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| 6/5/2010 12:00:00 AM

¿Potencia energética?

Colombia puede convertirse en la gran fábrica de energía eléctrica de América Latina. Para ello debe desarrollar proyectos que protejan los bosques y las cuencas.

Por tratarse de un país con un relieve muy accidentado y una gran disponibilidad de agua, Colombia genera la mayor parte de su energía eléctrica a través de hidroeléctricas. Las plantas hidroeléctricas, que generan el 80 por ciento del total de la energía, componen el 68 por ciento del sistema colombiano. Este es un caso muy poco frecuente, ya que la mayor parte de los países la producen ante todo a partir de la combustión de carbón o derivados del petróleo, o de plantas de energía nuclear.

Esta circunstancia pone a Colombia en una posición de privilegio. Como el cambio climático obligará a los países a restringir de manera progresiva el uso de combustibles fósiles, Colombia puede convertirse en un gran proveedor de energía de América Latina y exportarla a varios de sus países vecinos, como ya lo hace en la actualidad a Ecuador.

En los próximos ocho años Colombia expandirá su capacidad de generación eléctrica en 4.242 megavatios, 3.729 de ellos vendrán de ocho nuevas centrales hidroeléctricas y 1.200 de ellos los producirá la hidroeléctrica Pescadero-Ituango, que entrará en servicio en 2018. En ese año Colombia estará en capacidad de generar 17.802 megavatios, 12.710 de ellos gracias a la fuerza del agua.

Las hidroeléctricas tienen la gran ventaja de que no queman combustibles fósiles y no producen residuos tóxicos radiactivos. En su construcción se crean muchos empleos y pueden llegar a mejorar la calidad de vida en su área de influencia a través de escuelas, centros de salud y vías de acceso Los embalses, además de generar energía, pueden utilizarse para controlar inundaciones, proveer agua para riego, el uso en los hogares y las industrias, y en muchas ocasiones se convierten en atractivos turísticos y permiten desarrollar proyectos de piscicultura.

Pero cuando no se toman medidas preventivas, la construcción de embalses y represas puede provocar daños drásticos en los ecosistemas. La descomposición de la masa vegetal cuando se inunda produce gases como el metano y acidifica el agua. Además de dañarse la calidad del agua, se interrumpe la migración de peces y del paso de nutrientes. La construcción de grandes embalses muchas veces trae consigo el desarraigo de la población y conflictos sociales, sobre todo cuando se anteponen los intereses de los constructores a los de las comunidades.

Por ese motivo, la construcción de grandes hidroeléctricas requiere de un cuidadoso estudio de impacto ambiental, que no siempre se cumple. ¿Cómo conciliar los intereses ambientales, económicos y sociales de una zona con la necesidad del país de expandir su capacidad de generar energía eléctrica?

La respuesta parece estar en algo tan sencillo como el cumplimiento de la legislación vigente. El artículo 45 de la Ley 99 de 1993 señala que las empresas deben transferir el 6 por ciento de sus ventas brutas de energía a las Corporaciones Autónomas Regionales y a los municipios del área de influencia donde se encuentra localizada la cuenca hidrográfica y el embalse. Las corporaciones y los municipios deben utilizar estos dineros en la protección de la cuenca hidrográfica y proyectos de saneamiento básico.

De acuerdo con María Zulema Vélez, presidenta ejecutiva de la Asociación Colombiana de Empresas Generadoras de Energía (Acolgen) "desde 2008 Acolgen ha insistido en la necesidad de poder contar con una evaluación ambiental estratégica". La razón principal es contar con herramientas sólidas para saber de antemano los posibles impactos ambientales de un proyecto y tener elementos de juicio sólidos que permitan establecer si es viable y a la vez recomendable la construcción de un proyecto determinado.

El futuro de las hidroeléctricas depende del agua. La destrucción de los páramos y bosques de Colombia, así como el deterioro de las cuencas, amenaza este potencial. Y si a eso se agregan las proyecciones que predicen los expertos en cambio climático, resulta indispensable un manejo integral y coordinado del agua. Del manejo racional de las cuencas y de restaurar y proteger los ecosistemas que la producen y regulan.
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