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| 9/3/2016 12:00:00 AM

Plebiscito: polarización entre “fachos” y “castro-chavistas”

La división en torno al Sí y al No distancia a las familias, envenena el lenguaje y dificulta que la gente entienda lo que está en juego. No se ve salida posible.

Al terminar la junta directiva de una empresa en Bogotá, la semana pasada, y ya en el punto de “varios” en el que se habla de todo, uno de los miembros expresó su preocupación por la pugnaz división que hay en el seno de su familia en torno al plebiscito. La sorpresa fue mayor cuando se supo que de todos los que estaban sentados a la mesa, solo uno tenía una familia en la que todos los mayores de edad van a votar de la misma forma. Otro confesó que en la suya habían llegado al único acuerdo posible en el momento: no volver a encontrarse sino hasta el 3 de octubre, después del plebiscito.

El país vive una polarización que casi no tiene antecedentes. Algunos consideran que se parece, si acaso, a la que produjo el Proceso 8.000 durante el gobierno de Ernesto Samper en los años noventa. Pero lo que se inició como un pulso belicoso pero personal entre el presidente Juan Manuel Santos y su antecesor, Álvaro Uribe, ya se ha expandido a miles –o millones– de hogares. La tradición colombiana según la cual ‘familia que vota unida permanece unida’ es cosa del pasado. Y lo contrario está a la orden del día: peleas intrafamiliares, discusiones de alto tono, insultos. En más de un edificio del norte de Bogotá las ventanas hacia la calle se han convertido en escenario para poner afiches por el Sí o por el No, con la intención de invisibilizar el del vecino. En el ámbito de la vida cotidiana los debates de altura sobre el plebiscito son prácticamente inexistentes.

La mayoría de los ingredientes del entorno político alimentan la pelea. La naturaleza del plebiscito es polarizante en la medida en que solo les deja a los votantes una opción, antagónica con la otra, que deben acoger. En las cátedras de ciencia política se enseña que las elecciones, en general, y las consultas –plebiscitos o referendos–, en particular, son un mecanismo para resolver situaciones de polarización, porque construyen decisiones mayoritarias que son de obligatorio cumplimiento para las minorías. Pero eso no parece estar pasando en Colombia.

Por el contrario, las campañas por el Sí y por el No están profundizando la grieta que divide al país. Más aún, con el agravante de que la aprobación o rechazo al acuerdo firmado entre el gobierno y las Farc lleva consigo sentimientos muy entrañables. Hay sectores que odian a la guerrilla por sus acciones violentas. Otros consideran que quienes se oponen a la paz solo tienen, en el fondo, intereses egoístas que están dispuestos a defender a costa del bienestar de las mayorías. Y en el trasfondo aparece la cada vez más agria disputa entre Santos y Uribe, los dos exaliados que han llegado más lejos que nadie en términos de dejar que broten sus antipatías mutuas en forma pública.

El lenguaje es una de las primeras víctimas de la confrontación política. Los ciudadanos están desconcertados ante la necesidad de leer 297 páginas farragosas y escuchar campañas por el Sí y por el No que, más que buscar argumentos para convencer a los votantes, incurren en exageraciones e hipérboles de todo tipo para descalificar a los de la otra orilla. Hablar de paz (ante un acuerdo firmado para terminar una guerra) se descalifica por una supuesta asociación del término con una simpatía al presidente Santos, o a su gobierno.

En el otro lado está erradicado el vocablo impunidad (que, en una forma u otra, siempre hay en los procesos de paz) porque suena a darle la razón a Álvaro Uribe. Se podrían dar ejemplos por decenas. En esto de rebautizar las palabras y contaminarlas con una fuerte carga ideológica hay pecados en todos lados, pero el expresidente Álvaro Uribe posee un talento superior para acorralar a sus rivales con innovaciones verbales: el castro-chavismo de Santos, el despojo de Nicaragua, el terrorismo de ‘la Far’, etcétera.

Pero no se trata de una competencia entre los dirigentes por hablar más duro o por lograr el mayor nivel posible de ofensa en sus insultos a la contraparte. No es solo eso. La polarización está también en la gente común y corriente. A ciudadanos que, de paso, ahora cuentan con mecanismos de expresión poderosos y masivos: las redes sociales. El límite de caracteres de Twitter –140– controla el número de palabras pero no el nivel de agresividad. La posibilidad de publicar imágenes y el acceso fácil a herramientas de edición disponibles en cualquier teléfono inteligente permiten poner a un líder de opinión con un mensaje totalmente opuesto al que defiende. Antanas Mockus, exalcalde de Bogotá que defiende los acuerdos de La Habana, apareció en las redes sosteniendo una pancarta pidiendo el voto por el No. El senador Everth Bustamante, exmiembro del M-19 y actualmente senador del Centro Democrático, apareció delante del Capitolio con un afiche en las manos (“No me trago este sapo”) copiado de otra foto. El viejo truco de echar a andar versiones para generar reacciones en favor o en contra de una causa tiene un terreno perfectamente fértil en las redes sociales.

La batalla por las palabras no es la única dimensión de la polarización que caracteriza a la Colombia de 2016. Más que expresiones, hay sentimientos. La guerra y la política despiertan pasiones y un acuerdo de paz tiene que ver con ambas. Con el conflicto que se termina y con el ingreso de los exguerrilleros a la arena proselitista. Alejandra Fierro, una experta que ha estudiado las emociones políticas en el país, considera que la coyuntura tiene razones para generar emociones nuevas. Suele ocurrir en los momentos de cambio. Y algunas de ellas son positivas pero otras son negativas, en términos de sus efectos para sacar adelante proyectos sociales.

Un acuerdo de paz implica un cambio de escenario, con actores nuevos, con escenarios desconocidos, y de allí surgen emociones de diversa naturaleza. Y esto aplica tanto a un ciudadano que de la noche a la mañana se encontrará guerrilleros en la televisión, en un parque o en un restaurante, como a un miembro de las Farc que de un momento a otro deja las armas para entrar en una vida totalmente desconocida. Eso produce miedo, por la incertidumbre, pero también confianza, en la medida en que los riesgos percibidos se van superando. Fierro considera que la generación de emociones es mejor que la indiferencia para lograr que la sociedad transite hacia el logro de metas u objetivos.

Pero no es evidente cómo encauzar de una manera constructiva la explosión de pasiones, ni cómo controlar una creciente polarización que afecta las posibilidades de entendimiento y de consenso. La dirigencia política e instituciones como los partidos tienen esa misión –su naturaleza es ordenar a distintos sectores sociales con intereses y posiciones plurales y hasta conflictivas–, pero en el momento están afectados por un desgaste evidente. El espacio estaría abierto para iniciativas ciudadanas, como las que lideraba Mockus durante sus alcaldías, para empoderar a la gente en un impulso civilizado del cambio.

Lo cierto es que por el momento son más evidentes las señales de que la polarización está incrementando la pugnacidad y el radicalismo. Las campañas pedagógicas para explicar sus acuerdos no parecen estar elevando el nivel de las discusiones en los hogares y en los espacios públicos. Mario Latorre, considerado el padre de la ciencia política en Colombia, decía que en 1957 los colombianos habían ido a las urnas con ignorancia pero con emociones a votar por “Don Plebiscito”. ¿Ocurrirá lo mismo el próximo 2 de octubre?

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