Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/03/19 00:00

“Lo que se les viene es durísimo”: John Alderdice

SEMANA habló con la figura clave del Acuerdo del Viernes Santo en Irlanda del Norte sobre la ansiedad que causa negociar la paz y los desafíos que impondrá implementar lo acordado en La Habana.

John Alderdice Foto: Carlos Julio Mártinez

Lord John Alderdice, una eminencia mundial cuando de firmas de paz y posconflictos se trata, vino la semana pasada a Bogotá para hablar en la Universidad de los Andes y reunirse con el presidente Juan Manuel Santos. Además de su ejercicio político y su papel histórico en la negociación y la implementación de los acuerdos que acabaron uno de los conflictos más complejos del mundo en su natal Irlanda del Norte, este psiquiatra es fundador del Centro para la Resolución de Conflictos Intratables de Oxford.

SEMANA: El proceso de paz de Irlanda del Norte es el más exitoso de la historia. ¿Eso quiere decir que hoy un viejo miembro del IRA puede caminar tranquilo por Belfast?

JOHN ALDERDICE: Sin problema. Puede moverse no solo en lugares públicos, sino también en zonas protestantes a las que antes jamás se habría atrevido a entrar. Recuerde que nuestro vice primer ministro actual, Martin McGuinness, fue precisamente un líder del IRA.

SEMANA: Con todas las emociones que despierta un proceso de paz, cuesta creer que ni siquiera reciban miradas desconfiadas de quienes permanecen insatisfechos.

J.A.: Esas cosas pasan, claro. Pero lo importante es advertir que hoy los afectados responden de manera constructiva. En Irlanda del Norte entendimos que para superar el pasado es necesario evitar a toda costa repetirlo. Cuando en 2011 unos disidentes, antiguos miembros del IRA, mataron a un policía, McGuinness habló en el funeral y condenó el hecho. Pero se rehusó a encender nuevamente la violencia.

SEMANA: En medio de la división que hoy vive Colombia resulta difícil pensar que de veras pueda haber una paz sostenible. ¿Cuáles fueron las claves para que en Irlanda del Norte lo acordado en el papel se hiciera realidad?

J.A.: Dos cosas. La voluntad de acabar con la violencia, y la confianza. Desde el principio, los involucrados expresamos el deseo de un futuro diferente para nuestros hijos y sabíamos que teníamos una oportunidad potencial para lograrlo. La única garantía fue apegarse al proceso.

SEMANA: ¿Y cómo consiguieron la confianza?

J.A.: Suele pensarse que es una condición para comenzar a negociar. Yo pienso lo contrario. La confianza solo surge después de la firma. Es decir, si usted ha vivido en un país donde la gente por décadas ha querido matarlo, estaría loco si confía en esas personas de un día a otro. La confianza debe emerger y desarrollarse y, por eso, necesita tiempo.

SEMANA: ¿En Irlanda del Norte también hubo críticos del proceso?

J.A.: Por supuesto. Y los hay todavía, a pesar de que la vida de todos, incluida la de ellos, ha cambiado. Pero hay que distinguir. Están los que con el tiempo advierten que el acuerdo no era tan malo como parecía. Luego los que permanecen escépticos, pero se acostumbran a vivir en paz. Y, finalmente, aquellos que siempre estarán dispuestos a volver a la violencia. A estos nada los puede persuadir.

SEMANA: ¿Cómo fueron los días antes de la firma en Irlanda del Norte?

J.A.: Aunque cueste creerlo, poco antes de firmar no estábamos seguros de que íbamos a lograrlo. Todo era incierto. Entonces, cuando lo firmamos, hubo alborozo. Pero le confieso que, en medio de la emoción, no teníamos una idea concreta de lo que se venía.

SEMANA: Hoy el gobierno y las Farc están cerca de firmar la paz, pero la gente en el país está lejos de sentirse alborozada.

J.A.: Lo que sucede en Colombia es normal. Yo estuve acá en la época del Caguán y sé que no es la primera vez que intentan acordar la paz. Como acá, en Irlanda del Norte la gente desarrolló una resistencia a la decepción, pues a nadie le gusta ver rotas sus esperanzas una y otra vez. Lo que hicimos nosotros fue evitar que la firma del acuerdo elevara demasiado las expectativas.

SEMANA: Una cosa es ser escéptico, pero otra impulsar el odio y la hostilidad.

J.A.: No quiero justificarlo, pero también eso es normal. Buscar un acuerdo de paz pone a una sociedad ante un dilema: ¿Firmo el acuerdo y traiciono mi pasado y mis convicciones? ¿O no lo firmo y traiciono a las generaciones futuras que merecen una vida sin guerra? Este es un problema difícil que despierta emociones fuertes y negativas y causa ansiedad.

SEMANA: ¿Quiere decir que a Colombia le espera un posconflicto con una fuerte carga emocional?

J.A.: Una sociedad no entra a un posconflicto con una sensación calurosa de felicidad, sino con ansiedad. Las personas no empezarán a quererse como amigos de toda la vida. Todo lo contrario. Así fue en mi país. Apenas firmamos los acuerdos, la gente se radicalizó. Luego se tranquilizó. Pero más adelante volvió a estar tensa, y después, de nuevo, regresó la calma. Desde lo emocional, un posconflicto se parece a un acordeón. Se infla y se desinfla, se infla y se desinfla…

SEMANA: ¿Entonces, para hacer realidad el acuerdo, el gobierno deberá hacer las veces de psicólogo?

J.A.: Deberá encarnar un liderazgo que tenga en cuenta lo psicológico. Un político debe ser capaz de entender las emociones de la comunidad. Debe saber que lo cuestionarán y que habrá escepticismo y frustración. Winston Churchill lideró a Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, pero, en las elecciones que siguieron, lo sacaron.

