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| 7/23/2014 12:00:00 AM

“No sé cómo hacer para perdonar a las FARC”

El patrullero Ronal Ruiz Jiménez llora la muerte de su hija de tres años, tras un atentado con una granada en Arauca.

Con la tristeza de quien perdió al ser más querido, el patrullero Rónal Ruiz Jiménez narró los dramáticos momentos que vivió junto con su familia el pasado domingo, luego de que dos sujetos en una motocicleta hicieron estallar una granada de fragmentación en una estación de Policía en Arauca, que cobró la vida de su hija de tres años.

El uniformado aseguró que la guerrilla de las FARC no tiene voluntad de dejar de hacer daño, porque sabe que el ataque no iba contra la edificación en donde trabajaba: buscó directamente acabar con él y con su familia.

“Fue un acto atroz. Yo fui al otro día a ver dónde cayó la granada y no había oportunidad para ellas ni para mí. Mi hija fue la más afectada. Yo estoy acabado, derrotado y no sé cómo consolar a mi esposa, que está muy triste”, señaló.

El policía aseguró que el ataque fue fríamente calculado por los presuntos guerrilleros y que no tuvieron compasión. Ni siquiera por su pequeña, que no sabía nada de su trabajo ni de la guerra que vive el país.

“Los delincuentes (supuestos milicianos de las FARC), según informaciones de la comunidad, nos estaban poniendo cuidado. Se dieron cuenta cuando yo me fui con mi esposa y mi hija de la mano para el CAI. Ellas ya se iban a ir para la casa”, recordó en un pasillo del Hospital de la Policía, donde se recupera su pareja.

Hizo una pausa y continúo el relato con dolor: sus ojos se llenaron de lágrimas con cada palabra. “Estando yo en la parte de atrás del CAI, ya ellas estaban con el casco puesto para irse en la moto. Mi señora iba a arrancar y en ese momento yo la detuve para darle un beso. De repente escuché como que cayó una piedra, vi los sujetos en la moto y los identifiqué. Cuando me acordé las circunstancias en las que estábamos, me devolví”.

Dijo que le gritó a su esposa que se lanzara al piso porque era una granada, pero la detonación no le dio tiempo de llegar a protegerla junto a su pequeña hija. “Cuando explota nos vuela lejos a todos. Yo quedo con esquirlas, no las auxilio y corro a dispararle a los sujetos e impacté a uno”.

Al regresar al sitio de la explosión, el patrullero Ruiz -de origen santandereano y criado en Bogotá- se encontró con su esposa bañada en sangre. Mientras su hija lloraba desesperadamente. Su pareja tenía múltiples heridas. La niña, una grave lesión en la axila que minutos más tarde le quitó la vida.

“Camino al hospital sacudí a mi hija para que no se durmiera, porque cerraba los ojitos. Yo le decía: ‘Isa, no te duermas; Isa, no te duermas’. De repente, sentí cuando se me orinó. Ahí dije ‘se me fue’. Me bajé de la moto, corrí rápido y entregué la niña para que la atendieran”, recordó el uniformado ya con la voz entrecortada. Calló por unos segundos.

El policía dice que no puede dejar de sentirse culpable porque fue él quien insistió en llevarse a su familia para Arauca, departamento al cual llegó trasladado hace seis meses y lugar donde su esposa y su hija lo acompañaban desde hace 45 días.

“Ellas me dejan después de almuerzo y se van a ver coleo. Antes de irse dejan la moto parqueada cerca al CAI (…), Ya en la tarde, llegan con unas onces y con cena para mí, porque en la noche no podía salir. Trabajaba hasta las 9 de la noche”, aseguró el uniformado al preguntarle por qué su familia estaba cerca al CAI.

Desde hace ocho años eligió la Policía como su profesión, aseguró que pensar que las FARC quieren la paz es algo irónico. “Quién va pensar en una paz como esa. No pienso que este grupo quiera buscar la paz. Cómo va a hacer una persona como yo para perdonar a las FARC, a unos desgraciados como son ellos. No sé qué haría de encontrarme a alguno de frente”.

Por ahora, Ruiz se mantiene lo más cerca que puede a la mujer con la que comparte su vida desde hace cuatro años. Ella tiene graves lesiones. Él, por lo pronto, asegura que no ha decidido su futuro, pero lo que sí tiene claro es que no quiere volver a trabajar a Arauca.

“Mi esposa recibió la mayor cantidad de esquirlas. Tiene dos huesos de los pies fracturados y las esquirlas le atravesaron varios órganos. Ella está en cuidados intensivos y ahora van a volver a operarla. Ya le contamos, con la ayuda de las trabajadoras sociales y una siquiatra, que la niña murió”, narró.

Pero no todo termina allí. La ironía de la que es capaz la vida permitió que el hombre al que él hirió, el mismo que habría dejado caer la granada, llegara también malherido al mismo centro hospitalario y compartiera el mismo espacio con su esposa.

Contó que el sujeto llegó diez minutos después de los hechos. “Va por sus propios medios. Una muchacha en una moto lo deja ahí y después sale a correr. Los familiares ni siquiera fueron a visitarlo. Lo dejan al pie de mi esposa con un tiro en la espalda. Yo lo miraba y él no me daba la cara: sabía el pecado que había cometido”.
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