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| 7/30/2005 12:00:00 AM

Pequeño gigante

Después de una espectacular embajada en Washington, Luis Alberto Moreno conquista una de las posiciones más poderosas de América Latina

Para llegar a la presidencia del BID, el cargo más importante que ha ocupado un colombiano en el sistema financiero internacional, Luis Alberto Moreno tuvo que echar mano de una carta valiosa, escasa y apetecida: el conocimiento en materia de campañas. Moreno hizo pinitos en la materia desde 1986 en la candidatura de Álvaro Gómez, dirigió la de Rodrigo Lloreda en 1990 y fue el estratega de las campañas de Andrés Pastrana a la Alcaldía de Bogotá, al Senado y a la Presidencia. Ahora fue el arquitecto de su propia cruzada.

No era fácil. La reciente competencia por la secretaría general de la OEA había dejado la impresión de que los vientos de izquierda que soplan en el continente no serían los más apropiados para la opción de alguien como Moreno, percibido como muy cercano a Estados Unidos y respaldado por Álvaro Uribe, el principal aliado de la antipática política de George W. Bush en la región.

La presidencia del BID, además, se juega en escenarios más técnicos, en los que influyen más los ministros de Hacienda, los banqueros y los economistas, entre quienes los rivales del actual embajador de Colombia en Washington intentaron infundir la tesis de que el sucesor de Enrique Iglesias debía tener una gran hoja de vida en el sector financiero. Y los dos competidores que llegaron hasta el final tenían más trayectoria en el sector: el brasileño Joao Sayad es actualmente vicepresidente del BID, y el peruano Pedro Pablo Kuczynski ha sido dos veces ministro de Hacienda. Incluso otros que tiraron la toalla antes, como el nicaragüense Mario Alonso y el venezolano José Alejandro Rojas, habían ocupado cargos como la presidencia del banco central o el ministerio de Finanzas de sus países.

Moreno fue el cerebro de su propia campaña. Una estrategia sofisticada y paciente, que no estuvo exenta de errores y que por momentos necesitó de mucha humildad para ir en busca de votos esquivos. El plan tuvo tres elementos clave: consolidar de entrada el apoyo de Estados Unidos, pero no hacerlo público para evitar una reacción unificada de los gobiernos izquierdistas del Cono Sur, que podrían reunirse en torno a la candidatura del brasileño Sayad. Había que 'desagringar' a Moreno. En segundo lugar, ampliar el debate a las cancillerías y evitar que la elección se limitara al criterio tecnocrático de los ministros de Hacienda, donde Moreno era menos conocido. "Normalmente, esta elección debía ser 75 por ciento técnica y 25 por ciento política, pero se convirtió en 50 y 50", según un diplomático que estuvo presente en la elección. Y finalmente, puesto que un grupo de los grandes países del continente -Brasil, Argentina, Chile y Venezuela- de entrada se inclinaba por otros candidatos, había que hacer un trabajo al detal para romper bloques subregionales y ganar, uno a uno, los votos de países pequeños.

Moreno comenzó a acariciar la idea de lanzarse en febrero de 2004, cuando empezaron a circular rumores sobre el retiro de Iglesias, quien empezaba a sonar para el cargo de la secretaría permanente de las cumbres iberoamericanas. El embajador le mencionó la idea al ex presidente César Gaviria, a quien le pareció viable y conveniente, y, un mes después, a quien se convertiría en un entusiasta jefe de debate: Álvaro Uribe. El gran activo para la candidatura, concluyeron el Presidente y su embajador en Washington, se podía convertir a la vez en su mayor debilidad: el apoyo de Estados Unidos, que consideraban como seguro gracias a la excelente reputación que tiene Moreno en los altos círculos del poder estadounidense, y a los históricos niveles de cooperación que existen entre los dos gobiernos. El embajador hizo un sondeo rápido pero franco con John Taylor, el segundo del Departamento de Tesoro, quien le dijo que una eventual candidatura sería analizada con atención por su gobierno. En la visita del presidente Bush a Cartagena, en diciembre pasado, cuando Uribe le pidió el apoyo a Moreno, su colega estadounidense le respondió: "Va a perder al mejor embajador, pero ganaríamos un buen presidente para el BID".

