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| 2/25/2012 12:00:00 AM

Por qué están bravos

Los gremios económicos y muchos empresarios que eran santistas furibundos, hoy están disgustados con el gobierno. ¿Por qué se acabó la luna de miel ?

Hasta hace una semana se pensaba que solo los paisas andaban molestos con el gobierno del presidente Juan Manuel Santos. Pero la semana pasada quedó claro que el sentimiento es más amplio y cobija a una buena parte del sector privado nacional. Se están armando bonches a diestra y siniestra, hay reuniones de crisis, comentarios ácidos en las juntas, pero, sobre todo, varios choques de trenes entre los líderes gremiales y los altos funcionarios del gobierno que han generado muchas chispas y que tienen las relaciones entre el empresariado y el gobierno en uno de sus peores momentos.

Al presidente de la Asociación Nacional de Industriales (Andi), Luis Carlos Villegas, no se le había visto tan furioso hacía mucho tiempo. El principal motivo de su enfado fueron las declaraciones del ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, quien en un reciente foro mencionó que de la Andi pudo haber salido la persona que pagó a un funcionario de la Imprenta Nacional para que la reforma tributaria de 2010 no fuera publicada a tiempo en el Diario Oficial y, por consiguiente, entrara en vigencia un año más tarde. ¡Quién dijo miedo! Poner en duda la honorabilidad de los industriales despertó la ira de Villegas, quien, en agresiva conversación telefónica, recriminó duramente al ministro de Hacienda y le exigió disculpas públicas por sus temerarias acusaciones.

Pero este episodio fue solo la gota que rebosó la copa. En la misma semana, una circular del superintendente de Industria y Comercio, José Miguel de la Calle, mediante la cual se dan instrucciones de cómo deben manejar los gremios económicos la información de sus afiliados para supuestamente no crear carteles de precios, terminó por volver a sacarle la piedra a Villegas, quien acusó al funcionario, en una reunión en la Presidencia, de querer acabar con los gremios en el país.

Las reacciones del presidente de la Andi, reconocido como uno de los dirigentes gremiales que mejores relaciones ha mantenido con la Casa de Nariño durante varios gobiernos, no parece ser un caso aislado. Más bien, parece la punta del iceberg de un malestar que se ha venido gestando por diferentes motivos dentro del sector privado. Los presidentes gremiales agrupados en el Consejo Gremial Nacional (CGN), unos verdaderos pesos pesados, están tan furiosos como Villegas con la decisión de la poderosa Superintendencia de Industria y Comercio. Roberto Junguito, de Fasecolda; María Mercedes Cuéllar, de la Asobancaria; Rafael Mejía, de la SAC, y Luis Fernando Londoño, de Asocañas, entre otros, están bravos con el superintendente De la Calle porque afirman que por querer poner en cintura las prácticas anticompetitivas va a restringir la información que manejan los gremios, algo que, afirman, es esencial en su misión. El tema está tan caliente que el miércoles pasado, en una reunión en un hotel en el norte de Bogotá, el Consejo Gremial le cayó con toda vehemencia al superintendente, quien trató con su equipo de colaboradores de mostrar las bondades de su medida para proteger la libre competencia, pero la reunión fue tensa y se subió de tono.

Y como si no faltaran desacuerdos con el sector privado, un proyecto de ley que hace tránsito en el Congreso liderado por el superintendente de Sociedades, Luis Guillermo Vélez, relacionado con nuevas normas para la disolución de sociedades, también tiene con los pelos de punta a los gremios. El proyecto hace cambios sustanciales al régimen de sociedades del Código de Comercio –que en los últimos 40 años se ha modificado una sola vez– y, según empresarios y académicos, esta propuesta es pobre y no fue debidamente consultada. Los gremios consideran que el proyecto tiene, entre otros, graves errores en temas como la definición de grupos empresariales, pero tal vez lo que más escozor ha creado es que obliga a todas las sociedades extranjeras que tengan inversiones en Colombia a revelar quiénes son sus accionistas y beneficiarios reales. Aunque esta medida lo que busca es combatir la evasión de impuestos, los gremios han desplegado su artillería jurídica para demostrar que lesiona la inversión extranjera directa.

Como telón de fondo de estos desacuerdos y rifirrafes hay una percepción en algunos empresarios de que los honestos a veces están siendo mezclados en el mismo costal con los corruptos. Los escándalos que han salido a flote como el de los carruseles de contratistas dejan la impresión de que el Estado está capturado por las garras de unos privados que solo piensan en su propio beneficio. Muchos sienten que los funcionarios del gobierno en ocasiones dan la impresión de considerar que todos los empresarios están en esta categoría.
 
