Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 1995/04/17 00:00

'POR QUE NO CREO EN EL MINCULTURA'

Gabo explica su oposición al Ministerio de Cultura, abre para SEMANA las puertas de su casa en construcción y da algunas pistas sobre su nuevo libro.

'POR QUE NO CREO EN EL MINCULTURA'

Por éstos días dos obras inconclusas ocupan la mente y las jornadas de Gabriel García Márquez: su próximo libro y su nueva casa. Después de jugar golf de 7 a 8 con los 'caddies' del Hotel Hilton que se pelean el honor de derrotarlo, le dedica al libro toda la mañana y las primeras horas de la tarde en su pequeño apartamento frente al mar de Bocagrande.


Al bajar el sol, deja a un lado el computador y los apuntes, y se va de paseo. En un Mustang rojo modelo 65, que reconstruyó para é el restaurador bogotano Germán Ortega -uno de esos talentos colombianos que pocos conocen y que está dedicado a exportar autos antiguos que rearma pieza por pieza-, se traslada a la nueva casa en la zona amurallada, frente al costado del foturo Hotel Santa Clara.

Del libro, en el que ha venido trabajando durante los últimos dos años, todavía se resiste a hablar largamente. La obra ya comienza a tomar forma y debe estar lista éste año (ver recuadro). Con la casa sucede algo similar. Por primera vez accedió a recorrerla en compañía de un medio de comunicación. Lo hizo como todo un guía, orgulloso de esta obra que el arquitecto Rogelio Salmona aspira a tener lista antes de tres meses. 

No es tan grande como se la imaginan quienes alcanzan a divisar sus altos desde el otro lado de la muralla. La verdad es que aparte de los dos jardines y la piscina, lo demás es una gran sala, un comedor de buen tamaño, un estudio en el nivel más alto y con la mejor vista de la muralla y el mar, y tres cuartos con sus baños. La única particularidad es una sala de cine para 16 personas y un sistema de aire acondicionado central que García Márquez aspira a no encender jamás. 

En cuanto al estilo, el arco de los cielos rasos recuerda otra obra maestra de Salmona: la Casa de Huéspedes del Fuerte de Manzanillo, donde los presidentes colombianos pasan sus días de descanso. La construcción no está obligada a respetar estilo alguno, pues a pesar de encontrarse en la zona amurallada, ocupa lo que hasta hace pocos meses no era más que un solar abandonado. Sin embargo, nada en ella atenta contra la integridad de la zona histórica y, por el contrario, la enriquece.
 
Pero ni la nueva casa ni el futuro libro fueron el tema central de la entrevista que el novelista sostuvo con SEMANA el miércoles pasado. La casi totalidad de la conversación estuvo dedicada a un asunto que desvela desde hace algún tiempo a García Márquez: la propuesta gubernamental de crear un ministerio de Cultura. Desde un principio él planteó sus dudas, pero por varios meses prefirió guardar silencio en espera de que la propuesta tomara forma. La semana pasada decidió romperlo. 

SEMANA: A muchos intelectuales y artistas del país les ha costado trabajo entender que el hombre más importante de la cultura y las artes se oponga a la creación del Ministerio de Cultura, propuesta por el actual gobierno. ¿Por qué Gabriel García Márquez no cree en esta idea? 

GABRIEL GARCIA MARQUEZ: Desde que la propuesta se planteó durante la campaña presidencial de Ernesto Samper, las discusiones se han centrado en las funciones del ministerio, en su tamaño y sus alcances, y hasta ha habido toda clase de rumores sobre quién podría ser el ministro de Cultura. Por los pocos datos que se filtran desde el gobierno, podría pensarse que se está planeando, más que un ministerio de Cultura, un ministerio de las Artes. Y si de eso se trata, con Colcultura, bien manejado y bien financiado, basta y sobra. Lo curioso es que a lo largo de estos meses nadie ha discutido en serio si es bueno o es malo que haya un ministerio. Nadie se ha preguntado cuál es la política cultural que lo requiere. Nada: la premisa ha sido que habrá ministerio, y a partir de ahí se ha dado la discusión. Y eso está mal. Nadie ha demostrado que se necesite, y por el contrario, lo que sobran son dudas sobre su conveniencia. 

SEMANA: ¿Cuáles son esas dudas? 