Pero esta primera pieza no fue tan fácil de lograr. Mientras en el Departamento de Estado rápidamente acogieron con simpatía la aspiración colombiana, en el del Tesoro consideraban que era mejor esperar que otros países destaparan sus cartas y que se debía buscar un aspirante con mayor trayectoria en el sector financiero. Se anticipaba que se podrían lanzar el actual ministro de Finanzas de México, Francisco Gil, o el ex canciller Ángel Gurría, e incluso el presidente de Perú, Alejandro Toledo, PhD en economía. La disputa la definió el jefe máximo: el presidente Bush, quien cuando fue consultado, dijo en forma tajante: "Que Show (secretario del Tesoro) lo tenga claro: estamos con Colombia". Lo mismo le dijo al presidente mexicano Vicente Fox en la reunión del G-8 en Escocia, tres semanas antes de la elección.

México fue el segundo eslabón. Allí se presentó una agria disputa entre los ministros de Hacienda y Relaciones Exteriores. El primero alcanzó a sacar un comunicado que descalificaba a Moreno en términos descorteses y tajantes, por su escasa trayectoria bancaria. Este fue el punto más crítico del proceso. "El único momento en que creímos que perdíamos", dice Bernardo Ortiz, segundo de Moreno en la embajada en Washington. Algunos amigos alcanzaron a mencionar que había que diseñar una estrategia para una salida digna. Pero Fox, igual que Bush, apoyó a su canciller. Estados Unidos y México eran claves, por la influencia que ejercen en Centroamérica y el Caribe, porque para triunfar se necesitaba cuadrar dos mayorías diferentes: la del capital -donde los países votan en forma calificada según sus aportes, y el Tío Sam controla el 30 por ciento- y la mayoría absoluta de los 28 países de Latinoamérica, es decir, 15. Con el compromiso de los dos grandes del norte, y muy pocas posibilidades de convencer a los grandes del sur, el gobierno colombiano salió en busca de los países pequeños.

El presidente Uribe se entregó con todo a la causa. Llamó a todos sus colegas, a algunos varias veces. Y aprovechó los encuentros multilaterales que se llevaron a cabo durante el mes y medio que duró la campaña: uno en Costa Rica, con los centroamericanos, y otro en Lima, con los andinos. La dedicación de Uribe fue tal, que algunos de sus colaboradores se sorprendieron un mediodía en que, en medio de un almuerzo de trabajo, un edecán le pasó un papel que decía que el presidente Fox, a quien buscaba para cerrar el compromiso de México, no podía pasar al teléfono en ese instante, porque estaba ocupado. "Insístale dentro de media hora, dijo Uribe, porque yo para esto no estoy ocupado". En el encuentro presidencial de Lima, el Presidente se encontró con la desafortunada sorpresa de que dos colegas cancelaron su asistencia a última hora. Entonces tomó dos papelitos, y de su puño y letra escribió dos mensajes que les envió a los ausentes con sus respectivos cancilleres: "Excelentísimo señor Presidente -decían las misivas- espero poder hablar pronto con usted sobre el apoyo a Colombia para el BID".

El vicepresidente Francisco Santos y la canciller Barco se sumaron a la campaña. El equipo visitó 18 países en un mes. La cacería voto a voto fue necesaria para reparar el daño que había causado una temprana comunicación de la cancillería, en noviembre pasado, que solicitaba el apoyo para Moreno antes de formalizarse el retiro de Enrique Iglesias. En uno de los viajes, en la isla caribeña de Santa Lucía, donde se llevaba a cabo una reunión del Caricom, la delegación no fue recibida. En otra, en Washington, Moreno tuvo que someterse en la embajada de Alemania -país que participa en la votación del capital- a un intenso examen, como de colegio. "Al final, estas demostraciones de humildad rindieron sus frutos", dice Bernardo Ortiz. Cuando a punta de obtener apoyos por cuentagotas en el Caribe las cuentas llegaron a 13 ó 14, Moreno se sintió seguro. Faltaban uno o dos votos, que se consiguieron -y superaron en cinco más- por las gestiones que hizo Estados Unidos, con llamadas a los gobiernos más amigos del Caribe. Y que contrarrestaron el esfuerzo de última hora del presidente venezolano Hugo Chávez, quien lanzó a José Alejandro Rojas con la esperanza de bloquear a Moreno y obligar a la búsqueda de un tercer aspirante.