SEMANA: Tras el Acuerdo del Viernes Santo, el enviado de Estados Unidos, George Mitchell, dijo que “negociar el acuerdo fue difícil, pero lo realmente duro será implementarlo”. ¿Tenía razón?

J.A.: Hoy, Irlanda del Norte es un país completamente distinto al de antes del acuerdo. Si se pasa por Belfast, no verá un solo soldado. La gente anda ocupada en salir adelante en la vida, no preocupada de que vayan a matar a sus hijos una noche de sábado de un bombazo en plena calle. Esto nos ha costado muchos años de trabajo. Mitchell tuvo toda la razón.

SEMANA: Hable de la implementación. ¿Cuáles fueron los mayores problemas?

J.A.: La decisión de liberar prisioneros impuso un desafío emocional enorme, pues se trataba de gente condenada por crímenes serios.

SEMANA: ¿Cuál es el balance de esa decisión casi 20 años después?

J.A.: Nos fue bien. Pero solo porque quienes salieron de prisión y quienes no tuvieron que ir a la cárcel cumplieron: no reincidieron, no volvieron al terrorismo… ni siquiera volvieron a una corte. Y muchos, incluso, han tenido un papel positivo en la sociedad. Entonces, con el tiempo, la gente ha decidido aceptar la decisión.

SEMANA: ¿Pero la gente aún siente dolor?

J.A.: Sí. Le pongo el ejemplo de nuestra nueva primera ministra, Arlene Foster. De niña, ella vivió un intento del IRA de asesinar a su padre y, luego, sobrevivió a una bomba que ese mismo grupo puso en un bus escolar para matar al conductor. Ella, por supuesto, apoya el proceso, quiere la paz y por eso gobierna al lado de McGuinness. Pero nunca ha escondido su dolor. La violencia deja memorias terribles que una firma de paz no puede borrar.

SEMANA: En Irlanda del Norte, los paramilitares al principio se rehusaron a entregar las armas. El último grupo las dejó solo hasta 2009. ¿Cómo manejaron esa crisis?

J.A.: Fue tremendo porque no querían entregarlas nunca. Tuvimos que aceptarlo y nos propusimos persuadirlos hasta lograrlo. Creamos una comisión de monitoreo, uno de cuyos cuatro miembros fui yo, y nos dedicamos a hacer informes semestrales sobre cualquier hecho violento relacionado con los paramilitares y sobre cualquier vínculo entre estos y los actores políticos. Hicimos informes durante años con muchas verdades incómodas. Esto produjo una presión ascendente sobre las agrupaciones porque las comunidades que ellos decían representar empezaron a exigirles dejar las armas. Ese fue el punto de quiebre.

SEMANA: Ustedes hicieron un referendo poco después de firmar los acuerdos, y el éxito fue rotundo. ¿Cómo lo lograron?

J.A.: Nos preparamos muy bien. Lo primero fue redactar un acuerdo muy corto, de poco más de 30 páginas. Luego mandamos a hacer copias y las hicimos llegar a los hogares de toda Irlanda del Norte y toda Irlanda del Sur. Así, todo el mundo pudo leerlo. Lo segundo fue estimular el debate público durante meses. Y luego vino el voto, que exigía una posición clara: apoyo o no apoyo el acuerdo. El ‘Sí’ ganó con más de 70 por ciento de los votos en el Norte y con más de 90 en el Sur.

SEMANA: ¿Qué significó un resultado tan contundente para la sociedad?

J.A.: Que absolutamente nadie tenía el mandato de llevar al país nuevamente a la violencia.

SEMANA: Una vez firmada la paz, ¿cómo debería comportarse un líder político?

J.A.: Para trabajar con sus adversarios, debe ser capaz de transmitir el mensaje de que esto es un asunto serio y que lo hace por el bien de la comunidad. Entonces, es importante no entrar en camaraderías porque, así, no pierde la confianza. En Irlanda del Norte, archienemigos como McGuinness e Ian Paisley dieron un ejemplo cuando decidieron gobernar juntos, pero se equivocaron cuando empezaron a reírse a carcajadas como dos amigos cuando aparecían en público. Para burlarse, la opinión terminó llamándolos “los hermanos de la risa”.

SEMANA: ¿Qué papel deben asumir otros sectores para ayudar a implementar la paz?

J.A.: Deben saber que son responsables de crear un ambiente para que los políticos se sientan obligados a encontrar soluciones políticas a todos los líos que se vienen. Deberá haber líderes en la Iglesia, la economía, el pensamiento, el periodismo, las Fuerzas Armadas…

SEMANA: ¿Cómo aportó en Irlanda del Norte el sector privado?

J.A.: Organizaciones como las Farc vienen de un mundo muy cerrado que no les ha permitido realmente desarrollar sus ideas y hacerlas acordes a nuestros tiempos. Aquí el sector privado puede ayudarlos. En mi país, manteniendo un bajo perfil, las empresas pusieron a la gente a ayudarles a entender, por ejemplo, el funcionamiento de la economía. Esto cambia actitudes, no solo en la guerrilla, sino también en los propios empresarios.

SEMANA: ¿Cómo vio al presidente Santos?

J.A.: Muy comprometido con el proceso. Siento que lo ve como algo que no debe depender de su popularidad o de las encuestas, sino como una vocación por el bienestar de las generaciones que vienen.

SEMANA: ¿Qué quería él saber de usted?

J.A.: Él ya está concentrado en lo que se vendrá tras la firma y quiere hablar con personas con experiencia. Yo le aseguré mi apoyo y le dije que podrá contar con muchos otros personajes con trayectorias como la mía, ya que lo que se le viene es larguísimo y durísimo.

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