Miércoles, 1 de octubre de 2014

| 2013/08/25 00:00

¿Por qué un referendo?

Más allá de la polémica que desató, el referendo es una jugada a varias bandas del gobierno de Santos.

El Presidente Juan Manuel Santos informó el jueves pasado la radicación en el Congreso de la República de un proyecto de ley estatutaria que permitiría refrendar el día de elecciones los posibles acuerdos con la guerrilla. Foto: SIG

La propuesta del presidente Juan Manuel Santos de un referendo para refrendar la paz tiene tanto de largo como de ancho. Así como se le puede tildar de apresurado por el momento político en el que lo anunció, también es cierto que parece haber calculado todos los detalles para escoger la mejor opción, muy en la línea de lo milimétrico que ha sido el diseño del proceso de paz.


En primer lugar, de los cuatro mecanismos para reformar la Constitución (referendo, plebiscito, constituyente y consulta popular), eligió el que más posibilidades tiene de salir avante. El referendo necesita tan solo el 25 por ciento del censo electoral, que equivale hoy a 7,5 millones de votos. Mientras que los otros tres exigen más participación de la gente: el plebiscito, el 50 por ciento (15 millones de personas), y la Asamblea Constituyente y la Consulta, una tercera parte del censo. No en vano, desde la Constitución de 1991 no se ha convocado otra Asamblea Constituyente, ni consulta popular nacional, ni plebiscito.


En segundo lugar, al vincular el referendo con las elecciones amarra mucho más los votos. Prácticamente todos los referendos que se han convocado en el país se han quedado en el camino. Los del agua, la cadena perpetua para abusadores de menores y el del tercer período de Uribe no pasaron el examen en el Congreso o en la Corte. El único que llegó a las urnas fue el referendo contra la corrupción y la politiquería, de octubre del 2003, en el cual sólo pasó el umbral una de las 15 preguntas. En cambio la papeleta de Voto Caribe, que se incluyó en las elecciones legislativas de marzo del 2010, logró 2,5 millones de votos. 


En tercer lugar, el proyecto de ley que el presidente radicó tiene una precaución necesaria y es que sólo podrán coincidir con las elecciones ‘ordinarias’ los referendos que busquen la refrendación de un acuerdo que ponga fin a un conflicto armado. De no tener esta anotación se podría convertir en un instrumento perverso en manos de algún eventual mandatario populista.


Las FARC no son partidarias del referendo. Siempre han dicho que quieren una Asamblea Constituyente. La diferencia entre los dos mecanismos es inmensa. El primero es una especie de lista que los ciudadanos aprueban o no. El segundo implica elegir un grupo de personas para que reformen de nuevo el Estado. La distancia que hay entre esos dos mecanismos refleja de alguna manera la diferencia que aún separa las dos visiones del país: las FARC sienten que están para trasformar toda la estructura política.


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