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| 7/17/2010 12:00:00 AM

Peor, imposible

Con el último incidente, Chávez y Uribe terminan una relación de ocho años de peleas e insultos. Los resultados: comercio en picada, cero confianza y guerrilla en la frontera.

En la madrugada del jueves, Caracol Radio despertó a sus oyentes con la información de que el gobierno del presidente Álvaro Uribe exhibiría pruebas irrefutables de la presencia de comandantes de las Farc y el ELN en territorio venezolano. La noticia dejó a más de uno frío. No tanto por su contenido -es vox pópuli que varios jefes de la guerrilla se pasean como Pedro por su casa en Venezuela- sino por el momento escogido para hacer pública la evidencia.

El día anterior, el presidente Hugo Chávez había autorizado una reunión entre su ministro de Relaciones Exteriores, Nicolás Maduro, y la canciller designada María Ángela Holguín. Crecía la expectativa de que Chávez asistiría a la posesión de Juan Manuel Santos, otrora su más férreo crítico. Y Holguín había reiterado que su prioridad era lograr la normalización de las relaciones con los vecinos.

No hay que ser un experto en asuntos internacionales para anticipar que la denuncia colombiana contra el gobierno venezolano iba a alborotar el avispero y desencadenaría una reacción a todo volumen del régimen chavista. Había ocurrido en el pasado una y otra vez. Como un marido infiel, no hay nada que indigne más a Chávez que lo acusen de ser colaborador de la guerrilla. Menos de 24 horas después de la rueda de prensa del ministro de Defensa Gabriel Silva en la que se detalló la localización de los jefes de las Farc Iván Márquez, Rodrigo Granda, Timochenko y Grannobles, ya Venezuela había llamado a consultas a su embajador y Chávez había insultado a Uribe, a quien describió nuevamente como un "mafioso".

Uribe, mientras tanto, convocó una cumbre con la cúpula de las Fuerzas Armadas y sus ministros de Defensa y Relaciones Exteriores, para estudiar la reacción venezolana y preparar la respuesta. Esta fue leída a las cinco de la tarde por el secretario de prensa, César Mauricio Velásquez. En una carta a la OEA, el gobierno pidió la convocatoria urgente de una "sesión extraordinaria del Consejo Permanente para examinar la presencia de terroristas colombianos en territorio venezolano".

En un dos por tres, los planes del presidente electo Santos de arrancar su mandato con aguas calmadas en el vecindario quedaron relegados al cuarto de San Alejo de las buenas intenciones. Su gira de amistad por la región, que arranca el 21 en México, adquiere un trasfondo muy diferente, en el que la seguridad -y no el comercio y la inversión- dominará el cubrimiento mediático.

Aunque llevar el tema de las Farc y Venezuela a instancias internacionales genera aplausos en muchos sectores de opinión, no es ni el momento -en tres semanas hay cambio de gobierno en Colombia- ni la manera de hacerlo. El presidente Uribe es hoy lo que los gringos llaman un 'lame duck', un mandatario de un gobierno que está de salida. Su capacidad de influencia es mínima; sus contrapartes latinoamericanos están interesados en ganar puntos con el sucesor más que con él. Más aún cuando sienten que Santos y Holguín representan el regreso de la habitual diplomacia colombiana que prefiere el diálogo a la confrontación.

Si en abril de 2008 los gobiernos de la región no apoyaron a Colombia después del ataque al campamento de Raúl Reyes y la divulgación de los correos y documentos que comprometían al gobierno de Chávez, menos lo harán ahora. Ellos están acostumbrados a escuchar las legítimas denuncias colombianas e ignorarlas. Igual pasa con los rifirrafes entre los dos mandatarios. Prefieren la diplomacia de "apariencia y meliflua" que los embates histriónicos, como cuando Uribe le exigió a Chávez que fuera "un varón".

A la OEA, por tradición, no le gusta inmiscuirse en problemas entre dos de sus miembros; su filosofía es el consenso y no la pelea. Al pedir la sesión del Consejo Permanente para que revise el tema de los guerrilleros colombianos en territorio venezolano, Uribe expone al país al riesgo de una humillación diplomática. Porque mientras Venezuela tiene garantizada la defensa pública de sus amigos del Alba -Bolivia, Nicaragua y tal vez Ecuador-, Colombia solo puede contar con Estados Unidos, como siempre ha ocurrido en la era Uribe y que es precisamente lo que quiere cambiar Santos.

Tanto Chávez como Maduro buscaron resaltar la diferencia frente a Uribe y Santos. Incluso, aprovechando el papayazo, han acusado al Presidente colombiano de conspirar contra su ex ministro de Defensa, la vieja táctica de divide y vencerás.

En la reunión del jueves de los directores de los medios colombianos con el ministro de Defensa, este explicó por qué el Presidente quiso revivir el tema de las Farc en Venezuela. Según Silva, Uribe quería que quedara claro que el deterioro de las relaciones con el vecino país se debía a la falta de compromiso de Chávez en la lucha contra el terrorismo. Ya en días pasados el canciller Jaime Bermúdez había advertido lo mismo. En la lógica actual del gobierno, no es posible mantener relaciones normales con un país que permite la presencia de guerrilleros en su territorio.

Paradójicamente, de 2002 a 2007 esa fue la política de Uribe. Se aguantó la piedra y con excepción de la crisis por la captura de Granda en Caracas las relaciones entre Colombia y Venezuela fueron inmejorables para los negocios. Las exportaciones colombianas pasaron de 1.100 millones de dólares en 2002 a 6.000 millones en 2008. Se firmaron todo tipo de acuerdos de integración. Hasta Pdvsa construyó un gasoducto en La Guajira y Colombia se convirtió en exportador de gas a Venezuela.

La labor mediadora de Chávez por el intercambio humanitario y las revelaciones del computador de Raúl Reyes generaron un cambio en la relación entre los dos gobernantes. Cada uno se polarizó y encontró razones para incrementar su animadversión frente al otro. El resultado fue un colapso en el comercio entre los países; las exportaciones a mayo de 2010 apenas sumaron 650 millones de dólares. Y la guerrilla, como lo señaló la misma Casa de Nariño, sigue allí, refugiándose del otro lado de la frontera.

Es evidente que la diplomacia del micrófono, tan de moda en estos últimos años, no funciona. Esa parece ser la conclusión a la que han llegado el Presidente electo y su Canciller. Quieren imponer de nuevo el pragmatismo del pasado que dio tantos resultados cuando Holguín era embajadora en Caracas en los primeros años de la administración Uribe.

Sería más fácil si el actual ocupante de la Casa de Nariño les facilitara las cosas. En Estados Unidos, el Presidente saliente se cuida siempre de tener al tanto a su sucesor de hechos que podrían afectar la seguridad nacional. Lo hizo George W. Bush con Obama en la crisis financiera mundial, y lo hizo Bush papá en 1992 cuando consultó con Bill Clinton el envío de tropas a Somalia.
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