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| 7/9/2011 12:00:00 AM

"Perdón"

El presidente fue a El Salado a pedir perdón y a anunciar que ese corregimiento se convertirá en el plan piloto de restitución de tierras. La alianza del sector privado, las fundaciones y el gobierno da sus primeros frutos.

El Salado, ese pequeño pueblo enclavado en los Montes de María, cuyo nombre recuerda la masacre, el desplazamiento y el despojo, se convirtió el viernes pasado en un laboratorio del posconflicto. En un hecho histórico, el presidente Juan Manuel Santos les pidió perdón a los sobrevivientes de ese caserío, que sufrió una brutal matanza en el año 2000. "Les pido perdón a nombre del Estado y la sociedad. Esas masacres nunca debieron suceder", dijo. Este gesto simbólico de reconocimiento a las víctimas demuestra que más allá de la restitución de tierras y de todo el esfuerzo de reparación económica, la Ley de Víctimas se puede convertir en un instrumento para cerrar heridas y empezar a escribir una nueva historia: la de la reconciliación.

Santos hizo también el anuncio de que El Salado se convertirá en el plan piloto de restitución de tierras y aplicación de la Ley de Víctimas, y que en ese propósito el gobierno tendrá el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). De hecho, en el evento del viernes, el gobierno estaba haciendo la entrega final de un proyecto de tierras a 67 familias de ese corregimiento y los subsidios para que las pongan a producir, como parte de la reparación colectiva que está en curso allí. Pero sin duda, el gobierno también ha observado con interés el compromiso de la empresa privada en la reconstrucción del pueblo y sus alternativas de vida.

Hace dos años se inició al mismo tiempo un proceso de reparación colectiva, liderado por la  Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) -para que la población de El Salado pudiera retornar con garantías- y un experimento social prácticamente sin antecedentes.

Un grupo de empresas privadas en una alianza liderada por Fundación SEMANA, en una constante interacción y colaboración con las instituciones del gobierno y la cooperación internacional, se pusieron como meta reconstruir el pueblo. La idea es que con la comunidad como protagonista, tanto el sector privado como el público inviertan los recursos necesarios para que en cinco años El Salado vuelva a ser el pueblo próspero que fue antes de que los grupos armados lo arrasaran.

Ha sido un proceso largo y difícil que aún está lejos de concluir, pero que ya tiene muchos logros en camino: la construcción del alcantarillado, una obra de la que carecen incluso municipios como Carmen de Bolívar; el diseño y la construcción de una Casa de la Cultura como eje de la vida comunitaria y que tiene el apoyo de varias empresas; la llegada de una ambulancia, un médico y un odontólogo, así como la reconstrucción del centro de salud y el apoyo a los colegios y escuelas con varios programas. Y, por supuesto, los proyectos productivos, en cuya supervivencia y sostenibilidad será clave el sector privado.

No obstante, los saladeros demandan sobre todo -y el presidente lo reconoció así- que les restituyan las tierras. Como se sabe, en los Montes de María hubo desde 2008 una compra masiva de fincas de tal magnitud que no hay tierras para devolverles a los campesinos. Incluso, para el proyecto que el Incoder les entregó el viernes a los de El Salado hubo que comprar predios hasta por cinco veces el valor que costaron tres años atrás. Eso muestra la magnitud del reto que tiene el gobierno y las dificultades que tendrá que enfrentar. Falta de información en el catastro, conflictos con títulos, amenazas y violencia, por un lado, y atraso en obras como la carretera, y la falta de mercados, por otro. Por eso el propio Santos se encargó de matizar las expectativas y de resaltar que los obstáculos no faltarán.

Tanto el perdón que pidió Santos, como la promesa de hacer de El Salado un piloto de la restitución, no solo son intrínsecamente un acto de justicia sino un reconocimiento a una comunidad que ha demostrado valentía y empuje desde que, en 2002, retornó a su pueblo contra viento y marea. Una comunidad que sabe producir y que, como muestra de su labor y también seguramente como gesto de reconciliación, le regaló al presidente un tabaco, una manilla artesanal y un pote de miel. Un pueblo lleno de niños y jóvenes que no quieren quedarse atrás de la promesa de prosperidad que ha hecho este gobierno. Y que quieren permanecer en El Salado para cosechar algo diferente a la violencia y el odio que les tocaron a sus padres.
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