 90 y el esquema de juego de Maturana conquistó los corazones de medio mundo.

Fueron más de cuatro años de luna de miel que llevó a la empresa privada a invertir millonarias sumas de dinero para consolidar la imagen del fútbol colombiano en el exterior. La cresta de esta ola se logró con la clasificación a USA 94 adonde el equipo llegó como uno de los favoritos. Revistas tan prestantes como Sports lllustrated, Esquire y Newsweek le dedicaron carátulas e informes especiales al seleccionado criollo. Sin embargo, el encanto se rompió con la desastrosa actuación en Estados Unidos y con la sombra de que algo oscuro había pasado dentro de la Selección Colombia. Ese hecho y el vil asesinato de Andrés Escobar volvieron a poner sobre el tapete la necesidad de destapar de una vez por todas, la olla podrida del fútbol.

Porque la verdad es que hoy el fútbol está igual o peor que cuando se suspendió en 1989. Documentos públicos conseguidos por SEMANA demuestran, por ejemplo, que Miguel Rodríguez Orejuela, sus hermanas y José Santacruz Londoño siguen siendo los mayores accionistas del América de Cali (ver facsímil). El caso de Millonarios es similar.

De acuerdo con la última acta de la asamblea de socios, que reposa en la oficina jurídica de la Alcaldía Mayor de Bogotá, los mayores accionistas son los sucesores de Gonzalo Rodríguez Gacha, EdmerTamayo Marín y de Guillermo Gómez Melgarejo.

Todos estos antecedentes, revividos fundamentalmente por el escándalo que rodeó la eliminación de Colombia de la Copa Mundo, llevaron a los cuerpos investigativos del Estado a que, tan pronto regresara el equipo, fueran intervenidas las líneas telefónicas de los jugadores y el cuerpo técnico. Y los resultados no se hicieron esperar. Las sospechas se confirmaron. Pocas horas después de su llegada al país, varios jugadores se comunicaron con Miguel Rodríguez Orejuela. Las diálogos giraron en torno de lo que había acontecido en el interior del equipo durante la disputa del Mundial. Terminaron cuando 'Don Miguel' les ofreció generosamente un dinero para que pasaran bien sus días de vacaciones.

Pero eso no es lo más grave. Lo peor es que, según las autoridades, estas no son las primeras conversaciones de esta clase que interceptan. En noviembre del año pasado Francisco Maturana sostuvo una charla durante 45 minutos con Miguel Rodríguez. En ella ambos intercambiaron opiniones sobre el estado de corrupción del torneo interno; Maturana expresó su preocupación por su vida, la de su familia y la de sus caballos, y Rodríguez lo tranquilizó y le ofreció protección tanto para él como para la nómina del América cuando se desplazaran fuera de la capital del Valle del Cauca.

Paralelamente, en una llamada que el autodenominado grupo Muerte al cartel de Cali (Mucali) hizo hace poco a algunos medios de comunicación, y que fue transmitida al aire por el noticiero QAP el portavoz del grupo, quien se identificó como allegado a Pablo Escobar, dijo que son de tal magnitud las relaciones de la organización caleña con Maturana que el reloj Cartier que luce el técnico chocoano le fue regalado por los jefes del cartel de la capital vallecaucana.

Como quiera que sea, a estas alturas nadie tiene claro qué hacer con el fútbol profesional colombiano. Intervenir los clubes, expropiárselos a sus dueños, imponerles controles muy rigurosos, o crear una comisión judicial especial para investigar a fondo este deporte, son algunas de las alternativas que se barajan. De cualquier manera, lo único cierto del caso es que por causa del asesinato de Andrés Escobar, el país no permite que se le dé más largas al asunto. La gente cree que es hora de que el gobierno se lance al ataque y adopte acciones concretas.


HAGAN SUS APUESTAS

SEGUN LAS AUTORIDADES, las primeras apuestas hechas por personas vinculadas a los carteles de la droga, y en las que estaban en juego millones de dólares alrededor del fútbol, se realizaron en el Mundial de España 82. En ese entonces Gilberto Rodríguez Orejuela, quien presenció buena parte de los choques, y varios de sus acompañantes, apostaban no sólo al marcador final de los partidos sino a eventualidades como quién marcaba el primer gol, cuál iba a ser el tanteador al finalizar el primer tiempo, si iba o no a haber penaltis e incluso por cuál de las líneas iba a salir del terreno de juego el primer balón. Los organismos de inteligencia dicen que cada jugador colocaba 50 millones de pesos por apuesta, lo cual permite concluir que el valor apostado por partido era enorme.
A pesar de que para nadie es un secreto que varios colombianos apostaron grandes cantidades de dinero en torno de los partidos de la Selección Colombia en la Copa Mundo USA 94, resulta imposible saber con precisión el monto. Ningún organizador de apuestas, por ejemplo del estado de Nevada, se atreve a hacerlo porque incurriría en el delito de interstate gaming, lo cual le haría perder su licencia de miles de dólares.
Ser apostador no es una actitud extraña ni reciente en el país. De acuerdo con el cubano Rafael Acosta, quien fue vicepresidente para Latinoamérica de Summa Corporation, empresa que maneja el casino del Desert Inn en Las Vegas (Nevada, EE.UU.), "en Colombia puede haber tranquilamente 800 apostadores que van a Estados Unidos, donde juegan, al año, entre 15 y 20 millones de dólares no sólo en el Desert Inn, sino también en el Caesars Palace y el casino Mirage". Agrega que mientras se desempenó en esa posición logró copar con apostadores serios, casi cada puente festivo y con todos los gastos pagos, los vuelos de Eastern y American Airlines. "La gente, principalmente de Medellìn, Cali y Bogotá, fue siempre muy seria", dice.
Si de esta forma -que es absolutamente legal- promocionan sus ruletas y mesas de juego los casinos extranjeros, los nacionales no se quedan atrás. Varios centros de diversión de Cartagena invitan a sus apostadores preferidos a los hoteles de la ciudad, sólo con el fin de que se metan la mano al dril frente a la ruleta o las mesas de black-jack. Lo que demuestra cuánta plata se mueve alrededor de esta actividad.
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