En el fin de semana anterior a la elección las cuentas ya estaba completas. La polarización entre amigos y enemigos de Estados Unidos se había evitado. Entre otras cosas, porque no es lo mismo una competencia por un organismo político, como la OEA, que la presidencia de un banco, donde se juegan fondos y créditos y donde, por consiguiente, la ideología pesa menos que la necesidad de tener buenas relaciones con quien va a liderar la entidad. El presidente Uribe como jefe de debate, además, dedicado a la causa con alma, vida y sombrero, era un peso pesado frente al funcionario de segundo nivel que el emproblemado gobierno de Lula, enfrentando el escándalo de corrupción que golpeó a su partido, el PT, encargó de la campaña de Sayad: José Carlos Rocha Miranda, secretario de Integración en el Ministerio de Planeación. La famosa y poderosa Itamaraty, la cancillería brasileña, durante estos días estaba concentrada en buscar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU en la reforma que está a punto de concretarse. Al final, Moreno ganó en primera vuelta, con 56 por ciento del capital y 20 votos de la región.

Con el panorama anterior, el embajador se fue de retiros a California, en los días previos a la elección, a un lugar llamado Bohemian Grove. Allí, en el mes de julio, se reúne un exclusivo grupo de solo hombres, desde actores reconocidos hasta grandes políticos conservadores, incomunicados, sin teléfonos ni celulares, a dedicarse a actividades lúdicas como la lectura de poesía. Todos los esfuerzos posibles se habían agotado y los votos necesarios estaban en el bolsillo, con lo cual quedaba espacio para que el último aliento se pusiera en manos de una de las aficiones más intensas y menos conocidas del próximo presidente del BID y de su esposa, Gabriela Febres-Cordero: el esoterismo. Las demás cartas ya estaban jugadas, y eran más que suficientes para ganar.

Una gestión innovadora

Aunque la hoja de vida de Luis Alberto Moreno es extensa -en el sector privado, en la presidencia del IFI y en el Ministerio de Desarrollo-, su llegada al BID se debe, fundamentalmente, a que su gestión como embajador de Colombia en Estados Unidos es ampliamente considerada como un éxito. Es la primera vez que un representante de Colombia ante la Casa Blanca permanece en el cargo durante siete años y llega a ser ampliamente conocido en las diversas entidades del gobierno y del Congreso, e incluso entre los principales medios de comunicación, ONG y centros académicos.



La gestión de Moreno en Washington se caracteriza por una gran cantidad de 'primeras veces'. Para empezar, nunca antes un gobierno había nombrado un embajador dándole más importancia a las necesidades del país sede que a la política interna de Colombia. En la tradición figura una larga lista de grandes políticos que no hablaban inglés, limitaban sus contactos al Departamento de Estado y desde la oficina de Dupont Circle diseñaron sus aterrizajes para alcanzar la presidencia. Enrique Olaya Herrera, Julio César Turbay Ayala y Virgilio Barco Vargas son los más notorios exponentes de esta historia. El enviado a Washington tenía más importancia para la política interna, que para la diplomacia externa.

Luis Alberto Moreno, en cambio, es un gran conocedor de la capital estadounidense, donde nació, aunque sólo vivió allí unos pocos meses. Sus estudios de administración de empresas, en pregrado y posgrado, los hizo en universidades de ese país. Conoce su historia, tradiciones y cultura. Cuando Andrés Pastrana fue elegido Presidente, en 1998, nombró a Moreno como embajador, con la misión de restaurar las relaciones maltrechas que había dejado el gobierno de Ernesto Samper, después de la crisis bilateral desatada por el proceso 8.000 y la financiación de la campaña presidencial con dinero del cartel de Cali, que llegó incluso al retiro de la visa del Presidente de la República para entrar a Estados Unidos. Paradójicamente, la participación de Moreno en la campaña presidencial de ese año no había sido tan intensa como en todas las demás de la carrera política de Andrés Pastrana. Incluso había una cierta distancia entre los dos.