Cuando se cumplen los primeros 18 meses de gobierno, este cuadro resulta una gran paradoja para un presidente que ha sido toda su vida el consentido de la élite empresarial y que era visto como el fiel sucesor de Álvaro Uribe, quien había mimado mucho al sector privado. ¿Está el presidente recogiendo la pita de unas políticas llenas de exenciones y privilegios para los empresarios, o realmente se le ha ido la mano al gobierno en su maltrato frente a un sector que es la punta de lanza de la abanderada prosperidad democrática?

La chispa que prendió la mecha

La verdad es que la actual tensión no se generó de la noche a la mañana, ni se debe exclusivamente a los hechos más recientes. En el último año y medio se han presentado roces de diversos matices que han contribuido a caldear el ambiente que se respira hoy. Hace unos meses, fueron los empresarios de la infraestructura los que protestaron. Las principales firmas concesionarias empapelaron al país con avisos de prensa donde expresaron públicamente sus desacuerdos con el gobierno en algunos temas específicos de la nueva política de concesiones. Pero más allá de los desacuerdos en asuntos técnicos, lo que realmente irritó al sector de la ingeniería es que fuera señalado como el malo del paseo. Juan Martín Caicedo Ferrer, presidente de la Cámara Colombiana de la Infraestructura (CCI), dijo que por los pecados de unos contratistas que fallaron, el gobierno estigmatizó injustamente a toda la ingeniería nacional.

Recién desempacado este gobierno, hubo un choque de trenes de gran magnitud entre el ministro de Hacienda y la banca. Un artículo de la reforma tributaria que permitió regular las tarifas en los servicios financieros fue considerado por los banqueros como una clara intervención –no necesaria– del gobierno en el libre mercado. La banca sintió que el ministro Echeverry, con varias de sus declaraciones, puso al sector en la picota pública, lo que resquebrajó completamente las relaciones entre la Asobancaria y el ministro de Hacienda. Esta espinita todavía está clavada.

También la reforma arancelaria, que se introdujo en los primeros días de la administración Santos, levantó ampolla en el sector privado y dejó heridas. Los empresarios, principalmente productores de calzado, cuero, textileros y confeccionistas, consideraron que el gobierno en lugar de favorecer la producción nacional, como hacen otros países, los estaba golpeando. Y ni qué decir del disgusto del sector minero. El gobierno entró pisando duro y apretó a esta actividad por considerar que venía gozando de demasiados privilegios. Los empresarios mineros consideraron injusto el trato hacia ellos y se quejaron del cambio en las reglas del juego cuando ellos supuestamente iban a ser la principal locomotora del despegue económico santista.

Otro corazón que se partió fue el de los floricultores con el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, por las denuncias públicas de mal uso de algunos de los apoyos dados por el gobierno al sector floricultor, lo que provocó una airada protesta de Asocolflores, gremio que los agrupa.

El año pasado, otro pulso notorio fue el enfrentamiento de los empresarios del transporte de carga por carretera, con el ministro Germán Cardona, que llegó a las vías de hecho con la salida a paro de miles de camioneros. En muchos sectores quedó un mal sabor por la manera como el gobierno manejó este lío de la tabla de fletes que ocasionó un bloqueo enorme en la capital de la república.

En el historial de incidentes que han molestado a los gremios económicos y que han contribuido al deterioro de las relaciones con la Casa de Nariño, hay de todo. Cuando arrancó este gobierno en 2010 se produjo el primer encontrón con el sector privado por el reajuste del salario mínimo. El presidente Santos reversó el decreto sobre el incremento, lo que desconcertó a los empresarios. Por primera vez entonces, el presidente de la Andi, Luis Carlos Villegas, reaccionó críticamente ante la decisión del gobierno y muchos empresarios comenzaron a decir que Santos cedía ante presiones.

Las fricciones entre los gremios y este gobierno han ido aumentando gradualmente durante este año y medio. El rifirrafe de hace una semana entre el ministro de Hacienda y el presidente de la Andi –por el supuesto soborno para aplazar la reforma tributaria de 2010– se convirtió en el clímax.

Los dirigentes gremiales se han solidarizado con el presidente de la Andi y el comentario general que se ha escuchado es que al ministro de Hacienda se le fueron las luces cuando señaló en Anif, visiblemente ofuscado –como pocas veces se la ha visto–, que “alguien que está en esta mesa, o en este salón o está en un salón de la Andi, le pagó a alguien para que no pusiera a funcionar la imprenta”.

El malestar del presidente de la Andi es entendible si se tiene en cuenta que fue este gremio el que le propuso al gobierno eliminar la deducción del 30 por ciento del impuesto sobre la renta por la reinversión en activos fijos (una gabela introducida por Uribe). Lo cierto es que en este asunto, mientras el ministro afirma que alguien intervino pagando para que no saliera a tiempo la ley, en el sector privado creen que también existe la posibilidad de que haya sido un descuido involuntario del gobierno que envió a última hora el proyecto (30 de diciembre a las 8:25 de la noche, como dice una carta de la Imprenta) y nadie estuvo atento a su publicación en los tiempos requeridos.

