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| 8/20/2014 12:00:00 AM

¿Por qué nuestros líderes son tan lengüilargos?

Una contralora que dice que el fiscal la asesinará y un procurador que afirma que el presidente lava dinero. ¿Qué nos pasa?

Los expertos en los foros de liderazgo afirman que una de las características de quienes pretenden guiar a la sociedad es la de imponerse con un tono de voz más fuerte, pasar por encima de los argumentos de los demás, gritar para que todos los escuchen. “Puede ser un grupo de jóvenes del Caribe o sectores campesinos del Magdalena Medio, organizaciones barriales del sur de Bogotá o representantes de veredas comunales del Putumayo, en todos la tendencia es la misma: imponerse autoritariamente, anular los argumentos del otro, no buscar consensos sino pasar por encima de los demás para ganar el reconocimiento”, dice una experta en sociología que prefiere mantener sus nombre en reserva.

Ella cree que el origen de esto puede estar en el largo conflicto armado que ha inculcado la idea en el ADN de los colombianos de que el más fuerte es el mejor líder. En los últimos días, los ciudadanos han visto con asombro que algunos de los más visibles funcionarios, que por la naturaleza de su cargo ejercen un liderazgo natural en muchos sectores sociales no sólo no gritan ni levantan la voz, sino que mienten y exageran sus conceptos con tal de imponer sus criterios.

De ahí que la pregunta cobre una extraordinaria vigencia: ¿Por qué nuestros líderes son tan lengüilargos? Así, por ejemplo, la contralora general de la República, Sandra Morelli, dice con absoluta frescura: “Yo creo que si el señor fiscal pudiera pedir que me mataran o matarme, lo haría”. Quienes la escucharon guardaron silencio sobre tan temible afirmación que acababa de hacer contra Eduardo Montealegre y, tras la pausa, ella sentenció: “De él, yo espero cualquier cosa”. ¿La encargada de vigilar los dineros públicos de verdad cree que el hombre responsable de administrar justicia en Colombia es un asesino en potencia?

Casi simultáneamente, Alejandro Ordóñez, procurador general de la Nación, afirma, en el propio Congreso de la República, que el presidente Juan Manuel Santos y su equipo negociador en La Habana está en una monumental operación de lavado de dinero en asocio con la guerrilla. “Ese acuerdo (el proceso de paz entre el Gobierno y las FARC) da la impresión de convertirse, más bien, en una gigantesca operación de lavado de activos, en la que millones de dólares quedarán legalizados”. Ni el peor enemigo del proceso de paz se atreve a semejante difamación. Y él lo hace tan sereno y como si nada.

Y para mayor sorpresa, pocos días después de haberse reunido con el jefe negociador del equipo gubernamental, Humberto de la Calle, un personaje público que defensores y críticos del proceso de paz califican como “excelente”.

Un par de semanas atrás, los legisladores uribistas desisten de ir a la posesión del presidente Santos porque, según justifican, su elección fue “tramposa” e “ilegal”. Cuando los periodistas les interrogan sobre cómo explicar semejante acusación, cuando el propio candidato Óscar Ivan Zuluaga llamó al presidente Santos y le reconoció la “limpieza de su triunfo”, la congresista Ana Mercedes Gómez explica que “él es muy bueno y no ha entendido”.

También del sector del uribismo, Jaime Arturo Restrepo, abogado y representante de un sector de las víctimas de la guerrilla, puso en la red social Twitter varios trinos contra el congresista Iván Cepeda: “A mí no me difama más, guerrillero asqueroso, dígame dónde y cuándo y cuadramos esto. Escoja el arma. Espero respuesta”. Y también: “¡Maldito guerrillero, triple catre hijueputa! Respete, malparido. Si es macho, lo reto a un duelo. ¡Asqueroso!”

Y ante la petición para que rectifique sus agresiones contra Ángela Giraldo, hermana de Francisco, uno de los diputados asesinados por las FARC, la representante uribista María Fernanda Cabal eleva el tono y dice: “Si quieren que deje de trinar, tendrán que asesinarme”.

Su líder, Álvaro Uribe Vélez, también se muestra locuaz a la hora de defender sus argumentos. Así, por ejemplo, rompió su tradicional costumbre de no dar entrevistas a medios escritos y lo hizo con La Estrella, de Panamá, para dar sus argumentos de por qué la exdirectora del DAS María del Pilar Hurtado debería quedarse allá: “Aquí la quieren matar”. ¿Quiénes? “Temo por su vida, porque ella es una perseguida política del gobierno de Santos y sectores politizados de la justicia”.

Pero las salidas de tono no corresponden únicamente a estos líderes de este espectro ideológico, sino que en la otra orilla es de las mismas dimensiones. Es el caso de Gustavo Petro, que cuando el caso de su destitución copaba “asesinado como a Jorge Eliécer Gaitán”. ¿Quiénes? “El fascismo”, respondió. Y cuando los periodistas informaron que el magistrado José María Armenta Fuentes, ponente del fallo del Tribunal de Cundinamarca que suspendió su destitución, tenía a su esposa, Cecilia Calderón Jiménez, trabajando en la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB), Petro salió a gritar a los medios para decirles que “habían masacrado” a una familia.

Petro, un hombre que se levantó en armas contra el Estado, sabe bien lo que es la historia de este país y lo que realmente es una masacre y lo que estas han sido en el país. Pero en este caso, utilizó el término porque quería que su voz se escuchara más, que es una de las formas como nuestros líderes convencen más.
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