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| 5/7/2016 12:00:00 AM

Unidad Nacional: así es dormir con el enemigo

Los miembros de la Unidad Nacional no se toleran, pero tampoco se quieren ir. Y al presidente Santos le conviene mantener a todos en casa, como coalición parlamentaria para gobernar.

Hay mucho ruido en la cocina de la Unidad Nacional. Las declaraciones de los dirigentes del Partido Liberal, Cambio Radical y La U han subido de tono en ataques entre ellos, y hasta se ha planteado que no solo se han abierto grietas sino un rompimiento definitivo.

Los rojos iniciaron la ofensiva con Horacio Serpa, senador y líder natural, como principal escudero. “La Unidad Nacional ni siquiera está pegada con babas, se acabó”, dijo. En Cambio Radical le cogieron la caña. Su director, Carlos Fernando Galán, respondió que su partido “ya no se siente comprometido” para cumplir los acuerdos celebrados en 2014 para la elección de las mesas directivas del Congreso. Y en la esquina de La U, el senador Armando Benedetti sentenció que la coalición de gobierno “está reventada” y que su partido “no se ve obligado a cumplir los acuerdos”.

Al terminar la semana, la Dirección Nacional Liberal intentó calmar la tempestad. Expidió una declaración en la que reiteró su apoyo al presidente Juan Manuel Santos, y en especial al proceso de paz, y afirmó que cumpliría los pactos para las elecciones en el Poder Legislativo. Según estos últimos, el senador Mauricio Lizcano de La U llegaría a la presidencia del Senado y la liberal Olga Lucía Velásquez alcanzaría la de la Cámara de Representantes el 20 de julio.

Las rencillas son un coletazo del reciente relevo que realizó el mandatario Santos en el gabinete y el equipo de la Presidencia, y de la terna que conformó para que la Corte Suprema elija al fiscal general. Los liberales sienten que salieron perjudicados. En especial, porque en el grupo de tres aspirantes al máximo organismo investigador de la Justicia el presidente no incluyó a Jorge Perdomo, a quien habían postulado. Los rojos consideran que perdieron espacio en términos burocráticos.

El reclamo liberal no se ajusta a la realidad. No es coherente cuestionar la salida de Yesid Reyes del Ministerio de Justicia, y calificarla de pérdida, y al mismo tiempo reclamar que no hay presencia de la colectividad en la terna para fiscal, de la que hace parte el propio Reyes. Si es liberal, los rojos están en el grupo de candidatos a la Fiscalía. Si no, no hubo pérdida de cuotas en el gabinete ministerial. En el alto gobierno, además, hay figuras muy representativas de ese partido: el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo; el consejero para el posconflicto, Rafael Pardo; el secretario de víctimas, Alan Jara; el ministro de Salud, Alejandro Gaviria; y el de las Tic, David Luna. Estos últimos, al igual que la canciller María Ángela Holguín –quien dejará el cargo después de la firma de la paz con las Farc- no militan en la casa roja con igual entusiasmo que Cristo, Pardo y Jara, pero definitivamente están muy cerca de ella.

La molestia real en el Partido Liberal no es solo burocrática, sino que tiene que ver con la rivalidad que se ha ido forjando entre esa fuerza y la de Cambio Radical, cuyo jefe es el vicepresidente Germán Vargas Lleras. Las tensiones han venido in crescendo. Es una competencia natural y de viejo origen, porque al fin y al cabo los dos partidos provienen de un mismo tronco en un pasado ya lejano. Horacio Serpa no olvida que Germán Vargas, en 2002, le quitó el respaldo a su candidatura presidencial y se pasó a la campaña de Álvaro Uribe. Recientemente, la convivencia del Partido Liberal y Cambio Radical bajo el paraguas de la Unidad Nacional de Santos ha sido tranquila de labios para afuera, pero siempre ha tenido tensiones latentes.

Cambio Radical considera que ganó espacio en las elecciones regionales de octubre de 2015 y que pisó terrenos de tradición liberal, y que esos triunfos legítimos hirieron a los rojos, que desde entonces respiran por la herida. En la otra esquina, los liberales consideran que el vicepresidente Vargas Lleras no es leal con el presidente Santos, sobre todo porque no apoya en forma clara y abierta el proceso de paz. El respaldo de Cambio Radical a Enrique Peñalosa y no al liberal Rafael Pardo, en las últimas elecciones para la Alcaldía de Bogotá, terminó de exacerbar las rabias.