Finalmente la Corte avaló la ley, y aunque el ministro de Hacienda descansó porque 7 billones de pesos estaban en juego, su relación con el empresariado está en un mal momento y viene una reforma tributaria en la que es mejor tener aliados que enemistados.

En todo caso, ese choque exacerbó tanto los ánimos que el propio presidente de la república terminó llamando a Villegas para disculparse a nombre del gobierno.

En este punto de la relación están saliendo a flote todos los malestares que sienten los empresarios, y pocos altos funcionarios se escapan. En el sector privado cayó pésimo la reciente decisión del director de la Dian, Juan Ricardo Ortega, de reformar el formulario de declaración de renta para personas jurídicas, que pasó de 87 renglones a 816 y, de una página a 11. Los empresarios pusieron el grito en el cielo por considerar que esto hace más engorrosa la forma de pagar sus tributos. La Dirección de Impuestos, por su lado, considera que es una medida indispensable para combatir la evasión y elusión de muchas empresas que le hacen el quite a la ley.

Diferencias de forma o de fondo

Será que, como ocurre en cualquier matrimonio, después de tantos roces ¿llegó el final de la luna de miel del gobierno con el sector privado? Y, ¿por qué si el presidente Juan Manuel Santos surgió del seno de la empresa privada ha generado este tipo de enfrentamientos? La verdad es que en este tema no hay verdades absolutas y tiene muchos matices.

En todo este malestar hay tanto de forma como de fondo y, en este caso, en la forma hay un claro cambio de estilo de gobernar del presidente Santos. Con Uribe los empresarios y los gremios tenían línea directa, a tal punto que muchos consideran que se malacostumbraron. Uribe fue muy generoso con ellos y hasta se excedió en mimos y gabelas. Dentro de su estilo particular de relacionarse y gobernar, Uribe se reunía con los empresarios, los escuchaba y hasta ajustaba las medidas a sus inquietudes e intereses. Esto lo estaría extrañando el sector privado.

Otros creen que el problema es que Santos se fue al extremo de delegar demasiado. Así como Uribe era un micro-gerente, el actual presidente es más bien un director de orquesta que estimula a cada uno de sus músicos a que toquen bien sus instrumentos. Curiosamente esta siempre había sido considerada una de sus principales virtudes, pues delegar en funcionarios competentes es una ciencia y un requisito para una buena gestión. Sin embargo, muchos de los empresarios consultados por SEMANA piensan que al gobierno le ha faltado más comunicación directa y más control de resultados. “No es fácil acceder al presidente y los rifirrafes con los ministros y los funcionarios se podrían evitar si el mandatario los escuchara más”, señaló una dirigente.

Por otro lado, en el sector privado están viendo una actitud inquisidora de parte de algunos altos funcionarios del gobierno. Con muchas de las decisiones que se han tomado, el sector gremial siente que están prejuzgándolos, estigmatizándolos y hasta poniendo en duda su ética empresarial. El problema, según algunos, es que hay un síndrome de corrupción en el país y que para combatirlo también han pagado justos por pecadores.

La otra cara de esta moneda es que Santos no es ingenuo y sabe que para pasar a la historia como un gran reformador hay que pisar muchos callos. Reversar los beneficios tributarios que entregó el anterior gobierno, congelar los contratos de estabilidad jurídica y darle autonomía a sus funcionarios no son medidas que se toman para congraciarse con los empresarios, sino para aumentar el recaudo fiscal y estabilizar las finanzas públicas. Por otra parte, el grueso del descontento parece ser mas bien elitista, pues la popularidad del presidente en las encuestas sigue por encima de 70 puntos.

No deja de ser paradójico que estas peleas conyugales se den cuando la economía está en un gran momento, la inversión disparada, las exportaciones mejor que nunca, el desempleo bajando –así sea lentamente–, la inflación controlada y las utilidades de las empresas rompiendo récord. Como dijo un dirigente, mientras la economía vaya viento en popa todos estos rifirrafes no pasarán a mayores, pero ¿será igual si las condiciones cambian?

Sin embargo, el factor que más descontento tiene al sector empresarial –y de pronto a todo el país– es la percepción de que hay un deterioro en las condiciones de seguridad en buena parte del territorio nacional. Y si a esto se agrega el desastre de la infraestructura vial que lleva 80 años, se entiende la desilusión gremial. En las quejas de los empresarios lo que en el fondo se demuestra es lo que siempre se ha sabido: que hay matrimonios buenos pero no perfectos. Y que el novio puede parecer un príncipe azul durante el noviazgo, pero la convivencia es siempre menos emocionante que la luna de miel.
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