Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/06/12 00:00

Pesca milagrosa

Más de medio centenar de niños arriesgan a diario sus vidas por ganarse algunos pesos de la venta de la madera que sacan del río Magdalena.

Ni el inclemente sol ni el río enfurecido intimida a un grupo de niños que buscan su sustento recogiendo la madera que trae el Magdalena. Pese a que ya se han ahogado algunos, las autoridades dicen desconocer lo que está sucediendo.

Mientras la mayoría de los niños de Honda, Tolima, van al colegio y hacen tareas, varios pequeños de los barrios Pachomario y Panchigua, a orillas del río Magdalena, comienzan la jornada con la que ayudan al sustento de sus familias. Ellos desafían las turbulentas aguas y arriesgando sus vidas, sacan los palos que bajan arrastrados por la corriente, para venderlos como leña. Esta rutina empieza a las 6 de la mañana y a veces se prolonga hasta las 10 de la noche.

Sin ningún temor, se arrojan como si fuera un juego a las embravecidas aguas, especialmente cuando ha llovido, "porque el agua trae más madera". Para sacar la más liviana utilizan un 'garabato', una especie de caña fabricada por ellos mismos, con un nylon y horquetas de guayabo. La arrojan al estilo de los pescadores y arrastran los palos hacia la orilla. Pero si se trata de trozos de madera pesados, los niños se lanzan y compiten a brazadas en una carrera por atraparlos. "Entre todos nos ayudamos", dice Jerson, un niño de 9 años, quien diariamente le lleva a su mamá lo que se gana. "Yo vendo 30 palos en 1.000 ó 2.000 pesos. En el día a veces me hago hasta 10 mil... eso depende", dice.

En estos barrios viven unas 50 familias, cada una con un promedio de cinco hijos. De estos, según cálculos de los vecinos, unos 40 niños se dedican a recoger madera en el río. Sin embargo los fines de semana esta cifra aumenta pues vienen pequeños de poblaciones cercanas como Mariquita, Lérida y hasta de Puerto Bogotá, en Cundinamarca. Según dijo a SEMANA la comisaria de Familia, Thermutis Hernández, en el último censo realizado a inicios de este año se encontró que en Honda hay 75 niños trabajadores, aunque aclaró que no se pudo hacer el conteo completo porque algunos menores huyeron al creer que los iban a llevar al Bienestar Familiar.

El riesgo de esta actividad es alto. En Pachomario se asegura que en los dos últimos años se han ahogado cuatro menores que intentaban pescar madera. Pero las autoridades del pueblo dicen que esto no ha sido así y que los pocos casos de ahogados, se relacionan con niños que no estaban trabajando, sino jugando o bañándose.

El fruto de la peculiar 'pesca' es vendido entre los vecinos pobres de estos barrios que aún cocinan con leña. Cuando la clientela está mala los venden en las plazas de mercado. Para entregarlos, primero deben arreglarlos, "se saca el palo, se pone a secar al sol, se pica con un hacha o un machete y cuando está el montón, ahí sí se negocia", dice un pequeño de 12 años a quien sus amigos apodan 'Sopapudo'. Dejó de estudiar para dedicarse por entero a esta pesca peligrosa y así ayudarle a su mamá a sostener a sus siete hermanos.

Doña Eulalia, la abuela de un niño de 6 años, a quien le dicen 'Garrotillo', se preocupa porque su nieto se lanza al agua en Los Chorros, un sitio donde el río baja con más fuerza. Otros, en cambio, aseguran que no es tan riesgoso como parece pues los niños "le conocen las mañas al río". Por eso ellos mismos los mandan a la pesca y sólo se acercan a vigilarlos para ver cuánta madera han sacado. Aseguran que son muy pobres y necesitan el dinero.

Pero no es sólo el peligro de ser arrastrados y ahogarse al que se enfrentan estos niños. Los dueños de algunos restaurantes de la zona señalan que el sector es inseguro, especialmente en las noches, cuando es posible que los menores sean abusados o utilizados para vender droga.

Según la coordinadora zonal del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Edilma González Echeverri, se han realizado visitas a estas familias para hacer conscientes a los padres de que deben incitar a sus hijos a estudiar pues con frecuencia abandonan el colegio. Aún así reconoce la encrucijada en que viven estas familias pues también necesitan del dinero que consiguen los niños con su trabajo. Sobre los niños de Pachomario y Panchigua, asegura que "no tenía ni idea de que los palos que cogían eran para venderlos".

Así, sin protección alguna, en medio de risas y juegos los niños de estos barrios pasan sus días esperando que las cosas mejoren y que el río Magdalena traiga una nueva 'subienda de madera' para sobrevivir.

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