G.G.M.: La primera es si un ministerio no va a politizar o a oficializar la cultura. El ministro tendrá que atender congresistas que pedirán favores burocráticos, nombramientos, cuota en los empleos del ministerio, todo ello a cambio de respaldar al ministro y de no sentarlo en el banquillo del Congreso. El ministro que se rebele contra ese mecanismo diabólico se convertirá en candidato a una moción de censura. Y el que acepte jugar el juego convertirá la política cultural en un instrumento más del clientelismo. Por otra parte, a la hora de decidir qué proyectos culturales apoyará el ministerio con fondos públicos, también van a influir los políticos. En cada región del país las gentes de la cultura van a tener que hacer fila en las oficinas de los clientelistas para pedirles que respalden sus planes y los ayuden a hacer lobbying ante el ministerio. 

SEMANA: Pero hay muchos defensores de la idea que dicen que elevar el tema cultural a la categoría de ministerio es lo único que le puede garantizar un flujo de fondos adecuado, una mayor tajada del presupuesto... 

G.G.M.: ¿Y de qué sirve que la tajada sea mayor si va a quedar en manos de la burocracia y el clientelismo? El asunto no es sólo aumentar la participación de la cultura en el presupuesto, sino algo aún más importante: lograr que -en el marco de una política cultural que por ahora no existe- los fondos públicos dedicados a la cultura lleguen completos a donde deben llegar y no se queden a pedazos por el camino, que es lo que ocurriría con un ministro amarrado por los políticos. 

SEMANA: ¿Por qué cree usted que entre los defensores de la idea casi nadie ha querido entrar en estas discusiones? 

G.G.M.: Lo que pasa es que entre los defensores hay muchos aspirantes a ministro de Cultura. Lo cual puede ser legítimo, pues todo el mundo tiene derecho a sus aspiraciones. Pero aun los más sinceros pueden ir en contravía de una fórmula realmente seria y desinteresada de hacer cultura. 

SEMANA: ¿ Y cuál seria esa fórmula? ¿ Cuál seria la alternativa? 

G.G.M.: Si de verdad se quiere hacer política cultural, yo creo que lo que ahora tenemos no sirve. Y eso es precisamente lo positivo de la propuesta del presidente Samper: ha puesto sobre el tapete el tema de la política cultural del Estado y ha dejado en evidencia que lo que existe debe ser cambiado. La fórmula alternativa al ministerio sería crear una entidad estatal y no gubernamental. Algo como un Consejo Nacional de Cultura con la facultad de diseñar las políticas generales y decidir a qué proyectos culturales deben ir los fondos públicos. La idea no sería que el Consejo los concibiera y ejecutara, sino que escogiera y apoyara los proyectos propuestos por las gentes de la cultura en las distintas regiones. La ejecución de los mismos quedaría en manos de los propios autores, y a salvo de las influencias del gobierno de turno. Con lo cual nos ahorraríamos tanto la politización como la oficialización de la cultura. 

SEMANA: ¿Quién podría hacer propuestas? 

G.G.M.: Todo el mundo. Desde el joven que quiere apoyo para una beca con el fin de estudiar flauta en Viena, hasta el director de cine que quiere filmar una película, la comunidad de un pueblo que quiere apoyo para una biblioteca pública o el departamento que quiere una facultad de artes. El Consejo operaría con un sistema original y democrático de audiencias públicas donde cada quien sustentase y defendiese su proyecto. Algo similar podría hacerse con los monumentos nacionales: los manejarían fundaciones que recibirían fondos del Consejo Nacional para el efecto, y el propio Consejo vigilaría que los recursos se estuvieran usando correctamente. Si la conservación de un monumento anda mal, el Consejo no aprobaría más fondos y escogería a otra fundación para que cuide ese patrimonio. 

SEMANA: ¿Pero no resultaría excesivamente centralista que todo eso fuera decidido por un Consejo Nacional en Bogotá? 

G.G.M.: No, porque no todas las decisiones se tomarían en Bogotá. Si la dimensión del proyecto fuera nacional, la decisión la tomaría el Consejo Nacional de Cultura, pero si la dimensión fuera regional, la tomarían los consejos regionales. Este esquema permite desarrollar una excelente iniciativa que ya fue estudiada y montada: los fondos mixtos regionales de eultura. La idea sería que el Consejo Nacional manejara unos recursos para proyectos de alcance nacional, y los consejos regionales manejaran los fondos mixtos regionales. Una ventaja adicional sería que tanto el Consejo Nacional como los consejos regionales podrían recibir fondos privados para cofinanciar proyectos. El aporte de fondos privados podría estimularse por medio de incentivos y rebajas de impuestos. 

