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| 10/13/2002 12:00:00 AM

Perdón para el futuro

Un nuevo libro plantea la necesidad de que los colombianos ventilen la idea de una Comisión de la Verdad como paso hacia la paz. SEMANA habló con su autora.

Natalia Springer, una politóloga de la Universidad de los Andes, se contagió del interés por las comisiones de la verdad de la mano de uno de sus maestros, Jesús Antonio Bejarano. Después del asesinato de éste, ella asumió el tema y se dedicó de lleno a estudiarlo con el propósito de crear una comisión de este tipo en Colombia. Su persistencia se vio recompensada cuando llegó al Instituto de Derecho y Sociedad de la Universidad de Lovaina, donde trabajan los expertos que diseñaron la Comisión de la Verdad de Suráfrica. Pero llegar no significaba que sus ideas fueran acogidas de inmediato.

Un día, cansada de que la caramelearan, se metió a la oficina de Stephan Parmentier, su jefe, y le exigió que le diera tiempo para presentar su propuesta ante los expertos del Instituto. Parmentier le dio 20 minutos que, el día de la presentación, se volvieron tres horas. Ahí nació el proyecto 'Sobre la verdad en los tiempos del miedo, del establecimiento de una Comisión de la Verdad en Colombia y los desafíos para la justicia restaurativa'. El trabajo de Natalia fue publicado en diciembre del año pasado en Europa y premiado por la Academia de Ciencias de Austria. Este mes el libro apareció en Colombia con la idea de comenzar a ventilar la idea en el país. SEMANA conversó con su autora antes de su regreso al Viejo Continente, donde también es consultora independiente de la Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados.

SEMANA: ¿Qué es una Comisión de la Verdad?

Natalia Springer: Es un mecanismo establecido mediante un acto oficial de Estado. Es un grupo independiente que se dedica a investigar actos como tortura, masacres, violaciones masivas de los derechos humanos por causas políticas.

SEMANA: ¿Para qué hablar de una Comisión de la Verdad en un país como Colombia, donde el conflicto no ha terminado aún?

N.S.: La Comisión sería un precursor para la transformación social de la comunidad. Sería una manera de desentrabar el conflicto en el país, donde las partes se echan las culpas unas a otras y nadie quiere aceptar ninguna responsabilidad. Hay que empezar a discutir sobre este tema, madurarlo, pensarlo, acomodarlo a las circunstancias colombianas. Ahora mismo que no tenemos las restricciones de un proceso de paz, en el que muchos cálculos racionales y políticas van a terminar descabezando ideas como esta.

SEMANA: ¿La Comisión no podría ser vista por alguno de los actores armados como un obstáculo para una amnistía en caso de un proceso de paz?

N.S.: Es muy difícil, sobre todo en este momento, aplicar una amnistía total sobre todos los crímenes. No se puede fundar la paz sobre la base del olvido y el desprecio de las víctimas. No es cierto que la amnistía sea el precio que hay que pagar por la paz. Eso es un sofisma de distracción.

SEMANA: ¿La Comisión de la Verdad interfiere con la justicia penal?

N.S.: La Comisión es un mecanismo temporal y complementario al sistema penal de justicia. No reemplaza al sistema penal ni pretende reformarlo sino complementarlo y empoderarlo.

SEMANA: ¿Qué gana un país, un Estado y una sociedad con una Comisión de la Verdad?

N.S.: Lo mínimo es el reconocimiento de las víctimas. Estas se sienten atrapadas entre la culpa, la vergüenza, la impotencia, el abandono, el desespero. Cuando los reconoces y validas su dolor, estás sin duda reparándolos. La historia en el caso colombiano es fundamental porque es la que ha generado una cantidad de respuestas circulares en las que el uno le echa la culpa al otro y ninguno se quiere hacer responsable de lo que sucedió. La memoria es el patrimonio de la Nación y el principio para evitar que la barbarie se repita en el futuro. También reforzaría y empoderaría el sistema de justicia y relegitimaría el Estado.

SEMANA: ¿Se podría decir entonces que la Comisión de la Verdad permitiría una especie de catarsis social?

N.S.: La catarsis que produce es increíble. Sería una gran catarsis liberarse del miedo, el hablar, porque eso empodera a las víctimas. Sería la primera vez que la sociedad se siente capaz de hacer algo que va a transformarla en realidad.
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