Pero Pastrana consideró que Moreno era la persona para aprovechar la oportunidad que existía para normalizar las relaciones. Como ninguno de sus antecesores, Luis Alberto Moreno trabajó con los distintos poderes que intervienen en la definición de la política exterior y no se limitó a los contactos tradicionales de la diplomacia. En particular, se dedicó al Congreso, donde el gobierno de Bill Clinton no tenía mayorías. Llegó a ser amigo personal del Presidente -quien visitó a Colombia y literalmente se enamoró del país- a quien convenció de que el Plan Colombia, por la responsabilidad y la magnitud de los recursos que implicaba, necesitaba de un apoyo bipartidista. Y se dedicó a explicarles la situación colombiana a senadores y representantes de ambos partidos. Por primera vez en muchos años, el gobierno y el Congreso aceptaron aumentar los recursos de ayuda hacia Colombia, que alcanzaron niveles históricos y se convirtió en el tercer receptor, después de Egipto e Israel. Y también por primera vez en muchos años, estos recursos no se destinaron a la Policía y a la lucha contra las drogas, sino al Ejército y al combate de la guerrilla. Moreno también desempeñó un papel importante en la renovación de las preferencias arancelarias para el comercio -el Atpdea- y en la apertura de negociaciones para un Tratado de Libre Comercio.

El estratégico balance de 'primeras veces' en la relación bilateral entre Estados Unidos y Colombia necesitó de dos relevos entre rivales políticos, que no eran fáciles y que Moreno tuvo que manejar con guantes de seda: el de Clinton a Bush y el de Pastrana a Uribe. Pasar estas antorchas era complejo, porque significaba cambiar conceptos tan distintos como el del proceso de paz de Pastrana por el del combate contra las Farc de Uribe.

Moreno no conocía bien a Álvaro Uribe. Había seguido su trayectoria en el Senado y en la gobernación de Antioquia, y en la Universidad de Harvard, pero se vinieron a encontrar en Washington. En plena campaña, pero todavía muy abajo en las encuestas, Uribe viajó a Estados Unidos y el embajador le preparó la misma agenda que les había diseñado a los demás candidatos. En alguna conversación, Moreno le aconsejó que fuera preparando a alguien de su equipo que se dedicara a hacerles seguimiento a las relaciones bilaterales. "Ya lo tengo -le contestó Uribe-: es usted". Lo que en un principio podía parecer un chiste se fue volviendo realidad en la medida en que se acercaban las elecciones, las encuestas anticipaban el resultado y la popularidad del candidato crecía en forma paralela a su relación personal con el embajador Moreno. Al día siguiente de la elección, en una entrevista radial con Julio Sánchez Cristo, el Presidente electo no necesitó consultarle a este último para anunciar -en lo que se convirtió en su primer nombramiento- que continuaría en la embajada.

Con su llegada a la presidencia del BID, este hombre pequeño se ha convertido en un gigante. Y no sólo por la codiciada posición que ocupará, sino por la posibilidad de buscarle al banco una nueva dirección, lo cual implica repensar un modelo de desarrollo para el continente. Un reto descomunal. Que obligará a superar otros, como sanar las heridas con los grandes del continente que no lo acompañaron en su elección: Brasil, Argentina, Chile y Venezuela.



La posición que desempeñará Moreno a partir del primero de octubre es tan importante, que sólo ha habido tres presidentes en la historia. Ninguno se ha limitado a un período de cinco años. Si el actual embajador en Washington tiene éxito, otra vez, en su gestión, seguramente logrará ser reelegido. A menos que decida volver a Colombia y buscar la Presidencia de la República, una opción que muchas veces se mencionó, pero que sólo ahora se vuelve posible. De ese tamaño es el salto que acaba de pegar Moreno. Gustavo Canal, un amigo de toda la vida, dice que "Luis Alberto era un empresario que se ha ido encontrando con vocación pública". Y aunque es raro que alguien que decide trabajar en el exterior gane puntos en el interior, esa fórmula se podría volver factible en la era de la globalización. Sobre todo para alguien que tiene una larga trayectoria en hacer las cosas 'por primera vez'.
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