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| 11/19/2011 12:00:00 AM

Plinio a los 80

Comunista a los 30, reaccionario a los 60, Plinio Apuleyo Mendoza llega al octavo piso como el gran defensor de las causas perdidas.

Es difícil creer que Plinio Apuleyo Mendoza tenga 80 años. Físicamente refleja una década menos. Mentalmente mantiene una agilidad y una curiosidad que pocos periodistas 30 o 40 años menores que él tienen. Y a diferencia de la mayoría de sus colegas, Plinio nunca opina sin hacer la tarea completa. Cuando hace la reportería para escribir una columna, va al lugar de los hechos y habla con los protagonistas. Si hay extensos expedientes judiciales, los lee de principio a fin. Y a estos atributos se suma uno poco común en Colombia: no le importa ser impopular. Con la serenidad que dan los años, cree que le presta un servicio más grande al país diciendo verdades incómodas que sumándose al coro de lo que para él constituyen injusticias periodísticas y jurídicas.

Plinio es tal vez el converso más famoso de Colombia. Entendiendo por ese término las personas que encarnan el precepto de Bernard Shaw según el cual el que no es de izquierda a los 20 años no tiene corazón y el que lo sigue siendo a los 50 no tiene cabeza. Él, definitivamente antes de los 30 tenía un gran corazón. Entusiasmado por la Revolución cubana, al lado de Gabriel García Márquez, trabajó en la agencia de información cubana Prensa Latina convencido de que la utopía socialista podía ser una realidad. Cuando su padre, el dirigente político e intelectual boyacense Plinio Mendoza Neira, le ofreció cederle su acción del Jockey Club por ser el único hijo varón, se negó a aceptarla con el argumento de que un hombre de izquierda no podía ser socio del Jockey.

Todo ese idealismo se vino a pique durante un viaje que hizo en los años sesenta a Alemania Oriental en compañía de Gabo. Pasar de la Alemania capitalista a la Alemania comunista fue para él como ver una película que empieza en color y termina en blanco y negro. Estar frente a frente con el comunismo de verdad desmontó para siempre su izquierdismo romántico.

El viraje ideológico no pudo haber sido más dramático. Después de un breve periodo de transición en que militó en la izquierda moderada, entró en contacto con otros conversos famosos como Jorge Semprún y Carlos Franqui, quienes, al igual que él, se habían desilusionado con el sueño revolucionario. El punto de quiebre fue el caso Padilla. Este era un intelectual cubano que fue enjuiciado y condenado a prisión por expresar sus reservas frente a la Revolución castrista en un poema. Varios intelectuales de diferentes países consideraron monstruoso ese veredicto y firmaron peticiones para su liberación. Esta se obtuvo eventualmente, pero el episodio mostró el cobre de la Revolución cubana. A partir de ahí, Plinio Apuleyo Mendoza pasó a convertirse en lo que él define como un liberal tradicional y lo que otros consideran como un cavernícola de extrema derecha.

Cuál de las dos definiciones representa al verdadero Plinio puede ser objeto de discusión. Pero lo que no se discute es que su mapa de ruta y sus compañeros de viaje cambiaron radicalmente. Si antes era un convencido del Estado como fuente de justicia social, ahora es un cruzado de las virtudes de la libertad de empresa como motor de desarrollo y prosperidad. De las tertulias de hace 50 años con los admiradores del Che Guevara como Ramiro Andrade y Luis Villar Borda, pasó a ser contertulio de los íconos de la derecha contemporánea como Jean François Revel, Mario Vargas Llosa y José María Aznar. Esta evolución quedó plasmada en su libro El perfecto idiota, sobre los anacronismos de la izquierda latinoamericana, escrito conjuntamente con Carlos Alberto Montaner y Álvaro, el hijo de Vargas Llosa. Plinio, quien en su juventud había sido un "perfecto idiota", tenía más autoridad moral que cualquiera para formular esa crítica.

La última causa en que se ha embarcado Plinio ha sido bastante solitaria. Se trata de la defensa de los militares y otros funcionarios del Estado que, a su juicio, están en prisión por cuenta de fallos jurídicos aberrantes. Esta es una cruzada bastante impopular que polariza al país más que cualquier otra. Pero lo que llama la atención de Plinio no es solo el convencimiento que tiene sobre estos temas, sino el dolor que registra por ellos aunque no lo atañen personalmente.

El caso que más lo obsesiona es el del coronel Alfonso Plazas Vega, condenado a 30 años de prisión por los hechos del Palacio de Justicia. Para Plinio, las contradicciones alrededor del testigo clave en su contra deberían hacer imposible que se mantenga un fallo de esa naturaleza. No menos indignación le causa el caso del general Uzcátegui, quien no solo no tenía jurisdicción sobre la zona de la masacre de Mapiripán, sino que su acusador, el coronel Hernán Orozco, quien sí la tenía, vive hoy libre en Miami.

Cuando habla de "injusticias monstruosas", otras dos palabras salen a flote: Santo Domingo y Jamundí. La primera se refiere al bombardeo que realizó un avión de la Fuerza Aérea en el municipio que lleva ese nombre, en el cual murieron civiles, incluidos menores de edad. Ese incidente produjo una condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos al Estado colombiano, lo cual desembocó posteriormente en una condena a 40 años de cárcel a algunos de los oficiales involucrados. Plinio alega que si bien pudo haber un error humano en el bombardeo, lo que de verdad tuvo lugar fue un montaje de la guerrilla que modificó la escena de los hechos para incriminar a la fuerza pública. Agrega que a nadie se le ocurre que la Fuerza Aérea de Colombia bombardea conscientemente niños como parte de un operativo militar. Sobre el caso de Jamundí también tiene su propio punto de vista. Como se recordará, en este episodio un contingente del Ejército masacró a un grupo de policías que adelantaban un operativo antidrogas. La justicia condenó a los inculpados por homicidio, aunque se rumoró que en el trasfondo del asunto se trató de una operación encargada por el narcotraficante Don Diego, quien tendría a los soldados en su nómina.

Pero, sin duda alguna, la causa más polémica que ha defendido Plinio Apuleyo es la de Jorge Noguera. Así como los casos de Plazas, Uzcátegui y Santo Domingo son objeto de controversia, la infiltración del paramilitarismo en el DAS, de la cual se acusa a su exdirector, ha sido objeto de un repudio casi unánime. Por eso sorprendió el título de su columna, 'Otro horror', en la cual argumenta que la única prueba en contra del exdirector del DAS era el testimonio de Rafael García, un funcionario a quien el propio Noguera había destituido por nexos con el paramilitarismo. Según el columnista, esta circunstancia hace que sus acusaciones tengan que ser recibidas con beneficio de inventario ya que hay un elemento de venganza en ellas.

Plinio le atribuye una parte de responsabilidad a la prensa en estas supuestas aberraciones jurídicas. Manifiesta su asombro por la ligereza con que los periodistas pontifican sin tener conocimiento sobre los temas. Agrega que el sistema penal acusatorio ha creado un comercio de testigos falsos dispuestos a decir cualquier cosa por un beneficio jurídico. Considera gravísimo que los medios de comunicación publiquen esos testimonios sin verificar la veracidad de las denuncias. Le llama la atención la credibilidad que se le atribuye a la desinformación de las ONG y de los sectores de izquierda radical, cuando las acusaciones que estas hacen van en contravía de las pruebas. Aunque sabe que su posición indigna a algunos sectores y que muchos lo consideran un símbolo de la derecha militarista y retrógrada, está convencido de que la voz de la "enorme minoría" que él representa es indispensable. No hay duda de que en esto tiene razón.
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