SEMANA: ¿ Quién nombraría a los miembros de ese Consejo? 
 
G.G.M.: Los podría nombra del propio Presidente de la República. Pero deben tener período fijo, dedicación exclusiva y un salario que la garantice. El hecho de que una vez nombrados sólo puedan ser removidos al agotar su período impediría que los afectara una crisis de gabinete. Y esa continuidad garantiza estabilidad en el proceso. Por eso dije antes que el Consejo Nacional sería una entidad estatal, a salvo de las presiones clientelistas, como lo es la Junta Directivá del Banco de la República. Algo similar podría ser diseñado para las regiones. 

SEMANA: Pero al desaparecer la idea de un ministro a la cabeza de la política cultural, ¿no se perdería la influencia al más alto nível para conseguir un mayor apoyo presupuesta para el sector? 

G.G.M.: El Consejo tendría un presidente elegido entre sus integrantes. Y él podría asistir, más que al Consejo de Ministros, al Consejo Nacional de Política Económica y Social, el Conpes, que es donde de verdad se define la asignación sectorial de los recursos.


SEMANA: ¿Y no será que de pronto esos miembros del Consejo Nacional de Cultura se vuelven cada uno un ministro, y el remedio resulta peor que la enfermedad ? 

G.G.M.: Es que el hecho de que sus decisiones estén sometidas a debates previos y a audiencias públicas limita su poder y disminuye sus tentaciones. Van a tener el más alto nivel, pero no van a gozar de los privilegios ni padecer las debilidades de un ministro. 

SEMANA: ¿Qué garantiza que el Consejo Nacional de Cultura no tenga más burocracia que el ministerio? 

G.G.M.: Lo único que requeriría el Consejo es una pequeña unidad administrativa que le daría apoyo en cuestiones como los estudios financieros de los proyectos presentados. En resumen, el Consejo Nacional de Cultura, a diferencia del ministerio, sería independiente, tomaría las decisiones de apoyo a los proyectos culturales por medio de un debate público de las virtudes y defectos de cada proyecto, no generaría burocracia, podría manejar un esquema descentralizado y no centralista y, además, no estaría sujeto a presiones políticas. Bien vale la pena que una idea como esta sea estudiada, en vez de seguir con la fantasía del ministerio, que tal vez no sería más que el mismo Colcultura con un nombre más pomposo y más caro.

¿Y cómo va 'noticia de un secuestro'?
DURANTE CASI dos años Gabriel García Márquez ha estado trabajando en secreto en su próximo libro. En torno de su contenido han surgido en los últimos días numerosas especulaciones: que es un libro sobre el narcotráfico, que es un libro sobre el secuestro, que es un libro sobre el gobierno de César Gaviria.
La verdad es otra. Aunque la obra tiene un poco de todo lo anterior, se trata de un reportaje sobre la serie de secuestros de periodistas por parte del cartel de Medellín durante el primer año de la administración Gaviria. Cubre un período que arranca con el secuestro de Diana Turbay y el lanzamiento de los primeros decretos de la política de sometimiento, y termina con la entrega de Pablo Escobar. No se trata, como algunos han dicho, de un reportaje novelado, mezcla de ficción y realidad. Al menos no más de la que por momentos brindan los testimonios de los protagonistas, porque aunque el objetivo de todo reportaje es necesariamente esclarecer los hechos, por el camino el autor ha descubierto que en medio de la avalancha de episodios de un período como ese a veces aparece más de una verdad.
El reportaje no está sin embargo limitado a lo factual. A García Márquez le interesa sobre todo "el tremendo sufrimiento que significaron esos sucesos para los secuestrados, para sus familias, para el gobierno, para el propio Presidente y hasta para el otro lado de la historia, el de los secuestradores, y en fin, para todo el país ".
En efecto, en desarrollo de su investigación Gabo ha perseguido develar los conflictos interiores de los distintos protagonistas. Un ejemplo: el del Presidente, que a cada minuto se ve obligado a enfrentar el dilema entre el interés nacional y el de las víctimas y sus familias.
Del borrador ya hay un primer esqueleto. Pero al libro le falta aún mucho trabajo. El novelista está sumergido en una labor dispendiosa de verificación de fechas, horas y todo tipo de detalles, desde el clima que hacía en un determinado día hasta el color de la corbata de uno de los protagonistas, y por eso es posible que al libro le falten todavía unos seis meses. Por lo pronto, el título ya está decidido: Noticia de un secuestro". Una noticia que, sin duda, hará ruido.

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