Los rifirrafes han subido en decibeles y van a seguir creciendo en la medida en que empiezan a soplar los vientos de la campaña hacia las elecciones de 2018. En la que, muy seguramente, los partidos de la Unidad Nacional –Liberal, Cambio Radical y La U- no tendrán un candidato de coalición. Cada uno irá por su lado.

El round que acaba de pasar resultó negativo para los liberales. No solamente por la señal tácita que envió Santos a favor de Vargas Lleras, sino porque ante la opinión pública quedaron como una colectividad obsesionada por la piñata burocrática y los reclamos de Serpa los hicieron quedar como un jugador que en cualquier momento podría dejar colgado de la brocha al presidente Santos. Esta semana se llegó a especular con la salida de los ministros liberales del gobierno.

Eso no va a pasar, y así quedó claro en la declaración que hizo la Dirección Nacional el jueves. La agenda de gobierno –sobre todo el proceso de paz- es cercana al ideario tradicional de ese partido que, no hay que olvidar, fue la cuna de Juan Manuel Santos en la política. A los liberales les conviene estar en el poder en el momento en que se firme la paz y seguir allí durante el proceso electoral que se avecina. Algunas de sus recientes salidas en falso se explican por la inminencia de su Congreso Nacional, que se llevará a cabo en dos semanas. En ese escenario, las criticadas declaraciones de Horacio Serpa caen muy bien entre las bases rojas y no sería raro que al final este último salga elegido como jefe único para la campaña hacia las parlamentarias y las presidenciales de 2018.

Con los dardos que en los últimos días se cruzaron los miembros de la Unidad Nacional quedó la sensación de que esta se podría romper. Es decir, que alguno de sus miembros se podría retirar del gobierno. El senador Carlos Fernando Galán, de Cambio Radical, llegó a insinuar que se podría construir otra coalición, sin los liberales, pero con la totalidad del Partido Conservador. Lo más probable, sin embargo, es que nada de eso pase. Cambio Radical quedó atornillado con los gestos recientes de Santos en su favor. Los liberales tienen mucho más que ganar adentro que afuera. Y La U, además de ser el partido de Santos, ha tenido la habilidad de conservar lazos fuertes, tanto con el Liberal como con Cambio Radical. Las grietas en la Unidad no generan incentivos para dejarla, sino anhelos para que se vayan los demás. Pero como a todos les conviene quedarse en el poder, lo más probable es que tengan que seguir compartiendo el espacio.

Al presidente Santos también le conviene esa carta. Por más que dentro de su guardia pretoriana haya disturbios internos, ninguno de sus miembros ha abierto un frente de guerra contra el Palacio de Nariño. Cambio Radical tiene reservas discretas sobre la paz y el Partido Liberal teme que, a la hora de la verdad, Santos se incline por Vargas, en detrimento de los rojos, para evitar una alianza del actual vicepresidente con el uribismo. Pero nada de eso es motivo para irse, ni para dejar de votar en el Capitolio de acuerdo con las directrices que llegan desde la Presidencia. En la Unidad Nacional se pueden decir de todo, pero a la hora de apoyar los proyectos del Ejecutivo han funcionado como un reloj suizo. Y eso es lo que interesa al presidente. La Unidad Nacional no es un pacto ideológico sino una coalición parlamentaria.

La estrategia del presidente tiene dos carriles. La Unidad Nacional para asegurar la aprobación de su agenda legislativa en el Congreso, y la Alianza por la Paz, para respaldar las negociaciones con las Farc y buscar su legitimidad política mediante el voto popular en un plebiscito. En la primera están La U, Cambio Radical, el Partido Liberal y una parte del Conservador. En la segunda se suman el Polo Democrático, la Alianza Verde y el Mira.

Son fórmulas útiles para un gobierno de seis años, desgastado, que necesita garantizar la gobernabilidad para los próximos 27 meses. Pero se limitan a la mecánica política. Al plan le hace falta una pata frente a la opinión pública, según se deduce de la última encuesta Gallup, publicada esta semana. El pesimismo entre los colombianos sigue subiendo: un 74 por ciento en las cinco ciudades más grandes del país piensa que Colombia va por mal camino, y esa cifra tira hacia abajo las percepciones sobre casi todos los temas y personajes. La aprobación del trabajo del presidente Santos descendió a 21 por ciento, la más baja desde que llegó al poder, y la opinión favorable del vicepresidente Vargas Lleras se desplomó a 47 por ciento, desde un 60 por ciento que tenía al finalizar el año pasado.

Frente a la opinión pública, el gobierno necesita redefinir su estrategia. Pero en el campo político, por más roces que haya dentro de la Unidad Nacional, es poco probable que algo cambie.

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